Capítulo 14
Planes Perfectos
ÓLIVER
Aarón volverá de un momento a otro. El tiempo corre en nuestra contra. Si Marco no conecta con su esencia más pura antes de que regrese, ninguno saldrá vivo de aquí.
Marco, Jacobo y yo nos sometemos a la terapia. Nuestros estuches quedan atrás. Ascendemos. La sensación no se parece a ninguna de las veces anteriores. Es más profunda. Más fría. Como si estuviéramos cruzando un umbral del que quizá no podamos regresar.
Las cadenas alrededor de la esencia de Marco se nos revelan, aunque entre los tres logramos forzarlas hasta romperlas.
Entonces el mundo cambia. La vieja casa argentina de Marta aparece a nuestro alrededor: el pasillo desgastado, las paredes húmedas, el olor a madera vieja.
Tiene ese aire decadente pero digno de los lugares que envejecen bien.
Cada detalle está igual que en mis recuerdos. O casi. Solo hay algo no encaja.
Marta aparece frente a mí y frunce el ceño.
—Vos… ¿estás bien?
Me quedo inmóvil. Esa frase no pertenece al recuerdo original. Marta tampoco debería estar mirándome así, como si de verdad pudiera verme.
—Sí, tranquila —respondo desconcertado—. Quería presentarte a alguien.
Jacobo observa fascinado cada rincón.
—Esto es increíble…
Lo ignoro.
—¿Dónde está Marco? —le pregunto.
Marta avanza despacio. El leve roce de sus pasos es el único sonido que alcanza mis oídos. Después llega el perfume de lavanda. Cuando alzo la vista, me espera esa mirada capaz de calmar cualquier tormenta, una paz que creía perdida.
—Él ya no espera que lo encuentres. Le toca decidir.
—¿Qué está pasando? —acierto a preguntar sin poder ocultar mi desconcierto.
Ella suspira.
—No estamos en un recuerdo, Óliver. Estás dentro de nuestra mente.
La forma en que dice nuestra me hiela la sangre.
—Al traerlo acá, hiciste que dos esencias separadas durante mucho tiempo volvieran a encontrarse. Estamos ansiando fusionarnos.
La casa vibra, cruje como si fuera un ser vivo.
— Tenés que salir antes de que ocurra o la chispa los absorber á —me advierte Marta.
Ahora lo entiendo. No estamos dentro de mi memoria, sino dentro de algo mucho más antiguo como es la esencia original. La chispa original.
Entro en el baño y encuentro a Marco sentado contra la pared. Se ha cogido las piernas con los brazos y ha apoyado la cabeza en ellas.
—¿Estás bien?
Niega con la cabeza.
—Siento una presión horrible… Es como si algo aquí dentro —se toca el pecho— estuviera despertando dentro de mí.
Le tiendo la mano.
—Ven. Tienes que verla.
Lo ayudo a levantarse y regresamos a la cocina. Jacobo aguarda escudriñando cada rincón. Cuando Marco ve a Marta, se queda paralizado.
—No… —susurra—. No puede ser.
Marta lo mira con una mezcla de tristeza y ternura.
—Vos y yo somos la misma esencia.
Marco retrocede un paso.
—No…
—Sí, che. Nos separaron hace mucho tiempo. Y ahora tenemos la oportunidad de volver a ser quienes somos de veras.
—Esto es una locura… —balbucea.
—Puede ser. Pero sigue siendo verdad.
Me acerco a él.
—Confía, por favor. Es parte indispensable de la misión.
Marco me mira aterrorizado y lo entiendo. Le estamos pidiendo que deje de ser quien cree que es. Marta extiende la mano hacia él.
—No alcanza con entenderlo. Tenés que desearlo de verdad, desde lo más profundo del corazón. Solo así podremos unirnos.
La casa empieza a deformarse a nuestro alrededor.
Las paredes laten, el suelo se resquebraja.
Hay fragmentos de recuerdos que aparecen y desaparecen: guerras, fuego, personas desconocidas, siglos enteros van desmoronándose ante nosotros.
La presión aumenta. Caigo de rodillas. A mi lado, Jacobo jadea esforzándose en mantenerse consciente.
—No puedo…
Marta mira a Marco. Hay urgencia en su mirada.
—Tus amigos se están quedando sin fuerzas. Tenés que decidir ya.
Marco nos mira desconcertado. Soy testigo del momento en que entiende que esto es real.
—¿Cómo estás tan segura de que somos la clave? Aarón es muy poderoso. Es difícil combatirlo…
Marta da un paso hacia él.
—Porque vos tenés el mismo potencial que él.
—¿Por qué?
Ella tarda unos segundos en responder.
—Vos y yo fuimos el Núcleo.
Hasta Jacobo ha dejado de respirar.
—¿Qué…?
—No es momento de explicarlo ahora. Si siguen acá cuando nos fusionemos, la chispa también los va a reclamar.
Los muros de la casa van cediendo. Siento algo tirando de mí hacia el fondo de ese lugar. La chispa quiere absorbernos.
—Óliver, andate ya —dice Marta—. ¡¡Ya!!
Miro a Jacobo. Está al borde del colapso.
—¡¡Sal de aquí!! —le grito.
Marco toma la mano de Marta y se produce una gran explosión. No hay luz. No hay sonido. Solo energía. Una fuerza monstruosa expandiéndose alrededor. Durante un segundo veo algo imposible: dos almas incompletas volviendo a encajar para formar una sola.
La potencia es de tal magnitud que nos expulsa violentamente. Regreso al cuerpo jadeando. El dolor me atraviesa entero. Jacobo está a mi lado, y trata también de recuperar el aire. Óscar corre hacia nosotros.
Miro a Marco. Su cuerpo convulsiona con grandes espasmos sobre la cama.
Óscar hace ademán de acercarse, pero lo detengo.
—Es normal —le digo.
Marco grita. Se arquea como si fuera a partirse en dos. Las sábanas se rompen con la fuerza que imprimen sus dedos. Está reviviendo siglos enteros a una velocidad superior a la de la luz. Hasta que, de pronto, la espiral se detiene. Toma una bocanada de aire con urgencia.
—¿Estás bien? —le pregunta Óscar acercándose.
Antes de que pueda responder, la puerta se abre de golpe. Varios soldados entran.
—¡Fuera todo el mundo! ¡Ahora! Todos… excepto ellos.
El oficial señala a los hermanos. Respiro aliviado. A Marco le llevará todavía un tiempo estabilizarse.
A pocos metros de la puerta, me giro hacia Óscar. Le doy una palmada en la espalda y le susurro:
—Ayúdalo a recuperarse.
A Emilio, Fran, Jacobo, Tomás y a mí nos conducen a la planta baja, hasta un gran comedor que parece sacado de una pesadilla elegante: suelo de madera oscura, paredes de piedra vista y enormes vigas que cruzan el techo.
Una mesa de roble, lo bastante grande para reunir a una familia entera, ocupa el centro de la estancia.
La iluminan varias lámparas de hierro forjado que bañan el tablero con una luz cálida.
Junto a la chimenea, hay un par de sofás de cuero y una librería repleta de libros que nadie parece haber abierto jamás.
En una esquina, una vitrina exhibe una vajilla de porcelana y copas de cristal en perfecta alineación.
Resulta acogedor. Por lo visto, Aarón pretende fingir normalidad, mientras el mundo se desmorona.
Nos obligan a sentarnos. Al poco, entra él sonriendo.
Una gran alfombra amortigua sus pisadas hasta cerca de la mesa.
Retira la silla y me dirige una sonrisa condescendiente.
Lo odio tanto que me cuesta mantenerme en mi sitio y poner cara de póker.
Se sienta en la cabecera con esa calma insoportable y mira repetidas veces a izquierda y derecha.
Mi corazón se acelera. Un minuto después entran Natalia, Elena y Noa.
¿Y Sara? No; Sara no está entre ellas. Y eso me inquieta más de lo que quiero admitir.
Aarón junta las manos sobre la mesa.
—Estoy muy feliz de que podamos reunirnos como una gran familia… Sin violencia.
No puedo contenerme.
—¿Sin violencia? Eres un maldito psicópata —escupo—. No hay pelea porque podrías someternos a un dolor insoportable. No confundas nuestra impotencia con cooperación. Nadie quiere estar aquí contigo.
La sonrisa desaparece apenas un instante.
—Óliver…
—No. Escúchame tú por una vez. Llevas siglos manipulándonos y pretendes jugar a la familia feliz. Das asco.
El ambiente se tensa. Los soldados se preparan.
—Has destruido el mundo por una obsesión —sigo diciendo.
Aarón me observa sin pestañear.
—¿Una obsesión? —dice—. Todo esto empezó porque quise evitar el sufrimiento. Lo que he hecho ha sido para salvar este mundo.
Suelto una carcajada amarga.
—¿Salvarlo? —me inclino hacia delante—. Has provocado guerras, manipulado gobiernos, destruido familias y convertido las habilidades en armas. La gente ya no vive: sobrevive. ¿Y quieres llamarlo salvación?
Su mandíbula se tensa y la yugular se le destaca. Bien. Ya era hora de que dejara de fingir.
—El ser humano estaba condenado mucho antes de mí —responde—. Yo solo aceleré la evolución.
—No te equivoques. Alimentaste lo peor de nosotros porque te convenía. El miedo, la codicia, la violencia… Necesitabas caos para justificar tu plan.
Noa me dedica una mirada fugaz. Es suficiente.
Una calma ajena empieza a abrirse paso entre la rabia.
Me envuelve despacio, amortigua el impulso de abalanzarme sobre Aarón, como una mano firme sujetándome el pecho desde dentro.
Tenso la mandíbula. Consigo mantenerme en mi sitio. Aarón se reclina en la silla.
—Sara sí me entiende.
El golpe me atraviesa de parte a parte. Ese cabrón sabe exactamente dónde atacar.
—No uses su nombre.
—¿Por qué? —pregunta con falsa inocencia—. Es mi pareja. La madre de mi hija.
Aprieto los puños con tanta fuerza que me clavo las uñas.
—Sara jamás será tuya y tu boca ensucia su nombre.
—Te gustará saber que, hace un rato, estaba bastante convencida de lo contrario.
Me está provocando. No. No caeré en esta nueva manipulación. Respiro hondo varias veces, con la mirada fija.
—Cuando ella se presente y me diga a la cara que te elige a ti…, dejaré de luchar. Solo entonces.
—Nunca la mereciste —dice apoyando los codos sobre la mesa mientras entrelaza sus dedos—. Tú la amabas desde el miedo. A diferencia de ti, yo la amo por encima de mí mismo.
—No lo llames amor. Es obsesión.
Una sombra le cruza la expresión. Durante un segundo creo que va a arrancarme la cabeza. En lugar de eso, la nube se le disipa y vuelve a adoptar esa mueca sarcástica que le es tan propia. Siempre se controla.
—¿Ese es tu plan? ¿Provocarme para desacreditarme? Lo siento, Óliver. Solo estás sellando tu destino.
Hace una seña a los guardias.
— ¡ Llévenselo!