Capítulo 14 #3
Entramos a una especie de laboratorio improvisado y la puerta vuelve a cerrarse.
No puedo evitar la sensación de haber ingresado en una habitación blindada y sin salida posible desde el interior.
Hay pantallas, informes médicos, viales y maquinaria repartida por todas partes.
Y está ella, Sara. Se sobresalta al verme entrar.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve.
Sus ojos son distintos, más claros, y brillan de una forma inquietante…, aunque sigue siendo ella, tan hermosa o más que nunca. Cruzo la distancia entre nosotros y la abrazo. Para mi sorpresa, me corresponde al instante. La fuerza con la que se aferra a mí me rompe por dentro.
—Gracias por venir —susurra—. No estaba segura de que quisieras verme.
Cierro los ojos. El dolor de los últimos meses me golpea de lleno.
—Lo siento, Sara. Nunca quise hacerte daño.
—Ya hablaremos de eso. Ahora tenemos entre manos problemas más graves.
—Déjame decirlo ahora —le digo sin soltarla—, por si no salimos de esta.
Beatriz sigue de espaldas, discreta, como ensimismada delante de una de las pantallas.
Sara se retira lo justo para dejarme ver que algo se quiebra en su mirada. Le acaricio la mejilla.
—No soportaba que Aarón siguiera entrometiéndose entre nosotros. Me estaba volviendo loco, así que preferí poner distancia. Pero no he dejado de quererte. Ni un solo segundo.
—Óliver…
—Si sobrevivimos a esto, pasar é el resto de mi existencia demostrándotelo. A ti… y a esa pequeña. Voy a quererla como si fuera mía desde el primer segundo, porque lo es; sé que lo es. Y las protegeré a las dos, aunque me cueste la vida.
Bajo la mirada hacia su barriga. El vértigo me golpea de nuevo. Nuestra hija. Aún me cuesta creerlo. Sara rompe a llorar contenida. La abrazo otra vez y le beso la frente.
—Gracias —susurra contra mi pecho.
Beatriz carraspea. Nos hace caer en la cuenta de que está ahí.
—Deberíamos centrarnos —dice—. Se nos acaba el tiempo.
Sara se recompone poco a poco y me cuenta lo que ha descubierto: el virus, los neurotransmisores y el verdadero alcance del plan de Aarón.
Cuanto más escucho, más me crece la indignación.
Cojo uno de los informes de la mesa y lo reviso.
Son cientos de pruebas y de experimentos en torno a la manipulación de las mentes y del control emocional.
—Planea convertirnos en esclavos. O eliminar a cualquiera que se oponga.
—No solo eso —añade Sara—. También pondrá en peligro a las chispas. Si rompe el equilibrio, podría destruirnos no solo a nosotros, sino el mundo en su conjunto, tal como lo conocemos.
Hay algo nuevo en ella además de los ojos. Percibe las emociones con una intensidad desmesurada. Lo noto incluso en cómo habla. Lo hace como si cargara con un puñado de voces.
—Tenemos una oportunidad única —continúa—. Si Marco tiene el mismo potencial que yo, entre ambos podremos enfrentarnos a Aarón.
—Sí…, pero tenemos un problema —le digo—. Si Aarón muere, ¿quién lo sustituirá? No podemos quedarnos sin Núcleo.
No hay una respuesta fácil. Tampoco tenemos a alguien que pueda ocupar su lugar sin que nos plantee algún tipo de objeción.
¿Podría hacerlo yo? La sola pregunta me incomoda.
No; no tengo lo que hace falta. Aprieto la mandíbula.
¿Y seguir adelante sin un Núcleo? Ni hablar; tampoco puedo estar considerando el plan de Jacobo. El miedo habla por mí.
Beatriz da un paso al frente.
—¿Qué puedo hacer yo?
La miro sorprendido. Jamás pensé verla arrepentida. Y, sin embargo, ahí está. También busca un modo de redimirse.
—Ayúdanos a sacar de aquí a los demás —le digo—. Elena vino con un equipos táctico y debe seguir encerrado en alguna parte. Libéralos y márchate con ellos.
Beatriz duda. Me consta que teme muy en serio por lo que pueda pasarle a su familia, pero se recompone.
—¿Y ustedes?
—Nosotros terminaremos esto.
Sara se cruza de brazos.
—No podemos irrumpir abajo sin saber qué está pasando. Aarón podría usar a nuestra gente contra nosotros.
—Bajar ahora mismo sería un suicidio —añado.
—Siempre puedes hacer lo que hiciste conmigo —le dice Beatriz a Sara.
—¿Qué hizo contigo? —pregunto.
Sara parece incómoda, pero no elude la respuesta:
—Me metí en su cabeza.
—¿Puedes hacer eso? —Me quedo atónito. Esto es nuevo para mí.
Ella asiente despacio.
—Parece que sí…, aunque todavía no lo controlo bien.
Beatriz se apresura a hablar.
—Podrías conectar con alguien de abajo y averiguar en qué punto están.
—Me haría falta echar mano de alguien capaz de soportarlo sin delatarse.
—Óscar —digo enseguida—. Está preparado para reaccionar rápido.
—O mi padre —añade ella—. Él también podría resistirlo.
Me acerco y tomo su mano.
—Tú decides, nena.
Se estremece en cuanto escucha esa forma en la que me dirijo a ella.
Se sienta en la única silla que hay en el laboratorio, apoya la espalda recta, cierra los ojos y el ambiente cambia, como si el aire vibrara alrededor de ella en una especie de remolino.
Las luces parpadean y Beatriz, impresionada, retrocede.
Yo la miro hipnotizado. Sara respira hondo varias veces y entra en trance. Nuestro plan ya está en marcha.
La victoria deja de parecer una ilusión. Tengo el pálpito de que podemos ganar. Solo queda una pregunta esperando nuestra respuesta: ¿quién ocupará el lugar del Núcleo?