La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—Podemos hacer esto de manera civilizada… o no —dice Aarón disfrutando de la situación que él mismo ha planteado para su propio placer.

—¡Maldito hijo de puta! ¡Pelea sin usar tus poderes! —le grito.

Aarón se gira hacia los ventanales que dan al exterior. La luz del amanecer se filtra entre los árboles.

—No he venido a pelear —dice con calma—. He venido a finalizar esta locura.

Se vuelve despacio hacia nosotros.

—Voy a convertir este planeta en el paraíso que siempre debió ser. Con o sin ustedes.

Los segundos que deja pasar a continuación resultan inquietantes. Habla convencido, con una seguridad palpable.

—Tengo este asunto planeado a la perfección—continúa—. Nadie va a detenerme.

—Salvo que mueras primero —gruñe Fran.

Aarón sonríe.

—Siempre puedo usar el cuerpo de Óliver después.

Siento cómo Fran quiere dar un paso adelante, dispuesto a lanzarse sobre él, pero seguimos sometidos. Con un gesto, le pido que se detenga o saldremos malheridos; o muertos, que es peor. No podemos perder el control. No todavía. Aarón parece satisfecho con mi reacción.

—Tu amigo sí entiende de qué va esto. Deberías aprender de él, Fran. Dejen las armas o no avanzaremos.

De pronto, la manipulación del Núcleo deja de afectarnos. Apartamos las armas para no apuntarnos el uno al otro y las dejamos sobre la mesa. Después, Aarón sale de la estancia y se dirige a las escaleras.

—Vengan. Es hora de reunirse con el resto.

Subimos siguiéndolo de cerca. Desde arriba se aprecia mejor la estructura cuadrada de la casa. Varias puertas rodean el pasillo abierto del segundo piso. Aquí sí hay vigilancia. Varios soldados armados custodian algunas puertas de las habitaciones.

Aarón se detiene frente a una. El guardia introduce una tarjeta electrónica en el lector y la hoja se abre con un pitido.

Nos hacen pasar. En cuanto entro, mis ojos buscan a Sara.

Pero no está. Tampoco está Noa. Solo veo a Marco, Óscar, Emilio y Tomás.

Junto a ellos, hay un hombre joven que no reconozco. Fran reacciona antes que yo.

—¿Dónde están las chicas, malnacido?

Nos giramos hacia Aarón, pero un sonido insoportable nos atraviesa. Caemos de rodillas tapándonos los oídos. El dolor es brutal. Entonces oigo su voz dentro de mi cabeza.

No toleraré faltas de respeto .

La puerta se cierra de golpe. El sonido desaparece. La quietud que lo sustituye, densa y opresiva, resulta casi peor.

Me incorporo. No sé por qué me fijo en lo que hay: una cama de matrimonio, un par de mesillas a cada lado y un sofá con una televisión delante. Al fondo, una terraza y, junto a la entrada, un baño. No hay duda: es una prisión decorada como si fuera una habitación de hotel.

—¿Dónde están las chicas? —repite Fran.

—No deben estar lejos —responde Óscar con tensión evidente.

—¿Y tú qué haces aquí? —le pregunto a Tomás.

Si él está aquí, su hermano tampoco debe andar lejos. Me juego lo que sea a que Aarón no consiguió eliminar a esa rata escurridiza, y algo me dice que volverá a cruzarse en nuestro camino. Me pongo en alerta.

No confío en Tomás lo más mínimo y, menos aún, en Jacobo, que nos la ha jugado más de una vez. Él se encoge de hombros y compone una mueca irónica.

—Créeme, compartir encierro con ustedes no estaba en mis planes.

La rabia acumulada termina explotando. Me lanzo contra él sin pensar, en un puro arrebato desesperado, pero Emilio me detiene antes de que le parta la cara.

—¡Cálmate, Óliver! —gruñe sujetándome—. ¿Crees que no lo intentamos nosotros? Cada vez que peleamos, Aarón se nos echa encima con otro castigo.

Respiro. Hago lo imposible por recuperar el control. Tomás sonríe con esa jeta asquerosa que no ayuda. Óscar me hace una señal para que lo siga. Me conduce al baño.

—¿Has conseguido hablar con Marco? —pregunto en voz baja.

—Sí, pero desde que le dije que había tenido una vida anterior, se ha ofuscado y no he conseguido nada —me explica Óscar.

—No tenías que habérselo dicho.

—Lo lamento.

—No pasa nada. Déjamelo a mí.

Salimos del baño y noto la mirada fija del desconocido sobre mí. Está pendiente de cada movimiento que hago, de cada gesto, como un autómata dirigido. Cambio de dirección y me acerco a él.

—¿Quién coño eres?

El hombre sonríe y se mantiene erguido sin responder. Poco después, habla:

—Solo comprobaba si eras tú o mi querido hermano quien estaba poniendo a prueba nuestra paciencia.

Lo miro y lo entiendo al instante.

—Vaya… ¡Jacobo! —exclamo.

El sarcasmo desaparece de mi voz.

—No puedo decir que me alegre de verte. Al parecer, eso de robar cuerpos es una tradición familiar.

—Yo ocupo aquellos que están libres; no soy como aquel que los posee a su antojo.

—Si creyéndotelo piensas que eres menos capullo, tú mismo. Ya pagarán por lo que han hecho.

Espero alguna respuesta arrogante. Alguna provocación. Pero no llega. Es la primera vez desde que lo conozco —y ya hace varias vidas—, percibo que Jacobo tiene miedo. Eso me inquieta más que cualquier amenaza de Aarón. Algo sabe. Tengo que descubrir de qué se trata antes de que sea demasiado tarde.