Epílogo
PRIYA
Malini:
¿Habría sido mejor haberte dejado respuestas? ¿Haberte escrito una última carta y haberla dejado doblada en tu baúl o en la cama, en el lugar donde dormía junto a ti?
¿Te consolará saber que quería amarte para siempre? ¿Que quería ser tuya para el resto de mi vida? ¿Que decidí hacerte daño para evitar que tanto tú como todos mis seres queridos murieseis?
Quizá no. Quizás es mejor así.
Ódiame, Malini. Ódiame y sobrevive. Yo tengo suficiente amor para las dos.
Priya caminaba sola. Sentía que cruzaba el mundo entero.
Habría sido más fácil si se hubiese sentido más animal y menos humana.
Si no se hubiese sentido como ella misma, como alguien que ha fracasado, con el corazón roto.
Caminaba hasta que le ardían los pies y luego dormía entre picaduras de mosquito, al raso, bajo el cielo nocturno.
Pero todavía era Priya. Todavía era una antigua criada. Todavía era una hija del templo.
No sabía si Malini estaba viva o muerta. Pero veía que crecían flores allá donde pisaba. Sabía que la podredumbre le cantaba, le hablaba de llegadas inevitables, de nacimientos, de una vida que regresaba donde la vida se había perdido.
Sabía que, a veces, de su piel brotaba savia en lugar de sudor. Sabía que se había vaciado para los yaksas, y que la primera de ellos, la más anciana, la había nombrado su preferida. Su sacerdotisa.
—Mani Ara —susurró en mitad de la noche—. ¿Me mostrarás tu rostro?
La tierra tembló a su alrededor y luego se quedó quieta. “Aún no, pues. Aún no”.
Comía cuando se acordaba de que tenía que comer. Caminaba cuando se acordaba de que tenía que caminar. Tanteaba en el sangam, en busca de alguien o de algo, mas no encontraba nada. Ecos que reverberaban y jamás la alcanzaban. Ni rastro de los guardamáscaras. Ni rastro de Bhumika.
Priya jamás había estado tan completamente sola.
Llegó hasta los confines de Ahiranya. Sintió que la tierra la llamaba y se alzó sobre los bordes del verdor. El sangam estaba a sus pies. El verdor la llamaba, la observaba. Los árboles se doblaron hacia ella al acercarse.
En la base del Hirana, Priya vio que alguien la esperaba.
No era Bhumika. No era Rukh. Tampoco Billu, ni la malencarada de Khalida. No era Kritika, siempre con la espalda recta, ni Ganam, siempre de brazos cruzados.
Era un desconocido.
Era más alto de lo que debería ser un hombre. Tenía el pelo desmelenado, compuesto de hojas de plata, oro y verde. El viento se lo revolvía con gracilidad, se lo enredaba en el rostro.
El rostro.
—Ashok —susurró.
Él la contempló con una expresión solemne que no era del todo la de su hermano. Era como si el rostro de su hermano hubiese sido tallado hermosamente en madera. Como una máscara.
—Priya —le dijo—. Hermana. Bienvenida a casa.