Capítulo 12
Todo encaja
ÓSCAR
Una trampa. Eso fue lo que nos encontramos al llegar a la mansión. No hubo resistencia ni para penetrar en la finca ni para entrar en la vivienda. Solo había un joven al pie de las escaleras. No lo reconocimos hasta que nos miró con aquellos ojos azules inconfundibles y habló:
—No esperaba reunirlos tan pronto, pero eso que me ahorro. Bienvenidos.
Le apunto con mi arma, preparado para dispararle en cuanto la general me lo ordene.
—Hombre, Aarón —dice la general sin mucho entusiasmo—, también es una sorpresa para nosotros. No esperábamos que fueras tú quien estuviera reteniendo a Sara y a los demás.
—¿Retener, dices? Querida amiga, no estás bien informada. Nadie vino contra su voluntad. Sara estaba indispuesta y soy el único que puede ayudarla; por eso vinieron.
Es un maestro tergiversando las cosas, un manipulador de primera.
Me cabreo. Su discurso me cansa y me enciende al mismo tiempo.
Trago saliva, respiro hondo y me obligo a mostrarme tranquilo, aunque arda por dentro.
Me aferro a la idea de que esto no se acaba aquí, de que aún podemos ganar la partida.
Como este desgraciado huela mi miedo, nos lo hará pagar caro.
—Si es cierto que nadie está bajo coacción, ¿dónde están? ¿Por qué no han venido a recibirnos? —pregunta Natalia.
Mi objetivo, además de rescatar a nuestra gente, es proteger a Natalia. Se nos unió en el último momento pese a mis objeciones. No está preparada, todavía no, y debo cuidarla.
—Mi querida niña, están descansando. No les he anunciado la llegada de más invitados porque ni yo esperaba tan agradable sorpresa.
—Su tono está cargado de ironía—. Ahora les reuniré con ellos.
Dejen las armas; les aseguro que no son necesarias.
Abogo por el diálogo y les invito a que nos comportemos como seres civilizados.
Pronto nos sentaremos a hablar y aclararemos este embrollo. Ahora, si me acompañan…
Lanza la invitación —que no es tal— con un gesto de la mano y se gira sobre sí mismo para subir las escaleras.
También nos ha invitado a dejar las armas, pero no dejaré la mía, salvo que mi general me lo ordene.
Este tipo no es de fiar, aunque sea una certeza nueva para mí y suponga ir en contra de lo que siempre he creído.
Como si pudiera leerme la mente, se vuelve hacia nosotros y nos advierte:
—Se lo he pedido con educación hace un momento y voy a concederles una última oportunidad.
Dejen las armas. No hay necesidad de que esto termine peor de lo que ha empezado.
La ira y el miedo nublan el juicio, lo saben bien, y las malas decisiones tienen un precio muy alto.
Ustedes no pueden ganar esta pelea. Acepten la realidad... y ahórrense un sufrimiento innecesario.
Nadie se mueve ni obedece hasta que la general nos pide que bajemos las armas y las dejemos en el suelo. No discutimos; solo obedecemos a nuestra líder.
—¡Magnífico! Gracias por colaborar. De esta manera no habrá daños colaterales innecesarios. Ahora, síganme.
En la planta superior hay demasiada vigilancia. Es donde deben estar Sara, Emilio y Noa. Aarón abre una de las numerosas puertas y pide al equipo que entre, excepto a Elena y Natalia, a quienes corta el paso. ¿En serio va a separarnos por sexos? ¿En qué siglo vive?
Para mi sorpresa, también me detiene a mí.
—Tú no. Serás más valioso en otro lugar.
Cierra la puerta y mantengo la esperanza de seguir junto a la general y su hija. Así podré defenderlas. Abre la siguiente habitación con una tarjeta que hace de llave maestra. Maquino la forma de quitársela. Luego les pide a Elena y Natalia que se aparten a un lado.
—¡Pasa! —me ordena.
¿Cómo? No pienso separarme de ellas. Si al menos las hubiese encerrado antes que a mí, sabría a qué habitación dirigirme llegado el momento.
—No me hagas perder tiempo. Haz el favor de entrar de una vez.
Mi general me hace una seña para que obedezca.
No tengo elección. La puerta se cierra a mi espalda con un golpe seco.
Me giro al instante y busco la forma de abrirla.
Paso las manos por la superficie, lisa, sin una sola ranura, sin un pomo, sin nada a lo que aferrarme.
Solo encuentro una cerradura digital con un teclado numérico. Maldita sea.
Me asalta la impresión de que no estoy solo. Me giro y me pongo en posición de combate.
Ocho pares de ojos me miran sorprendidos. A mí solo me interesan unos. Nos acercamos y nos fundimos en un abrazo. ¡Joder!
—¡Marco! ¡Estás vivo! ¿Qué haces aquí? Tenemos mucho de qué hablar. Me cuesta creer que te tengo delante.
Nos damos otro abrazo. Emilio nos mira y yo me separo de mi hermano. Saludo al padre de Noa con reparo; desde que sabe lo de mi relación con su hija, no me mira igual. A los demás les lanzo una mirada poco amigable. Desconfío de ellos.
Me llevo a Marco al baño en busca de intimidad y le hago una seña a Emilio para que se nos una.
—¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí? Estas no son las coordenadas que me enviaste. Había un equipo esperando por ti. ¿Era una trampa? ¿Eres un traidor?
Las dudas se apoderan de mí.
— ¡ No, joder, Óscar! ¿Cómo piensas eso de mí? —contesta mi hermano.
—¡Mierda, Marco! Secuestraste a Noa y llevas meses viviendo con ellos. ¿Cómo quieres que confíe en ti? No me lo has puesto fácil en absoluto. Hay tantas cosas que no cuadran, tantas que no son lo que parecen, que cualquiera diría que se nos ha ido la olla.
—¿Y puede saberse qué coño haces tú aquí? ¿Has visto a mis hijas? —interrumpe Emilio nervioso.
—No las he visto. Vinimos en misión de rescate, pero Aarón nos esperaba y nos encerró. Yo habría luchado, pero la general…
— ¿ Elena está aquí también? ¡Me cago en todo! —exclama.
—Hay un equipo táctico encerrado en una de estas habitaciones. A ellas se las han llevado a otro sitio. No sabría decirle a dónde.
—¿Ellas? —pregunta de nuevo.
—Elena y Natalia. Señor, con el debido respeto, si me concede unos minutos con mi hermano, quizá todavía podamos arreglar esto.
Clavo la mirada en Marco.
—¿Cómo demonios has llegado hasta aquí? Se suponía que estabas en otro sitio. ¿Qué ha pasado? —También a Emilio se le acumulan las preguntas, pero se detiene a la espera, cosa que le agradezco.
—Aarón apareció y doblegó a cuantos se negaron a unirse a él —explica Marco ordenando los hechos—.
La cúpula del Cuerpo Oscuro cayó en cuestión de minutos, llevándose a Jacobo y a Tomás como rehenes.
Nadie pudo hacerle frente. Su poder no tiene límites; ni siquiera sus propios hermanos fueron capaces de detenerlo.
Cuando llegue el momento, lucharán a su lado, aunque lleven siglos dispuestos a destruirlo. Son unos cobardes.
Hace una pausa antes de continuar.
—Jacobo ya no es el hombre que conocíamos. Desde que Aarón lo mató..., vive con miedo y el miedo vuelve débiles incluso a los más fuertes. Si tiene que elegir entre sobrevivir o mantenerse fiel a sus ideales, sé que escogerá salvarse a sí mismo y que hará lo mejor en su propio beneficio.
Traga saliva y añade:
—A mí me arrastró aquí con ellos. Todavía no sé por qué. No soy nadie para él..., a menos que haya descubierto que soy un topo y piense utilizarme para sacar información sobre sus hermanos.
Marco deja escapar el aire con una fatiga infinita.
Está demacrado. Las ojeras le oscurecen el rostro y la ropa le cuelga de ese cuerpo demasiado delgado.
Tantos meses infiltrado entre ellos lo han transformado en el tipo larguirucho y desgarbado que tengo delante. Ojalá no necesitemos echar mano de él.
La culpa me golpea con fuerza. Lo di por traidor. A Marco. ¿Cómo pude dudar de él?
—¿Estaba solo cuando fue a por ustedes?
Trato de calcular a cuántos tendremos que enfrentarnos.
—Así es, vino solo. A los que no se le unieron los sometió a algún tipo de tortura de esas que emplea… Era duro verlos. Después, nos trajo aquí y nos encerró. Al poco, llegó el padre de Noa.
—Entiendo que los trajera a ellos, pero ¿qué interés tiene en ti? —le pregunto a mi hermano. ¿Y si Aarón sabe quién fue realmente? La idea me atraviesa como un relámpago.
Óliver insistía en que Marco era la clave. Quizá por eso Aarón lo mantiene cerca. No para protegerlo, sino para vigilarlo. Para impedir que podamos utilizarlo en su contra. Aprieto la mandíbula. Si mi amigo hubiera sido más transparente con su misión, ahora sabría qué hacer.
—Hermano, ¿recuerdas haber tenido alguna vida anterior?
Emilio me mira sin entender la pregunta. Quienes lo conocen creen que Marco es un alma nueva, pero yo sé que no.
—¿De qué hablas?
—Quizás no lo recuerdas, pero la tuviste.
Jacobo entra en el baño sin llamar, como si estuviera en su propia casa.
—¿Cuál es el plan para salir de aquí? —pregunta.
—Disculpa, esto es una conversación privada. Y si hubiera un plan de rescate, tú y tu hermano no formarían parte de él —le contesto encarándome.
—¿En serio crees que puedes tener intimidad entre estas cuatro paredes?
— ¿ Puedes mantener tu puta boca cerrada un rato? Si lo haces, quizás me plantee sacarles de aquí.
Espero una réplica, una provocación, cualquiera de sus juegos de siempre. No llega. Jacobo no suelta prenda. La seguridad que desprendía ha desaparecido. En su mirada solo queda miedo. Se da media vuelta y sale. Marco no se equivocaba. Ese no es el hombre que conocíamos.
—¿Qué debo recordar? —pregunta Marco desconcertado.
—Óliver insistió en que nadie debía influir en ellos. Si te contara lo que pasó, dejarían de ser tus recuerdos para convertirse en mi versión de los hechos. Tienen que regresar solos, tal y como los tienes en tu memoria.
—No puedes decir algo así y dejarme a medias.
—Solo te adelanto que no eres una chispa nueva y que alguien bloqueó tus recuerdos porque eres la pieza clave para evitar este desastre.
Marco y Emilio se miran y cada uno hace lo suyo para encajar mis palabras, mientras yo solo pienso en cómo salir de aquí y encontrar a Óliver.
Salgo del baño y examino la habitación. Marco me sigue y vuelve a preguntarme: