Capítulo 12 #3
Suena como él, pero detecto algo distinto en su voz. Suena más grave, más profunda, incluso m ás antigu a.
—Voy a abrir los ojos. No te asustes. Sigo siendo yo, pero vuelvo con mis recuerdos y mis conocimientos.
—Sabes que estoy preparado para cualquier cosa.
Me molesta que dude de mí.
—No quiero ofenderte. Pero esto puede sobrepasarte.
Entonces abre los ojos. Y el brillo que encuentro en ellos me deja helado. Durante unos segundos, dudo de si sigue siendo mi hermano. Me fijo bien: lo es. Es él. Reconozco la misma mirada con la que crecí…, solo que ahora resulta más intensa. Más consciente.
—Has reaccionado mejor de lo que esperaba —dice con una luz nueva en su rostro—.
Por cierto, mi nombre, desde que ocupé un estuche en la Tierra, ha sido Marta.
Siempre fui mujer desde mi primera vida terrenal.
Esta es la primera vez que soy hombre. Algo que siempre había anhelado, aunque sospecho que Aarón jamás me lo permitió.
Parpadeo, asimilando el golpe.
—¿Marta? —consigo articular—. Está… está bien.
Me guardo las preguntas sobre su identidad anterior.
—Marta, sí, pero es lo de menos ahora. En cuanto termine de reconectar con este estuche, bajaremos a enfrentarnos a Aarón.
Y es ese nombre el que me hiela la sangre.
—¿Sabes cómo neutralizarlo? —pregunto con un hilo de esperanza.
—Lo sé, pero no será fácil. Yo soy la culpable de que él se convirtiera en el Núcleo y debo solucionarlo.
Eso me recuerda la regresión de Óliver.
—¿Tú también fuiste el Núcleo?
—Antes que Aarón. No puede haber dos Núcleos al mismo tiempo y, cuando renuncias a serlo, no puedes volver atrás. Es complicado de explicar… y es información que jamás debería haber salido a la luz. Pero Aarón rompió las normas y me obligó a destapar secretos que debían permanecer ocultos.
—¿Cómo se llega a ser Núcleo? —pregunto atónito.
—Solo puedo contarte mi experiencia, porque es la única que recuerdo.
No sé cómo llegué ni quién fue mi antecesor.
Cuando asumes ese papel, tus recuerdos terrenales desaparecen, se borran por completo para impedir que interfieras con las personas que conociste en vidas anteriores.
Debes ser neutral. Ecuánime. Si conservaras vínculos emocionales, no podrías serlo.
Me quedo atrapado en su mirada, rebuscando al hermano que conocía detrás de esos ojos. Durante un instante creo encontrarlo..., pero desaparece enseguida, sepultado bajo siglos de recuerdos.
—Me gustaba ser Núcleo. Velar por la perpetuidad de nuestras esencias era importante para mí.
El problema es que, cuando contemplas demasiado tiempo el mundo terrenal…
, terminas deseándolo. Y cuando deseas más la vida humana que tu propia vida, sabes que tu ciclo ha terminado, que debes buscar un sustituto.
—Es increíble…
—Y aún no sabes lo mejor.
Se incorpora un poco más en la cama.
—Cuando llega el momento, buscas una esencia especial en la Tierra. Una diferente al resto. Y yo vi eso en Aarón, aunque entonces no se llamaba así.
—¿Cuál era su verdadero nombre?
—No puedo decírtelo. Cambió el curso de la historia humana y te sorprendería descubrir quién fue. Lo que hizo en aquella vida me convenció de elegirlo. Había llevado a cabo grandes sacrificios. Era justo, equilibrado y fuerte.
—Entonces… ¿ Aarón tuvo una vida terrenal antes de convertirse en el Núcleo?
—Quienes accedemos a esa condición la tenemos.
Debemos demostrar quiénes somos pese a las limitaciones de nuestros estuches.
Cuando Aarón murió en circunstancias horribles, lo atraje hacia mí.
No porque no mereciera regresar, sino porque creí que era la esencia perfecta para sustituirme. Sentí la conexión con él.
—¿Conexión? —pregunto.
—Además de ser adecuado, debemos sentir una llamada mutua, inequívoca.
Hace una pausa antes de continuar. Quizá lo hace para darme tiempo a encajar tanta información que me deja perplejo.
—Le expliqué las normas. Los sacrificios.
Le advertí que no podría volver a ser humano hasta abandonar el puesto y que perdería cada recuerdo de su vida anterior.
Aceptó cada condición. Así que borré su memoria y le dejé tan solo los conocimientos necesarios para ejercer como Núcleo… Y me vine a la Tierra.
—Pero él sigue siendo el Núcleo y está aquí abajo con nosotros. Tiene habilidades que nadie más posee. ¿Cómo consiguió mantenerlas?
Marco suspira. Está cansado.
—Porque quiso tener un control absoluto. Se volvió avaricioso y rompió las reglas. Vino a la Tierra sin renunciar a su puesto. Y concedió dones que las chispas normales no deberían poseer jamás.
—¿Por qué?
—Los dones del Núcleo son exclusivos. Son una ventaja otorgada por nuestra labor. Nos permiten proteger el equilibrio, mantener el secreto y evitar conflictos entre iguales. Nunca debió compartirlos.
Ahora voy entendiendo la magnitud de lo ocurrido.
—En una de sus primeras vidas humanas, lo busqué. Lo acogí junto a su hermana y traté de ayudarlo porque me prometió que arreglaría el desastre que había causado.
—¿Tú eras parte de aquella familia que los acogió durante la peste?
Asiente.
—También rompí las normas al contactar con él en la Tierra. Lo tenemos prohibido, pero me sentía responsable. Yo había permitido que llegara al poder… y me había equivocado.
Algo cambia en su mirada. La luz de sus ojos pierde parte de su brillo y, por un instante, parece cargar con el peso del mundo.
—Después de eso, dediqué mis vidas posteriores a reparar sus errores; cuantos podía al menos. Y cuando Óliver y yo estábamos cerca de detenerlo, Aarón nos eliminó y borró nuestros recuerdos. Con él lo hizo de forma parcial. Conmigo, por completo.
Mi indignación crece con cada palabra. Aquello en lo que creía, los cimientos que armaban mis valores se desmoronan frente a mí. Mi lealtad al Núcleo se hace añicos y debo recomponerme cuanto antes porque esto no ha terminado. Ahora mismo lo único que me importa es salvar a los míos.
La puerta vuelve a abrirse. Me coloco instintivamente delante de mi hermano. No me lo arrebatarán otra vez. Pero quien entra es Óliver.
Un soldado con el que tropieza vuelve a empujarlo de malas maneras y se marcha.
—¿Qué haces aquí? ¿Y los demás? —pregunto.
Óliver me ignora y clava la mirada en Marco.
—¿Estás listo? —le pregunta.
—Sí. —Mi hermano se pone en pie—. Terminemos lo que no finalizamos en nuestra última vida. ¿Has pensado quién ocupará su lugar? La última vez teníamos a la candidata perfecta, pero ahora ya no es posible.
—¿De qué hablan? —pregunto.
Estoy harto de que me mantengan al margen. Óliver me mira con cierta compasión.
—Tranquilo, Óscar. Hay detalles que no debes conocer todavía. Tendremos que hacer sacrificios si queremos sobrevivir.
No respondo. Los miro sin abrir la boca mientras una única idea se abre paso dentro de mi cabeza: que hagan lo que tengan que hacer. Pero, como le pongan una mano encima a Noa, antes tendrán que pasar por encima de mí.