La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Emboscadas o planes perfectos

ÓLIVER

Me encuentro contento y furioso en la misma medida.

Tenemos ya tan cerca la solución… y al mismo tiempo tan lejos, que me dan ganas de deshacerme no solo de mi enemigo, sino de cualquiera que se interponga en mi camino.

Me obligo a respirar despacio para no perder el control.

Los nervios me azotan como un látigo mientras permanezco sentado en el sillón de la terraza, con la vista clavada en una ciudad que descansa ajena al caos que nos consume.

Las luces de las casas comienzan a encenderse pausadas, como si el mundo siguiera siendo el de siempre.

Óscar se ha ido en busca de su hermano y ni siquiera ha querido escucharme.

Retomar la regresión es la respuesta. Aarón no habría borrado esos recuerdos si no fueran importantes.

¡Maldición! Ahora caigo en que sin ellos no puedo avanzar.

Marco es la clave, pero buscarlo por libre es perder el tiempo.

No quiero descargar mi frustración con Noelia, aunque me fastidia que se haya puesto de parte de Óscar. Tengo que calmarme antes de enfrentarme a ella… y al mundo. Estamos tan cerca…

Suena el móvil. Veo el nombre de mi amigo en la pantalla. ¿Habrá recapacitado?

—¿Qué pasa? —pregunto con frialdad. No me interesa ocultarle que sigo molesto por cómo se marchó.

—Emilio ya lo sabe.

Me incorporo de inmediato.

—¿Qué es lo que sabe?

—Lo mío con Noa. Lo de Marco. Y quiere saber el resto.

—¿Quién se lo dijo? ¿Noa?

—No lo sé. Hemos quedado en hablar en el cuartel. Le pedí que volvieran para explicárselo cara a cara. No me fío del teléfono.

Frunzo el ceño y me pongo a pasear por la terraza con pasos largos.

—¿Volver de dónde? ¡Joder, no entiendo nada!

—No sé por qué están fuera. Emilio me interrogó. No estaba muy receptivo para contestar a mis preguntas. Solo sé que Noa recibió un mensaje de Marco con las coordenadas, que Emilio le quitó el móvil y que se negó a darme la información si no le explicaba qué demonios está pasando.

—¡Mierda…! ¿Y te pasó la ubicación?

—Sí. Aunque está cabreado. Sabe que estamos trabajando juntos y sospecho que eso sí se lo contó Noa. Escúchame, tienes que venir al cuartel. Y yo tengo que ir a buscar a Marco antes de que la General me someta a un tercer grado y nos retrase.

Aprieto la mandíbula.

—Iba a someterme a otra regresión. Creo que estoy avanzando…

—Por favor, tío. Marco es clave. Sacarlo de allí es prioritario… o esto se nos viene abajo.

Valoro mis opciones unos segundos. Al final, cedo.

—De acuerdo. Me cambio y voy para allá. Y si existe la mínima posibilidad, quiero participar en el rescate.

—Vale.

Oigo el chirrido de unas ruedas al otro lado de la línea. Conduce demasiado rápido.

—Óscar, si te estampas, no nos servirás de mucho. Baja la velocidad.

—Ya estoy llegando al cuartel. Luego hablamos.

La llamada termina y me quedo solo con mis pensamientos. Respiro hondo antes de entrar al salón. Noelia levanta la vista en cuanto me ve. La arruga de su entrecejo me confirma que está preocupada.

—Siento haberme metido en medio, pero me parecía absurdo que se fueran a matar entre ustedes por nada.

Niega con la cabeza como si todavía no entendiera la discusión.

—No te preocupes. Ya está solucionado. Sabemos dónde está Marco y vamos a ir a buscarlo.

—Voy contigo.

—No. Te necesito aquí.

No le gusta quedarse al margen; lo leo en su expresión. Pero no discute.

Entro en mi habitación y, en cuanto termino de arreglarme, bajo al garaje y entro en el Ranger. Voy quemando rueda hacia el cuartel.

Al entrar en el garaje descubro un ambiente demasiado agitado para ser altas horas de la madrugada. Algo no va bien. Le escribo a Óscar avisándole de que ya he llegado. Me responde enseguida. Puesto de mando.

Cojo el ascensor y, en cuanto las puertas se abren, confirmo mis sospechas. El ritmo es frenético: soldados moviéndose de un lado a otro, pantallas encendidas, voces que se cruzan, a cada cual más tensa. Algo ha ocurrido.

Me acerco al despacho de Elena y golpeo con delicadeza el marco antes de entrar. Solo están ella y Óscar y ambos tienen mala cara. Él parece agotado; ella, furiosa.

—No puedo creer que hayan estado trabajando a mis espaldas —gruñe Elena nada más verme—. Ahora tenemos que organizar otro rescate. Si dejaran de ocultar información, no estaríamos repitiendo la misma mierda una y otra vez.

—Elena, por favor —intervengo intentando mantener la calma—. Lo hicimos para protegerlos. En cuanto saquemos a Marco del Cuerpo Oscuro…

Me interrumpe de golpe.

—¿¡Cómo que sacar a Marco!? ¿¡Estás en contacto con él!? —explota—. Más secretos. Fantástico.

Miro a Óscar desconcertado. ¿Todavía no le ha contado lo de su hermano? Entonces…, ¿de qué rescate habla?

—Espera —digo confundido—. Si no sabías lo de Marco…, ¿quién necesita que lo rescatemos?

Óscar se frota la cara antes de responder y agacha la cabeza:

—Emilio y las chicas han desaparecido. Sus móviles están apagados. Las últimas cámaras muestran que el coche se detuvo de manera brusca. Sara estaba inconsciente, Emilio tomó el volante, desconectó el localizador y… desaparecieron.

—No me jodas…

Otra vez no. Otra vez ellos.

El corazón me exige salir corriendo a buscar a Sara, pero la razón me recuerda que encontrar a Marco podría significar el fin de esta guerra.

La tensión se puede palpar. Elena sabe, que es momento de poner las demás cartas sobre la mesa y es ella la que habla:

—Ahora explícame qué sabes de Marco.

Óscar asiente despacio.

—Le escribió a Noa. Primero comprobé que no fuera una trampa y, en cuanto me cercioré de que el asunto estaba claro, le pedí coordenadas para organizar un rescate.

Venía a contártelo cuando descubrimos lo de Emilio y las chicas.

Pero sigo creyendo que sacar a mi hermano de allí es prioritario.

Lleva demasiado tiempo infiltrado y por eso mismo tiene información valiosa.

Elena permanece pensativa unos segundos. Después suspira.

—Si no tuviéramos tantos frentes abiertos, ahora mismo ordenaría arrestarlos a los dos de por vida. Fran, Emilio y yo sospechábamos que ocultaban algo…, pero no esto.

Se apoya sobre la mesa y nos mira a uno y a otro. Después, levanta la cabeza y añade:

—De acuerdo. Óscar irá con Fran a por Marco. Óliver vendrá conmigo a buscar a los demás. Organizaremos dos equipos tácticos. Ahora, ustedes dos —mira a ambos lados— desaparezcan de mi vista y descansen algo, que dan pena. Salimos en tres horas.

Se gira hacia los monitores y añade:

—No he dicho ninguna tontería: si no comen ni descansan, ya pueden irse olvidando.

Da por terminada la conversación. Pero yo no.

—Con todo el respeto, Elena…, es importante que vaya yo en busca de Marco. Hay una razón de peso.

Ella se gira. Y la expresión que me dedica podría matar.

—No me jodas, Óliver. Supera tus problemas con Sara. Ahora tenemos asuntos mucho más importantes.

—No es por eso.

Abre la boca y la interrumpo antes de que siga atacándome.

—Si a Marco también le bloquearon recuerdos, soy el único que puede ayudarlo a recuperarlos. Quiero salvar a Sara…, pero descubrir qué sabe Marco puede ser la única forma de zanjar este conflicto.

Elena me sostiene la mirada unos segundos, hasta que al final claudica. No le queda otra.

—Bien. Parece que tiene sentido lo que dices… Irás con Fran. El coronel se queda conmigo. Y ahora, fuera de mi despacho.

No esperamos a que lo repita.

Comemos algo rápido y Óscar y yo nos encerramos en su habitación mientras sigue coordinando operativos a través del móvil, ignorando por completo las órdenes de descanso de Elena.

Yo me tumbo en la litera libre. El agotamiento me vence casi al instante. Y sueño. Me despierto sobresaltado. He debido dar un buen bote, porque Óscar se gira hacia mí alarmado.

—¿Estás bien?

Me paso una mano por la cara. Tengo tal niebla mental que me cuesta orientarme.

—¿Cuánto he dormido?

—Quince minutos como mucho. Tío, estás blanco. ¿Otra pesadilla?

—No era una pesadilla.

Levanto la vista hacia él.

—He avanzado en mis recuerdos.

Óscar frunce el ceño.

—¿Cómo?

—Me está pasando como a Sara. Los sueños me llevan más lejos sin necesidad de la regresión.

Hago una pausa. De pronto, me sobreviene un recuerdo que antes no estaba.

—Ya sé cómo destruir a Aarón. Tu hermano es la clave.

—Joder… son buenas noticias. ¿Qué has descubierto? ¿No vas a explicármelo?

—Cuanto menos sepas, mejor. ¿Sigues teniendo la bolsa con las cosas que me dejé?

Afirma, la saca del armario y la deja en el suelo.

Me levanto, la cojo y me largo al baño. No sé si el agua logrará quitarme de encima esta sensación constante de agobio, de que el puzle que vamos recomponiendo amenaza a cada paso con desbaratarse.

Porque por fin tengo una respuesta. El problema es el precio que habrá que pagar para llevarla a cabo.

Tengo que hacerlo como sea, pero… ¿sabré? , ¿podré? ¡Maldita sea, no puedo dudar!

En cuanto estoy listo, Óscar me arrastra hacia el ascensor.

En el puesto de mando nos esperan Elena, Fran, Ramón, las Doble V, Eric y los soldados de la unidad táctica, listos para entrar en acción.

Han localizado a Emilio y a las chicas. Están en una casa rural en La Matanza.

Las coordenadas que envió Marco, en cambio, nos llevan hasta una zona industrial aislada, muy cerca del cuartel.

Demasiado cerca. Nos dividimos en dos equipos de diez. Cada uno se encargará de un objetivo.

Pasamos por la armería para equiparnos: chalecos, armas, comunicadores, munición… Alejandra y Eduardo se quedarán supervisando las operaciones desde el puesto de control.

Nos ponemos en marcha. El trayecto transcurre sin que nadie pronuncie una sola palabra, solo el motor del furgón y el roce constante de las ruedas contra el asfalto rompen la quietud.

Nadie quiere decirlo en voz alta, pero me consta que quienes participamos en el operativo vamos pensando lo mismo.

La última vez que salí de misión, no regresé siendo yo. Y esta vez podría ser aún peor.