Capítulo 8
El descubrimiento
ÓSCAR
Apenas he dormido un par de horas desde que volví a mi habitación, al finalizar la ronda y después del encuentro con Noa.
El mensaje de Marco me ha desconcertado.
Me preocupa que lo hayan descubierto y que sea tarde, porque no he vuelto a saber de él.
No le creí, ¿cómo iba a hacerlo? Aquella forma de actuar cuando fuimos a rescatarlo…
¿Por qué? No era capaz de reconocer a mi hermano.
¿Por qué la general nos ocultaría el plan?
Fue algo estúpido y ha puesto en riesgo la vida de Marco.
Doy vueltas y más vueltas en la cama sin lograr conciliar el sueño. Demasiadas cosas en la cabeza. Me levanto, me pongo ropa de deporte y voy al gimnasio. Consulto el móvil de camino. Nada. Tampoco he comunicado al alto mando los hallazgos. Debo estar seguro antes de involucrar a nadie.
Cruzo el largo pasillo mientras las luces de los paneles retroiluminados se activan a mi paso.
A pesar de la hora, hay bullicio. Muchos acaban de finalizar sus turnos y aprovechan antes de irse a dormir para canalizar el estrés; otros, como yo, lo hacen porque no pueden dormir o porque necesitan adelantarse a las obligaciones antes de que los engullan.
Mi cabeza va de mi hermano a Noa. Creí que solo la tenía a ella, pero gracias a su terquedad quizá pueda recuperar a Marco. No te emociones, Óscar, aún es pronto. Paso a paso.
Me debato entre pelear con un androide o con un soldado.
Las máquinas están bien, solo que anticipan mis movimientos y eso me frustra.
Prefiero patear a un humano; es más espontáneo.
Me acerco a un chaval que no conozco demasiado, pero que pelea bien, para pedirle un combate, cuando mi móvil vibra.
El corazón se me acelera. Espero que sea mi hermano.
Miro la pantalla con ansias y veo que es Óliver.
¿Estás despierto? ¿Te puedo llamar?
Otro con insomnio. Me acerco a una de las ventanas que da a la terraza principal para obtener un poco de privacidad. Al segundo tono, descuelga.
—Hola, tío. Espero no haberte despertado —dice a modo de disculpa.
—No, tranquilo. Estoy en el gimnasio. No podía dormir.
—¿A las tres de la madrugada? Yo pensé que tenía insomnio, pero lo tuyo es peor.
—Digamos que el día ha sido inquietante y frustrante a partes iguales. Tengo la adrenalina campando a sus anchas. En fin, no creo que quisieras hablar conmigo de eso, ¿me equivoco? —le digo de mala gana.
—Parece que alguien no está de humor, pero tienes razón.
O tú o Noa tendrían que echarme una mano.
Estoy atascado con la regresión. Noelia es fantástica, pero no ve nada más allá.
Me hace falta otra visión que me empuje a descubrir quién es Marta Vargas en esta vida.
—Hace una pausa y pregunta—. ¿Estarías dispuesto a someterte a la terapia? ¿O crees que Noa lo haría?
—Mejor mantengámosla al margen. Lo haré yo. Si no encuentro nada, se lo diremos a ella. ¿De acuerdo? Dudo que consiga avanzar más que Noelia, pero cuenta conmigo. Estoy dispuesto a hacerlo.
Bastante tiene Noa con los apagones y las recuperaciones; haré lo que haga falta si puedo evitarle más carga.
—No se trata tanto de lo que consigas o no. Esto va de ojos nuevos, de una mente fresca. Quizá repares en algo que a nosotros se nos escapa. Cualquier pista que nos lleve a Marta será un avance.
—De acuerdo. ¿Cuándo? ¿Vienes al cuartel?
Debo organizar mi agenda y delegar mis obligaciones para enfocarme en esto.
—Preferiría que vinieras a mi ático. Noelia nos supervisaría y, si me ven allí, tendría que dar explicaciones sobre por qué estoy en el cuartel sin destapar nuestro plan.
Entiendo que evita tropezarse con Sara.
—Conforme. Me acerco a los laboratorios. ¿Cuándo?
—¿Ahora? —pregunta.
Sopeso la respuesta. Si Marco contesta, será prioritario organizar su rescate sin demora. Si estoy allí, me retrasaría.
—Joder, dame tiempo… —contesto mientras analizo la situación.
—Si te viene mal, dime tú cuándo. Yo me organizo; tranquilo.
Vuelvo a mirar el reloj. Nada. Debería ir. Me digo que, si encuentro algo que nos lleve a Marta, podremos detener con la guerra y recuperar a Marco. Mataría dos pájaros de un tiro.
—Vale, iré en una hora y media. Dame ese margen para organizar mis asuntos antes de salir.
—Perfecto. Gracias, tío. ¿Te mando la ubicación?
—No hace falta. Sé dónde está cada miembro de la Fracción que está bajo mi tutela —contesto sin poder sacudirme cierta brusquedad.
—¿En serio? Vale, prepararé un café para calmar esos humos. Ya me contarás qué cojones te pasa, que parece que estés con la regla.
—Vete a la mierda, Óliver —contesto, y le cuelgo.
Salgo del gimnasio y acelero el paso. Le envío un mensaje a Alejandra, mi segunda al mando, para que me cubra mientras estoy fuera. Le mando otro a Eduardo, el tercero en la cadena, para que cubra a Ale si fuera necesario.
Tras la ducha, me visto con ropa informal. Se me hace raro verme sin el uniforme, pero es preferible no llamar la atención. Antes de coger un coche del garaje, subo al puesto de control a confirmar que mis órdenes han quedado claras y que todo sigue su curso.
—Buenos días, Eduardo. ¿Alguna novedad?
Se levanta y me saluda. Su cara denota sorpresa por verme vestido de paisano, aunque es discreto y no lo expresa.
—No, señor. Seguimos intentando localizar a la cúpula del Cuerpo Oscuro. Tenemos algunas pistas, pero estamos comprobando su veracidad.
—Debo salir unas horas del cuartel. Alejandra tiene todas las indicaciones. Estaré atento al móvil por si surge cualquier imprevisto. Si no respondo de inmediato, lo haré en cuanto me sea posible. ¿Entendido?
—Señor, sí, señor.
Me despido y subo al puesto de mando para hablar con la general y justificar mi ausencia.
—Permiso, señora —digo, dando unos golpes en la puerta.
—¿Qué te trae por aquí a estas horas, Óscar? —dice levantándose.
Deja a un lado la pila de papeles que se amontona sobre la mesa y me mira con un interrogante mayúsculo plantado en la cara. Está claro que no me esperaba y, menos, sin anunciarme.
—¿Cuántas veces tendré que decirte que me tutees? Aunque mi alma sea vieja, mira mi aspecto. No me acostumbro a que me llamen así.
Se ríe y yo le correspondo con una sonrisa, aun sabiendo que me costará tener un trato tan cercano con ella.
—Quería informarle que me ausentaré unas horas del complejo.
—¿Ha pasado algo? ¿Estás bien? —me pregunta.
—Sí, no se preocupe. En cuanto termine de hacer unas gestiones que me reclaman, estaré de vuelta. Serán apenas un par de horas. No hay problema, ¿verdad?
Esta coartada es de todo menos sólida. Debí pensarla en serio antes de venir.
—¿Seguro que estás bien, que no pasa nada raro? —insiste.
No la engaño; intuye que hay algo que prefiero no revelar por ahora. Asiento y añade:
—Discúlpame si soy pesada. Nunca te has tomado un descanso, lo cual me parece de una gran entrega por tu parte, aunque no deja de sorprenderme. ¿Quién no necesita parar de vez en cuando? Anda, ve y dispón del tiempo que necesites.
—Gracias. No tardaré; y se queda todo organizado. Nadie notará mi ausencia.
—Tranquilo, haz lo que tengas que hacer.
Me despido con un gesto de cabeza y me dirijo al ascensor. Al llegar al garaje, un soldado espera junto al Mercedes GLC con el motor en marcha.
—Iré solo. Gracias.
—Si me facilita la dirección, la introduzco en el GPS, señor.
—No hace falta. Vive en las Torres; no tiene pérdida
El tráfico es fluido y tardo menos de lo esperado en llegar. Óliver me da acceso al aparcamiento subterráneo del edificio. Una vez dentro, me facilita la clave del elevador que me lleva directo hasta su ático.
Las puertas se abren en la planta treinta y cinco.
Óliver me espera con una taza de café humeante.
Quizá llevo demasiado tiempo encerrado en el cuartel y es la razón de que encuentre tan amplia y luminosa la estancia: grandes ventanales permiten que la luz de la luna se filtre en la estancia y los cómodos sofás de piel blanca añaden un extra de luminosidad al espacio.
Hay unos cuantos muebles de líneas rectas suspendidos sobre la pared de la izquierda con unos pocos objetos personales sobre ellos; algunos imprescindibles.
Eso mismo me recuerda a qué he venido y reaviva mis ganas de poner punto final a esta lamentable historia.
Mi compañero me guía hasta la terraza, que se eleva sobre el mar, el auditorio y la avenida desierta. Tomamos asiento mientras doy un sorbo al café que acaba de servirme y que está delicioso. Mis revoluciones bajan y vuelvo a sentirme algo más tranquilo después de muchos meses.
—¿Qué te pasa, tío? Por teléfono estabas raro. ¿Te preocupa algo? ¿Quieres comer? —pregunta.
—Lo siento, sé que estuve brusco. Tengo demasiado en lo que pensar y más responsabilidades de las que puedo sostener. Me pillaste tenso y lo de venir me trastocó. Ahora estoy mejor. Gracias por el café y por la paciencia.
Sonríe y me da una palmada en el hombro.
—Cuéntame. No tengo experiencia en la terapia, así que no sé si podré ser de ayuda. Tú mandas, en cualquier caso.
—Que no lo hayas hecho es bueno, porque las primeras veces vemos más que las siguientes. La novedad hace que estemos más atentos. Debo explicarte cómo te vas a sentir para que podamos avanzar.
Mi reloj vibra y lo miro de inmediato. No es Marco. Vuelvo a prestarle atención a Óliver, que me observa inquieto.
—¿Todo bien? Te veo entre distraído y preocupado.
—Nada importante. Es la primera vez que salgo del cuartel sin que se trate de una misión ordenada. Nunca me perdonaría fallarle a nadie. Solo eso. Y, ahora, si no te importa, vamos al lío, que mi tiempo es limitado.
Sé que puedo confiar en él, pero no quiero implicarlo hasta confirmar que podemos llevar a cabo la extracción. Que yo esté preocupado es más que suficiente.
—De acuerdo. ¡Eh! Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
—Lo sé, tío. Gracias.