La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—La terapia la haremos tumbados en los sillones del salón.

Céntrate en mi voz; solo en eso. Haré una cuenta atrás y, durante esa cuenta, sigue mis indicaciones.

Tienes que mantenerte muy relajado y dejar que tu chispa viaje a otra dimensión.

Para que funcione a la primera, debes saber que la sensación será como cuando estás quedándote dormido y sientes que tu mente abandona el cuerpo, o que te dejas caer.

—Hace una pausa para comprobar si lo estoy asimilando—.

Aunque te notes confuso, no luches. Si lo haces, perderás la conexión y tendremos que volver a empezar.

—Tranquilo. Cumpliré tus órdenes.

—Escucha, esto va más allá de seguir directrices.

Si te desconectas en el primer intento, tendríamos que esperar a que te recuperases antes de hacer un nuevo intento.

Perdemos mucha energía en cada terapia. Debemos asegurarnos de que salga bien desde el principio, así que confío en que tu formación nos ayude. ¿Está claro?

—Vamos a ello.

Noelia está dentro. Me saluda y se coloca frente a nosotros.

—Deja lo que tengas en los bolsillos sobre la mesa. Es para evitar interferencias. Noelia controlará nuestras constantes vitales. Si nota cualquier anomalía, nos traerá de vuelta.

Comienza la cuenta atrás. Confieso que estoy algo escéptico al principio, pero recuerdo las palabras de Óliver y me dejo llevar.

Poco a poco, me relajo. De pronto noto esa sensación en el estómago, como si estuviera en una montaña rusa; mi cabeza se evade sin control.

Tal como me ha explicado, el traslado se inicia y, a pesar del vértigo, me entrego.

Estamos en una casa antigua. No veo a Óliver; solo oigo voces al fondo de un pasillo largo. Me miro las manos: tengo cuerpo, aunque es translúcido. Hago por no racionalizar nada de esto; si lo hago, perderé la conexión.

La casa es de una sola planta. Entro en el cuarto que tengo más cerca.

Es el baño. Poco más adelante, entro al dormitorio.

Nada significativo. Me dirijo a la estancia donde deben estar Óliver y Marta Vargas.

Ella le entrega un plato con comida. La cocina está algo desordenada.

Mi amigo devora lo que le acaban de poner en el plato.

Está sentado y la mujer sigue de espaldas, recogiendo el caldero y los demás enseres.

No encuentro nada relevante que nos ayude a saber quién es ella en nuestra vida actual.

Examino la habitación con detenimiento. Una cocina económica de hierro ocupa el lugar principal; junto a ella, una mesada de mármol sostiene una masa que reposa bajo un paño, creciendo con paciencia.

Un aparador de madera guarda la vajilla, mientras un puchero hierve a fuego lento, dejando escapar un aroma que, aunque no puedo percibir, casi soy capaz de imaginar.

Tampoco puedo oler ni saborear nada, pero el ambiente transmite una calidez difícil de explicar.

Todo habla de un hogar vivido, de comidas preparadas con esmero, de conversaciones alrededor de una mesa y de una rutina sencilla que resiste incluso cuando el mundo, ahí fuera, se empeña en desmoronarse.

Una familiaridad desconocida me envuelve y, por algún motivo, me sobrecoge.

Pero no descubro nada relevante tras someterme a la terapia. Cuando voy a hablarle a Óliver, sin saber siquiera si podrá oírme, la mujer se gira y nuestras miradas se cruzan.

Me quedo sin aire, aun cuando sé que no uso mis pulmones en esta dimensión.

Lo que ocurre es que caigo al vacío y que no tengo control alguno ni sobre mi cuerpo ni sobre lo que está pasando.

Solo sé que he perdido la conexión. Entro en pánico.

El espanto me devora… ¡Voy a estrellarme!

El corazón me patea las costillas, como si quisiera salírseme del pecho.

«¿Corazón? ¡Si tampoco lo tengo aquí!». Cuando creo que es el final, oigo a lo lejos la voz de mi amigo.

Me pide que me calme, que me centre en su voz.

Dudo que sea posible, pero me aferro a ella mientras sigo cayendo en un vacío interminable.

Poco a poco, controlo la situación siguiendo las indicaciones de Óliver. Dejo de precipitarme. La oscuridad es absoluta. No puedo saber dónde estoy ni cómo regresar.

—Respira, amigo. —Oigo a lo lejos; es la voz de Óliver—. Todo va a salir bien.

¿Cómo puede estar tan seguro?

—Comprueba sus constantes —le dice a alguien—. Óscar, escúchame bien. Te has desconectado de forma brusca y la vuelta ha sido complicada. Cálmate. En unos instantes te sentirás mejor —me explica.

Su voz se vuelve cada vez más cercana y, de pronto, noto que alguien me sujeta la mano y me toma el pulso. Deduzco que es Noelia. Comienzo a ser consciente de dónde estoy. He vuelto a mi estuche.

—Tranquilo. Respira despacio y, cuando te sientas preparado, abre los ojos. Te ayudaremos a incorporarte poco a poco. Te traeré un zumo.

Oigo que se aleja y murmura:

—Joder…, no creí que fueras a tomártelo tan mal.

Al poco, regresa. Oigo el repicar del vaso sobre la mesa de cristal y se sienta a mi lado. Noelia me desabrocha la camisa y me ausculta. Quiero abrir los ojos, pero la angustia no se ha disipado y temo que, al hacerlo, vuelva a precipitarme al vacío.

—Respira con el abdomen. Estás a salvo, créeme. Ahora tenemos que bajar esas pulsaciones. La tensión sigue demasiado alta.

—Colega, háblame. Dime que estás bien —me pide Óliver.

Abro los ojos muy despacio. La visión es borrosa. Tengo la boca seca. Juraría que es la misión más agotadora en la que he participado. Cuando consigo enfocar, veo sus caras de preocupación y, con la voz áspera, alcanzo a decir:

—Estoy bien.

—¡Joder! ¡Qué susto! —exclama Óliver.

Me ayuda a sentarme y me entrega el vaso de zumo.

—Vaya… No esperaba una vuelta tan agitada.

Me incorporo con su ayuda. Noelia sigue haciéndome pruebas bajo el escrutinio de mi amigo.

—La vuelta no es brusca porque sí. Algo hizo que perdieras la conexión. Entiendo que lo que dijo Marta te desconcertara. A mí me pasó lo mismo la primera vez que accedí a ese recuerdo; por eso es tan importante dar con ella. ¿Viste algo? —pregunta Óliver—. Bebe. Te ayudará a recuperarte.

Bebo a pequeños sorbos mientras ordeno mis ideas. Sigo impactado por lo que vi. No entiendo cómo o cuándo llegó allí. No sabía que hubiera tenido una vida anterior.

—No creo que sea buena idea que vuelvas a someterlo. Aún tiene las pulsaciones muy altas y sigue descentrado —le dice Noelia a Óliver.

—Noe, no podemos postergarlo más. Estamos atascados. Entiendo que le impactara lo que dijo, pero está claro que podemos avanzar un paso más. Había algo nuevo, algo que se reveló con la presencia de Óscar; no sé cómo explicarlo.

—¿Qué fue lo que dijo? —pregunto.

Soy incapaz de recordar una sola palabra. Lo que no se me olvida es que al ver sus ojos me quedé en shock.

—Siento no haberte explicado lo que pasa cuando te desconectas del viajero y no haberte dicho lo que descubrí de Marta. Creí que, cuanto menos te influyera, más información podrías recabar.

—¿Puedo saber ya qué descubriste? —repito.

No sé si sigo desorientado, porque no entiendo nada.