Capítulo 13 #4
Ahí están las fórmulas, los informes, las pruebas. Se me congela la sangre.
—No… —susurro—. No puede ser.
Beatriz baja la mirada.
Me acerco a una mesa llena de documentos y reviso frenéticamente los títulos: «Virus». «Alteraciones neuronales». «Transmisión emocional». Se me revuelve el estómago.
—¿Sigue adelante con el virus? —pregunto horrorizada—. ¿Esta es la vacuna que estás preparando?
Beatriz cierra los ojos unos segundos.
—Eso no es lo peor.
Levanta otro dosier.
—Está desarrollando neurotransmisores para alterar la voluntad humana.
La miro incrédula.
—¡¿Qué?!
—Como puedes suponer, me cuenta sus planes hasta donde le da la gana, pero sé lo suficiente. Quiere que las emociones puedan transmitirse y amplificarse a gran escala. Cree que así eliminará la violencia…, sometiendo determinadas respuestas emocionales.
El horror me paraliza. No quiere salvar el mundo. Quiere reprogramarlo.
—¿Por qué le ayudas?
La pregunta sale más dura de lo que pretendía. Me mira con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—Tiene a mi familia; y amenazó con destruirlos si me negaba. Cometí el error de venir aquí creyendo que podía detenerlo desde dentro y, ya ves ahora estoy atrapada.
Dice la verdad. Cada palabra vibra dentro de mí sin rastro de mentira.
La certeza me golpea con tanta fuerza que tengo que apoyar una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.
Las piezas encajan. Aarón me ha mentido una y otra vez.
Cada palabra, cada promesa, cada gesto. Nunca hubo amor; solo manipulación.
—Juro que tiene los días contados —susurro.
Mi propia voz me sobresalta. Las palabras brotan de un lugar que no sabía que existía dentro de mí. Algo despierta, y no es una emoción ni se trata de un pensamiento. Es una fuerza inmensa, antigua, imposible de contener. S é cómo se llama. Es mi esencia, lo más puro y genuino que hay en mí.
Beatriz retrocede un paso al percibirlo. Respiro hondo varias veces para no perder la cabeza ahora que tengo una oportunidad. Miro de nuevo el laboratorio: esto ya no es solo una guerra entre nosotros. Aarón piensa alterar la humanidad por completo.
—Óliver es imprescindible en este punto —digo de inmediato—. Él sabe cosas que yo no. Puede ayudarnos a detenerlo.
—Sara… si Aarón descubre que te he ayudado… —dice Beatriz con el rostro demudado.
—No dejaré que te haga daño.
Ni siquiera sé si puedo cumplir esa promesa. Me urge que confíe en mí.
—Ve a buscarlo —le pido—. Tráelo aquí.
Se queda clavada en el sitio. El miedo crece de golpe, tan intenso que parece debatirse entre obedecerme o echar a correr.
—¿Y no puedes entrar en su cabeza como has hecho conmigo?
—Podría… —digo arrugando la barbilla—, pero Óliver no tardaría en reaccionar ni el Núcleo en notar la conexión. Todavía no estoy preparada para enfrentarme a Aarón cara a cara.
—Esto es una locura. Y si nos descubre…
—En tal caso, estaremos muertos de todas formas.
—De acuerdo —dice cerrando los ojos, como quien asume lo inevitable.
Antes de salir se detiene. Me mira con una mezcla extraña de culpa y tristeza.
—Sara…
—Dime.
—Siento muchísimo lo que hice.
Por primera vez desde que la conozco, sé que lo dice de verdad. La puerta se cierra tras ella y yo me quedo sola en el laboratorio del hombre que quiso convertirse en dios.
Me obligo a moverme —derrumbarme puede esperar—.
Recorro las mesas repletas de documentos, apartando informes y carpetas en busca de cualquier pista que me ayude a comprender hasta dónde llega la locura de Aarón.
Leo, paso una página, luego otra y cada línea es peor que la anterior.
No pretende controlar solo las emociones violentas.
Quiere amplificar el amor, la devoción y la obediencia hasta convertirlas en impulsos irresistibles.
Una colmena. Miles de voluntades latiendo al mismo compás, incapaces de cuestionar, de elegir, de desobedecer.
La razón se disuelve, la libertad deja de existir.
Nadie odiará, nadie se rebelará, ni volverá a cambiar.
El estómago se me contrae. Experimentos, pruebas, porcentajes de compatibilidad, hasta que me tropiezo con varios informes y un título que se repite de forma insistente: Proyecto Mundo Perfecto.
El muy cabrón le ha puesto nombre a su locura.
Sigo leyendo y cada página es peor que la anterior.
Los neurotransmisores eran solo el principio.
También está experimentando con las esencias: transferencias, sincronización colectiva, vinculación emocional masiva...
No quiere controlar a unas cuantas personas, quiere convertirnos en una sola voluntad.
Un único pensamiento, un único latido. Millones de personas dispuestas a obedecer antes incluso de preguntarse por qué.
No pretende gobernar el mundo, pretende reescribir lo que somos: la chispa, nuestra esencia y nuestra libertad.
Aarón no quiere cambiar el mundo. Quiere fabricar otro. La certeza me deja sin aliento. Lo peor no es lo que pretende hacer. Lo peor es comprender que quizá ya no estemos a tiempo de impedirlo.