La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

¿Por qué no me ha hecho daño? ¿Por qué cree que puede confiar en mí? Solo se me ocurre una explicación: está convencido de que sigo sintiendo algo por él. Quizás eso pueda salvarnos.

¿O será nuestra destrucción?

Me pongo a caminar por la habitación. Es urgente que ordene este caos.

Me detengo frente al espejo del baño y tardo unos segundos en reconocerme.

Mis ojos han cambiado. El marrón habitual ahora brilla con destellos dorados, casi luminosos.

Igual que los de Aarón. Igual que los de mamá.

Junto a mi sien descubro un mechón plateado igual al que le apareció a mamá.

Un escalofrío me recorre entera. No solo he cambiado por dentro; también lo he hecho por fuera.

No pierdo detalle de mi transformación cuando me asalta un pensamiento: los poderes del Núcleo.

Si Aarón puede entrar en nuestras mentes, quizás yo también.

La idea llega tan rápido que apenas puedo detenerla. Cierro los ojos y me concentro. El impacto es inmediato. Miles de emociones ajenas chocan contra mí al mismo tiempo y no son distintas de las que he percibido en Aarón hace escasos minutos. Debo hacer malabares para no caer al suelo.

Respiro hondo. Las emociones ahora van colisionando entre sí como en una tormenta desatada, pero algo en mi interior sabe qué hacer: me dejo llevar por un instinto nuevo y, una a una, las separo.

La furia se aparta, el miedo se disuelve y la tristeza pierde fuerza.

Acaba quedando un hilo de remordimiento, una mezcla de inquietud y ansiedad.

Me aferro a esa corriente y me dejo arrastrar Las demás emociones también se apagan hasta convertirse en un rumor lejano.

Ahora me queda una certeza. Reconozco esa energía antes incluso de ponerle nombre: es Beatriz, mi antigua jefa, la mujer que competía conmigo por el afecto de Óliver.

La sorpresa ha estado a punto de romper mi concentración.

¿Qué hace ella aquí? Procuro avanzar un poco más, entender de qué va esto.

No tardo en percibir algo inesperado: no está allí por voluntad propia.

Bien. Jamás se me hubiera ocurrido pensar en ella como una posible aliada.

Me siento en la cama y cierro los ojos por completo. La sensación es extraña, como si me hundiera en agua helada. Mi conciencia abandona poco a poco mi cuerpo mientras sigo el rastro de sus emociones. Consigo llegar a ella.

—Hola —saludo dentro de su mente—. No sé si puedes oírme.

El cambio en su ánimo es inmediato. Al pánico inicial le sigue una confusión tremenda. Su mente se revuelve con violencia, como si hubiera escuchado la voz de un fantasma.

—Siento hacer esto —continúo diciéndole con mucha calma—. No estás loca y no eres tú ni tu conciencia quien habla. Soy Sara y vengo a ti porque necesito tu ayuda.

Su respiración se acelera.

—¿Qué… qué coño…? —dice su voz interior—. No. Tengo que salir de aquí.

—Tranquila. Deja que te cuente: me ha ocurrido algo que me permite hacer cosas parecidas a las de Aarón. No tengo tiempo para explicarlo. Solo dime, por favor, si puedes moverte con libertad por la casa.

No responde. Solo percibo su miedo golpeándome desde dentro.

—Confía en mí —insisto—. Sé que estás aquí obligada. También sé que quieres salir de esto.

La culpa que siente es tan intensa que casi me atraviesa el pecho. Beatriz debe llevar bastante atrapada aquí y diría que padece una especie de síndrome de Estocolmo.

—¿Eres tú de verdad? —pregunta al fin, todavía incrédula—. ¿Cómo es que estás… haciendo esto?

—Luego te lo explicaré. Ahora ayúdame a salir antes de que Aarón vuelva.

Duda. Hay un auténtico choque de emociones dentro de ella: por un lado, el pavor a Aarón; por otro, la culpa y, por otro, el deseo desesperado de dejar atrás esta horrible situación. Una emoción consigue imponerse sobre las demás.

—¿Dónde estás?

—No lo sé. Desperté aquí hace poco. La habitación parece una enfermería privada. Tiene una terraza cerrada y…

Ni siquiera termino la frase. Algo tira bruscamente de mí y mi conciencia sale despedida hacia atrás.

Regreso a mi cuerpo sobresaltada justo cuando la puerta de la habitación se abre.

Me incorporo de golpe. Beatriz entra y cierra tras de sí deprisa.

Durante unos segundos nos miramos sin decir nada.

Me impacta verla así. Acostumbrada a su perfección constante, a esa imagen impecable de mujer segura y elegante…

, verla tan desmejorada me resulta casi irreal.

Tiene ojeras profundas y en sus ojos no queda nada del brillo arrogante que tanto llegué a odiar.

—¿Te costó encontrarme? —pregunto bajando la voz.

Niega con la cabeza.

—Esta habitación la preparé yo. Aarón me obligó.

Sus palabras me hielan la sangre.

—¿Estás… embarazada? —pregunta al ver mi barriga—. Y tus ojos… ¿Qué te ha pasado?

—Es una larga historia.

Me acerco a ella con diligencia.

—Tengo que salir de aquí ya.

Asiente nerviosa y se toca la tarjeta electrónica que lleva colgada al cuello.

—Sígueme. Y no hagas ruido.

Sale al pasillo. Espero apenas unos segundos antes de seguirla.

A lo lejos. Óliver, Óscar y Marco pelean contra varios soldados que tratan de impedirles bajar al piso inferior.

El corazón me da un vuelco: Óliver. Mi primer impulso es correr hacia él.

Usar mis nuevos poderes, ayudarlos. Pero Beatriz me agarra de la muñeca con fuerza.

—No —susurra aterrorizada—. Si te ven ahora, Aarón lo sabrá.

Dudo. ¡Dios…, cómo dudo! Óliver recibe un golpe y mi cuerpo entero reacciona como si me lo hubieran dado a mí.

Quiero ir con él, tocarlo, saber que está bien.

Pero Beatriz tiene razón: si Aarón descubre lo que puedo hacer antes de tiempo, estamos muertos.

Aprieto los dientes y obligo a mis piernas a seguir avanzando.

—¿Qué hacen ellos aquí? —pregunto mientras corremos por el pasillo.

—No lo sé —responde agitada—. No sabía que ninguno hubiera llegado.

Giramos en varios cruces hasta que Beatriz se detiene frente a una pared.

Pasa la tarjeta por un sensor oculto y una puerta camuflada se abre con gran sigilo, como si estuviera de nuestra parte.

Entramos. El olor químico me golpea al instante.

Son laboratorios. Mi mirada recorre la estancia llena de pantallas, probetas y equipos médicos.