La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

¿Felices para siempre?

SARA

Marco y yo nos acercamos despacio a Aarón, aunque no es algo espontáneo, sino planeado.

En cuanto irrumpo en el comedor junto a Óliver, Marco conecta con mi mente y me habla. A diferencia de las invasiones del Núcleo, su presencia no me desborda. Ser una esencia pura tiene indudables ventajas.

—Gracias por unirte a esta batalla —me dice.

—¿Qué quieres que haga?

—Debemos desestabilizarlo. Su fortaleza, es decir, la potencia de los Núcleos, de cualquiera que acceda a ese estatus, reside en su mente. Si pierde el control, tendremos bastantes más posibilidades de derrotarlo.

—De acuerdo.

Intervengo en la conversación haciendo tanteos para provocarlo. Y funciona. Aarón está irritable, ofuscado, cada vez más cerca de descontrolarse y dar palos de ciego, como ya ha hecho poco antes. La habitación tiembla una vez más.

Es el momento. Me giro levemente y le hago una señal a papá. Tienen que salir de aquí si queremos salvarlos. Marco vuelve a hablar dentro de mi cabeza.

—Hay que entrar en su mente o no habrá otro modo de vencerlo. ¿Confías en mí?

—Por supuesto.

Me agarra la mano con una fuerza extraordinaria y el comedor desaparece.

Ya no estoy allí. La tempestad que iba formándose en la habitación, que ha quedado hecha una ruina, no es nada comparada con esto.

El viento ruge a mi alrededor con una violencia imposible.

Hago equilibrios para mantenerme en pie, aunque ni siquiera sé si sigo teniendo un cuerpo físico.

La sensación es sobrecogedora, como si pudiera desintegrarme en cualquier momento dentro de este torbellino oscuro.

Marco ha desaparecido, y yo estoy sola y a la deriva.

Busco algo a lo que aferrarme; algo sólido, real, justo en el instante en que alguien me toma de la mano.

Me vuelvo y veo a una mujer que no reconozco hasta que la miro a los ojos. ¡Es Marco!

—No temas —me dice con calma—. Estamos dentro de la mente de Aarón. Pronto pasará.

¿Dentro de su mente? Ni siquiera recuerdo cómo hemos llegado aquí. No sé si ha sido instantáneo o si hemos hecho un largo viaje. Aquí, el tiempo terrestre desaparece.

Poco a poco, la tormenta va amainando, el viento pierde fuerza y el caos se disipa. Frente a nosotras, impecable, sereno e intacto…, aparece Aarón con el rostro del hombre del que me enamoré.

Nos contempla sin decir nada, con una especie de cansancio de siglos. No transmite el mismo poder aterrador que en el comedor.

Detrás de él, el paisaje cambia constantemente. Fragmentos de vivencias aparecen y desaparecen entre la niebla. El cielo se resquebraja sobre nuestras cabezas. Hay voces lejanas acompañadas de gritos y de dolor. Mucho dolor.

Cada episodio que guarda en su interior está vivo y transcurre en tiempo real aquí.

—No deberías haber venido —me dice con una tristeza que me desarma—. Menos, con ella.

Marco —ella— aprieta mi mano, pero no interviene.

—¿Por qué estás haciendo esto, Aarón? —pregunto.

Su expresión cambia apenas.

—Por ti.

El viento vuelve a rugir a nuestro alrededor.

—Esto empezó por ti. Por nosotros. Por la familia que íbamos a formar.

Siento un nudo en el pecho.

—Ya lo sabes: eso no es amor.

—¡Claro que lo es! —estalla—. Quería darte un mundo mejor. Un mundo sin sufrimiento, sin guerras, sin miedo. Nuestra hija iba a crecer en un paraíso.

Marco da un paso al frente.

—No. Iba a crecer en una prisión construida por un hombre incapaz de aceptar que no puede ni debe controlar cuanto existe.

Aarón cierra los ojos antes de clavarle la mirada.

—Tú cállate. Tú fuiste quien me enseñó lo inútiles que son los humanos.

—Yo te enseñé a proteger el equilibrio. Tú decidiste jugar a ser Dios.

El suelo tiembla. Las grietas del cielo se ensanchan por momentos.

Aarón vuelve a mirarme. Esta vez hay algo distinto en sus ojos: dolor, un dolor tan profundo que, por un instante, me desarma.

—Te habría dado cuanto tenía, Sara. Cuanto era. Y me traicionaste.

Un pinchazo de culpa me oprime el pecho. ¿Por qué? Él construyó esa mentira, me engañó y, aun así, me cuesta respirar.

Aprieto la mandíbula y le sostengo la mirada.

—Te equivocas: no te traicioné. Hice cuanto pude para salvarte de ti mismo.

Parece que fuera a romperse, pero lo que sigue es una onda expansiva que arrasa con lo que nos rodea.

El aire se vuelve sólido y un golpe sordo nos estampa contra el suelo.

Una presión insoportable me ancla a la tierra y, cuando voy a moverme, las costillas no me dejan respirar.

En el centro del caos, Aarón se eleva sobre nosotros suspendido en el eje de una tormenta que obedece a su voluntad.

—¡No entienden nada! —ruge—. ¡Yo era el único dispuesto a hacer lo necesario!

La presión aumenta. También a Marco le cuesta incorporarse.

—¡Sara! ¡Ahora!

Comprendo lo que quiere. No sé cómo lo hacemos; debe ser la adrenalina la que nos moviliza a pesar de los cuerpos magullados, pero nos lanzamos contra Aarón al mismo tiempo.

Y no, no son los cuerpos los que lo hacen.

Es algo más profundo. Invadimos su mente, sus recuerdos, sus emociones, ese dolor infinito que carga. El peso de la muerte y la soledad.

Siglos observando cómo el mundo se destruye una y otra vez.

Aarón grita. El cielo entero se quiebra. Percibo su debilidad. Algo está drenando su fuerza desde el otro plano. Son Óliver y Óscar, que están luchando contra él en el entorno físico. Marco también lo nota.

—Está perdiendo estabilidad —dice.

Aprovechamos ese instante.

La tormenta va deshaciéndose. Aarón cae de rodillas, aunque levanta el torso y la cabeza. Nunca he visto tanto odio junto. Nos golpea con una oleada de energía tan brutal que me desgarra el alma El dolor atraviesa el centro de mi consciencia. No es físico. Es peor; mucho peor.

—Marco… —susurro aterrada—. Algo va mal.

En cuanto lo digo, mi cuerpo empieza a desvanecerse entre mis manos, como si fuera ceniza. Es una desconexión con mi estuche; lo sé. Marco palidece.

—No… no puede ser…

El pánico me paraliza.

—Marco…

Él sigue sosteniéndome, pero de su garganta brota un grito desesperado.

—¡¡La estamos perdiendo!!

Aarón nos mira horrorizado y la ira que traía acumulada desaparece de golpe.

—No… Sara…

La tormenta se detiene, pero el mundo sigue derrumbándose y causando destrozos a nuestro alrededor.

Y, como si esta lucha hubiera tenido lugar en una mala pesadilla…

el comedor aparece de nuevo frente a mí y el dolor que me partía…

desaparece. Veo mi cuerpo desplomarse. A lo lejos, suena un grito desgarrador de Aarón.

No sé cómo ha pasado. Lo que sé es que sigo aquí. Puedo verlos. Puedo oír sonidos que reconozco y prestar atención a lo que ocurre a mi alrededor, pero nadie puede verme ni oírme a mí. Estoy atrapada en algún lugar entre ambos planos.

Óliver y Óscar se acercan a mi cuerpo. Discuten. Por alguna razón que ignoro, reconozco las palabras que se dicen, pero no logro interpretar su significado. Los demás entran en el comedor segundos después y papá se aferra a mí como si pudiera retenerme a la fuerza en este mundo.

El abatimiento y el miedo impregnan el aire. Y yo… estoy atrapada. Hago tentativas inútiles de conectar con Marco, con Noa, con cualquiera. Nada. Es en vano.

Estoy en un lugar que ni siquiera sabía que existía, suspendida entre ambos mundos. Sin cuerpo, sin tacto, sin nada… y, al mismo tiempo, es como si no me faltara de nada.

—¿La niña…? —pregunta papá con la voz rota.

—Lo está… por ahora —contesta Marco—. Pero si el cuerpo de Sara colapsa, ella también morirá.

La situación es límite. No pueden rendirse y lo saben: ninguna de las dos tenemos la culpa de esta maldita guerra y, menos aún, mi bebé.

Desesperada, me lanzo hacia mi cuerpo. Mis manos lo atraviesan sin encontrar resistencia.

El pánico me golpea con tanta fuerza que siento cómo mi esencia se desgarra, agitada como una sábana al viento.

Cierro los ojos. No puedo permitirme perder el control.

Respiro y ordeno el caos. Tiene que existir una forma de salvarla. Y voy a encontrarla.

—No debieron involucrarla en esta batalla —dice Aarón mirando a Óliver—. Tanto la quieres... y permitiste que se expusiera así.

Maldito imbécil. Si estoy así es por él y todavía lanza dardos envenenados contra Óliver.

—Esa es la diferencia entre tú y yo. Yo no soy su dueño.

Soy su compañero. Le pedí que no viniera.

Discutimos por ello. Pero tomó su propia decisión...

y la respeté. ¡La respeté! ¿Lo entiendes!

—Sigue empuñando la daga y la aprieta con fuerza—.

Eso es amar: confiar, dejar elegir, aunque te destroce por dentro.

La habitación vuelve a temblar. La furia de Aarón se expande como una onda invisible y temo que vuelva a perder el control. Hago cuanto puedo por detenerlo y le grito, me interpongo ante él. Aun así, sigo siendo incapaz de alterar nada.

Es Marco quien interviene.

—Hay una forma de salvarlas. A las dos.

El ataque de Aarón se detiene de inmediato.

Miro a Marco con una chispa de esperanza. Todavía podemos salir de esta. Uno tras otro, se ofrecen voluntarios para salvarnos. Marco no responde; ni siquiera los mira. Mantiene la vista fija en Aarón. Él le clava los ojos unos segundos. Hay miedo en su semblante. ¿Qué esconde?

—Solo hay alguien capaz de resistirlo —asegura Marco, nuestro antiguo Núcleo—. Y lo sabe. Por eso mismo calla.

Aarón agacha la cabeza y lo esquiva. Me parece que libra otra batalla en su interior.

—Llevo demasiado tiempo en la Tierra —se justifica—. Estoy débil. Puede que no lo resista.

No puedo creerlo. ¿Después de semejante desastre todavía duda?

—¿Quieres salvarlas o no? —pregunta Marco con frialdad—. Tienes delante una magnífica oportunidad de redimirte.

Los segundos se hacen eternos. Entonces Aarón suspira.

—Lo haré. Ellas no deben pagar por mis errores.

La sorpresa me golpea de lleno. Quizá aún quede algo bueno dentro de él, algo del hombre que una vez amé, del ser que fue elegido para proteger y no para destruir.

Pero el momento dura poco.