Capítulo Uno #2
Resultaba cómico oír a Mahesh hablar de lazos y de unidad, sobre todo porque Malini era muy consciente de lo diferente que era de aquellos hombres.
Del cuidado que ponía en desmarcarse de ellos, de lo ajenos que eran.
Para Malini no eran más que herramientas.
Por supuesto, los quería por ese motivo.
Pero ninguno de ellos era Alori, ni Narina, ni Lata.
Ni Priya. No sabía cómo amarlos, amarlos de verdad, y tampoco tenía el menor deseo de hacerlo.
—Señor Mahesh —dijo Malini—. Sabes tan bien como yo dónde está el príncipe Rao.
Intercambiaron una mirada. Sin apartar la vista, Mahesh se sirvió más vino.
—No te confundas, emperatriz. Me alegro de que pueda aconsejar y dar consuelo al príncipe Aditya. Y más me alegraría que el príncipe permitiese que otros lo aconsejasen y consolasen.
Mahesh era una figura prominente en Parijat y contaba con muchos aliados parijatis gracias al antiguo linaje al que pertenecía. Su ancestro había estado presente cuando ardieron Divyanshi y las demás Madres de las llamas que la siguieron.
A raíz de aquello los consideraban una familia famosa por su destreza militar y su religiosidad.
Y Mahesh siempre había sido leal a Aditya, no así a Chandra. Había apoyado firmemente la idea de que Aditya recuperase el trono que había abandonado. Su negativa a aceptar a Chandra le había granjeado a Malini numerosos aliados con los que de otro modo no habría contado.
Malini lo había nombrado general por todas esas razones. Su presencia junto a ella era una ventaja.
Pero el afecto que le profesaba a su hermano era…
Bueno, no era exactamente irritante, pero sí que era un problema potencial en ciernes, por más que Mahesh fuese indefectiblemente respetuoso con ella. Sin embargo, el respeto no valía de mucho si no era capaz de controlar su lealtad y de atarlo a ella de forma permanente.
—¿Has intentado ir a verlo otra vez? —preguntó Malini.
—Sí, pero se negó a concertar una reunión conmigo. Como hace con todo el mundo.
“Con todo el mundo menos con Rao”, se abstuvo de decir. Igualmente se abstuvo de decir que Aditya también aceptaba la compañía de Malini.
—Mi hermano se siente perdido —dijo ella—. Quiere afianzar su relación con la fe del dios sin nombre y trazar su propio camino. Cuando lo encuentre, a buen seguro volverá a aceptar la compañía de viejos amigos y aliados.
—Quizá puedas hablar con él, emperatriz.
—Siempre hablo con él —dijo Malini—. Y lo volveré a hacer.
“Y si no quiere escucharme”, pensó con aire lúgubre, “será asunto suyo”.
Hubo un murmullo de telas que se apartaban. Un guardia alzó la cortinilla de entrada a la tienda.
Yogesh, uno de los administradores militares que gestionaban los suministros del ejército, entró e hizo una reverencia.
Vestía ropajes sencillos, turbante y guerrera con fajín.
Aunque Malini no lo hubiese reconocido al verlo, el único chakram que llevaba en la muñeca y la daga envainada con pulcritud en la tela del turbante habrían bastado para anunciarlo como administrador alorano, y por lo tanto leal a Rao…
, lo cual implicaba que también le era leal a ella.
—Mis más sinceras disculpas por la interrupción, emperatriz. Mis señores. —La luz de las lámparas de aceite bailó sobre su rostro mientras inclinaba la cabeza en dirección a Malini—. Ha llegado un mensaje urgente para la emperatriz.
El corazón de Malini dio un repentino vuelco.
Tenía muchos jinetes a su servicio. Una emperatriz necesitaba más ojos y oídos que una princesa, y Malini se había asegurado de contar con espías y mensajeros a lo largo y ancho del imperio.
No pasaba un solo día sin recibir noticias de aliados que llegaban o partían.
Noticias que llevaban hombres a caballo.
Sin embargo, entre todos esos jinetes, Malini solo empleaba personalmente a uno de los hombres leales de Rao. Y a ese hombre le habían encomendado una misión especial.
Un mensaje urgente podía significar cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Sin embargo, el hecho que viniese a anunciarlo Yogesh y no otro administrador, unido a la mirada cargada de intención que se adivinaba en el rostro del hombre, consiguió que la esperanza se apoderase de ella.
—Muy bien —dijo, y se puso en pie.
Mahesh le lanzó una mirada seria e hizo ademán de levantarse también.
Malini lo detuvo con un gesto.
—Disfrutad de la cena. No hay motivo para dejar de comer por mi culpa.
—Emperatriz —comenzó Yogesh, agachando la cabeza en señal de respeto—. El mensajero se halla en compañía del príncipe Rao. Puedo pedir que lo manden llamar de inmediato…
—No hará falta —replicó ella—. Llévame con ellos.
Prefería tener aquella conversación delante de Rao. La experiencia le decía que los mensajeros no reaccionaban bien cuando los interpelaba una emperatriz bendecida por la profecía, y no podía ver a Rao en su tienda a solas, ni siquiera con Lata y varios guardias presentes.
La tienda que compartían los administradores militares estaba repleta de libros y registros que iban de mano en mano, todos ellos envueltos con mano experta en paños que evitaban que el papel se pudriese a causa del calor o la lluvia,
y que repelían a los diferentes insectos con los que se encontraban.
Malini entró en la tienda y todos los presentes dejaron los papeles que tenían entre manos e hicieron una reverencia.
Ella hizo caso omiso de la conmoción que había causado su llegada y buscó al mensajero con la mirada.
Primero vio a Rao, vestido con sus mejores galas principescas, con una hilera de dagas y dos chakrams. El príncipe hablaba con un alorano ancho de hombros y con aspecto muy nervioso.
Ambos la vieron. Rao hizo una reverencia y el jinete se postró en el suelo ante ella, la cara pegada a la tierra.
—Alzaos —les dijo Malini y ambos obedecieron, aunque el jinete mantuvo el rostro inclinado. Ella se dirigió a Rao—. ¿Qué noticias tenemos?
—Hay nuevos dirigentes en Ahiranya —anunció Rao—. El regente ha muerto.
“¿Bhumika?”, pensó Malini. “¿Priya?”, pensó a continuación, esperanzada.
—Cuéntame lo que ha sucedido —dijo.
El mensajero le contó que los sacerdotes se habían hecho con el control de Ahiranya. No, sacerdotes no…, las mayores del templo, como en las épocas de antaño. O bien gente que afirmaba ser mayores del templo. Eran dos mujeres.
—Hay quien dice que la mayor suprema fue en su día la esposa del regente —dijo el jinete.
—¿Quién te ha dicho tal cosa? —preguntó Rao.
—Son rumores —respondió él—. Se comenta entre mercaderes y… la gente de la ciudad. Entre los viajantes.
—¿Pero no lo has visto directamente?
—No. —Vaciló—. Pero…
—Sigue —dijo Rao.
Según el jinete, todo el mundo sabía que las mayores del templo eran genuinas, porque desde su ascenso al poder, el bosque que rodeaba Ahiranya se había tornado más extraño que nunca.
Había oído hablar de árboles que se movían y se retorcían como si estuviesen vivos, que vigilaban a quienes pasaban cerca de ellos.
Al parecer, el emperador Chandra había enviado a un pequeño grupo de exploradores, y luego a un segundo grupo, para comprobar qué sucedía en los confines de Ahiranya.
Un frutero que solía recorrer la ruta a Ahiranya en ambos sentidos vio a una docena de soldados imperiales muertos, ensartados en espinas tan gruesas como el brazo de un hombre.
De los demás hombres no se había hallado rastro alguno.
El jinete no había llegado a ver violencia alguna de primera mano.
Tan solo había visto que los ahiranyis llevaban vidas normales.