Capítulo 17 #3
Después mira a Elena, Fran, Nati, Marco, Óscar y Óliver. El peso de la despedida nos aplasta.
—Cuídenmelas.
Óscar asiente y añade:
—Con mi vida.
Óliver también.
—Siempre.
Tía Elena apenas puede hablar.
—Lo haremos, descuida.
Papá sonríe agradecido. Luego vuelve a mirarnos como si quisiera memorizar cómo somos, como tratando de fijar nuestros rostros y que en lugar de olvidarlo todo, pudiera rescatar algo y conservarlo.
Se aparta. Noa cae de rodillas y a mí me atraviesa un dolor seco, como un hachazo. Entonces lo comprendo: no estamos a punto de perder a nuestro padre; estamos a punto de perder el lugar que ocupamos en su vida. En adelante, seremos unas desconocidas para él.
Antes de desaparecer y después de abrazar a los demás, se dirige hacia Marco.
—Estoy listo —le dice—. Hagamos de este mundo un lugar mejor.
Marco asiente y le toma las manos. En el instante en que sus pieles se rozan, la habitación se estremece. Las paredes crujen y el suelo se tambalea, solo que esta energía… no duele ni da miedo. Es cálida, inmensa, pura.
Se abre una luz que los envuelve y el aire se torna tan denso, pero no nos cuesta respirar. Papá y Marco cierran los ojos al mismo tiempo. Los cuerpos de ambos se tensan y un resplandor nace bajo su piel. Los recorre como si el universo entero fluyera a través de ellos.
Esto transcurre fuera del tiempo, como si una mano poderosa hubiera apagado el cronómetro de la existencia.
Abrazo a Noa; es lo único que puedo hacer. Queremos apartar a papá de allí, detenerlo, gritarle que no nos deje…, pero ya ha tomado su decisión.
La energía se desvanece y la luz se apaga. Marco cae de rodillas sosteniendo el cuerpo inmóvil de papá entre sus brazos.
No. No. No.
Mi hermana y yo nos arrojamos sobre él. Lo abrazamos. Lo sacudimos. Lo llamamos una y otra vez, como si nuestra voz pudiera traerlo de vuelta, pero no abre los ojos. Esta vez no. Esta vez se ha ido. Y con él desaparece el único lugar al que siempre pudimos llamar hogar.
El vacío se impone. Nadie habla. Nadie sabe qué hacer con un dolor tan inmenso.
Es Elena quien lo rompe. Da las primeras órdenes para regresar al cuartel. Los demás las cumplen sin rechistar, aunque sus ojos permanecen clavados en papá, incrédulos todavía. Emilio, tal como lo conocieron, ha desaparecido para siempre.
Esa noche nadie duerme.
En el cuartel nadie levanta la voz. Hasta las paredes parecen comprender que cualquier ruido sería una falta de respeto. Noa termina quedándose dormida por puro agotamiento, abrazada a la sudadera de papá. Yo soy incapaz de cerrar los ojos.
Sin saber muy bien por qué, mis pasos me llevan hasta su habitación. Empujo la puerta despacio. Todo sigue exactamente igual.
La taza de café descansa sobre la mesa junto a una carpeta llena de anotaciones.
Sus gafas permanecen abiertas sobre un informe que ya nadie terminar á de leer.
La chaqueta sigue colgada del respaldo de la silla, como si fuera a entrar en cualquier momento para ponérsela mientras nos pregunta qué desastre hemos provocado esta vez.
La cama revuelta y el armario a medio abrir.
El pecho se me encoge. Acaricio el respaldo con la yema de los dedos y me siento en su silla. Todavía huele a él. Cierro los ojos.
Durante un instante puedo imaginarlo, sonriéndome con esa calma infinita que siempre encontraba incluso cuando el mundo se venía abajo.
—¿Qué hago ahora, papá? —susurro.
Solo obtengo silencio. Uno distinto. No es el de la ausencia.
Es el de las palabras que ya nunca escucharemos.
Entonces comprendo algo que me rompe: no volver á a pedirme que tenga cuidado.
No volver á a regañarnos por discutir. Y, lo más cruel de todo...
aunque algún día vuelva a cruzarme con él, ya no sabr á quién soy.
Las lágrimas caen sin que pueda detenerlas. Apoyo la frente sobre la mesa y lloro hasta quedarme sin fuerzas.
Cuando por fin me incorporo, cojo la fotografía que tiene junto a la montaña de papeles. En ella aparecemos los cuatro en una playa de Gran Canaria. Mamá sonr í e apoyada en su hombro mientras Noa y yo, todavía niñas, hacemos el tonto delante de la cámara.
La estrecho contra el pecho.
—Gracias por elegirnos una y otra vez —murmuro.
Después apago la luz.
Y cierro la puerta con la extraña sensación de que, al hacerlo, también estoy cerrando la última etapa de mi vida.
Los días siguientes pasan como un sueño borroso. El dolor no se marcha. Aprendemos a caminar con él.
Con el tiempo comprendemos que el sacrificio de papá no fue el final de nuestra historia. Fue el precio para que la vida pudiera continuar.
Quizá esta historia no tenga el final perfecto. Quizá jamás estuvo destinada a tenerlo. Pero es nuestra historia. Y, pese al dolor, pese a las pérdidas, pese a lo que nos arrebató el destino…, puedo decir que valió la pena.
Porque amé. Porque sufrí. Porque luché. Porque sentí.
Y sentir —incluso cuando duele— es lo más humano, valiente y extraordinario que puede hacer un alma en su paso por este mundo.
Después de todo… Creo que, por fin, entiendo lo que significa ser feliz.