La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

No manchará este momento tan mío. Vuelvo a centrarme en Sara y entonces la veo.

Veo su esencia pura frente a ella, inmóvil.

No ocurre como con mamá. No hay lucha, ni rechazo, ni aprensión.

Solo calma. Las dos partes de Sara se contemplan durante un tiempo que se me hace muy largo.

Luego, sucede: la rosa brillante de un color indescriptible termina envolviéndola hasta fundirse ambas en una sola.

Contengo la respiración. Lo ha conseguido.

—Sara, vuelve —susurro.

En cuanto me oye decirlo, Aarón rompe el trance al que la tenía sometida.

La esencia desaparece y regresa a su cuerpo.

Los monitores dejan de enloquecer y la presencia de la niña se afianza.

Solo entonces consigo respirar. Lo hemos logrado.

Me dejo caer contra el respaldo de la silla y sonrío para mí misma.

Ha salido bien. Pero la tranquilidad apenas dura un instante.

—Si le cuentas a alguien lo que acaba de ocurrir, tus seres queridos lo pagarán. No querrás cargar con eso otra vez, ¿cierto?

Su amenaza me atraviesa como un cuchillo. Levanto la mirada hacia él, furiosa, en el preciso instante en que Sara se despereza. Me pongo de pie.

—Sara…

Me levanto de la silla para acercarme a ella, pero Aarón me agarra del brazo y me aparta de golpe.

—¡Suéltame!

Forcejeo, grito, pataleo. No se inmuta. El cabrón vuelve a alzarme en el aire, uno de sus juegos favoritos, y me arrastra fuera de la habitación.

—¡Déjame verla, capullo!

Sigo pataleando y gritando hasta que el maldito sonido vuelve a atravesarme el cerebro. Caigo de rodillas, con las manos a los oídos, aunque no sirve de nada. El dolor es insoportable. Apenas consigo oír cómo le ordena a alguien que me devuelva a mi cuarto.

La planta está llena de guardias armados, inmunes a mis gritos.

Escapar es imposible y pensar que papá podría venir en mi busca, una fantasía absurda, puesto que está tan secuestrado como yo.

Me empujan dentro de otra habitación y caigo al suelo de bruces.

Alguien se acerca y me tiende la mano. Doy un respingo.

Nati me ayuda a levantarme mientras tía Elena corre a abrazarme.

—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? ¿Qué ha pasado?

Madre mía. Como siga haciéndome preguntas, juro que la asfixio con el cojín de la cama.

—¡Para! Dame un respiro… ¿Cómo coño han llegado hasta aquí? Y sin trucos, que lo voy a notar.

—Vinimos con Óscar y un equipo táctico para rescatarlos —explica Nati—. El problema es que Aarón iba un paso por delante y nos estaba esperando. No podemos luchar contra él y sus poderes. Es… desesperante.

—¡Mierda! ¿Óscar está aquí? Genial, otra persona más por la que preocuparme —mascullo.

—Noa, quédate tranquila por él —dice tía Elena—. Es el más preparado de cuantos estamos aquí para enfrentarse a esto. Por cierto, ¿de dónde venías tan enfadada?

Les cuento lo de Sara, lo de sus nuevos dones y cómo colapsó. Pero omito lo relacionado con la conexión de las esencias y la niña. No correré el riesgo de que Aarón cumpla sus amenazas. Recuerdo la cámara tras la planta. Levanto discretamente la vista hacia ella y hago una pequeña seña.

—Ojo con lo que decimos.

Elena entiende enseguida y se coloca de espaldas al objetivo.

—Tracemos un plan para salir de aquí —susurra.

—Perfecto. ¿Y cuál podría ser?

— Por lo que dice Óscar, su hermano es la clave. Todo depende de que Óliver y Fran den con él.

—No podemos limitarnos a esperar sentados —interviene Nati—. Tenemos que hacer algo.

Y estoy de acuerdo. No soy de las que esperan a ser rescatadas.

—El problema es que Aarón va un paso por delante —dice Elena.

—Porque nos conoce demasiado bien —murmuro—. ¿Cuántas vidas lleva tomando nota de cómo somos, cómo actuamos, cómo reaccionamos…?

Es frustrante. Nos miramos sin saber qué decir.

—Entonces… tendremos que cambiar las reglas —dice tía Elena—. Hagamos algo que no espere, algo que no esté en su guion.

Nos quedamos pensativas durante un buen rato hasta que la puerta vuelve a abrirse. Un hombre armado entra en la habitación.

—Acompáñenme.

Ninguna se mueve. Entonces levanta el arma y lo repite con más firmeza.

Esta vez obedecemos. Bajamos las escaleras y nos conduce hasta el comedor.

Abre la puerta y me quedo de una pieza: alrededor de la mesa están sentados papá, Fran, Óliver, Tomás…

y un chico joven al que reconozco en cuanto alza la mirada.

Jacobo.

Maldita sabandija robaestuches.

Aarón ocupa la cabecera como si fuera el rey del mundo.

No hay ni rastro de Sara ni de Óscar. Miro a Óliver, confundida.

¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿No estaba buscando a Marco?

La situación es horrible. No hay plan B.

No hay refuerzos suficientes. El poder del Núcleo es demasiado.

Después de tanto tiempo aferrándome a ella, siento que la esperanza se me escapa entre los dedos.

Me llegan ráfagas de fracaso, de derrota, de impotencia…

hasta que mis ojos se encuentran con los de Óliver.

Y algo dentro de mí se detiene. Él no está derrotado; al contrario, destila esperanza, determinación, ganas de luchar.

Me sostiene la mirada y asiente apenas una vez.

Y yo me aferro a eso. Significa que todavía no hemos perdido.

Y sea lo que sea que esté planeando, le ayudaré a llevarlo a cabo… aunque no salga de esta.