Capítulo 12 #2
—¿Cómo que no soy nuevo? ¿Quién querría borrarme los recuerdos?
—Ahora no. —Le hago una seña para que no hable delante de nuestros enemigos—. Busquemos una salida.
—¿Mi hija sabe algo de esto? —pregunta Emilio en apenas un susurro.
Él tampoco quiere desvelar nuestra ventaja al Cuerpo Oscuro.
—No, señor. Ella no está al tanto de los últimos acontecimientos.
Disculpe que no revele más, pero es que ni siquiera cuento con la información completa y podría inducirles a error.
Lo que sé es que tenemos que ver el modo de salir de aquí cuanto antes y de encontrar a Óliver.
Él puede someter a Marco a la regresión para que recupere sus recuerdos.
—Yo puedo ayudarle. Sé cómo funciona la terapia —dice Jacobo sin que nadie lo invite a participar en la conversación.
—Estás loco si crees que voy a dejar que entres en la cabeza de mi hermano. Limítate a estar callado. La próxima vez que te metas, te daré tu merecido.
—Ponle una mano encima a mi hermano y te arrancaré los ojos —dice Tomás.
Ese psicópata necesita una buena tunda. Ensuciarse las manos viendo correr la sangre y mostrándose superior es su forma de disfrutar. Esa sonrisa burlona termina de encenderme.
— ¡ Se acabó!
Me lanzo sobre Jacobo. Emilio me sujeta, pero no puede conmigo. Tomás también viene hacia mí, pero ahora son Marco y Emilio quienes lo sujetan a él… hasta que un dolor agudo nos taladra los tímpanos y nos paraliza. Caemos al suelo retorciéndonos mientras escuchamos su voz:
—O dejan de pelear o no saldrán de esta habitación con vida.
Tras sus palabras, la tortura cesa. Tampoco tenemos condiciones para continuar. Oímos la puerta abrirse y nos incorporamos preparándonos para lo peor.
Fran y Óliver entran. Alguien los empuja al interior. ¿Cómo es posible?
—¿Dónde están las chicas? —pregunta Fran.
En un pestañeo, ambos se inclinan hacia delante y sabemos que Aarón los está castigando. ¡Maldito hijo de puta! La puerta vuelve a cerrarse y quedamos encerrados una vez más. Fran y Óliver se incorporan aturdidos.
—¿Dónde están las chicas? —repite Fran.
—No deben estar lejos —respondo.
Nuestras posibilidades de escapar han disminuido todavía más. Óliver repara entonces en Tomás.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Créeme, compartir encierro con ustedes no estaba en mis planes.
Óliver se abalanza sobre él, pero Emilio lo frena.
— ¡ Cálmate, Óliver! —gruñe sujetándolo—. ¿Crees que no lo intentamos nosotros? Cada vez que peleamos, Aarón se nos echa encima con otro castigo.
Respira hondo y baja los hombros. Me hace una seña y nos dirigimos al baño.
—¿Has conseguido hablar con Marco? —pregunta en voz baja.
Asiento. Le cuento que lo he puesto al corriente de todo, excepto de la regresión en la que participé. El gesto se le endurece al saber que ya conoce la existencia de su vida anterior. Durante un instante parece molesto, pero la expresión le dura poco.
Sale del baño y se acerca a Marco. Al pasar junto a Jacobo, se detiene y lo mira con desconfianza.
—¿Quién coño eres?
No lo ha reconocido en su nuevo estuche. Debo advertírselo. Se presenta demasiado joven y con una fragilidad que no reconoce en él. Nada que ver con los cuerpos que ha ocupado antes, aunque basta mirarlo para comprender que no ha tenido elección.
—Solo comprobaba si eras tú o mi querido hermano quien estaba poniendo a prueba nuestra paciencia.
Óliver comprende de inmediato.
—Vaya…, así que eres Jacobo. No puedo decir que me alegre de verte. Está claro que robar cuerpos es una tradición familiar.
—Yo ocupo aquellos que están libres; no soy como aquel que los posee a su antojo.
—Si creyéndotelo piensas que eres menos capullo, tú mismo. Ya pagarán por lo que han hecho.
Lo extraño es que Jacobo no responda con provocaciones. Es muy inquietante. Sin embargo, ahora la prioridad es otra: Marco tiene que recordar.
—¿Cómo supieron dónde estábamos? —le pregunta cuando Óliver se acerca.
—Cuando llegamos al punto de extracción, donde se suponía que estarías, el panorama era desolador.
Una chica nos explicó lo ocurrido y el resto fue pura deducción.
Lo que no esperábamos era encontrar tantos rehenes.
Me pregunto para qué nos querrá a todos bajo el mismo techo.
—Le tiende la mano a Marco—: Por cierto, me alegro de verte.
Jacobo, que no ha perdido ni una coma de lo que se dice, interviene en la conversación:
—Nos encantaría tener la respuesta, pero con mi hermano nunca se sabe. Aunque debo admitir que la habitación empieza a quedarse pequeña —dice con esa mueca cínica tan suya.
—Borra esa estúpida sonrisa de tu cara o te la borro yo de un guantazo —gruñe Fran.
Lo frenamos antes de que Aarón vuelva a castigarnos.
—Ignóralos. Tenemos algo más importante que hacer. —Óliver se gira hacia Marco—. Te han informado, ¿verdad?
—No entiendo nada. ¿Una vida anterior? ¿De dónde sale eso? Me costó demasiado descubrir cuál era mi don. Si hubiera vivido antes, habría surgido de forma natural; habría nacido conmigo.
—Salvo que alguien bloqueara tus recuerdos, como hicieron con Sara. ¿Estarías dispuesto a someterte a una terapia de regresión? El único modo de que salgas de dudas es que conectes con tu esencia más pura y verdadera.
Aguardamos expectantes una respuesta. Marco procesa las palabras de Óliver.
—¿Cómo que con mi verdadera esencia? ¿De qué hablas?
—El Núcleo bloqueó tus recuerdos, tus memorias. Para recuperarlos, debes conectar con tu esencia original. No puedo contarte más. Confía en mí. Te llevaré a un recuerdo compartido y…, espero que eso te ayude.
—¿Nos conocemos de otra vida? —pregunta cada vez más confundido.
—Eso ahora no importa. Concéntrate en lo que te estoy pidiendo y estaremos más cerca de solucionar este desastre.
—¿Lo has hecho antes? ¿Dónde aprendiste a…?
—He hecho terapias de regresión infinidad de veces. Lo que me falta es precisamente ayudar a alguien a reconectar con su esencia más pura. Pero saldrá bien; lo sé.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunta Marco pasándose las manos por los costados del pantalón. Es evidente que está nervioso.
Esa misma duda también me atraviesa a mí. Óliver es bueno, pero ¿será capaz?
—Porque tú me enseñaste. Fuiste tú quien me mostró cómo hacerlo. Y no pienso decirte más o te condicionaré y se frustrará la operación.
—¿Perdona? ¿Cómo que yo te enseñé? Esto no tiene sentido.
Marco comienza a pasearse por la habitación. Está agitado y respira de manera acelerada.
—Tranquilo. Confía en el proceso. Túmbate en la cama, por favor.
Duda. Mira a Óliver, que le sonríe y lo invita a entregarse. Luego me mira a mí, que también asiento inclinando varias veces la cabeza. Al final, se tumba.
—¿Estás listo? —pregunta Óliver.
No está muy convencido, pero estira los labios y cierra los ojos en señal de afirmación.
—No tenemos mucho tiempo. Aarón volverá de un momento a otro —advierte mi amigo.
—Estoy aterrado… —dice Marco—, pero si esta es la solución, hagámoslo.
Óliver se tumba a su lado y le toma la mano. Cierra los ojos e inicia la cuenta atrás.
Silencio. Incluso Jacobo y Tomás callan. No ha transcurrido un minuto cuando vemos que Óliver lucha contra algo que se le resiste. De pronto, ambos abren los ojos sobresaltados.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—No puedo hacerlo solo. Su esencia es demasiado fuerte y me resulta imposible hacer este viaje por mis propios medios. Pesa demasiado.
—Dime qué tengo que hacer —me ofrezco de inmediato.
—No te ofendas, pero tiene que ser alguien acostumbrado a controlar su esencia.
Hace una pausa y, para sorpresa de los presentes, mira a Jacobo.
—¿Me ayudas? Sabes hacer la terapia, ¿verdad?
—Yo… sí, aunque solo la he practicado conmigo mismo.
—Me sirve. Túmbate al otro lado de Marco y sujétale la mano. Cuando lleguemos al recuerdo y te avise, sal de inmediato, no vaya a ser que su esencia más pura acabe engulléndonos.
—¿Corremos peligro? —pregunta Jacobo.
Temo que, si la respuesta es afirmativa, se eche atrás.
—Lo haremos bien y no pasará nada, pero debes hacerme caso.
—De acuerdo. Los ayudaré. A cambio, quiero salir de aquí sano y salvo junto a mi hermano. Ese es mi precio.
Sabía que no daría un paso sin pedir algo a cambio. Es un buitre y, como tal, encuentra la manera de sacar beneficio, incluso en medio de un desastre como este. Hago un esfuerzo sobrehumano para no estamparle el puño en la cara.
—Conforme. Empecemos. Emilio, ¿puedes encargarte de la cuenta atrás? Óscar, haz el favor de describir con detalle el lugar que viste en tu regresión. Eso nos ayudará a situarnos allí.
Asentimos y nos preparamos.
—Marco, cierra los ojos. Concéntrate en la voz de Emilio y después en la de tu hermano. Sigue sus indicaciones. No tengas miedo. Confía en mí… y, sobre todo, confía en ti.
Seguimos las instrucciones de Óliver mientras observamos cómo entran en trance. La habitación parece contener el aliento. Nadie habla. Nadie se mueve.
Transcurren veinte minutos con una lentitud insoportable. Óliver y Jacobo abren los ojos de golpe y se incorporan de manera brusca. Ambos se miran y se palpan el cuerpo, como asegurándose de que cada parte sigue en su sitio.
El de mi hermano, en cambio, comienza a sacudirse con violencia. Quiero acercarme y calmarlo, pero Óliver me hace una señal para que espere.
—Es normal —dice moviendo los labios.
De pronto, una bocanada de aire penetra de forma brusca en los pulmones de Marco y deja de convulsionar. Se queda inmóvil, aunque respira con dificultad. Me acerco y apoyo la mano sobre su frente sudorosa.
—¿Estás bien? —pregunto.
Antes de que pueda responder, la puerta se abre de golpe. Varios soldados entran y nos ordenan salir. Bueno… no a todos. Mi hermano y yo nos quedamos.
Óliver se acerca a mí antes de marcharse y me da una palmada en la espalda.
—Ayúdalo a recuperarse —susurra.
Jacobo está más entero ya y yo me muero por saber qué demonios ha ocurrido ahí dentro.
Cuando desaparecen y volvemos a quedarnos solos, me acerco otra vez a Marco.
—¿Ha ido bien?
—Sí… Mejor que nunca.