Capítulo 9
Nuevas habilidades
SARA
Estoy muerta de cansancio, no solo por el embarazo, sino por pelear contra el mundo y la vida.
Contemplo a Noa dormir y pienso en quiénes éramos antes de esta maldita guerra y en lo que nos ha convertido.
Dormida, vuelve a parecer aquella chica despreocupada y alocada de diecisiete años, pero sé que, cuando despierte, volverá a cargar con una responsabilidad que no debería tener y que está consumiéndola poco a poco.
El día empezó complicado. Las modificaciones que vamos efectuando sobre la vacuna están funcionando y me anima, pero, por otra parte, todavía hay algo que no consigo encontrar y me desquicia.
Y, por si fuera poco, la nueva intrusión de Aarón, pese a que le dejé claro que no volviera a hacerlo, me tiene al límite. Me acaricio la barriga pensando en el daño que le estamos causando a la pequeña por culpa de ese malnacido. Tengo que deshacerme de él o no nos dejará en paz jamás.
Rememoro la conversación que tuvimos hace unas horas.
—Tengo que hablar contigo. Siento tener que hacerlo de esta manera.
El mareo vuelve de golpe. Consigo llegar a la cama antes de desplomarme.
—Serás capullo…
—Nena, hay algo importante que debes saber.
—Te dejé muy claro que no volvieras a hacerlo. Te pedí que no volvieras y sigues ignorando mis deseos; y no solo eso, sino que comprometes el bienestar de la niña.
—Escúchame; es importante que te explique algunas cosas que te ocurrirán a consecuencia de nuestra hija.
—De mi hija, entérate bien. Es mía y solo mía. Por favor, sal. Estoy agotada. Si es verdad que tanto me quieres, respeta mi voluntad y contacta conmigo de otra forma. O no lo hagas, pero déjame tranquila.
—Escúchame solo un momento. Ella es especial y…
—¡¡Que te largues!!
Gracias a la interrupción de Noa, desapareció y no ha vuelto a hablarme desde entonces.
Me tumbo boca arriba con las palmas sobre la barriga y la recorro en círculos. No me gusta mentir, pero tampoco puedo contarle a nadie la intrusión en ni cabeza de Aarón. Desconfiarían de mí. Me apartarían.
Mi plan ya está en marcha y nada ni nadie me impedirá llevarlo a cabo. Después, Óliver y yo formaremos una familia y criaremos juntos a nuestra hija.
Mi bebé…
Ella es mi razón, mi fundamento para poner fin a esta locura. La primera de todas las causas que me impulsan.
Ni ella ni el resto de la humanidad merecen cargar con nuestros desvaríos.
Es nuestra obligación arreglar este desastre y asumir las consecuencias de nuestros actos, como me dijo mamá hace meses.
No podemos cambiar el pasado, pero sí lo que hacemos a partir de lo que pasó para que el futuro no sea una encerrona.
De pronto, noto que mi pequeña se inquieta, y no es porque se esté moviendo demasiado; todavía es muy pequeña para notar sus patadas. Es otra cosa… Juraría que está preocupada.
«¿He dicho preocupada?».
No…, eso no puede ser. Estoy peor de lo que creo.
Me levanto con cuidado para no despertar a Noa, me pongo la chaqueta que descansa sobre la silla del escritorio y salgo de la habitación. Un paseo quizá consiga calmar estos pensamientos absurdos y despejarme.
Son las tres de la madrugada y en el ala oeste no se oye ni el zumbido de una mosca. El descanso es sagrado aquí. Sobrevivir nos exige descansar en condiciones.
Sin embargo, en el ala este todavía hay movimiento. El gimnasio continúa lleno y en el hall hay pequeños grupos charlando animadamente. Los enormes ventanales que rodean la terraza central me permiten verlos con claridad.
Deambulo por los pasillos sin rumbo fijo. Camino para relajarme, aunque la sensación extraña no desaparece. Es como si pudiera sentir las emociones de mi hija.
Está claro que eso es imposible. No soy Empaticus. Las hormonas y este cansancio que me mata me están haciendo perder la cabeza. Me detengo, me fijo en el gimnasio una vez más y entonces lo veo.
Parece que el insomnio se está volviendo contagioso. El novio de mi hermana entra en el recinto mirando alrededor, como si dudara sobre lo que está a punto de hacer.
Me resulta extraño —y precioso— que Noa haya encontrado aquí dentro a alguien capaz de entenderla, soportarla y cuidarla. Porque la quiero con locura, pero convivir con ella no es sencillo. Y el coronel parece manejarla como un experto.
Óscar se aparta del grupo buscando intimidad. Saca el móvil y hace una llamada. ¿Con quién demonios habla a estas horas? Durante un instante pienso que quizá haya otra mujer, pero enseguida descarto la idea. No tiene tiempo ni para dormir, mucho menos para mantener una aventura clandestina.
Aun así, no le quito ojo. Y entonces descubro algo que me deja perpleja.
Puedo leerle los labios. Parpadeo varias veces, incrédula.
Quién me iba a decir que mi habilidad serviría para algo útil.
Me concentro y, sin demasiado esfuerzo, entiendo parte de la conversación.
¡Está hablando con Óliver! Mi cuerpo se pone rígido.
No tengo datos ni sé de qué va esto, pero pinta que estos dos van a reunirse.
¿Qué demonios traman?
Óscar se marcha y yo regreso a mi habitación para cambiarme.
Me pongo unos vaqueros, una camiseta y vuelvo a coger la chaqueta; bastante llamativa resulta ya mi presencia como para rematar el espectáculo.
Encima, este pijama lo cogí al vuelo cuando me fui a trabajar en los laboratorios … y no es el más estiloso que tengo.
Mientras atravieso el vestíbulo de la planta, me cruzo con un soldado.
Y entonces ocurre.
Primero percibo enfado. Después, deseo sexual. Una sustituye a la otra en apenas un segundo. Me quedo paralizada.
—¿Qué coño…?
Las emociones de los demás empiezan a golpearme desde todas partes: ansiedad, cansancio, deseo, frustración, miedo. Cada una desplaza a la anterior antes de que pueda identificarla y reparar en ella. En cuestión de segundos, mi cabeza se llena de un ruido insoportable.
En el vestíbulo me dejo caer en el primer sillón libre que encuentro y me tapo los oídos, como si eso fuera a servir de algo. Respiro sin resuello. Si alguien me viera ahora, pensaría que llego de darme una buena carrera. La cabeza me estalla.
Vine para esperar al coronel y sonsacarle la verdad sobre su relación con Óliver, pero ahora mismo soy incapaz hasta de pensar. Las emociones me aplastan. Mi mundo se vuelve negro.
Cuando recupero la consciencia, trato de ubicarme. Miro alrededor, confundida. Estoy sola. Si ha pasado alguien, habrá supuesto que me quedé dormida. Muy típico de una embarazada.
Las emociones que provocaron mi desmayo continúan ahí, flotando en torno a mí, aunque ahora es como si un alma caritativa hubiera bajado el volumen. Ya no me destrozan la cabeza.
No sé cuánto tiempo he estado inconsciente ni dónde está Óscar, pero lo tengo claro: subiré al puesto de mando.
En cuanto las puertas del ascensor se abren y salgo, el bullicio y el torrente de sentimientos ajenos vuelven a arrollarme. Me apoyo contra la pared y cierro los ojos...
Respira.
Solo respira.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita? —pregunta una voz masculina.
La preocupación que desprende me abruma todavía más.
—No se preocupe; estoy bien —miento.
Y sé que no me cree.
Abro los ojos y enfoco su rostro: es Eduardo, el tercero al mando cuando los demás no están.
—Buenas noches. Disculpe… El embarazo tiene su coste.
Esta vez sí me cree.
Es increíble poder sentirlo.
—¿Ha visto por casualidad al coronel Cavalli? —pregunto.
—Ha subido a hablar con la general. Debe seguir arriba, en el despacho. ¿Quiere que llame para avisarlo?
—¡Oh, no! Prefiero subir dando un paseo. ¡Gracias!
Tomo las escaleras y llego hasta el despacho de tía Elena, aunque para mi desgracia no hay rastro de Óscar.
He llegado tarde.
Elena levanta la vista en cuanto entro y percibo al instante su cansancio y su tristeza. No termino de acostumbrarme a esta facultad, aunque debo admitir que es fascinante.
—Hola, cariño. Tenemos un grave problema de insomnio en el cuartel… o yo me he vuelto demasiado popular —dice sonriendo.
—¿Molesto?
Miro alrededor por si Óscar sigue allí, agazapado en algún rincón, pero no hay nadie más.
Ahora tengo que ingeniármelas para buscar una buena excusa y justificar mi presencia. Y cuanto antes.
—Nunca molestas. Verte siempre es una alegría —responde—. Eres la segunda persona que aparece por aquí en menos de media hora. Pensé que sería un buen momento para adelantar la maldita burocracia que nos ha traído esta pandemia. ¿Qué puedo hacer por ti?
Se levanta de la mesa y se acerca a mí.
—En realidad, debería ser yo quien te ayudara. Tienes cara de estar al límite.
—Gracias, cielo, pero esto está bajo control. ¿Y tú? Deberías estar descansando. Esta pequeña necesita que su mamá esté fuerte.
Me acaricia la barriga y me asalta un nuevo aluvión de emociones: cariño, preocupación, miedo, esperanza…
Se me hace un nudo en la garganta. ¿Cómo consigue Noa soportar esto sin derrumbarse? Tengo que preguntárselo muy en serio.
Nos sentamos en el sillón lateral del despacho.
—Me desvelé y, como Noa estaba frita, pensé hacerte una visita —le digo.
La excusa suena pésima incluso para mí.
—Gracias, cariño. ¿Quieres que pidamos una infusión? —me pregunta.
—No hace falta. Creo que volveré a la cama enseguida. El paseo me ha sentado bien.
Me levanto, pero antes pregunto:
—¿Quién ha venido antes? Dijiste que yo era la segunda.
—Óscar.
—¡Vaya! ¿Tampoco duerme? Va a ser verdad que nos asola una pandemia paralela de insomnio. También había gente en el gimnasio… ¡a estas horas!
Controlar las emociones ajenas hace que mentir resulte muchísimo más sencillo.
Este don es una locura.
—Dijo que le venía bien salir y despejarse —responde Elena.
—¿Y eso?
Percibo cómo se incomoda por mi insistencia.
—No le pedí explicaciones. Ha pasado por demasiado y jamás nos ha fallado. Se merece un respiro.
No sigo preguntando, aunque me muero de curiosidad por saber dónde ha ido.
—Claro. Lo entiendo… Anda, descansa, que es lo que voy a hacer yo.