Capítulo 10 #2
Un frenazo repentino rompe mis pensamientos. Damos un bote y miramos por las ventanillas.
—¿Qué ocurre? —pregunta Fran desde el asiento trasero.
—Esto no es normal —dice Jose en el volante.
Me inclino entre los asientos delanteros y entonces los veo: son cuerpos, muchos cuerpos tendidos sobre el suelo.
Jose frena por completo y saltamos del vehículo. Nos desplegamos alrededor con las armas preparadas.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —murmuro frustrado—. ¡Busquen a Marco! ¡Ya!
—¡Señor! ¡Aquí hay una mujer consciente! —grita uno de los soldados.
Corro hacia ella mientras examino la zona. No veo a Marco; me fijo en cada bulto y no está por ningún lado. La mujer nos mira aterrada. Me centro en ella.
—Tranquila. No vamos a hacerte daño —le aseguro—. ¿Qué ha ocurrido aquí?
No responde. Fran ya está comunicando la situación al puesto de control. Hago una señal a uno de nuestros Empaticus para que intervenga. Al final, la mujer rompe a hablar.
—Han sido los Guardianes…
—¿Los Guardianes? Nosotros acabamos de llegar…
El Empaticus asiente confirmando que dice la verdad.
—Hablaban en nombre de ustedes —susurra abatida.
—No éramos nosotros —digo más alto de lo que pretendía.
Se hace un ovillo. Está muy asustada.
—No te vamos a hacer daño —le repito en un tono más conciliador.
—Eso dijo el otro y mira cómo hemos acabado.
En cuanto puedo ver lo que ocurre, advierto que los accidentados sangran por los oídos. Y lo entiendo; no son accidentados, sino víctimas de Aarón.
—¿Cuántos eran? —pregunto.
—Uno solo.
El escalofrío me recorre entero.
—Convenció a algunos de unirse a él. A los demás…, no sé cómo lo hizo, pero nos destrozó con algún tipo de sonido.
Cierro los ojos un segundo. Claro. Las piezas encajan: la desaparición de Sara, la emboscada, Marco… Me incorporo de un salto y corro hasta donde está Fran.
—Llama a Elena. ¡Ahora!
Marca en su teléfono. Nadie responde. Maldición. Es como si me hubieran dado un manotazo.
—Nos tendieron una trampa —gruño—. El otro equipo ha ido directo a meterse en la boca del lobo.
Fran me mira alarmado.
—¿El Cuerpo Oscuro?
—No. Esta vez es peor.
Levanto la vista.
—Es Aarón. El Núcleo.
—¡Joder! —Fran se acerca al furgón—. Natalia está en ese equipo.
Me paro confuso; no sabía que ella también había ido.
Vicky ya está pidiendo refuerzos al cuartel mientras Jose se queda coordinando la atención a los heridos.
Nosotros nos vamos de inmediato. De camino, llamo a Alejandra, que permanece en el cuartel, para que nos facilite las coordenadas de la ubicación del otro equipo.
El trayecto hasta la casa se hace eterno pese a que nos comemos las calles. La tensión dentro del vehículo es asfixiante. No hablamos. Apenas nos atrevemos a respirar.
Aparcamos a cierta distancia y nos desplegamos alrededor del perímetro para analizar la zona.
La casa queda camuflada casi por completo entre los árboles y la maleza.
Demasiado silenciosa. Demasiado tranquila.
Le hago una seña a Fran indicándole que voy a entrar.
Él cubre mi retaguardia. Nos movemos pegados a las paredes laterales hasta dar con una entrada secundaria.
La cocina está vacía. Todo normal para el escenario que esperamos encontrar.
Avanzamos con sigilo apuntando con las armas hacia cada rincón.
Nada. Ni rastro de lucha. Ni disparos. Ni sangre.
Eso me inquieta todavía más. En medio del vestíbulo lo vemos: un hombre joven, de unos treinta años, moreno y alto, permanece de pie esperándonos como si supiera que íbamos a llegar.
No se inmuta al vernos armados. Ni siquiera parece preocupado.
—¿Dónde está nuestra gente? —vocifera Fran apuntándole a la cabeza—. ¿Y tu jefe? Más te vale decirnos dónde está.
El hombre sonríe. Yo ya lo sé; sé dónde está ese jefe por el que pregunta. Reconocería esa mirada hasta debajo del agua.
—Hola, Fran —dice con la calma de quien sabe que la victoria es suya—. Me alegro de verte.
Mi compañero frunce el ceño confundido. Yo no aparto la vista de sus ojos.
—Perdona. Supongo que con este aspecto es difícil reconocerme. Aunque imagino que Óliver no habrá tenido tantos problemas. El tiempo compartido deja huella, ¿verdad?
La rabia me atraviesa como un disparo.
—¡Hijo de puta! —escupe Fran—. ¿Qué quieres?
Aarón ni siquiera se inmuta. Se limita a caminar hacia el salón situado junto a las escaleras centrales.
—Pueden dejar las armas sobre la mesa. No serán necesarias. Estamos entre amigos… Es más, diría que estamos en familia.
No nos movemos.
—¿A quién le robaste el cuerpo esta vez? —pregunto sin apartar el arma de él. Aarón sonríe apenas.
—No he robado ningún cuerpo. Solo le he dado uso a uno vacío…, tal y como me pidió mi amada Sara.
Su nombre en su boca me revuelve el estómago. Si me dejara llevar, lo mataría aquí mismo. Entramos al salón sin bajar las armas. La estancia también está vacía. No hay guardias. No hay refuerzos. Está claro: no nos teme. Eso me enfurece todavía más.
—¡Nos da igual lo que quieras! —grita Fran fuera de sí—. ¡Trae a nuestra gente!
—A su debido tiempo —responde Aarón con absoluta tranquilidad—. Primero, dejen las armas. Es importante guardar las formas, y más entre familiares… ¿No opinan igual?
Ninguno obedece. Entonces él levanta apenas una mano. No hace falta más para que Fran y yo nos veamos obligados a apuntarnos mutuamente. La presión sobre el gatillo es involuntaria.
Sé que mi cuerpo ya no me pertenece por completo. El combate está amañado y no partimos de las mismas condiciones.