La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Capítulo Uno
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Capítulo Uno

MALINI

Un jinete regresó de Ahiranya el mismo día en que Malini vio el mar por primera vez.

Un ejército en marcha despedía un hedor característico y desagradable, a carne de caballo y bosta de elefante, a hombres sudorosos, al olor ácido del hierro calentado al sol.

Tras unas cuantas semanas de viaje, Malini había albergado la esperanza de acostumbrarse a ese hedor.

Sin embargo, no había sido el caso. Cada vez que soplaba el viento y mecía las cortinas que cubrían su carruaje, Malini volvía a captar aquella peste.

La brisa que llevaba consigo el océano rasgó el hedor como si de un cuchillo resplandeciente se tratase.

Era un aroma afilado, picante, salado. Malini se puso de pie en el carruaje en cuanto notó cómo le soplaba en la mejilla.

Alargó la mano y apartó la cortina para que el viento llegase hasta ella sin obstáculos de por medio.

Libre de la tela que le tapaba la vista, Malini vio el ejército que la rodeaba: guerreros de Srugna que cargaban mazas sobre los hombros, vasallos saketanos con los blasones de sus señores bordados en los fajines y látigos al cinto,

y aloranos con chakrams en las muñecas que cabalgaban junto a arqueros dwaralis montados sobre sementales blancos con sillas de montar rojas como la sangre.

Y, por último, sus propias fuerzas parijatis, dispuestas a su alrededor, soldados vestidos con tonos imperiales, blancos y dorados, los sables al aire y el acero reluciente bajo el sol.

Aquel era su ejército, las fuerzas unidas de las ciudades-estado del imperio.

Todos ellos la ayudarían a derrocar a su hermano y hacerse con el trono.

Con su trono, que lo era tanto por derecho de sangre como por derecho de profecía.

Más allá de las cabezas de todos ellos, Malini vio una finísima franja azul.

El mar.

Sabía que lo vería tarde o temprano. Antes de que Aditya rechazase su derecho de nacimiento por última vez, antes de que nombrasen emperatriz a Malini, el puñado de señores que prestaban un apoyo acérrimo a Aditya habían planeado reunir sus fuerzas y seguir, siempre que fuese posible,

el camino de la costa hasta Dwarali, una tierra que seguía bajo la jurisdicción de aquellos menos leales a Chandra.

Pretendían llegar hasta Lal Qila, un fuerte en el confín mismo del imperio, construido para resistir los ataques de los territorios nómadas de Babure y Jagatay, cuyas gentes vivían más allá de las fronteras imperiales.

Un fuerte, esperaban, lo bastante resistente como para mantener también a raya a Chandra.

Malini no había visto motivo alguno para cambiar esos planes confeccionados desde hacía ya tanto tiempo; unos planes que ella misma había ayudado a trazar mediante sugerencias formuladas con sumo cuidado y cartas con palabras aduladoras,

mientras aún era princesa de Parijatdvipa bajo el yugo de Chandra.

Aun así, había experimentado una satisfacción visceral al ver cómo su ejército crecía a medida que los soldados de infantería y los jinetes de elefantes se unían a ellos por todo el camino; a medida que nuevos señores les daban la bienvenida a sus tierras,

les juraban lealtad y les abrían las puertas de aldeas y havelis para que los hombres de Malini se alimentasen y se armasen.

Esos mismos señores contribuían con sus herederos y soldados a la cada vez más numerosa procesión que se dirigía al lejano Lal Qila.

Incluso enfrentarse a los señores más reacios a aliarse con ella había supuesto una suerte de placer.

Ver cómo le plantaban cara, orgullosos, y luego se venían abajo nada más ver su ejército, sus aliados, la firmeza de su sonrisa.

Mucho más que cualquier muestra de halago o de veneración, aquello había hinchado el hambre constante que sentía en su interior; el ansia que se retorcía y ardía dentro de ella, y que solo quedaría saciada con la muerte de Chandra.

Tantos planes ya lejanos empezaban a florecer ante sus ojos…

, pero no para Aditya, sino para ella. Tras la ardua e infinita tarea que había implicado su puesta en práctica, sus planes avanzaban en aquel momento como una fuerza de la naturaleza, como olas que se alzaban y crecían, que contribuían a elevarla hacia el poder. Resultaba embriagador.

Malini contempló el mar y pensó que, de haber sido mujer más devota, habría considerado que se trataba de una señal, que su ejército era en sí mismo un mar enorme e imparable.

Que nada se iba a interponer en la ruta que llevaba hasta su destino.

Sin embargo, Malini era de naturaleza más bien pragmática.

Por ello, interpretó aquella escena con pragmatismo.

Al contemplar los mapas de su imperio y trazar la ruta con sus ojos y la punta de sus dedos, había comprendido que, cuando su ejército llegase a la costa, se encontrarían a apenas una semana de las fronteras de Dwarali.

Ya estaban allí, respirando aquel verdor salado, aquella brisa fría que recorría todo el ejército y obligaba a detenerse a algunos hombres para alzar el rostro sudado y disfrutar de un poco de frescor en la piel.

Pronto llegarían a Dwarali, y poco después a Lal Qila.

El siguiente paso en su ascenso al trono casi había dado comienzo.

Lata, junto a ella, dejó escapar un gemido de puro asombro.

—¿Ya habías visto el mar? —preguntó Malini.

Notó que Lata alzaba la cabeza por encima de su hombro para atisbarlo mejor. Con gesto amable, Malini se echó hacia atrás para que lo viese.

—Solo en las escrituras —dijo Lata—. En ilustraciones de libros. En obras de arte. Pero en persona, no. Y… ¿y tú, mi señora?

—Sabes que no —respondió Malini. Esperó un instante más y volvió a correr la cortina—. En Parijat hay muchos lagos y ríos, pero no hay nada más alejado de la costa que el mahal imperial.

—Lástima que no podamos detenernos a admirarlo —dijo Lata.

—Los hombres tendrán que descansar tarde o temprano —repuso Malini—.

Sin duda tendremos oportunidad de disfrutar de la vista.

Quizás incluso podamos ir a nadar. —Sintió la mirada que le lanzó Lata al pronunciar aquella frase—.

Estoy segura de que todos nos darán respetuosamente la espalda si se lo pedimos.

—Bromeas, ¿verdad? —dijo Lata, con tono de incredulidad.

—Sí, aunque está claro que no se me da muy bien —contestó Malini—. Por supuesto que jamás se me ocurría hacer tal cosa.

Sin embargo, sí que le habría gustado. Pensó, con un prurito de nostalgia, en Alori y Narina.

A sus hermanas de corazón les habría encantado el mar.

Narina se habría metido en el agua solo hasta los tobillos, y se habría sujetado la falda con ambas manos.

Siempre había cuidado mucho sus ropas, no se habría atrevido a más.

Alori, en cambio, se habría zambullido en el agua como un pez.

En Alor había tantos ríos como en Parijat, y sus hermanos le habían enseñado a nadar lo mejor que habían podido.

“Os echo de menos”, pensó, mientras se dirigía al vacío en el silencio de su corazón. “Siempre os echaré de menos”.

Como de costumbre, de pronto se acordó involuntariamente de Priya.

¿Qué pensaría ella del mar? Malini no podía imaginarla ahí fuera.

Solo visualizaba a Priya tal y como la había visto en el bosque, metida en el agua hasta la cintura, con el pelo suelto y mojado, tan suave entre sus manos.

El tacto de los labios de Priya contra los suyos.

Apartó de sí el pensamiento y lo guardó como si de un tesoro se tratase.

Aquella noche levantaron la tienda de Malini, pero no hubo tiempo de admirar el litoral. Malini daba por hecho que no tendría la oportunidad de hacerlo. Casi le supuso un alivio. No habría sido lo mismo sin sus hermanas de corazón. Era mejor dejarlo como si de un sueño se tratara.

Se unieron a la cena los nobles de mayor edad y suma lealtad de Parijatvipa.

Les sirvieron vino en jarras de metal batido, así como té para quienes no bebían alcohol: pequeñas tazas repletas de leche, azúcar y cardamomo.

La comida fue sencilla, pero bastante más generosa que lo que comía el resto del ejército: parathas recién horneados, dhals empapados en ghee y arroz con cebollas fritas que le daban un lustre dorado.

De vez en cuando servían platos especiales destinados a complacer el paladar de los distintos nobles de alta cuna: aquel día habían llevado varios sabzis muy picantes para los señores de Srugna.

Aquellos sabzis solían ser los favoritos del Señor Prakash, uno de los de mayor edad que asistía a la cena, y que solía hablar sin tapujos en todo lo tocante a salirse con la suya y satisfacer sus gustos.

Malini oyó con atención a Mahesh, el señor a quien había nombrado general de su ejército.

El Señor Mahesh le informó sobre los progresos del viaje.

Malini mantuvo la compostura y la calma, y apenas tocó nada de la comida; ni siquiera el vino, aunque el breve sorbo que se llevó a los labios le había calentado la sangre.

Lata, sentada en un rincón de la tienda, observaba.

Era la única compañera femenina de Malini.

Al parecer de los hombres, estaba presente para mantener el decoro.

Resultaba curiosamente difícil mantener la imagen de decoro y vaticinio, de aparentar ser una emperatriz elegida por la diosa.

Sobre todo a la hora de comer. Malini había visto a su padre pasarse de la raya con la bebida y hasta mancharse la ropa.

Por otro lado, su padre había sido emperador, es decir, un hombre, cosa que Malini no era.

Por lo tanto, apenas probaba bocado, consciente de que cenaría más tarde, a altas horas de la noche fría, cuando Lata y ella pudiesen compartir el rancho de los soldados: mangos o cebollas marinados en aceite para que aguantasen todo el largo viaje,

parathas secos untados en una pátina dorada de ghee para ablandarlos y un trago rápido de té tibio con tantas especias que casi quemaba al tragarlo.

—Veo que el príncipe Rao no cena con nosotros. Otra vez —observó el Señor Mahesh.

Habló lo bastante bajo como para que los otros nobles no lo oyesen.

—Tiene otras responsabilidades —replicó Malini.

—Todos las tenemos —repuso Mahesh—. Una de esas responsabilidades es esta, y de hecho es una responsabilidad crucial. Es una oportunidad de estrechar lazos. De conversar. Tenemos que estar unidos, emperatriz. Los momentos como este son los que nos unen.

Hizo un gesto hacia los hombres que los rodeaban, envueltos en la tenue luz de las lámparas.