Capítulo 17 #2
—Por una vez haré lo que esperan de mí —añade—. Si tengo que dejar este mundo, lo haré como un héroe. ¡Seré recordado como el salvador!
Y ahí está otra vez el Aarón incapaz de dejar de pensar en sí mismo.
Marco pone los ojos en blanco. No es para menos.
Le piden a mi padre que me deje. Con cuidado, me deposita en el suelo y se aparta.
Marco y Aarón ocupan su lugar, uno a cada lado de mi cuerpo.
Cierran los ojos. Los demás retroceden cuando la energía empieza a vibrar a su alrededor.
Incluso desde este lugar extraño en el que estoy atrapada puedo sentir que la atmósfera que nos envuelve, cambia.
Una corriente poderosa atraviesa el plano astral y provoca sacudidas a mi alrededor.
El vacío se desintegra y Aarón aparece frente a mí.
No es el monstruo consumido por la obsesión.
Tampoco es el Núcleo. Solo Aarón. Su luz es más tenue que antes y más inestable.
Diría que es una estrella a punto de apagarse.
Se acerca despacio mientras el plano astral se deforma igual que su mente.
Son residuos, fragmentos de vivencias que flotan alrededor de nosotros, retazos de promesas rotas.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunto.
—Por primera vez… hago lo correcto.
—Te está… destruyendo.
—Destruye el error.
El silencio entre nosotros pesa más que cualquier discusión que hayamos tenido jamás.
—Nunca quise hacerte daño, Sara.
Sé que dice la verdad. Eso es lo peor. Suena sincero, honesto, verdadero.
—Te obsesionaste —respondo—. Confundiste amar con poseer. Quisiste construir un mundo perfecto y acabas destruyéndote a ti mismo.
—Solo quería que fueran felices, pero equivoqué la fórmula.
—No puedes obligar a nadie a ser feliz.
Cuando vuelve a mirarme, veo que lleva siglos sosteniendo un peso imposible.
—Tenías razón: el amor no debería dar miedo.
Da un paso más hacia mí.
—La niña vivirá, pero para estabilizarla debo absorber su energía. Cuando lo haga…, no podré quedarme aquí mucho más tiempo.
—Aarón…
Me brinda una sonrisa pequeña, humana.
—No… me mires así. Al fin y al cabo…, llevo demasiado tiempo… deseando descansar.
A medida que habla —le cuesta pronunciar las palabras—, el vacío alrededor de su cuerpo va llenándose de grietas luminosas. Se va desintegrando, cuarteándose en fragmentos que desaparecen. Me muevo hacia a él, pero mi sistema se tambalea. No puedo.
—Lo… siento —susurra.
Esta vez le creo. Levanta lo que queda de su mano derecha y, muy despacio, me acaricia la mejilla. Es un gesto cálido, humano, familiar.
—Cuida de ella, Sara.
Tiene los ojos vidriosos y me recorre el rostro como si quisiera memorizarme. No tardará en deshacerse del todo.
—Ojalá… en otra vida… hubiera sabido quererte mejor.
Y desaparece. La luz me envuelve por completo. Siento un tirón violento y solo veo oscuridad. Muy a lo lejos oigo voces, pero sigo sin poder abrir los ojos o, si los tengo abiertos, sigo sin ver nada. Tengo la sensación de estar volviendo muy despacio.
Las voces me llegan amortiguadas…hasta que se desata un torbellino de emociones. Es una mezcla de alegría, de alivio y de incertidumbre.
Abro los ojos un instante y la luz me obliga a cerrarlos de nuevo. Estoy molida, magullada. El cuerpo me pesa como si hubiera librado mil peleas dentro de mí.
—Sara… —Es la voz rota de papá.
Cuando logro abrir los ojos, lo veo sujetándome con un mimo que me emociona. Me incorpora con mucho cuidado. Tiene lágrimas acumuladas en los ojos que se esfuerza en disimular. Noa se lanza sobre mí llorando y riendo al mismo tiempo.
—Joder…, pensé que te perdíamos —solloza.
Intento hablar, pero apenas me sale aire.
—La niña… —logro articular.
Marco aparece a mi lado.
—Está bien. Las dos lo están.
Cierro los ojos y dejo que el alivio me atraviese entera.
Por fortuna, no tardo en recobrarme. Miro a mi alrededor: en el comedor no queda nada de aquella tensión insoportable. A Natalia le tiemblan las manos. Tía Elena sonríe después de muchísimo tiempo. Solo Marco tiene una expresión grave.
—No tenemos mucho tiempo —dice.
Las emociones se aquietan y los rostros se ponen serios.
—Aarón ha desaparecido. Y… el Núcleo está debilitándose. Si no encontramos pronto a alguien que ocupe su lugar, el equilibrio se romperá para siempre.
Nadie responde. Entendemos lo que significa. Nuevos sacrificios. Más duros. Renunciar a cuanto amamos y aceptar que también podemos perder todo aquello que nos hace humanos.
—Yo no puedo volver a ocupar el puesto —explica—. Y debe ser alguien capaz de soportarlo sin corromperse.
Un ruido nos sobresalta. Son Tomás y Jacobo, que resucitan de su estado de inconsciencia atados y desorientados. En un segundo, comprenden lo que ocurre, se miran entre sí y, dando tumbos, se dirigen a la salida.
—¡Quietos! —ordena Óscar.
Antes de alcanzarlos, ambos se detienen en seco. Algo les ha atravesado la espalda. Cuando giran la cabeza, descubro a Beatriz detrás de ellos, sujetando dos jeringuillas vacías entre las manos temblorosas. La sala entera queda paralizada.
—¿Qué has hecho…? —susurra Natalia horrorizada.
Beatriz los observa con lágrimas en los ojos.
—Inyectarles lo que Aarón me obligó a crear.
Tomás abre la boca, quiere decir algo, pero no puede. Jacobo cae primero de rodillas. El otro lo sigue. No hay sangre ni gritos ni agonía. En sus ojos solo queda un grito mudo de auxilio y… terror. Muy despacio, su luz declina y se apaga.
Óscar, enfurecido, mira a Beatriz:
—No deberías haberlo hecho.
Ella baja la vista hacia los cuerpos.
—No quiero pasar el resto de mi vida huyendo de ellos.
Nadie sabe qué decir. Los cuerpos yacen sobre el suelo mientras el peso de lo ocurrido vuelve a caer sobre nosotros.
Marco interviene otra vez.
—Es urgente que encontremos un nuevo Núcleo.
Nadie da un paso al frente y evitamos mirarnos demasiado tiempo. Nadie se siente digno ni cree ser lo bastante puro para soportar algo así sin ser destruido.
La esperanza decae…
—Lo haré yo —dice papá.
Noa se gira de golpe.
—No.
—Ni se te ocurra —digo empleando las pocas fuerzas que tengo.
Tía Elena también niega.
—Emilio, no puedes estar hablando en serio —dice Fran.
Pero él mantiene la calma. La misma calma de siempre ha tenido, hasta cuando el mundo se caía a pedazos a nuestro alrededor.
—He perdido demasiado ya —dice en voz baja—. No pienso perder más.
Nos mira a Noa y a mí.
—Si esto garantiza el futuro… y el de mi nieta, merece la pena.
Las lágrimas se me derraman.
—Papá, no.
Marco se lo queda mirando durante unos segundos y, para sorpresa de cuantos estamos reunidos, asiente despacio.
—Serías un buen candidato. —dice; y se dirige a nosotros, que aguardamos una explicación—: Es un alma pura. No ha matado. Siempre ha puesto a los demás por delante de sí mismo. Y sabe mantener la cabeza fría… en mitad del caos.
Ahora es Noa la que rompe a llorar.
—Busca a otra persona. No puede ser él. Lo necesitamos aquí. Sin su guía no podremos evolucionar ni ser mejores. Acabaremos corrompiéndonos.
Marco baja la mirada. Sabe de sobra que no hay tiempo para encontrar a otro candidato.
—Hay un problema —dice en un susurro.
Siento un vacío horrible, como si se abriera un abismo en mi interior.
—Cuando se convierta en Núcleo…, olvidará su vida humana.
El mundo se detiene. Papá nos olvidará. A mí. A Noa. A mamá. Olvidará su historia —la nuestra— por completo.
—No… —susurra mi hermana. Jamás la he visto tan destrozada.
Me aferro a la camisa de papá como si eso pudiera impedir que desaparezca.
—Tiene que haber otra solución —digo. Tiro de ese hilo que nos une, que me sostiene.
—Sara… —susurra acariciándome el pelo.
—¡No! ¡No puedes hacer esto! ¡Primero mamá y ahora…! ¡No puedes dejarnos también tú!
Noa termina abrazándose a él, como si la realidad se hubiera distorsionado y necesitara alguna certeza.
Desde que mamá murió, papá nunca había dejado ver una grieta. Hasta ahora. Le tiembla la barbilla. Aun así, sonríe.
—Escúchenme bien las dos.
Nos toma del hombro a cada una y nos obliga a mirarlo.
—Nada de lo que haga cambiará lo orgulloso que estoy de ustedes —dice con agua en los ojos, que sujeta a duras penas.
—Sara…, eres la mujer más valiente que he conocido jamás. Y tú —mira a Noa—, aunque el mundo intente apagarte, nunca pierdas esa fuerza que tienes dentro.
Noa niega sin dejar de llorar y jadea, como si hubiese corrido una maratón y tratase de recobrar el ritmo de la respiración.
—No… quiero… despedirme.
—Yo tampoco quiero irme, pero es mucho lo que está en juego —dice él y la abraza con fuerza.