Capítulo 16
El final
ÓSCAR
Permanezco de pie junto a mi hermano mientras se enfrenta a Aarón.
Estoy en alerta. La tensión y la hostilidad impregnan cada rincón de la sala.
Analizo la estancia de forma automática en busca de vías de escape y de posiciones defensivas.
Estudio la manera de sacarlos a todos de aquí cuando llegue el momento.
Porque llegará… y está cada vez más próximo.
Observo a Noa de reojo. Me preocupa. Si pierde el control delante de Aarón, no dudará en atacarla; tendré que intervenir y eso impedirá que pueda ayudar en los otros casos. Espero que se mantenga tranquila y nos deje actuar.
La conversación entre Aarón y Marco se vuelve cada vez más agresiva.
El Núcleo no piensa detenerse y nosotros no podemos permitir que lleve a cabo esos planes de deshumanización que pretende.
Su obcecación es de tal calibre y su delirio ha adquirido tales proporciones que no dudará en llevarnos a la ruina.
Y, en medio del caos y como si la realidad se empeñara en llevarme la contraria, Noa interviene. La miro desaprobando su actitud, que la pone en peligro a ella y nos expone a los demás. No entiende la amenaza real a la que se enfrenta. ¿ O quizá sí…? En tal caso, me aterra más todavía.
Solo falta que Aarón la tome con ella y pierda el control, porque de él ya poco se puede esperar.
Este debate con Marco lo está llevando al límite y, cuando estalle, nadie saldrá indemne.
«Noa, por favor», suplico mentalmente. Pero no puedo centrarme solo en ella.
Cada uno de los presentes, a quienes ya considero mi familia, merece ser salvado.
Y, sin embargo, sé que, llegado el momento, si tengo que elegir…
, la elegiré a ella. Espero no verme en esa tesitura.
No termino de formularme ese pensamiento cuando siento una presión brutal en la cabeza. Mi visión se vuelve borrosa. El equilibrio me falla durante un segundo, aunque me obligo a mantenerme firme y que nadie lo note.
Es una voz de mujer lo que suena: la oigo n ítida en el laberinto de mi mente, como si fuera cosecha propia. La reconozco enseguida, pero desconfío. Ya no se me escapa que Aarón podría estar manipulándome.
—Óscar —dice la voz—, no te asustes y, en la medida de lo posible, mantén la calma. Que Aarón no note que ocurre nada.
Hace una breve pausa.
—Soy Sara. Estoy con Óliver.
« Me preguntaba dónde se había metido », digo mentalmente.
—Lo mandé a buscar —contesta ella al instante.
Esto es una locura. Es como estar al borde de un precipicio y sentir que el suelo se desmorona bajo mis pies.
Eso es lo que provoca no tener el control de mi propia mente.
Me cuesta permanecer atento a la conversación al tiempo que se cruza con mi monólogo interno.
Que ella pueda escuchar lo que me digo a mí mismo me desconcierta todavía más.
Lucho por mantenerme sereno en ambos planos; no es nada fácil.
— ¿Cómo va el enfrentamiento entre Marco y Aarón ? —pregunta Sara—. Conocemos sus planes y es prioritario detenerlo.
Con gran esfuerzo, consigo responderle haciendo lo imposible por ladear los miles de pensamientos que se me cruzan.
—Marco trata de convencerlo de que abandone su plan, pero también lo está provocando. Quiere desestabilizarlo y puede que, poco a poco, lo vaya consiguiendo. Si apareces ahora con Óliver, será su perdición.
No sé si de verdad me escucha, si entiende de qué va ese equilibrio tan delicado y lo que está en juego. Hablar dentro de mi propia cabeza esperando una respuesta resulta surrealista.
—Vale. Atiende —dice ella—. Esto no tardará en empeorar; cuando pase, sitúate cerca de nosotros. Te prometo que Noa y los demás estarán a salvo; quédate tranquilo. La prioridad absoluta es detener a Aarón y a sus aliados.
Dudo unos segundos. No permitiré que le ocurra nada a Noa, pero también sé cuál es mi deber. La misión está por encima de cualquier otra urgencia, hasta de mis sentimientos.
—Así es —dice ella, que no se pierde una.
—De acuerdo —le digo yo alto y claro—. Pero asegúrate de protegerla a ella y, por supuesto, a cada uno de los nuestros.
—Te lo prometo.
Cada vez me cuesta más ocultar mi inestabilidad. Noto la mirada de Noa clavándose en mí. Si ella ha percibido algo raro, Aarón también podría hacerlo.
Entierro cualquier emoción y recupero el control. Disciplina, orden, autodominio. El esfuerzo es titánico.
—Nos vemos pronto —dice Sara.
Y desaparece de mi cabeza. El alivio es inmediato. La presión cesa. Mi visión vuelve a ser clara. Recupero el equilibrio y la concentración. Estoy aquí otra vez.
Sonrío a Noa para tranquilizarla y vuelvo a centrarme en el enfrentamiento entre Marco y Aarón.
Podrían pasarse siglos así, lanzándose verdades que ninguno está dispuesto a aceptar.
Aarón pretende decidir el destino de la humanidad, pero hace mucho que dejó de sentir el menor aprecio por ella.
No escucha, no duda, solo oye el eco de su propia voz.
Con alguien así no se razona. Solo existe una forma de detenerlo… y no será fácil.
Sin perder el hilo de la conversación, noto que Noa se inquieta. Después percibo otra alteración.
Emilio está pálido, ausente. No tardo en entenderlo sin que nadie tenga que explicármelo: Sara está hablando con él ahora. La preocupación vuelve a tensarme. Si Aarón percibe la confusión que revela su cara de pasmo, reaccionará.
Permanezco atento a ambos, listo para intervenir. Emilio termina recuperándose. Le susurra algo a Noa y volvemos a centrarnos en la discusión.
—Sara y yo formaremos una familia y quien intente impedirlo estará sentenciado, insisto.
Suena desesperado. Cada palabra de Marco empuja al Núcleo un paso más hacia el precipicio. Va viendo más y más claro que su mundo puede derrumbarse en cuestión de minutos. Lo malo de esto es que un hombre que ya no tiene nada que perder encarna el mayor de los peligros. Y puede ser letal.
Sara y Óliver irrumpen en el comedor y Aarón termina por perder el control. Que sus planes no se llevarán a cabo como le gustaría ha dejado de ser una sospecha para transformarse en una certeza.
—¿ ¡ Qué demonios haces aquí y con él!? —vocifera.
Sara se coloca junto a mi hermano y Óliver cubre su otro lado.
—Conozco tus planes —dice Sara—. He visto tu proyecto Un mundo perfecto .
Marco parece sorprendido.
—¿Qué has hecho? —pregunta.
Me satisface comprobar que, por una vez, tenemos ventaja. Sara y Marco han puesto a Aarón contra las cuerdas. El muy imbécil, tan ególatra y narcisista, no esperaba una traición de ese calibre.
Me coloco junto a mi hermano mientras Óliver cubre a Sara. Sin dejar de vigilar a los que considero mi familia, repaso nuestras posiciones. El plan es sólido..., pero los imprevistos llevan demasiado tiempo echándonos su aliento en la nuca como para bajar la guardia. La discusión sube de tono.
Sara y mi hermano obligan al Núcleo a retroceder. Rodean la mesa y le van cerrando cualquier vía de escape. Nosotros avanzamos con ellos. Aarón aprieta los puños y solo busca una forma de romper el cerco.
Sara cruza una mirada con Emilio. No hace falta una palabra: es la señal. Tienen que salir de allí antes de que el Núcleo pierda el control por completo. Echan a correr hacia el vestíbulo, salvo Noa, que permanece inmóvil, presa del brillo de los ojos de Aarón.
—¡¡Sal de aquí!! —le grito.
No reacciona. Está paralizada. Cuando voy a moverme para sacarla, Emilio tira de ella y logra arrastrarla consigo. Vuelvo a colocarme junto a Marco.
Los ojos de Sara y de mi hermano emiten un brillo nuevo y tan igual a los de Aarón que me quedo boquiabierto.
Los tres permanecen paralizados, como si estuvieran en trance.
Miro a Óliver sin saber qué hacer. Me han entrenado para pelear en cualquier escenario, pero esto…
esto escapa a toda lógica y a cualquier estrategia militar que haya aprendido jamás.
Jacobo y Tomás observan la escena atónitos. Debe ser la primera vez que ven a su hermano perder los estribos y, ahora, quedarse congelado, como si una fuerza sobrehumana lo hubiera convertido en estatua.
Los ojos de Aarón pierden intensidad durante un instante. Lo interpreto como una señal de debilidad frente al poder combinado de Sara y Marco…, hasta que mi hermano se estremece de dolor.
Reacciono por instinto. Sé que no puedo vencerlo, pero tampoco puedo quedarme mirando.
Me lanzo contra Aarón para detenerlo, pero él apenas levanta una mano y me arroja por encima de la mesa como a un muñeco.
Me estrello contra el suelo y el golpe me deja sin aire.
En cuanto logro incorporarme, veo a Óliver salir despedido también.
Su cuerpo impacta contra una silla que se rompe en pedazos.
Corro hacia él y lo ayudo a levantarse. Y volvemos a la carga.
El Núcleo nos golpea una y otra vez. Cada embestida nos estrella contra las paredes o nos arranca del suelo como si fuéramos hojas secas.
El estruendo de la cristalería al hacerse añicos se mezcla con el crujido de la madera al astillarse.
Mesas, sillas y vitrinas salen despedidas por el comedor convertidas en proyectiles.
Aarón avanza entre el caos arrasando cuanto se le pone delante.
En apenas unos segundos, el salón deja de parecer un lugar habitable.
Es una escombrera de polvo, astillas y cascotes.
Nos golpea, caemos; nos levantamos y volvemos a caer. No sé de dónde sacamos las fuerzas, pero lo hacemos, y cada vez que conseguimos ponernos en pie volvemos con más rabia que la vez anterior.
Está desquiciado. De un momento a otro, la brutalidad del ataque se vuelve errática, y pierde fuelle y precisión.
Cada ataque es más bestia y más desesperado.
Si conseguimos mantenerlo distraído, Sara y Marco podrán derrotarlo desde dentro.
Mi preocupación es que nuestros estuches no resistirán mucho más… Han soportado una buena tunda.
El Núcleo retrocede un paso. Su energía fluctúa. Sabe que está perdiendo terreno. Entonces se vuelve a sus hermanos.