Capítulo 7 #2
—La tengo. Estoy segura de que Marco no es un traidor. ¿Qué podríamos hacer para que nos demuestre que es él y no una trampa?
Se queda pensando unos minutos.
—Llevo meses intentando entender por qué nos traicionaría… y ahora existe la posibilidad de que no lo hiciera… —Su angustia me golpea—. ¿Sabes lo mucho que tardamos en entender cuál era su habilidad?
Lo miro sorprendida.
—Marco siempre fue distinto, ya desde niño.
No era como el resto. Parecía tener más de una habilidad, algo imposible.
Al final, desarrolló la sabiduría, como podía haber desarrollado cualquiera de las otras.
—Le aprieto la mano, muy agradecida por lo que me cuenta—.
Si te digo la verdad, sospeché que esas otras destrezas seguían en él, solo que las ocultaba. Quizás lo siga haciendo.
—Nunca me dijo nada.
—Desde que murieron papá y mamá, solo nos hemos tenido el uno al otro… hasta que te conocí.
Me abraza con fuerza y a mí se me despierta una ternura infinita. Me consta que el esfuerzo que está haciendo es más por mí que porque confíe en su hermano. Siendo alguien con tantas capas… Óscar interrumpe mi pensamiento:
—Jamás imaginé que pudiera traicionarnos. Ojalá tengas razón.
—Amor, estos mensajes son una locura, aunque si son reales, son la mejor clase de locura. Si lleva todo este tiempo infiltrado, puede darnos información. Podríamos ir un paso por delante.
—Me encanta tu optimismo. Poco a poco, ¿sí? No nos hagamos ilusiones todavía.
—Vale. Pero tendré que contestarle, ¿no?
Entonces algo cambia en él.
—Déjame tu móvil. Si es mi hermano, entenderá esto.
Le tiendo el teléfono y veo que teclea una secuencia interminable de números:
¿٢٢.٨.٧.٨.١٠.٣.٢٥.١٦.٣.٣.١٥.٣.١٠.١.١٦.١٥.٣.٦.٥.٧.٣.٤.١.٣?
—¿Qué demonios es eso?
—Un código. Lo inventamos de niños para hablar sin que nuestros padres nos entendieran.
—Qué frikis.
Me río y le doy a enviar. Esperamos. Nada. Durante la siguiente media hora el móvil no vuelve a sonar.
Nos vestimos para volver a nuestras respectivas habitaciones. Entonces recuerdo lo que no me ha contado.
—Oye, ¿y qué descubrió Óliver?
—Parece que Marta Vargas es clave para el plan. Me faltan detalles, pero sé que ha avanzado en sus recuerdos y que ha encontrado algo importante. No quiso contarme más por si acaso, pero vamos por buen camino.
—Qué alegría. El día está siendo productivo…
Muevo las cejas y lo devoro con la mirada.
Él sonríe, me atrae hacia sí y está a punto de besarme cuando mi móvil vibra.
Nos giramos los dos. Un mensaje nuevo. Una serie de números aparece en la pantalla.
٢٣.٣.١٥.٧.٦.٤.٨.٤.٣.٢٢.٣.١٠.٢.١.٨.١.١٦.٦.٢٠.١٦.١١.٦.
—Nena…, tenías razón. Es él.
El alivio que desprende me golpea de lleno.
—¿Me explicas qué narices significan tantos numeritos?
—Creamos un alfabeto cifrado. Idea de mi hermano, claro.
Saca un papel y escribe deprisa:
«A=٦ B=١٧ C=٢٢ D=١١ E=٣ F=١٣ G=١٨ H=٢٣ I=٢ J=٢٦ K=٢١ L=٥
M=7 N=4 Ñ=9 O=8 P=12 Q=25 R=15 S=10 T=1 U=16 V=27 W=24
X=19 Y=20 Z=14».
Lo dobla y me lo entrega.
—No lo pierdas. Y no se lo enseñes a nadie.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—¿Vamos? No. Tú y yo no vamos a hacer nada. Lo haré yo con un equipo táctico. Le escribiré de nuevo y, a partir de ahora, hablará conmigo. Tú te quedas fuera.
—Sabes que no me gusta que me apartes, ¿verdad?
—De verdad, no es negociable. No participarás. Es peligroso.
Y ahí está otra vez el gilipollas prepotente con galones. Mi novio en el papel que mejor sabe representar.
—¿Eres consciente de que si yo hubiera hecho lo mismo hace un rato, ahora no sabrías que tu hermano necesita ayuda? Entiendo que no quieras meterme en una extracción, pero mantenerme al margen no va a pasar. ¿Te ha quedado claro?
Me sostiene la mirada calibrando hasta dónde soy capaz de llegar. Y eso me enciende todavía más.
—Joder, qué terca eres.
—Terca es mi tercer apellido, que lo sepas.
Eso le arranca una sonrisa.
Se acerca, moviendo la cabeza a uno y otro lado, me levanta y me sienta sobre la mesa. Se coloca entre mis piernas y me sujeta por la cintura.
—¿Qué voy a hacer contigo?
—Hacerme caso. Te iría bastante mejor. Y besarme. Eso también ayudaría.
Le rodeo el cuello con los brazos.
—De acuerdo, te mantendré informada. Y no me pidas más, que no estoy dispuesto a seguir bajándome los pantalones. Tengo una reputación que mantener y ya he cedido bastante por hoy.
—Tu reputación sigue intacta, coronel. Y los pantalones, ya veremos cuándo te los bajas.
Lo beso y volvemos a perdernos.
Después de otro revolcón que termina por dejarme sin energía, nos despedimos y cada uno sigue su camino.
Él todavía tiene que pasar por el puesto de mando antes de retirarse.
Yo vuelvo a mi cuarto pensando en lo que sería poder irme con él, dormir juntos, hacer lo que haría cualquier pareja normal.
Pero nosotros estamos muy lejos de ser una pareja normal.
Solo Sara y Óliver saben lo nuestro. Para el resto, somos coqueteo, tensión sexual y nada más.
Nos hemos vuelto expertos en fingir. Y es agotador.
Veo luz en la habitación de Sara, así que no me lo pienso. Cuando voy a llamar, me detengo. Está discutiendo con alguien.
Pego la oreja a la puerta.
—Te dejé muy claro que no volvieras a hacerlo.
Te pedí que no volvieras y sigues ignorando mis deseos; y no solo eso, sino que comprometes el bienestar de la niña.
De mi hija, entérate bien. Es mía y solo mía.
Por favor, sal. Estoy agotada. Si es verdad que tanto me quieres, respeta mi voluntad y contacta conmigo de otra forma. O no lo hagas, pero déjame tranquila.
Se me hiela la sangre. ¿Con quién habla?
—¡Lárgate! —grita.
Golpeo la puerta y entro. Sara se gira sobresaltada.
—¿Todo bien? —le pregunto.
—Sí, tranquila. Estoy cansada. La pequeña me absorbe la poca energía y a estas horas soy un despojo humano…
Me acerco, le acaricio la barriga y le doy un beso.
—Enana, no seas abusona. Déjale algo de energía a mamá. Para cuando nazcas, esto que tienes aquí delante —hago un barrido con la mano, como si se tratara de su reino— habrá terminado.
—Ojalá…
—Ya verás que sí. Vamos a arreglarlo.
Sonríe solo con los ojos, un brillo tenue. Le sujeto las manos y le pregunto:
—¿Qué pasa? ¿Es por Óliver?
—Sí… y no. Me encantaría llamarlo y decirle que vamos a tener una niña, pero no creo que le importe.
Tengo que morderme la lengua.
—Aunque no sea de su club de fans, juraría que no le da igual. Digamos que… es complicado.
Me mira mal.
—No estoy justificándolo. Irse fue una mierda, ya lo creo que sí. Por otra parte, competir con Aarón, cuando puede usar su cuerpo a su antojo, no debe ser nada fácil —le explico.
—Entiendo que no sea fácil. Pero tratarme así… Eso no lo hace alguien que te quiere.
Y yo tengo que tragarme la verdad.
—Quizá es su manera de protegerte. No lo justifico, entiéndeme. Pero sabes que percibo lo que sienten los demás. Y te aseguro que te quiere. Muchísimo.
Me la juego al decirlo.
—Para no ser de su club de fans, hablas como su presidenta.
—Con el nubarrón que tenemos encima, no me sobran enemigos. He decidido concederle el beneficio de la duda.
Cambio de tema antes de meter la pata.
—¿Con quién hablabas antes?
Se pone tensa.
—¿Yo? Con nadie.
—Te oí gritar. Yo y el resto del cuartel.
—¡Ah… sí! He hablado con un técnico del laboratorio. Metió la pata con una muestra y me cabreé.
—¿Por qué me mientes? —le recrimino.
—No lo hago —contesta.
Y justo cuando voy a insistir, lo siento. No viene de Sara. No viene de mí. Es… Una lágrima me resbala por la mejilla.
—¿Estás bien, enana? —me pregunta.
—Sí…
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
La emoción me cierra la garganta.
—Hoy ya estaba siendo un día especial. Pero esto… Esto es un regalo.
Me mira sin entender.
—La niña. Puedo sentir sus emociones.
—¡¿Qué?! —exclama.
—Eso parece.
Sara rompe a llorar.
—¿Y cómo está? —pregunta.
—Inquieta por nuestra discusión. Ahora está feliz. Tan feliz como nosotras.
Lloramos como idiotas.
Acariciamos la barriga y nos tumbamos en la cama, muy juntas, disfrutando del momento hasta que la pequeña se calma y nosotras nos dormimos con ella.
Basta haber sentido a mi sobrina para entender que esto ya no va de mí. Va de ella. De darle la oportunidad de crecer en un mundo que no esté podrido por monstruos.
« Monstruos como tú, Aarón. Si para darle ese futuro tengo que entregar mi vida, lo haré. Pero antes voy a detenerte. Cueste lo que cueste. » .