Capítulo 7
Mensaje inesperado
NOA
Estoy eufórica. Hace unos días supe que voy a ser tía de una niña preciosa y ahora Óscar me ha escrito para decirme que mi excuñado ha avanzado en la terapia y que, por lo tanto, tenemos más información.
Estamos más cerca de acabar con el Núcleo y con toda su mierda.
He renovado mi optimismo y mis esperanzas: esta guerra tiene que terminar ya y nosotros tenemos que recuperar nuestras vidas.
Echo de menos ser una adolescente normal, una cuya única preocupación sea entrar en esos vaqueros que tanto le gustan o aprobar un examen que apenas ha estudiado por pasarse la noche chateando con su crush .
Quiero volver a esa vida. Quiero salvar a mi sobrina de vivir condenada por algo que no provocó y que, quizá, tampoco provocamos ninguno de nosotros; despertar de una puñetera vez de esta pesadilla.
Hasta entonces, toca luchar.
Me dirijo a ver a Óscar en nuestro lugar secreto.
Después de una jornada dura de recuperación y apagones de chispas, me urge evadirme, y la única forma de hacerlo es refugiarme en la burbuja que hemos construido para nosotros.
Es el único lugar donde podemos fingir que somos una pareja normal. O algo parecido.
El móvil vibra en mi bolsillo y me detengo a mirarlo; puede que sea de mi coronel avisándome que se retrasa.
¡Demonios! ¿En cuál de todos los bolsillos lo metí?
Reviso uno a uno los millones de compartimentos del pantalón que llevo puesto, regalo de mi novio.
Muy práctico, dice. No cuando tienes prisa.
Por suerte vuelve a vibrar y lo localizo. Desbloqueo la pantalla y me quedo paralizada al leer el mensaje.
Soy Marco. Necesito tu ayuda. Quiero volver, pero mi enlace con el cuartel era tu madre y no tengo forma de encontrar ayuda sin ella.
Sé que te costará creerlo, pero te juro que nunca he traicionado a la Fracción. Tu madre me entrenó para infiltrarme entre ellos. Tú no eras parte del plan, pero no pude evitarlo. Lo siento. Ayúdame, por favor.
Me quedo helada. No doy crédito a lo que leo. Mi amigo. El traidor. ¿O no lo era?
No. Está mintiendo y esto no me está pasando a mí.
Me secuestró y me abandonó a mi suerte en un camarote, expuesta a cualquier peligro. Esto tiene que ser una broma de mal gusto.
Entra otro mensaje que no puedo dejar de mirar.
Busca la forma de sacarme de aquí, por lo que más quieras. No soy capaz de seguir sosteniendo esta mentira. Estoy agotado. Quiero volver y, si me descubren, me matarán.
Deja de estar en línea. Se desconecta y yo me quedo con la incómoda sensación de que debería hacer algo.
Leo el mensaje una y otra vez. No puede ser real. Y, sin embargo, ¿quién me gastaría una broma así?
Acelero el paso hacia nuestra cita. Tengo que contárselo, aunque sé de sobra que se va a cabrear. Pero ¿cómo ocultárselo? Si existe la más mínima posibilidad de que sea cierto lo que dice, Marco está en peligro.
Entro de golpe y, sin darle margen a nada, suelto:
—Tengo que enseñarte algo. Algo gordo.
Está apoyado en la única mesa que hay en la estancia, rodeado de las estanterías con suministro, medicinas y probetas. Me acerco con paso firme y le planto la pantalla del móvil delante.
—Hola, nena. ¿Ni un beso me das?
Se acerca, me sujeta por la cintura y me besa con una intensidad que me dobla hasta las pestañas. Este hombre sabe cómo hacer que me olvide del mundo. Durante un segundo le devuelvo el beso con la misma entrega, hasta que mi cabeza reconecta con los mensajes.
Me aparto con más brusquedad de la necesaria y él frunce el ceño.
—Aunque me pasaría la noche deleitándome con tus labios y otras partes de ti, tengo que contarte algo y no te va a gustar. ¡Hala! Ya te lo he dicho.
Sus ojos me dicen que quiere seguir jugando, que está hambriento de mí y que no piensa rendirse. Mierda. Mi autocontrol se desmorona por momentos porque este hombre es un problema. Un problema delicioso.
Con el poco raciocinio que me queda, le tiendo el móvil.
—Mira el puñetero mensaje, por favor.
Se detiene en seco. La excitación desaparece de golpe y se pone tenso. Lee el contenido y la preocupación se transforma en un cabreo monumental.
—¿Qué coño es esto? —pregunta—. ¡No me dirás que te lo has creído! Esto huele de lejos a Cuerpo Oscuro. Tiene su sello. Me llevaré el móvil para que lo analicen. ¿Por qué cojones han contactado contigo? ¿Cómo han conseguido tu número? ¿Has hablado con alguien del exterior?
Las preguntas salen disparadas una detrás de otra, sin un resquicio para responder. Su enfado crece y me contagia.
—Tranquilito. Yo no tengo la culpa de que tu hermano me haya escrito. No te pongas en modo coronel, porque cojo el móvil, abro esa puerta y me largo.
Me mira muy serio, respira hondo y baja un poco el tono.
—Nena, esto no es un juego. Si te han escrito, es porque tenemos otro topo dentro.
—O tu hermano sigue siendo un gran hacker y me ha localizado.
Desearía no percibir cada emoción que siente. Me revienta notar que le parece una estupidez esto que digo.
—¿De verdad crees que es Marco? Nena, tienes mucho que aprender. Alguien —dice con retintín— quiere que creas que es él. Y en el hipotético caso de que lo fuera… —se le atragantan las palabras—, te recuerdo que es un traidor. Lo sabes de sobra.
—Vale, sí, me secuestró, pero no me hizo daño. Pudo parecer algo terrible, pero esa es la verdad. Y también lo es que las veces que quiso explicarse, yo estaba demasiado cabreada para dejarlo hablar. Mi orgullo podía más que las ganas de entenderlo.
Odio cuando se pone en modo soldado paternalista, así que disparo antes de pensar:
—¿Y si lo que dice es cierto? Hay algo que no percibiste el día que me rescataste: allí dentro, en la puñetera guarida de los malos, mi madre y él cruzaron una mirada que no entendí.
Ahora lo sé: era una mirada cómplice. Si este mensaje es real, tendría sentido.
Mi instinto me dice que es Marco y que dice la verdad.
Del enfado, sube un par de niveles y pasa a la cólera pura. Lo noto en cada poro de su piel.
—¡Qué inocente eres! —dice con una condescendencia insufrible—.
Te mandan un mensaje y ya le das credibilidad.
Nena, estamos hablando de alguien del Cuerpo Oscuro.
Antes de confiarse, hay que investigar, hacer preguntas.
Esto es más complejo de lo que estás viendo.
Espabila, o no has aprendido nada en estos meses.
La madre que lo parió.
—A mí no me hables así. Que me guíe por mi instinto no te da derecho a subestimarme.
No soy una cría a la que puedas regañar.
Parezco de diecisiete, pero cargo sobre los hombros muchas más vidas que tú.
Serás el mejor soldado, pero yo también tengo mis dones.
Y métete esto y no seas capullo: mi intuición no me falla.
No sé si tú puedes decir lo mismo. Y otra cosa: es tu hermano, joder, qué menos que concederle el beneficio de la duda.
Le doy donde más le duele y lo sé al instante. La tristeza y la decepción lo atraviesan, aunque el enfado sigue ahí. He jugado sucio.
—Esto no va de intuiciones. Estamos en guerra. Y en el campo de batalla tengo más experiencia, más formación y estoy mejor preparado para saber cuándo nos manipulan. Fallé una vez. No volverá a pasar. Te lo aseguro.
La distancia entre nosotros pesa como una losa. No me mira. Está dolido y no le culpo. Yo también tengo miedo. He perdido demasiado en esta historia como para perderlo a él. Así que vuelvo a jugar sucio y recurro a mi don para calmarnos.
—Perdona. No quería discutir ni hacerte daño. Soy una bocachancla cuando me altero, pero sabes que te quiero y que jamás iría contra ti. Lo siento.
Clava los ojos en mí, se restriega la cara y, por fin, cede.
—Yo también lo siento.
Se acerca un poco. Yo recorro el resto del camino y lo abrazo. Me devuelve el gesto y nos quedamos así un rato, sin decir nada.
—No pensaba pasar nuestra noche peleando. Sabes que jamás te infravaloraría. Sé lo que has vivido, lo que has sido. Pero la idea de perderte me vuelve loco.
No se me ocurre mejor respuesta que besarlo.
La habitación se llena de gemidos, de piel y reconciliación. Y sí, acabo de descubrir que el sexo de reconciliación está sobrevalorado… hasta que se prueba.
Acurrucada entre sus brazos, recostados en el suelo, sobre la manta que nos cobija, el mensaje de Marco vuelve a mi cabeza.
—A riesgo de que volvamos a discutir…, ¿podrías, por una vez, dejar tus prejuicios y tu formación militar a un lado y confiar en mí?
Se queda callado. Confundido. Tengo la manía de pensar que todos saben de lo que hablo sin ponerlos en contexto.
—Me refiero al mensaje de tu hermano…
—Pensé que después de lo que acaba de pasar —se ha tensado, pero responde en su tono normal—, se te habrían quitado las ganas de seguir con este tema.
—Nada más lejos de mi intención que volver a pelear, cariño. Solo quiero que sepas que hay algo en mí que me dice que no es una trampa. Que tu hermano está metido en un buen lío y que deberíamos ayudarlo.
Sé que está pensándolo.
—No lo vas a dejar estar, ¿verdad?
Niego con la cabeza.
—¿Confías en mí? —le pregunto.
—En ti sí, por supuesto; en ellos, no —contesta.
—Supongamos por un momento que tengo razón y que el mensaje es real…
—Lo lógico es que me hubiera escrito a mí —me interrumpe—. Tengo los medios y la formación para organizar su rescate.
—Claro, ya. ¿Y qué crees?, si te conoce tan bien como yo, sabe que no le creerías. Tu lealtad siempre ha sido inquebrantable.
Me dedica esa media sonrisa suya que dice lo que necesito oír: que tengo razón.
—Mi lealtad hace aguas desde hace tiempo.
—Ya. Pero él no lo sabe. Lo lógico es que acudiera a mí. A alguien que podría creerle. Una cosa es lo del secuestro… y me lo tendrá que explicar, y otra es que he sido su mejor amiga aquí dentro. Sabe que soy la única loca que podría entender hasta lo más raro que quiera contarme.
—Ojalá tengas razón.
La esperanza y sobre todo su actitud cambian el aire entre nosotros.