La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 16 #2
92%

Capítulo 16 #2

—Ayúdenme y los convertiré en dioses del Olimpo que estoy construyendo. Les compensaré por todo el sufrimiento que les he hecho pasar.

Jacobo y Tomás se miran. Dudan —eso es bueno—. Por un instante, quiero creer que elegirán el lado correcto.

Hasta que Tomás se levanta y corre hacia mí. ¡ Maldito gilipollas! Lo recibo con un puñetazo directo a la nariz y cae al suelo de inmediato. Desde el mismo instante en que lo conocí imaginé mil veces cómo sería enfrentarme a él, pero nunca pensé que lograría tumbarlo al primer golpe.

Error. Desde el suelo me agarra la pierna y tira con fuerza. Pierdo el equilibrio y caigo de espaldas. Se abalanza sobre mí y acerca su maldita navaja a mi cuello.

Le bloqueo el brazo antes de que me alcance la garganta.

Forcejeamos. Le engancho la pierna y le tranco el tobillo para inmovilizarlo.

Sujetando la muñeca armada con ambas manos, empujo el cuchillo hacia él mientras elevo las caderas con fuerza y giro el cuerpo hacia el brazo que sostiene la navaja.

Rodamos por el suelo, aunque esta vez quedo encima.

Le retuerzo la muñeca hasta desarmarlo y lanzo la navaja lejos de nosotros.

Antes de que pueda reaccionar, le golpeo la cara con la frente.

Se desploma. Lo giro bocabajo, le cruzo los brazos a la espalda y saco una brida del bolsillo.

Ahora, si quiere —si puede—, que eche a correr.

Me incorporo como puedo y busco dónde sigue el combate.

Al fondo, las fuerzas ancestrales chocan entre sí.

El aire se ondula con cada impacto y se suceden destellos de energía pura que iluminan las siluetas durante breves instantes, como relámpagos atrapados entre las paredes.

Algo me dice que la realidad está a punto de desgarrarse.

A mi derecha, Óliver golpea a Jacobo con una violencia salvaje; puñetazo tras puñetazo sin freno, desatado. La sangre cubre ya el rostro del líder del Cuerpo Oscuro. Me sobrecoge pensar que cada uno de nosotros está a un paso de convertirse en un monstruo.

Vuelo hacia ellos antes de que sea demasiado tarde.

—¡Para! ¡Lo vas a matar! —le grito mientras lo sujeto por detrás para apartarlo.

Óliver respira con dificultad. Está fuera de sí. Jacobo yace inconsciente en el suelo, ensangrentado. Repito el mismo procedimiento que con su hermano y lo inmovilizo también. Después, me vuelvo hacia Óliver y le tiendo la mano para ayudarlo a levantarse.

Un grito ensordecedor nos atraviesa. Nos giramos a la vez. La escena nos deja clavados al suelo. Aarón y Marco sujetan a Sara, uno a cada lado, ambos negándose a soltarla. Ella permanece inmóvil entre los dos.

La alarma me dispara las pulsaciones. Nos lanzamos hacia ellos.

—¡Quítale las manos de encima, maldito cabrón! —ruge Óliver, con la daga de Tomás como una extensión de su puño.

Algo no encaja. Él nunca habría elegido un arma, nunca habría dejado que la rabia decidiera. ¿También él está perdiendo el control? Tengo que pararlo.

—Solo yo puedo ayudarla —dice Aarón, que la coge entre los brazos y la tiende en el suelo.

—Nadie puede —responde Marco abatido.

Óliver se arrodilla junto a Sara y le toma una mano. Aarón ocupa el lado opuesto y le sostiene la otra. Jamás le había visto así. No parece furioso ni arrogante, sino derrotado. Su plan se hace añicos ante sus ojos: la mujer que ama se está muriendo y, con ella, su descendencia.

En cuanto Emilio ve a su hija tendida en el suelo, aparta de un empujón a ambos.

Cae de rodillas a su lado y la estrecha contra sí.

Noa, Natalia y la general Elena se llevan una mano a la boca.

Luchan por contener el espanto y la incredulidad, pero están desbordadas.

Fran permanece inmóvil, con la mandíbula tan apretada que temo que vaya a romperse.

—¿Mi hermana está…? —pregunta Noa con la voz rota, sin dar crédito a lo que ve.

—No. Aún no —explica Marco—. Pero no resistirá mucho más. Su cuerpo no es capaz de soportar tanto poder.

—Su esencia pura debería ser capaz de gestionarlo —dice Aarón.

Marco pierde la paciencia.

—Eres un imbécil, Aarón. ¿Es que no lo ves? No es una chispa, sino dos, ¡dos chispas puras! ¿ ¡ Eso tampoco lo calculaste!? Es muy típico de ti no pensar en las consecuencias. ¿Tú ves cómo acaban tus «proyectos»? —dice cabreado.

La rabia y el agotamiento deforman la voz de mi hermano.

Aarón guarda silencio.

—¿La niña está bien? —pregunta Emilio sin soltar a Sara.

—Lo está… por ahora —contesta Marco—. Pero si el cuerpo de Sara colapsa, ella también morirá.

El peso de la situación nos deja mudos. Marco se pasa una mano por el rostro, buscando a la desesperada una solución.

—No debieron involucrarla en esta batalla —dice Aarón sin apartar la vista de Óliver—. Tanto la quieres... y permitiste que se expusiera así.

Óliver sostiene su mirada con un desprecio infinito. Aarón sigue repartiendo culpas por un desastre que solo él ha provocado.

—Esa es la diferencia entre tú y yo. Yo no soy su dueño.

Soy su compañero. Le pedí que no viniera.

Discutimos por ello. Pero tomó su propia decisión...

y la respeté. ¡La respeté! ¿Lo entiendes!

—Sigue empuñando la daga y la aprieta con fuerza—.

Eso es amar: confiar, dejar elegir, aunque te destroce por dentro.

Hace una pausa.

—Tú no lo entenderás jamás. Nunca has amado a nadie, solo has querido poseerlo; jamás te has entregado. ¡Qué sabrás tú de entregas, si no has hecho otra cosa que ir tomando para ti cuanto se te ha antojado! ¡Qué vida más triste la tuya!

Las lámparas oscilan. El aire se vuelve pesado. La energía alrededor de Aarón vuelve a alterarse. Se dispone a atacar, pero Marco interviene antes de que pueda hacerlo.

—Hay una forma de salvarlas. A las dos.

El Núcleo se detiene en seco.

—¿Qué hay que hacer? —pregunta Emilio.

—Alguien debe absorber el poder de la niña. Sus habilidades —dice Marco mirando a Aarón.

—Lo haré yo —dice Noa sin dudar.

No doy crédito, ¡está loca! Ella no puede, no debe.

— ¡ Ni hablar! —responden al mismo tiempo Emilio y la general Elena

—No pueden impedirme salvar a mi sobrina —contesta Noa ante la negativa.

—Si alguien debe hacerlo, seré yo —afirma la general con firmeza militar.

—Soy su abuelo. Me corresponde a mí —decreta Emilio.

— ¡ Basta! —corta Marco—. Ninguno sobreviviría al proceso. Un solo error y morirían las dos.

Natalia traga saliva y pregunta:

—Entonces…, ¿quién?

Marco no aparta los ojos de Aarón.

—Solo hay alguien capaz de resistirlo. Y él lo sabe. Por eso mismo calla.

—Llevo demasiado tiempo en la Tierra —se justifica—. Estoy débil. Puede que no lo resista.

Me repugna su cobardía. Hace unos minutos hablaba de sacrificios y de evolución. Ahora tiembla ante la posibilidad de dar la vida por ellas.

—¿Quieres salvarlas o no? —pregunta Marco con frialdad—. Tienes delante una magnífica oportunidad de redimirte.

La tensión resulta insoportable. Aarón mira a Sara. Durante unos segundos desaparece el Núcleo y solo tenemos delante un hombre aterrado.

—Lo haré. Ellas no deben pagar por mis errores.

Parpadeo sorprendido. Llevo demasiado tiempo viéndolo actuar como un monstruo para encajar lo que acaba de decir. Pero el momento dura poco.

—Por una vez haré lo que esperan de mí —añade—. Si tengo que dejar este mundo, lo haré como un héroe. ¡ Seré recordado como el salvador!

Y ahí vuelve a presentarse el Aarón arrogante y egocéntrico de siempre.

Marco pone los ojos en blanco. Está demasiado cansado para discutir.

—De acuerdo. Te ayudaré. Pero cuida no absorber más energía de la necesaria.

Después mira a Emilio.

—Debes apartarte.

Emilio se resiste, se vuelca sobre su hija y la suelta como si estuviera desprendiéndose de su propia vida.

Aarón ocupa su lugar y rodea el cuerpo de Sara con los brazos, apoyando las manos sobre su vientre. Marco coloca las suyas sobre las del Núcleo. Ambos cierran los ojos. Los cuerpos de uno y otro tiemblan a intervalos. Gimen de dolor. La energía que llena la habitación resulta asfixiante.

De pronto, Sara inspira bruscamente una gran bocanada de aire, como si la hubieran rescatado del mar, y Aarón sale despedido hacia atrás. Su cuerpo impacta contra el suelo con un golpe seco y queda clavado.

Marco abre los ojos de golpe y cae de rodillas, exhausto.

Emilio abraza de nuevo a Sara. Los demás forman una rueda alrededor. Yo corro hacia mi hermano y lo ayudo a levantarse.

—¿Estás bien?

Marco asiente con dificultad.

—Sí. Lo conseguimos. Están vivas. Las dos.

—Entonces, ¿ por qué no despierta? —pregunta Noa temblando.

—Su cuerpo ha soportado demasiadas convulsiones. Dale tiempo.

Jacobo y Tomás siguen inconscientes y maniatados en el suelo. Todavía no me explico cómo ha sido tan fácil abatirlos teniendo en cuenta sus facultades; por una vez, la suerte se ha aliado con nosotros. Sara respira con un ritmo más regular entre los brazos de Emilio.

Aarón… no se mueve. La comprensión me golpea como una bofetada: la guerra ha terminado.

La sonrisa regresa a mi rostro después de demasiado tiempo.

— ¡ Hemos ganado! —digo casi sin creerlo—. Se acabó.

El alivio empieza a reflejarse en los demás rostros. Hasta que Marco habla y nos devuelve de un plumazo a la realidad.

—No cantes victoria todavía. Aún tenemos un problema enorme.

Marco mira el cuerpo sin vida de Aarón y nosotros lo miramos a él. ¿Otro problema… enorme?

—Tenemos que encontrar un nuevo Núcleo.

Desde que empezó esta historia, jamás había dudado de que encontraríamos una salida. Ahora ya no sé quién sobrevivirá a lo que está por venir.