Capítulo 13 #2
Una corriente descomunal me atraviesa de arriba abajo. Miles de recuerdos que no son recuerdos. Sensaciones imposibles: vidas, dolor, amor, ira, pérdidas.
Me veo cayendo. Me veo gritando. Me veo amando.
Las imágenes estallan unas sobre otras, sin orden, sin principio ni final.
Apenas consigo distinguir dónde termina una y empieza la siguiente.
Alguien las lanza contra mí como una lluvia de cristales, decidido a romperme por dentro.
Mi mente se abre en canal, como si alguien arrancara las paredes que contenían algo inmenso dentro de mí.
Cada emoción se multiplica hasta hacerse insoportable.
El miedo me ahoga, el amor me quema y la furia me despedaza por dentro.
En medio de ese caos…, me llega el compás de unos latidos. Son dos: el mío y el de mi hija; y se van alternando: ella está conmigo y lleva sosteniéndome, como si no hubiera nada más importante que impedir que yo me rompa.
La corriente se vuelve todavía más intensa. Mi esencia choca contra la otra versión de mí misma y durante un instante creo que voy a desaparecer, que dejaré de existir.
Pero no ocurre tal cosa y, en lugar de eso, nos fusionamos. No sé cuánto dura. Segundos. Horas. Una eternidad. Después… todo se desvanece y una calma absoluta me invade por completo.
Abro los ojos. Estoy frente al espejo. Mi madre ha desaparecido y solo me veo a mí, aunque algo ha cambiado: mis ojos brillan y mi energía vibra bajo la piel. Algo que llevaba demasiado tiempo roto dentro de mí acaba de recomponerse. Me siento completa.
—Estoy lista —susurro.
Detrás de mí se abre una puerta que antes no estaba. Una luz cegadora atraviesa la oscuridad y oigo de nuevo la voz de Noa:
—Sara…, vuelve.
Camino hasta la puerta con paso firme. Antes de cruzarla, me giro una última vez hacia el reflejo, hacia la Sara que dejo atrás. Le sonrío apenas; una despedida tan absurda como necesaria. Y atravieso la luz.
Encajo en mi cuerpo de golpe. El aire entra violentamente en mis pulmones y mi corazón se acelera. Cada parte de mí despierta al mismo tiempo, en perfecta sincronía. Mi bebé está agitada…, pero viva. Viva.
Abro los ojos; no termino de salir de mi asombro. Tengo la garganta seca y me siento como si me hubieran dado una paliza. ¿Qué hago conectada a estas máquinas? Tardo unos segundos en enfocar la vista. Busco a Noa; miro y remiro… sin éxito. No la veo por ningún lado.
Quien está sentado junto a mi cama es Aarón. Su rostro es distinto, pero reconocería esos ojos en cualquier lugar del universo. Me acaricia la mejilla con una delicadeza que me pone los nervios de punta.
—¿Estás bien, amor?
Le aparto la mano de inmediato y me incorporo de golpe.
—¿Dónde está Noa? —pregunto con la voz rota—. Espero, por tu bien, que no le hayas hecho nada.
—No, nena, tranquila. Está descansando. Terminó exhausta después de ayudarte; es un ejercicio extenuante. En cuanto te encuentres mejor y ella se recupere, nos reuniremos con los demás.
Miente. Sus emociones chocan contra mí como oleadas: hay ansiedad, obsesión. Y se combinan con alivio y deseo. Es demasiado intenso.
—¿Quiénes son los demás? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
Pregunto mientras me arranco los cables del cuerpo. Me levanto tambaleándome y miro por la ventana. Solo hay árboles y, más allá, campo. Nada más.
Aarón se pone en pie despacio.
—Cálmate, nena.
—¡Me calmo si me da la gana! Ya estás tardando en contestar mis preguntas.
Lo miro de arriba abajo al tiempo que maldigo internamente: su nuevo estuche es muy atractivo y eso me enfurece todavía más.
—¿A quién le has robado el cuerpo esta vez?
Su expresión se endurece.
—Cuida tus modales. Me pediste que no ocupara cuerpos con esencias y eso he hecho. Este cuerpo estaba vacío. Le he dado una segunda oportunidad.
—Hablas igual que Jacobo. Y tampoco le creí a él.
Se acerca un paso.
—Sara…, mírate. Estás preciosa. El embarazo te sienta de maravilla. Ahora que has conectado con tu esencia más pura es cuando puedes recordar lo nuestro. Entender lo que antes no podías.
Lo miro incrédula.
¿En serio cree que esto arregla algo?
—No necesitaba reconectar para recordar lo que sentí por ti en aquella ocasión. Los sueños bastaron. Sé que te amé. Muchísimo. Pero no tanto como amo a Óliver.
El cambio en él es inmediato.
Una explosión de ira se abre paso en su pecho. La siento. La absorbo. Por un instante, me cuesta distinguir si es suya… o mía.
—No puedo creer que, después de tanto como he hecho por ti, lo sigas prefiriendo a él.
Su voz apenas se altera, pero la violencia que contiene resulta asfixiante.
Nunca lo había visto así. Ni siquiera en las otras vidas.
Esa energía suya me embiste como una ola.
Un fuego líquido me recorre las venas y me obliga a retroceder un paso; luego otro, hasta que el cristal de la ventana me corta la huida.
Hasta ahora no había sentido miedo de él.
Ahora temo que pueda hacerme daño. Él lo nota.
Su expresión cambia al instante: la cólera desaparece sepultada por la culpa.
—Joder, no me mires así. Nunca te haría daño.
—A mí quizá no. Pero sí a nuestra hija. Estás dispuesto a sacrificarla por tu plan.
—¡No! —responde de inmediato—. Ella es la prueba de que tengo razón. De que podemos evolucionar. De que puedo crear un mundo mejor.
—¿Cómo? ¿Jugando con nosotros a tu antojo?
Aprieta la mandíbula. Duda lo que dura un parpadeo, pero es una brecha en su coraza.
—No entiendes lo que intento hacer —dice en voz baja—. Los humanos destruyen cuanto aman. La violencia, el odio, la ambición… acaban ganando. Estoy cansado de verlo repetirse una y otra vez. Yo puedo arreglarlo.
—No puedes obligar al mundo a hacer las cosas a tu manera.
—¿Y qué alternativa hay? ¿Seguir viendo impasible cómo se despedazan entre ellos?
Da un paso hacia mí.
—Sara…, yo solo quería amar y ser amado. Así de sencillo. Hasta que entendí, demasiado tarde, que el amor humano es egoísta, débil, y que se rompe con facilidad. Mi plan eliminará esas imperfecciones. No habrá guerras, ni odio, ni sufrimiento.
—Tampoco libertad.
Ninguno habla. El tiempo parece detenerse. Su respiración se vuelve pesada y los hombros ceden apenas un centímetro, suficiente para que esa coraza se agriete. Es cuando veo al monstruo. No al asesino, ni mucho menos; más bien, a un hombre roto, agotado después de demasiados siglos peleando.
—Debo irme —dice.
—¿Adónde?
—Tenemos invitados.
La forma en la que lo dice me hiela la sangre.
—¿Quiénes?
No responde. Va hacia la puerta, pero esta vez pienso antes de actuar. Si quiero detenerlo, tiene que darme más información, necesito que confíe en mí, así que suavizo la voz.
—Quiero entenderte, Aarón.
Se detiene.
—¿Qué?
—Dices que buscas un mundo mejor. Enséñamelo. Desde fuera, solo veo destrucción. Si de verdad crees que lo haces por amor, permite que acceda a tu visión completa.
Percibo cómo se revuelve por dentro. Es una mezcla de desconfianza, de necesidad y también de esperanza. Es aterrador sentir las emociones ajenas con tanta intensidad. Las suyas me resultan desconcertantes. Me acerco despacio.
—No puedo cambiar lo que siento por Óliver —susurro—, pero tampoco puedo negar lo que hubo entre nosotros.
Su respiración se vuelve irregular. Le tomo la mano y casi me arrepiento al instante. Lo que siente vuelve a detonar dentro de mí como una granada: amor, obsesión, deseo. Y una soledad abrumadora. Siglos enteros de vacío.
Tengo que contenerme para no apartarme de forma brusca.
—Siento haberte hecho daño —murmuro—. Solo… necesito entender.
Me recorre el rostro como si quisiera memorizarme.
—Lo haré —dice al fin—. Te mostraré cuanto deseas. Antes debo ocuparme de algo urgente.
Está a punto de soltarse cuando se me ocurre hacer la peor estupidez posible: lo beso.
No sé por qué. ¿Es esta necesidad de manipularlo?
¿Será un eco de lo que fuimos? ¿O será, tal vez, que ahora percibo cada emoción amplificada hasta el extremo y ya no sé distinguir cuáles son mías y cuáles no?
El caso es que solo puede ocurrírseme a mí.
En cuanto nuestros labios se rozan, el espacio de alrededor se incendia.
Aarón reacciona de inmediato. Me aprisiona contra la pared y me devuelve el beso con una intensidad salvaje.
Sus manos sujetan mis muñecas por encima de mi cabeza mientras me besa como si fuera a devorarme entera.
Y mi cuerpo responde. Las emociones nos atraviesan como descargas eléctricas: deseo, ansiedad, hambre; recuerdos que no me pertenecen por completo.
Pierdo el sentido del tiempo. Solo existe el calor de su cuerpo pegado al mío, su respiración y esa necesidad desesperada.
Hasta que, de pronto, él mismo se aparta. Respira agitado. Confuso.
—Me dices que mis actos no acompañan y luego haces esto… ¿A qué estás jugando?
Tardo unos segundos en recuperar el aliento.
—No estoy jugando.
Y en parte es verdad.
—Percibo lo que sientes y me afecta más de lo que esperaba —le digo.
Eso parece desarmarlo. La esperanza crece dentro de él con tanta fuerza que casi me ahoga.
—Todavía queda algo entre nosotros.
Error. Demasiada esperanza. Debo tener cuidado.
—Solo digo que estoy confundida.
Me contempla como a un objeto codiciado antes de acercarse otra vez. Me besa con un beso distinto, más lento y peligroso, antes de separarse apenas unos centímetros.
—Volveré enseguida.
—Llévame contigo.
—Aún no.
Me acaricia la cintura una última vez y se marcha. La puerta se cierra tras él. El silencio de la habitación me golpea de lleno. Me dejo caer en la cama confundida y luchando por recuperar el control de mi propia cabeza.
Mi plan ha sido un desastre. No he conseguido respuestas reales y, por si fuera poco, he logrado que Aarón crea que puede recuperarme. Perfecto, Sara. Genial. Me llevo una mano al rostro y respiro hondo. La niña se mueve dentro de mí. Al menos ella sigue bien. Me acaricio la barriga.
—Lo siento, pequeña… Prometo que nos sacaré a ambas de aquí, sanas y salvas.
Me obligo a analizar la situación.