Capítulo 15
La verdad
NOA
Cuando se llevan a Óliver , me envalentono y le suelto a Aarón:
—¿Dónde coño está mi hermana? ¿Está bien?
Sigo furiosa. No me permitió verla cuando despertó. ¿Qué nueva estratagema prepara?
—A pesar de tantas vidas y experiencias, sigues teniendo la paciencia de un bebé —contesta Aarón con ese tonillo tan suyo.
—Cierto. Y tú sigues siendo un gilipollas integral. No maduras ni a tiros. Haznos un favor y crece de una puñetera vez, ¡imbécil!
Papá me aprieta la mano debajo de la mesa para que me calme, pero no estoy dispuesta a achicarme delante de este engendro.
Además, Óliver tiene un plan. Lo sé. Lo sentí en cuanto salió de la habitación.
Y pondré cuanto pueda de mi parte para ayudarle en lo que haga falta, hasta poner fin a este circo .
—Gracias, Emilio. No es fácil contener el temperamento de tu hija. Así podremos avanzar —dice Aarón con una cordialidad tan impostada que resulta ofensiva.
Hace una pausa deliberada. Se alisa el cuello del polo azul, del mismo tono que sus ojos, como si estuviéramos manteniendo una conversación trivial. Después sonríe. Y continúa:
—Aunque hablaré con cada uno en privado, quería calmar los nervios.
No deben preocuparse, sino mostrarse receptivos.
No soy el villano de esta historia ni les espera nada malo.
He cometido errores, sí, pero todos los presentes en esta mesa nos hemos equivocado en alguna ocasión.
Dejen esa especie de superioridad moral que exhiben; no somos tan diferentes.
Al fin y al cabo, ustedes y yo queremos lo mismo.
—¿Perdona? Creo que el que no se entera de nada eres tú, colega.
Papá vuelve a presionarme, pero me aparto de él dando un manotazo. Si no va a apoyarme, que no me frene.
—No me obligues a castigarte, Noa. Mantente callada hasta que yo te dé permiso para hablar. No agotes mi paciencia.
Suelto una carcajada.
—Castígame, capullo arrogante. Prefiero sufrir luchando que obedeciendo tus mierdas caprichosas.
La tensión se vuelve insoportable. Puedo sentir el miedo de los demás clavándose en mi piel. Temen por mí, pero ignoran por completo lo que yo percibo.
El plan ya está en marcha. Hay emociones acercándose y las percibo, fuertes, determinadas, poderosas. La caballería viene de camino. Aarón levanta una mano y, antes de que estalle, tía Elena interviene:
—Por favor, Aarón, c álmate. A Vica no le gustaría esto y lo sabes.
El nombre cae como una bomba. La mirada de Aarón se oscurece de inmediato.
—No la nombres —dice con una frialdad aterradora—. Murió por culpa de ustedes. Siempre los antepuso y terminó pagando el precio por defender a personas que no merecían la pena. Berenice era única. Y jamás habrá nadie que se parezca.
Que nombre a mi madre como si le hubiera pertenecido me prende fuego por dentro. Nunca fue suya. Ella solo amó la mentira que él le había vendido. Si hubiera conocido al verdadero Aarón, al monstruo que ha destrozado nuestras vidas, lo habría odiado como lo odiamos nosotros.
Las ganas de arrancarle la cabeza me nublan el juicio. Sé que no puedo vencerlo, pero hay batallas que empiezan con una sola palabra.
—¡Maldito cabrón! ¡Murió protegiéndote! ¡No merecías su sacrificio!
Las lámparas parpadean. El suelo vibra bajo mis pies y las paredes crujen como si la casa estuviera conteniéndose antes de venirse abajo. Ahora lo entiendo: esto es enfurecer al Núcleo.
—No lo hagas, Aarón —suplica tía Elena, con la voz quebrada—. No es ella quien habla. Es la rabia. Es… su frustración.
Un estruendo sacude la casa. Los guardas caen contra el suelo como muñecos de trapo.
Apenas transcurre un segundo antes de que tres figuras crucen el umbral.
El corazón me da un vuelco: ¡son nuestros tres jinetes!
Suelto el aire que llevo reteniendo desde que se llevaron a Óliver.
Óscar se queda inmóvil, me mira como si no me hubiese visto en siglos, pero yo apenas lo veo. Mi atención se clava en Marco.
Hay algo distinto en él. No sabría decir qué, salvo que es… inmenso.
—Si llego a saber a dónde nos llevarías, jamás te habría elegido —le dice Marco a Aarón.
Da un paso hacia delante.
Óscar me busca. Noto su alivio al comprobar que estoy bien. Óliver, en cambio, permanece impasible, pero incluso desde la distancia percibo su satisfacción.
Aarón palidece.
—¿Marta? ¿Cómo…?, ¿cuándo has vuelto? —balbucea.
Frunzo el ceño. ¿Marta?
Miro a Marco otra vez. Sus ojos brillan igual que los de Aarón, pero juraría que siguen siendo los de mi amigo.
Un miedo extraño y primitivo nace dentro de mí. No es mío; muy al contrario, proviene de Aarón. ¡El Núcleo le teme! Me quedo pasmada.
Siguen discutiendo, pero dejo de escuchar sus palabras. No puedo apartar la vista de Marco. ¿Qué ha sido de aquel chico desgarbado e inseguro? Los ojos siguen siendo los suyos, pero la firmeza con la que sostiene la mirada y la seguridad que desprende no se parecen en nada a mi amigo.
—¡¡Mientes!! —grita Aarón.
Su grito retumba en la sala. Nadie habla. Nadie respira. Estamos sobrecogidos, clavados a las sillas. Si esos dos se enfrentan de verdad, ninguno sobreviviremos.
Marco lo observa con una calma que resulta incluso más aterradora que la furia de Aarón.
—A diferencia de ti, yo no juego con las vidas de los demás. No voy a matarte; no todavía. La humanidad me importa mucho más de lo que te ha importado jamás a ti.
La cortesía con la que se dirige a su enemigo da justo donde más duele. Aarón responde al instante.
—Todos tenemos una debilidad —dice hinchando el pecho—. Sabía que no destruirías la continuidad de la especie por un berrinche.
—¿Un berrinche? —replica Marco—. Estás peor de lo que pensaba. Ser Núcleo es difícil, solitario, agotador. Y renunciar a vivir experiencias humanas reales… duele. Pero sabías dónde te metías. A diferencia de mi antecesor, yo sí te di explicaciones. Aceptaste el puesto conociendo las consecuencias.
—¿Y qué tiene de malo, si puede saberse, querer mejorar este planeta? Hemos evolucionado más que nunca. Cada vez hay menos enfermedades mortales. Nadie volverá a sufrir lo que sufrió mi familia durante la peste. ¿Qué parte no entiendes? ¡Estoy reduciendo el sufrimiento!
Marco lo interrumpe sin inmutarse.
—La longevidad extrema nunca fue nuestro objetivo. Las chispas se corrompen, los estuches no soportan tanto tiempo. No podemos cumplir nuestra labor si los cuerpos dejan de morir.
Aarón tiene la sonrisa cuajada en los labios.
—El mundo tal y como lo conocen va a desaparecer.
Natalia frunce el ceño.
—¿Qué significa eso? —pregunto inquieta.
Óscar me mira incómodo, no le gusta que me haya puesto en el punto de mira. Aarón camina de un lado a otro, repartiendo sus pasos por igual con respecto a la cabecera de la mesa.
—Los humanos llevan siglos destruyéndose entre sí: guerras, hambre, violencia, corrupción. ¿Y saben qué he aprendido observándolos? Que jamás cambiarán por voluntad propia.
El comentario nos martillea. Una parte de nosotros entiende de dónde nace su decepción. Nadie responde.
—Esa es la razón de que vaya a intervenir.
Tía Elena se cruza de brazos.
—Eso suena a lo que diría un dictador.
—No será una dictadura en absoluto, sino una solución, pura filantropía. Habrá paz, bienes para cada humano de este planeta, moralidad, respeto, consideración. Un mundo perfecto en el que nadie tendrá la más mínima queja.
—Los sueños de un necio siempre terminan convirtiéndose en los problemas del resto —dice Marco.
Aarón lo señala.
—Tú me inspiraste. Durante mis primeros años como Núcleo, admiraba nuestra labor. No entendía por qué alguien querría abandonar el puesto. Entonces te busqué sin saber quién eras. Busqué a cada uno de mis antecesores. Anhelaba descubrir qué podía ser mejor que controlar el mundo.
Hace una pausa. Se acerca a la mesa y bebe de un vaso.
—Los vi manipulando emociones, recordando vidas pasadas, hablando en sueños sobre conocimientos imposibles para un ser humano normal. Ahí se gestó mi proyecto.
—Nunca debiste hacerlo —dice Marco con un tono que destila pesadumbre.
—No te quejes. Les di normas. El engranaje funcionaba a la perfección hasta que aparecieron estos desgraciados.
Señala a Jacobo y a Tomás, que asisten a la confrontación en silencio. Se muestran incómodos.
—¿Qué normas? —escupe Marco—. Todas las reglas, los guardianes y las limitaciones te obligué yo a crearlas. ¿O es que lo has olvidado? —añade sarcástico.
Cada frase complica todavía más cuanto creíamos saber. Ya no sé qué parte de nuestra historia fue real y cuál fue manipulada. No sé por qué, pero sospecho que nunca llegaremos a saberlo.
—Tú tampoco cumpliste siempre las normas —replica Aarón—. No te vendas como el héroe.
Marco baja la mirada y asiente.
—Cierto. Nunca debí contactar contigo. Rompí la principal regla al tratar de detenerte. Y me arrepiento de haberlo hecho y de no haberlo logrado en cada una de mis vidas. Me prometiste que lo arreglarías… y llevo siglos esforzándome en reparar el desastre que has provocado.
— ¡ Cállate ya! —gruñe Aarón—. No creo que Óliver te devolviera la memoria para sermonearme.
—Correcto —dice Marco—. He venido para que detengas tu plan. Busca un sustituto. Vuelve a casa. Sana de una vez.
Aarón se ríe sin humor.
—Ya tenía una sustituta perfecta. Hasta que este imbécil la mató.
Mira a Jacobo con un odio tan brutal que incluso yo me estremezco. ¿Quería que mi madre fuera el nuevo Núcleo? ¿Ella lo sabría? A cada pregunta las dudas son mayores.
—No voy a detenerme —continúa—. Esta vez no dejé ningún cabo suelto. Nada puede salir mal. Llevo siglos preparándolo.
Marco lo mira sin parpadear.
—¿Tuviste la llamada con ella… y la ignoraste?
Aarón aparta la mirada un segundo.
—No. Berenice y yo no tuvimos nunca ese vínculo, pero era la elegida.
—Entonces, ¿qué hiciste? Solo puedes abandonar el puesto si sientes la conexión. ¿No te enseñé nada?, ¿o fuiste tú el que no aprendió nada?
La sonrisa de Aarón reaparece, pero es la sonrisa de un loco.
—Así hacías tú las cosas. Yo cambiar é la historia. Soy un visionario. Y eso es lo que te molesta.