La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Reencuentros forzados

NOA

Por primera vez en mucho tiempo, no sé qué decir. Mi padre sabe lo del coronel y eso me aterra. No quiero explicarle nada ahora. Está cabreado y sería llevarlo al límite de su paciencia. Me preocupa cómo terminará esto.

Sara está al volante conduce hacia el cuartel.

Papá la deja hacerlo. Con ella no está tan enfadado; lógico, lleva a su nieta en la barriga y eso le da puntos extra para suavizarle el humor.

Aun así, me mira por el retrovisor con desaprobación.

Yo me hago pequeñita en el asiento, deseando desaparecer. ¡Qué bochorno!

De pronto, mi hermana empieza a gritar diciendo que no puede más.

Papá agarra el volante y le ordena que pare.

Por suerte, vamos por carreteras secundarias sin tráfico.

Las emociones de Sara me golpean de lleno: desconsuelo, miedo, saturación…

y fragilidad, como si fuera a partirse. Trato de ayudarla sin éxito.

El coche va directo hacia un árbol. A pesar de los intentos de papá por controlar la dirección, Sara se ha desvanecido y mantiene el pie hundido en el acelerador.

A escasos centímetros del tronco, ocurre algo inexplicable.

Mi hermana se incorpora de golpe, aferra el volante con determinación y frena en seco, evitando un terrible accidente.

Papá y yo respiramos con dificultad, pero dejamos de hacerlo cuando Sara se gira hacia nosotros y, con los ojos azules como el mar, dice:

—Si quieren salvarla, deben traérmela.

¡Joder! ¡Qué susto! Una cosa es ver a Aarón dentro del cuerpo de Óliver y otra muy distinta verlo usando el de mi hermana. Encojo las piernas para apartarme. Estoy petrificada. La escena da muchísimo yuyu, y eso que estoy acostumbrada a las cosas raras.

—¡¡¿Qué cojones?!! —alcanza a decir papá, apartándose de Sara.

Se pega a la puerta del copiloto y coge la manija como si se le fuera a escapar. Él también quiere huir.

—Entiendo que les sorprenda mi intromisión, pero habría sido peor si no lo hago.

Sara acaba de encajar todos sus recuerdos de golpe.

Ahora posee los tres dones. Su poder es descomunal y nadie, salvo yo, ha cargado jamás con la sabiduría, la empatía y la memoria al mismo tiempo.

Es demasiado para cualquier mente y es evidente que no puede soportarlo.

Y yo soy el único que puede aplacar su sufrimiento. Tráiganla y lo arreglaré.

—Ni de coña —susurro.

—No te lo estoy pidiendo, Noa. Es una orden. ¿Puedes hacer caso por una vez y pensar en alguien que no seas tú?

¡Maldito capullo! Si algo tengo claro es que no nos soportamos. Cuando estoy a punto de mandarlo a paseo, papá interviene.

—De acuerdo. Dime dónde tenemos que ir y la llevaré, pero Noa se queda al margen.

Lo miro asombrada. No pienso dejarles solos con Aarón. Ni de coña.

—No. Ella también viene. Tiene que ayudarme a recuperar a Sara.

Me mira y me quedo muerta. No son solo sus ojos; tanto su voz como esa forma de moverse hace que parezca un títere. Desde luego, no es mi hermana ni de lejos, sino su estuche en manos de un villano.

Papá no discute y el Núcleo continúa hablando:

—De acuerdo. Meteré en el GPS las coordenadas a las que quiero que vengan. Emilio, confío en tus dotes para esquivar cualquier cámara que pueda detectarlos. No quiero invitados sorpresa. ¿Ha quedado claro? Tráiganmela de inmediato.

Después de teclear en el navegador del coche, abandona el cuerpo de mi hermana.

Si no hubiéramos estado ahí papá y yo para sujetarla, se habría dado un buen porrazo.

Mi padre sale del coche, la carga en brazos y la tumba en el asiento trasero.

Yo le sostengo la cabeza y le digo que todo saldrá bien, aunque ni yo misma me lo creo.

Acto seguido, papá arranca el localizador de los bajos, se sienta al volante y conduce hacia el destino que Aarón nos ha impuesto.

Recorremos las carreteras secundarias mirando al frente, haciendo esfuerzos por asimilar lo ocurrido, aunque es imposible.

Percibo el desasosiego de papá y eso me preocupa todavía más; sé que su principal inquietud es la de poder protegernos, pero no está preparado para lo que se nos viene encima.

Veo un grupo de jóvenes que podrían pertenecer al Cuerpo Oscuro.

Debe ser el comité de bienvenida. Se acercan al coche y sacan a Sara.

Papá y yo nos bajamos para acompañarla, pero un hombre de unos treinta y tantos, muy atractivo, nos intercepta.

En cuanto le miro a los ojos, doy un paso atrás. Mi padre se coloca delante de mí.

—Hola, Noa. Me alegra ver que, por una vez, has sido capaz de anteponer el bienestar de tu hermana y de tu sobrina al tuyo. Entiendo que papá tuvo mucho que ver en que hicieras lo correcto —dice Aarón.

Ignora por completo la presencia de mi padre, que no puede evitar alarmarse.

—¿A dónde se la llevan? Déjanos estar con ella. Somos la única familia que le queda —le pide.

Y el comentario le cae al Núcleo como un puñal. Bien hecho. Fracción uno, Núcleo cero; aunque se da prisa en reaccionar:

—Yo también soy su familia —responde molesto.

Solo en cuanto nota que percibo su debilidad, la oculta de inmediato.

—No te preocupes. La verán cuando me asegure de que está fuera de peligro. Ahora los acompañaré para que puedan acomodarse. Les advierto que van a permanecer aquí un tiempo.

Eso es una provocación en toda regla y me da igual si la toma conmigo. ¿Qué se ha creído este capullo? Salto como una cabra en lo alto de un risco:

—¡¿Cómo?! ¿¡Estamos locos o qué!? No hemos venido de vacaciones, maldito perturbado.

Trae a Sara y deja que nos larguemos de aquí.

Ni de coña pienso quedarme. Y te diré más: cuando mi hermana despierte y te vea, preferirá haberse matado contra aquel árbol.

Ten compasión por una vez y deja que lo primero que vea sea una cara familiar a la que quiere de veras. No es tanto pedir…

Me la estoy jugando y lo sé. Mis palabras lo enfurecen. Papá me pega a su espalda. Aunque no pueda sentir emociones, sabe que Aarón no reaccionará bien a mi insolencia.

—Querida Noa, el mundo no gira a tu alrededor y quizá no sabes muchas otras cosas sobre tu hermana. ¿Te ha dicho que llevamos meses en contacto?

—Mientes.

—Puedes percibir mis emociones y sabes que lo digo en serio.

Tal vez se reserva ciertos detalles porque considera que no la entenderías, que eres demasiado…

joven. Quizá no te ha dicho que está dispuesta a formar una familia conmigo.

Tú y yo… —No termina la frase. Se cruza de brazos y hace una mueca de resignación—.

Lo nuestro nunca funcionaría, querida —me hace un gesto que pretende ser cómplice—.

Yo quiero a tu hermana y ella me ama de veras. Supéralo.

Me quedo muda, atónita. ¿Qué ha querido decir con lo nuestro? Está claro que en esa otra vida a la que se refiere debí darme un golpe monumental. ¿Cómo podría fijarme en alguien como él? Primero Tomás y ahora él. ¡Puaj!

—Eres un mentiroso, un sicópata sinvergüenza. Ella te detesta. Óliver es su único y verdadero amor; y eso es lo que te repatea. Pues ¡jódete, cabrón!

Mis palabras lo enfurecen. Con un simple gesto de la mano, me eleva por los aires y me lanza contra la fuente que hay en medio de los jardines, frente a la fachada principal de la casa. Papá se abalanza sobre él y acaba cayendo a mi lado.

Nos levantamos como impulsados por resortes y con ganas de arrancarle la cabeza, pero nos detiene usando el mismo sonido ensordecedor que utilizó cuando murió mamá.

Aprovechando nuestra debilidad, nos habla de forma directa en forma de pensamientos:

—No les conviene hacerme enfadar. Soy más fuerte y poderoso. No es mi intención hacerles daño, pero si intentan impedir mi plan, los eliminaré. Espero que les haya quedado claro.

El dolor es insoportable. Claudicamos.

Aún transcurren unos segundos interminables hasta que nos libera.

Lo seguimos al interior de la vivienda. Es un casoplón enorme, más parecido a un hotel rural de lujo que a una casa.

Desde el vestíbulo parte una escalera de mármol que se bifurca en dos ramales simétricos y que conducen al piso superior.

A mi izquierda veo un salón inmenso con muchos sillones; a la derecha, un comedor gigantesco.

Accedemos a la planta superior, a una galería cuadrada con un montón de puertas bien custodiadas. ¿Qué habrá tras ellas? ¿Laboratorios? ¿Cárceles? No pinta nada bien; no para nosotros. En lo alto hay una gran claraboya que baña la planta de luz.

El pasillo se convierte en un torbellino de cuerpos peleando: golpes secos, respiraciones entrecortadas y gritos que rebotan contra las paredes. Luchamos con las fuerzas que nos quedan, pero no basta. Nos separan y nos arrastran en sentidos opuestos., Colocándonos a cada uno en una habitación.

Me lanzan a la fuerza en la mía y aporreo la puerta, la pateo y tiro de la manilla. Está claro que no sirve de nada.

Examino cada rincón. Las paredes están revestidas con algún tipo de material aislante porque tanto mis gritos como los golpes que repito contra la puñetera puerta suenan sordos.

La terraza está cerrada con una llave digital, de manera que es imposible acceder al exterior y pedir auxilio fuera.

Me dejo caer sobre la cama. Otra vez encerrada contra mi voluntad, separada de mi familia y sin poder hacer nada.

Mi atención se detiene en una planta sobre una repisa.

Está demasiado alta para que alguien se moleste en cuidarla.

Me acerco un poco y confirmo mi sospecha: las hojas son de plástico y, entre ellas, asoma una diminuta lente.

Una cámara camuflada. Cómo no. Me aguanto las ganas de llorar; no estoy dispuesta a darle esa satisfacción a Aarón.

Sé que no pierde detalle de mis reacciones y eso termina de quitarme cualquier impulso de venirme abajo.