La espada de hiedra (Reinos en llamas 2) Prólogo
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La espada de hiedra (Reinos en llamas 2)

La espada de hiedra (Reinos en llamas 2)

Por Tasha Suri

© inepub.com

Prólogo

Kartik

—¿ Has visto chica más pura alguna vez, mi príncipe?

Aquellas palabras no iban dirigidas a Kartik, pero las oyó igualmente.

El sumo sacerdote Hemanth había inclinado la cabeza para susurrárselas al príncipe al oído.

Había hablado en voz baja; aun así, se escucharon sus palabras.

No había modo de evitarlo. La voz del sumo sacerdote era característica e inconfundible, un tono consistente, ni muy alto ni muy suave, pero penetrante.

Era una voz hecha para entonar mantras, para cantar, para guiar.

Para derramar la fe, como el vino, en la copa de cualquier corazón anhelante.

Ambos, sacerdote y príncipe, se encontraban en los jardines del templo imperial.

Los pájaros trinaban en los árboles, y el viento mecía las ramas.

Todos aquellos ruidos apenas eran lo bastante altos como para enmascarar la presencia de Kartik: el tartamudeo de su respiración, diminuta y sorprendida, y los barridos que daba con la escoba, que levantaban nubecillas de polvo en el suelo de mármol.

Kartik dio un paso atrás y se resguardó entre las sombras del muro del templo, la escoba agarrada con ambas manos. Casi no se atrevía ni a respirar.

El sumo sacerdote volvió a hablar. En tono amable. Persuasivo. Con la mano sobre el hombro del príncipe. Las palabras llegaron a los oídos de Kartik como hojas que cayeran sobre aguas tranquilas; un golpecito suave seguido de ondas en movimiento que lo atravesaron de parte a parte.

—¿La protegerás? ¿La guiarás para que mantenga su bondad?

Así solían ser las preguntas de los sacerdotes, por lo que Kartik había llegado a comprender. Preguntas formuladas con suavidad que exigían respuestas extraídas del tuétano de su interlocutor, de la sangre más profunda de su corazón. Y, por supuesto, el joven príncipe asintió despacio y dijo:

—Sí, claro que la protegeré. ¿Qué clase de hermano sería si no la salvase de ser mancillada?

Kartik aguardó a que se marchasen. Acabó sus tareas en medio de una niebla entre eufórica y entumecida.

Tenía las manos firmes, pero su visión era un cúmulo de luces y colores emborronados.

Cruzó el templo, viéndolo todo con otros ojos: la arenisca de las paredes con flores talladas, el modo en que se movían al viento los vaporosos cortinajes que cubrían cada puerta y cada recoveco.

En todas las superficies vio las palabras del sumo sacerdote, que reverberaban como un eco hacia él, reescritas, creadas de nuevo. Llamándolo.

“¿Has visto chica más pura alguna vez?”

Kartik no tendría que haber oído aquellas palabras.

No tendría que haberles dado cobijo en su interior después de haberlas oído, grabadas en su propia cabeza, indelebles, tan brillantes y constantes como una plegaria.

Sin embargo, la mente de Kartik estaba hecha para el conocimiento, o eso le habían dicho siempre.

Cuando no era más que un muchacho, discípulo de un templo saketano de tercera categoría dedicado a la Madre sin rostro, su habilidad para recitar de memoria cientos de mantras y plegarias, así como todo el Libro de las Madres de principio a fin, había llamado la atención del sumo sacerdote Hemanth.

Por ello, el sumo sacerdote había sacado a Kartik de su antigua vida.

Su mente lo había llevado hasta aquel lugar: a Harsinghar, a aquel palacio de velos de jazmín, al templo imperial en el que servía en aquel momento.

Al jardín de un templo en el que un chico que se forma para convertirse en sacerdote podría toparse de manera inesperada con el segundo heredero al trono dando un paseo con el sumo sacerdote, hablando sobre la mismísima princesa imperial.

Donde podría captar una frase que lo estremecería por completo, aunque no llegase a comprender todo su significado.

La princesa estaba allí, en aquel mismo instante.

En la sala principal del templo, la joven princesa se arrodillaba ante la estatua de Divyanshi.

En el salón del templo había tallas que representaban a las cinco Madres de las llamas, cada una de las cinco mujeres nobles que se habían inmolado de manera voluntaria y habían entregado así sus vidas para romper el poder de los yaksas y acabar con la Era de las Flores.

Cuatro de ellas estaban dispuestas en forma de semicírculo, sus figuras talladas en oro: Ahamara, con la melena suelta que la envolvía y se retorcía como llamas; Nanvishi, con una estrella de fuego que le brotaba de la frente y de las palmas de las manos extendidas; Suhana,

con un arco roto en las manos y el rostro alzado; y Meenakshi, con el rostro inclinado en oración y las manos unidas.

Divyanshi se encontraba en el centro del semicírculo.

Su estatua, mayor que las otras, estaba forjada con todo lujo de detalles.

Por los brazos le corrían flores de plata.

Miraba al frente, bella y orgullosa, sereno el rostro dorado.

Su sombra cubría por completo a la princesa, arrodillada a sus pies.

La princesa colocó una guirnalda de flores frente a las estatuas de las Madres.

La habían compuesto con esmero; un prístino hilo blanco atravesaba el corazón de cada una de las flores y la acercaba a la siguiente.

Jazmines, de un suave color entre amarillo y blanco, engarzados entre rosas más imponentes.

Kartik había visto tantas ofrendas compuestas por esas flores que las reconoció al instante: eran las que crecían en el jardín privado de la esposa del emperador.

La gente cuchicheaba incluso dentro del templo, como ajena al hecho de que sus voces se oían por las ventanas. “Es toda una belleza”, decían de ella. “Algún día romperá muchos corazones”. “Más le valdría al emperador atarla corto”.

Sin embargo, Kartik hacía caso omiso de aquellos chismes. Le interesaban las verdades, los secretos. Eso era lo que atesoraba, de lo que aprendía.

Puso toda su atención en escuchar cuando la princesa inclinó la cabeza y empezó a susurrarles a las Madres. Ella no lo veía, resguardado entre las sombras como estaba, con la escoba aún en la mano. Pero él sí la veía a ella. La oía, y comprendía.

Solo entonces él, que no era más que un muchacho, empezó a ver la forma que el futuro tendría de un modo que ni siquiera el sumo sacerdote atisbaba. Y aunque la pregunta del sumo sacerdote no se dirigía a él, Kartik la respondió en su corazón.

No. Jamás había visto chica más pura. En toda su vida.