La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Epílogo
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Epílogo

SARA

Han pasado tres años desde el final de la guerra.

El mundo sigue roto en muchos aspectos, pero ya no sangra como antes.

La Covid ha dejado de ser una sentencia de muerte para convertirse en una enfermedad más.

Nuestra vacuna ha funcionado. Las esencias ya no quedan desconectadas a la deriva y los estuches dejan de morir solos y olvidados por el sistema.

Todavía quedan miembros del Cuerpo Oscuro escondidos entre las sombras, causando problemas, pero son menos. Cada vez menos.

Después de tanto tiempo, volvemos a creer que podemos ganar. Y quizá, solo quizá, el final esté más cerca.

La vida ha seguido adelante y vamos aprendiendo a vivirla como si cada día fuese el último. Con el nuevo y justo Núcleo, nadie sabe qué será de nosotros mañana.

Camino detrás de Emily, aunque caminar quizá no sea la palabra correcta. Mi hija corre por el pasillo como un pequeño huracán y yo aprieto el paso para seguirle el ritmo con una barriga de ocho meses que amenaza con romperme la espalda.

—¡ Amos, mamiiiii…! —protesta desde el ascensor—. Eres muuuy lenta.

—Cariño, cargar con tu hermana no es fácil.

Emily se echa a reír con esa risa escandalosa y luminosa que heredó de su tía.

— Pos deja a Nice en casa.

Sonrío ante esa maravillosa ingenuidad. Las puertas del ascensor se abren y Emily sale disparada.

—¡¡Papiiiii!!

Óliver apenas tiene tiempo de reaccionar antes de que nuestra hija se le lance encima.

—Mami tarda muchoooo —le dice muy seria—. Dice que Nice pesa y pesa y pesa.

Óliver le llena el cuello de besos y ella estalla en carcajadas.

Durante un instante, los observo desde la puerta sin atreverme a romper ese momento. Es la segunda risa más bonita que he escuchado jamás. La primera siempre será la de Noa.

Óliver deja a Emily en el suelo y ella corre a su habitación para seguir jugando. Yo coloco la mochila sobre la barra de la cocina y me dejo caer en el sofá. Estoy agotada. Mucho más que durante el embarazo de Emily.

—¿Muy cansada? —pregunta Óliver.

Cierro los ojos y esbozo una sonrisa en un gesto afirmativo. Él se sienta a mi lado, me levanta las piernas con cuidado y empieza a masajearme los pies. Casi gimo del alivio.

—Emily tiene la energía de un ejército entero… y Berenice ha decidido usar mis riñones como balón de fútbol.

Óliver sonríe. Apoya una mano sobre mi barriga y la acaricia despacio, como si quisiera seguir cada movimiento de nuestra hija. Después se inclina sobre mí y me besa.

Después de lo que hemos vivido, sigue besándome como si fuese la primera vez. Y yo sigo perdiendo el sentido cuando lo hace. Se separa apenas unos centímetros.

—Ha llamado Noa. Dice que trae el postre.

Parpadeo confundida. La cena. Se me había olvidado por completo.

—Si estás demasiado cansada, podemos dejarlo para otro día.

—No. Estoy bien. Solo necesito una ducha. Últimamente es imposible que coincidamos Me apetece mucho el encuentro.

Óliver me aparta un mechón de pelo.

—Entonces yo me encargo del resto. Tú relájate.

Se levanta para marcharse cuando le pregunto

—¿De todo? ¿Seguro?

Él sonríe de lado.

—De lo que me dejes.

Me guiña un ojo antes de desaparecer camino de nuestra habitación.

Cuando salgo del baño soy otra persona. Hasta me animo a arreglarme un poco antes de reunirme con Óliver en la terraza. Está terminando de colocar la mesa.

El sol cae sobre el mar, tiñendo el horizonte de tonos anaranjados y dorados que parecen imposibles.

Durante unos segundos me quedo absorta en lo que tengo delante: la calma, nuestra casa. Nuestra vida. Tanto dolor para llegar hasta aquí.

—¿Qué puedo hacer? —pregunto acercándome.

Óliver me rodea la cintura.

—Nada. Ya haces suficiente estando tan preciosa.

Me atrae hacia él y me besa despacio. Nos trasladamos fuera del tiempo hasta que la voz de Emily rompe el momento.

—¡¡Mamiiiiii!! ¡¡Papiiiii!!

Óliver resopla divertido.

—Aún no se ha dormido —murmura contra mis labios—. Le falta el beso de mamá.

Voy a su habitación. Emily está abrazada a su peluche, luchando contra el sueño.

—Es muy tarde, pequeñita.

Me siento a su lado y la arropo.

— Conta lo de los abuelos héroes… La cortita.

Sonrío. Se parece tanto a papá que a veces duele.

—Vale. La versión pequeña entonces.

Emily asiente muy seria.

—Hace mucho… mucho tiempo, el mundo estuvo a punto de romperse. Un hombre estaba empeñado en mandar cómo debíamos vivir … y convirtió el amor en una guerra.

Emily frunce el ceño.

—Eso tá feo.

—Muchísimo. Pero entonces aparecieron la abuela Vica y el abuelo Emilio. Y lucharon para salvar a las personas que querían.

—¿Y ganaron?

Le retiro un mechón de la frente y le acaricio el pelo despacio.

—Sí, cariño. Ganaron.

—Porque eran superhéroes.

Noto un nudo en la garganta.

—Sí. Un poco sí.

Emily bosteza y señala la vela con forma de gatito junto a la ventana.

—¿La encendemos pa que los abuelos sepan onde tamos ?

¡La adoro! Si sus abuelos supieran hasta qué punto los tiene presentes… Aunque papá ya no nos recuerde y mamá haya desaparecido en algún lugar imposible de alcanzar, sigo aferrándome a la absurda esperanza de que, de algún modo, esa pequeña luz pueda guiarlos de vuelta a casa.

—Claro que sí, mi amor.

Encendemos la vela juntas. La llama baila suavemente en mitad de la oscuridad, como si fueran ellos quienes la hacen oscilar. Por un instante, siento que siguen aquí.

Cuando Emily por fin se queda dormida, salgo a la terraza. Las voces y las risas llenan ya la casa. Elena es la primera en abrazarme. Después acaricia mi barriga con una sonrisa cálida. Fran se acerca enseguida para hablarle a Berenice como si pudiera responderle desde dentro.

—¿Estás bien? —pregunta Elena.

—Estoy perfecta. ¿Y ustedes? ¿La gente sigue mirando raro?

Fran resopla.

—Desde que mi mujer aparenta veinte años menos, ahora el cotizado soy yo. Un auténtico sugar daddy

No puedo evitar reírme. Me encanta cómo han aprendido a ignorar las miradas ajenas. Si supieran el alma tan antigua y cansada que guarda Elena dentro de sí, dejarían de juzgar tan deprisa.

Desde que mis padres desaparecieron, esta pareja ha ocupado el vacío sin pedir nada a cambio. Jamás podré agradecerles bastante cuanto han hecho por nosotras.

Noelia se levanta para abrazarme también. Marco lo hace justo detrás. Todavía me sorprende verlos juntos. Quién lo habría imaginado.

—Como médica tuya, querida mía, debería decirte que descanses más —dice Noelia—, pero como amiga tengo que admitir que estás guapísima.

—Gracias.

Marco sonríe.

—¿Emily sigue bien?

Asiento y le respondo:

—Sí. Sigue siendo una niña normal.

Rezo cada día para que siga siendo así. Con la restauración del equilibrio no debería desarrollar ningún don y ellos tendrían que haber desaparecido para siempre. Aunque después de Aarón…, quizá nunca dejemos de tener miedo.

Oigo que el ascensor se abre. Sé quiénes son. Me acerco al vestíbulo.

Fer aparece primero y me abraza antes de desaparecer por la puerta que da a la terraza. Nati se acerca a mi barriga.

—Hola, Nice —susurra antes de abrazarme—. El embarazo te sienta demasiado bien.

—Gracias. ¿Ya se lo has contado?

Nati hace una mueca.

—Todavía no. ¿Cómo se supone que le explicas a tu prometido el secreto de la vida sin parecer una loca de remate?

—Encontrarás el momento.

—O puede decírselo tu padre —interviene Noa entrando detrás de ella.

Nati la señala horrorizada.

—¡Ni se te ocurra! Ya sabes que papá tiene muchas virtudes, pero el tacto no es una de ellas.

Nos reímos. Nati se marcha a reunirse con los demás. Miro a mi hermana.

—El día que llegues puntual, dejaré de reconocerte.

—Si eso pasa, estaré poseída. ¡Huye! —ríe.

—Es cuestión de organización, querida. No es tan difícil —le regaño con cariño.

—Es cuestión de cubrir necesidades. ¿Tú has mirado este monumento? —dice dándole un repaso al coronel—. No querrás los detalles, ¿verdad?

Óscar pone los ojos en blanco y le da una palmada en el trasero antes de reunirse con los demás.

Yo me quedo mirándola y me pregunto cuando dejó de ser mi hermana pequeña. ¿Cuándo se convirtió en esta mujer capaz de sostener a otros mientras apenas consigue sostenerse a sí misma?

Le agarro con delicadeza del brazo.

—¿Cómo estás?

Ya no puedo sentir sus emociones. Cuando Aarón absorbió los poderes de Emily, también arrancó una parte de mí. De todos modos, jamás pensé que diría esto: agradezco haber perdido aquella conexión. Ser Sabius pesa demasiado.

Noa me dedica una sonrisa cómplice.

—Hay días malos. Pero sigo aquí.

Asiento. A veces, sobrevivir ya es suficiente.

Entramos juntas en la habitación de Emily. Noa le besa la cabeza con cuidado para no despertarla y se queda mirando la vela.

—¿Sigues creyendo que papá la verá?

La pequeña llama tiembla junto a la ventana.

—Sí.

Noa baja la mirada.

—Los echo mucho de menos.

La abrazo fuerte.

—Yo también.

La noche es maravillosa. No somos una familia unida por la sangre. Somos algo mucho más fuerte: personas rotas que han aprendido a reconstruirse juntas.

La guerra ha terminado. Al menos, lo ha hecho la peor parte. Quedan heridas, sombras y demasiadas cosas por arreglar. Pero mientras las risas llenan la terraza y el mar brilla bajo las últimas luces del día, comprendo algo crucial: hemos sobrevivido.

A partir de ahora, viviremos. Lo haremos en cada abrazo, en cada beso robado, en cada lágrima. Y lo haremos también en cada cena improvisada y en cada amanecer.

Tan cerca del final, se te revela una verdad absoluta: la felicidad nunca estuvo en las grandes victorias. Está en esto: en volver a casa… y encontrarla llena.