Capítulo 9 #2
La abrazo y bajo las escaleras haciendo esfuerzos por evitar a la gente.
Apenas puedo sostener mis propias emociones como para cargar también con las de los demás.
¡El batiburrillo es tremendo! Jamás lo hubiera dicho.
Cada uno tiene las suyas propias, pero destaparlas todas a un tiempo puede volver majara a cualquiera.
«Debo hablar con Noa sobre esto», me repito.
Entro en la habitación y despierto a Noa de golpe. Es urgente: tiene que ayudarme a controlar este don y decirme qué sabe sobre el complot de su novio con mi ex. Porque seguro que sabe y más de lo que imagino.
—¿Ocurre algo? —pregunta adormilada.
—Eso mismo quiero saber yo.
Se pone tensa al instante.
—Tendrás que ser un poco más específica, querida.
—¿Qué traman tu novio y Óliver?
La reacción es inmediata. Su corazón se acelera y el nerviosismo le estalla dentro.
—No sé de qué me hablas —miente.
Y lo sé con absoluta claridad.
—No te hagas la loca y desembucha.
—Sara, ¿qué te pasa? Estás rarísima.
Sus emociones me atraviesan como cuchillas.
—Noa, deja de mentirme.
—¿Qué dices? Si yo…
La interrumpo antes de explotar.
—Sé que mientes, así que para ya.
Su desconcierto sería hasta gracioso si mi cabeza no estuviera en punto de ebullición.
—¿Puedes parar? —pregunto alterada.
—¿Parar qué? ¡Loca del coño, no estoy haciendo nada! ¿Qué mosca te ha picado?
—Me estoy volviendo loca, sí… No sé cómo soportas esto.
Su expresión cambia por completo.
—Sara, me estás acojonando. ¿De qué hablas?
Y entonces exploto.
—No sé cómo ni por qué, pero me he convertido en una Empaticus…
—¿¡Qué me estás contando!? ¡La leche! ¿Y cómo ha sido?, ¿cuándo?
Se levanta de la cama de un salto y se me acerca con los ojos abiertos de par en par.
—No tengo ni idea, pero me estoy volviendo majara de verdad. No entiendo cómo eres capaz de soportarlo. Yo quiero meterme en un hoyo y no salir jamás. Desde que puedo sentir los trajines internos de los demás, los follones que se traen, detesto más a la gente.
La muy idiota se echa a reír.
Me debato entre asesinarla o marcharme de allí.
Entonces ocurre algo extraño.
La ansiedad desaparece. El desasosiego se esfuma poco a poco hasta dejar paso a una calma repentina.
Sigo percibiendo las emociones de Noa e incluso las de mi bebé, pero ahora me resultan soportables.
Como si antes hubiera cien canciones sonando al mismo tiempo y alguien hubiera apagado noventa y ocho de golpe.
—¿Cómo lo has hecho?
—Práctica, querida —contesta todavía sorprendida—. Madre mía, Sara… Esto es muy heavy .
Se deja caer de nuevo sobre la cama y se frota la cara para despejarse.
—Vamos por partes. Primero: esto es fortísimo. Tenemos que descubrir por qué te está pasando. Segundo: ¿sigues teniendo tus conocimientos?
—Por suerte… De hecho, acabo de descubrir que puedo leer los labios.
—¡Toma ya…! Impresionante. Nadie ha tenido más de una habilidad a la vez. Nunca nadie —matiza poniendo comillas con los dedos—. Eres… eres como un unicornio.
La miro sin pestañear.
—¿En serio acabas de llamarme unicornio?
De todas las palabras posibles, elige esa.
Voy a matarla. Pero entonces recuerdo por qué acabo de despertarla.
—Por cierto, vuelvo a preguntar. Y recuerda que ahora sé cuándo mientes. ¿Qué planean mi ex y tu novio?
Noa deja de bromear de inmediato. Se queda callada unos segundos, escogiendo con cuidado cada palabra.
—No te enfades, por favor. Estamos haciendo cuanto podemos para arreglar esta situación.
La evasiva me pone de los nervios.
—¿Cómo?
—¿Cómo qué?
—Noa, me estás sacando de quicio. ¿Cómo piensan arreglarlo?
—Joder, qué humor tienes. Creo que deberíamos reunirnos con Óscar y ponerte al día.
—Complicado. Ya no está en el cuartel.
Su expresión cambia al instante. La tranquilidad desaparece y la preocupación la sustituye de golpe.
Desde que vivimos aquí, jamás he visto a Noa demasiado tiempo lejos de su coronel. Coge el móvil rápidamente para comprobar si le ha dejado algún mensaje.
Nada.
Le escribe.
Tampoco obtiene respuesta.
—Estará con Óliver —dice al fin—. Habrá ido a su casa. Tu ex no querrá exponerse a otro encuentro contigo. Tenemos que ir allí. Óliver podrá ayudarte con lo que te está pasando y, de paso, te explicaremos lo que llevamos haciendo durante… algunos meses.
—¿Meses? —repito dolida—. ¡Me has estado mintiendo todo este tiempo!
Quiero enfadarme. Gritarle. Preguntarle por qué demonios me dejaron al margen, pero mis emociones siguen contenidas por ella.
—Sara, escucha. No puedes alterarte ahora mismo y… tampoco te conviene.
—¡¡Deja de manipularme!! —le grito.
—No. Escúchame tú. Sé que, si te dejo las emociones libres con las hormonas revolucionadas, vas a montar un apocalipsis aquí dentro.
Pese al enfado, tiene razón. Y eso me irrita todavía más.
—No te lo contamos porque eres la obsesión de Aarón y era fundamental mantenerlo lejos de nuestros planes. Óliver se ha apartado por eso. Debemos evitar a toda costa que el Núcleo vuelva a poseerlo mientras no rompamos de una vez la conexión que existe entre ellos. ¿Lo entiendes?
Trago saliva.
—No… No del todo. Pero duele —le digo, y me llevo la mano al pecho.
Su expresión se suaviza.
—Lo sé. Perdóname. Nuestro objetivo era protegerte y finalizar esta guerra cuanto antes y con el menor coste posible.
—Yo también quiero acabarla.
—Entonces ven con nosotros y te explicaremos el plan.
—¿Y cómo se supone que vamos a salir de aquí sin una autorización de tía Elena o de papá? Además de que, sin dar explicaciones, no nos dejarán movernos. Añádele que tú no conduces y que mi carnet está bloqueado.
La sonrisa que aparece en su cara me pone nerviosa.
—No te preocupes… Algo se me ocurrirá.
Se levanta con energía y empieza a vestirse mientras yo me quedo mirándola desde la cama. O mejor dicho, analizando sus emociones.
Está nerviosa. Preocupada por Óscar. Y tramando alguna de sus ideas peligrosas.
Mi hermana es demasiado predecible, aunque el hecho de que yo pueda percibir lo que siente ayuda bastante.
—¿Me vas a decir qué demonios planeas?
—A su debido tiempo. Confía en mí.
Eso jamás es una buena señal.
Cuando termina de arreglarse, me pide que la espere en el garaje mientras ella habla con tía Elena. Estoy a punto de negarme, pero tiene razón. Si vuelvo al despacho otra vez en la misma noche, sospechará que algo estoy tramando, así que bajo sola.
Los soldados que patrullan la zona no dicen nada, pero no me quitan ojo de encima. Juraría que me observan con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Noa tarda casi veinte minutos en aparecer.
Y no viene sola.
—¿Cómo estás, enana? —pregunta papá nada más verme.
Genial.
—Otro que no duerme —murmuro—. Estoy bien. ¿Qué haces aquí?
—¿Has visto qué sorpresa? —dice Noa con una sonrisa demasiado forzada.
Percibo su decepción.
—Resulta que cuando le digo a tía Elena que quizá te vendría bien salir a darte una vuelta por ahí para dormir mejor…, aparece papá como un ninja y se ofrece a hacernos de chófer.
Me mira suplicando ayuda.
—¡Claro! Estupendo… —añado fingiendo entusiasmo mientras pienso cómo librarnos de él.
—Eso de que me toque sacarte a pasear en coche para que duermas es como un desfase en el tiempo. Me devuelve a cuando eras pequeña.
Sonríe feliz. Y esa felicidad me golpea en el pecho. Me estremece descubrir cómo algo tan simple puede hacerlo tan feliz. Y no quiero arrebatárselo.
Aprovechando que se dirige hacia uno de los Mercedes negros del garaje, me acerco a Noa.
—Tranquila. Ya improvisaremos —me dice—Adiós a mi maravilloso plan —bufa poniendo los ojos en blanco.
Nos acomodamos en el coche. Ella, detrás, y yo, en el asiento del copiloto.
—Bien, ¿a dónde quieren ir mis chicas? —pregunta papá arrancando.
—¿Podemos dar una vuelta por Santa Cruz? —pregunto con toda la inocencia que soy capaz de fingir.
Si conseguimos acercarnos a los chicos, encontraremos una excusa para reunirnos con ellos.
—Mejor no alejarnos demasiado, no sea que Elena tenga que echar mano de nosotros. Además, Óscar ha salido y prefiero no tardar mucho en volver —dice papá.
—Podríamos ir a ver los cruceros —añade Noa, desesperada por reforzar mi excusa.
Papá la mira por el retrovisor.
—Sería buena idea…, si no fuera porque los cruceros llevan meses sin operar. La pandemia… es lo que tiene.
—¿Qué no me cuentan? —pregunta de repente—. ¿Por qué tanto interés repentino en bajar a Santa Cruz? Hasta donde recuerdo, siempre prefirieron pasear por La Laguna. ¿Qué traman?
—Venga, Sara —dice Noa con falsa inocencia—. Dile a papá la verdad. Seguro que lo entenderá.
La miro horrorizada. No puedo creer la puñalada que acaba de clavarme.
—No te enfades, mujer. —Continúa disfrutando de mi sufrimiento—. Papá comprenderá que quieras ver a tu ex y aclarar las cosas con él.
Quiero estrangularla.
—Cariño, sé que lo echas de menos, pero ¿crees que es buena idea? ¿Y a estas horas? Además, no sé si te conviene en tu estado —dice papá. Y me aprieta la mano con suavidad—. Pensemos las cosas con calma.
Lo peor es que está encantado con la idea.
—¿Me dejarías conducir? —pregunto de repente.
Durante unos segundos no sabe qué decir. La pregunta lo ha descolocado por completo.
—No deberías —responde él.
—Por favor…, nadie nos verá. Y echo muchísimo de menos conducir y echo de menos a Óliver…
Pongo mi mejor cara de pena. Si consigo que me deje conducir, podremos ir a los laboratorios y, después, improvisar; ya se nos ocurrirá cualquier otro invento.
Papá me mira de reojo y continúa avanzando por la autopista hacia el norte. El móvil de Noa vibra. Lee el mensaje. Y suelta un taco.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—No… ¡Ahora no! ¡Mierda! Tenía que haberle escrito a él. ¿Por qué a mí? ¿Alguien tiene papel y boli? Por favor, ¡ya!
Papá y yo nos miramos confundidos.
—No tengo —respondemos a la vez.
Papá acelera y toma la salida de Guamasa antes de detener el coche en un aparcamiento vacío. La paciencia se le ha terminado.