Capítulo 9 #3
—¿Me ven cara de tonto? ¿Qué está pasando? Dejen de poner excusas absurdas sobre reconciliaciones y tonterías. Quiero la verdad y la quiero ahora —exige.
Su tono ya no tiene nada de conciliador. Está enfadado y sé que no va a dejar el tema hasta descubrir qué estamos ocultando.
—Yo quiero conducir.
Me mira de reojo, poco convencido de que esa sea mi única intención.
—¿Y cuál es tu excusa? —le pregunta a mi hermana.
—Ahora mismo no tengo tiempo para sermones. Puto código de mierda —masculla Noa sin apartar la vista de la pantalla del móvil.
Papá le arrebata el teléfono y ella estalla.
—¡¡¡Oye, devuélvemelo!!!
—¿Qué son estos números? Y bájame el tono, niña. No olvides que sigo siendo tu padre.
—Es largo y bastante complicado de explicar —contesta ella.
Cierra los ojos, respira hondo para serenarse y añade:
—¿Me puedes devolver el móvil, por favor?
—No. Yo no tengo prisa. ¿Y tú?
Esto no pinta nada bien. No hay nadie más cabezota que ellos dos y temo que acabemos atrapados en una discusión eterna.
—Hace un momento dijiste que no querías dejar sola a tía Elena.
—No está sola. Tiene a mucha gente a su cargo… y a su familia.
—¿Sabes cuánto odio que te pongas así?
—Y yo odio que me oculten información. Ahora que ya hemos dejado claros nuestros sentimientos, ¿puedes explicarme qué es esto y quién te lo ha mandado? Porque estoy a punto de perder la paciencia y… no te conviene.
Miro a mi hermana a través del retrovisor y le suplico con la mirada que deje de tensar la situación. Ella percibe mis emociones igual que yo las suyas. Al final, cede.
—De acuerdo.
Entonces nos cuenta lo de Marco, sus mensajes, lo del plan.
Yo alucino con la cantidad de cosas que me ha ocultado durante este tiempo.
Y, lejos de calmarse, papá se tensa aún más.
Abre la pantalla de llamadas del móvil de Noa y marca un número.
Nosotras nos ponemos rígidas al instante, sobre todo mi hermana.
La llamada va en altavoz. Está llamando al coronel.
—Nena, iba a llamarte ahora mismo —responde Óscar al otro lado.
Noa intenta advertirle de alguna manera, pero papá se lo impide con una mirada y ella se hunde en el asiento trasero.
—Hola, Óscar. Soy Emilio… O quizá debería decir: el padre de tu novia.
El corazón de Noa se acelera tanto que casi puedo sentirlo en mi propio pecho. Sus ojos están a punto de salirse de las órbitas.
Yo también me contagio de su nerviosismo. Papá sigue impasible, dispuesto a lo que haga falta. Óscar tarda unos segundos en responder.
—Puedo explicarlo, señor.
No le deja continuar.
—No te llamo por eso. Acabamos de recibir un mensaje de tu hermano con una ubicación, una hora y datos para extraerlo del núcleo del Cuerpo Oscuro.
Al otro lado de la línea solo se oye una respiración contenida.
—No debería habérselo enviado a ella. ¿Lo mandó tal cual? Porque podría tratarse de una trampa.
—Venía codificado, pero lo he descifrado. Y ahora escúchame bien, hijo: o me explicas qué demonios está pasando y cómo mi hija ha terminado metida en esto… o tu hermano seguirá una buena temporada con nuestros enemigos. ¿Ha quedado claro?
—¡¡Papá!!
—Tú mantente al margen porque ahora mismo podría castigarte para toda la eternidad.
La voz de mi padre es tan fría que incluso yo me estremezco.
—Estoy cansado de ver a mis hijas en peligro mientras todo el mundo me oculta cosas. Esta es tu oportunidad para entrar con buen pie en la familia.
No suena a consejo. Suena a amenaza. Cada palabra aumenta la tensión dentro del coche.
—De acuerdo, señor. —A Óscar no le queda otra que ceder—. Estoy de camino al cuartel y se lo explicaré con pelos y señales. Prefiero tratar estos asuntos cara a cara. Eso sí, le agradecería que me enviara el mensaje para ir organizando el rescate de Marco.
—No estamos en el cuartel. Así que te recomiendo que empieces a hablar.
El tono de papá es tajante. Pocas veces lo he visto así.
—¿Cómo que no están en el cuartel? ¿Dónde están? —pregunta Óscar, alarmado.
—Hijo, mi paciencia se está agotando.
Óscar suspira al otro lado de la línea antes de responder:
—No estoy evitando darle explicaciones, pero no sé si esta llamada puede ser segura. Le pido un voto de confianza. Se lo contaré en cuanto nos veamos, se lo juro. Antes, prométame que regresarán al cuartel. No puedo garantizar su seguridad si siguen fuera.
Hace una breve pausa antes de añadir:
—Y ya se lo adelanto: encontrar a Marco es clave para concluir lo que estamos viviendo.
Suena sincero. Y eso me enfurece todavía más, porque significa que cada uno, a su manera, ha estado guardándose secretos.
—De acuerdo. Volvemos al cuartel. Y quiero participar en el rescate de tu hermano. Hablaremos allí.
Papá cuelga sin darle oportunidad de responder.
Después nadie vuelve a hablar. Dentro del coche solo quedan el nerviosismo, el enfado y la agitación flotando en el ambiente.
No sé si lograremos frenar esta situación.
Pero tengo clara una cosa: si no empezamos a confiar los unos en los otros, mi familia terminará rompiéndose. Y no pienso permitirlo.