Capítulo 6 #2
—¿A qué te refieres?
¿Qué pasa hoy? ¿Qué tiene este día de especial?
—Hoy conocerá el sexo del bebé.
Me quedo mudo. Si quería hacerme daño, ha dado en el clavo. Miro al suelo; es lo único que puedo hacer. Soy un miserable.
Me observa con satisfacción, sabe que ha ganado y, sin más, dice:
—Que tengas un buen día.
Y se da media vuelta. Arranco el coche y salgo de allí como si el fuego me persiguiera, pero el fuego está dentro de mí y arde en cada resquicio de mi ser.
Me encuentro a Noelia sentada en el amplio sillón, ojeando unos informes.
Compartimos el ático desde que la impliqué en mis planes.
Me pareció un gesto de cortesía invitarla a vivir aquí —la comodidad no es comparable; mayor tranquilidad, mayor luminosidad y una nutrida biblioteca—, además de que me viene bien tenerla cerca para que me ayude a ejecutar mi propósito.
—¿Cómo ha ido la reunión? —pregunta.
Es la única que sabe el verdadero motivo de mi visita a las instalaciones.
—Necesito una ducha urgente —contesto.
—¿Qué ha pasado? —pregunta preocupada.
Suelta los papeles que tiene en la mano y se me planta delante.
—Me he tropezado con Sara —digo y me dejo caer en el sillón, derrotado.
—Vaya… Habrá sido complicado; muy difícil para ambos, aunque por distintas razones.
A ti te toca mantener el espíritu alto y no decaer ni un ápice mientras sigamos con esto entre manos…
—Abro la boca y debe creer que voy a rebatirle; nada más lejos, sino corroborar lo que dice, pero continúa—: Te entiendo, no creas.
Debe ser jodido no poder explicarse y estar en el ojo de mira.
—Estoy harto de ser el malo, de que todos crean que no la quiero y que la he abandonado en el peor momento. —Hago una pausa para recomponerme—. Está preciosa. El embarazo le favorece. La amo y la deseo más que nunca. Me siento como un esclavo de esta situación.
—Esclavo es aquel que espera a que alguien venga y lo libere.
Tú estás muy lejos de serlo; estás buscando la forma de sacarnos de esto.
Te sientes atrapado, que es diferente, y estás sacrificando mucho, nadie lo niega; pero escucha esto: cuando llegue la recompensa, te darás cuenta de que mereció la pena.
Se levanta y se sienta a mi lado. Me acaricia la espalda en círculos, como hacen las madres para calmar a sus pequeños.
—Date una ducha, seguro que te sentirás mejor.
Me levanto sin rechistar. No dejo de pensar en lo último que me dijo Natalia. Hoy sabrá el sexo del bebé y no estoy con ella para conocerlo juntos. Ojalá pudiera desaparecer de aquí y que dejara de dolerme.
Tras la ducha, me siento mejor. Debemos avanzar. Lo siguiente será someterme de nuevo a la terapia de regresión. Con ella he conseguido desbloquear parte de esos recuerdos que tenía amordazados.
—¿Quieres comer algo? —me pregunta Noelia—. Te he dejado algo en la nevera.
—No, gracias. Pongámonos cuanto antes.
—Si enfermas, no podrás ayudar a nadie, lo sabes.
Como buena médica, me advierte de los riesgos por los excesos que estoy cometiendo, pero solo yo sé lo que me quita la vida y prefiero continuar.
—Te prometo que estoy bien. Comencemos.
Se levanta y corre las cortinas. Ella necesita oscuridad para la sesión, aunque no es mi caso. Puedo ponerme en trance sin problema.
Lo cierto es que, cuando empecé a recuperar mis recuerdos, ella solo estaba presente por si algo no salía bien. Podía haberme sometido a la terapia por mi propia cuenta; aun así, preferí que estuviera presente por si no lograba regresar. Mejor no correr riesgos.
Con el tiempo le pedí que entrara conmigo, como visitante; quizás su perspicacia viera más allá de lo que yo solo podía percibir.
El problema es que estamos atascados. La resistencia que Aarón ha puesto a mis recuerdos parece infranqueable por momentos, pero no me doy por vencido.
Como dice ella, debo mantener mi espíritu alto.
Nos tumbamos y nos cogemos de la mano. Comienzo la cuenta atrás. Mi esencia abandona mi cuerpo junto con la de Noelia.
Nos trasladamos a la Segunda Guerra Mundial.
Una vez que Sara desaparece de nuevo —lo había hecho ya antes—, salgo en busca de respuestas.
El recuerdo me lleva hasta Argentina, uno de los países que no entró en el conflicto bélico y que se mantuvo cerca de los Aliados.
Calculo que estamos a finales del año 1943 o inicios del 44. No puedo determinar una fecha exacta.
Estamos en una cocina antigua y destartalada.
Estoy sentado, exhausto. Una mujer de unos cincuenta años, de tez morena y ojos verdes, llamada Marta Vargas, me ofrece un plato de comida, que yo acepto y devoro.
Acabo de someterme a mi primera regresión bajo su supervisión y estoy en proceso de recuperarme.
Se sienta enfrente y me explica algunos de los secretos de nuestra existencia.
No es una Guardiana, pero sabe sobre el funcionamiento del Núcleo, la terapia de regresión y lo que está ocurriendo.
—Querido, lo hacés muy bien. De a poco vas a ir controlándolo y no te dejará tan agotado.
—Ha sido una experiencia dura y extraña. Todavía me cuesta creer que seamos capaces de llevarla a cabo.
Estoy tan cansado como feliz de haberlo logrado.
—Es un conocimiento que solo posee el Núcleo y, por eso, solo él puede hacerlo —me explica.
Su actitud es calmada y esa paz que transmite se me va pegando. ¿Será Empaticus?
—¿Cómo sabes tanto del Núcleo?
Llevo tiempo viajando y no había conocido a nadie que hablara sobre el Núcleo con tanta seguridad y determinación.
—Es complicado —contesta.
—Creo que estoy cualificado para llegar a entender cualquier misterio de la naturaleza. Poco queda que pueda sorprenderme, la verdad —digo, molesto por mostrarse tan esquiva.
Raspo el plato con ganas; aún no he saciado mi hambre. Se levanta, lo recoge y me vuelve a servir. Doy buena cuenta de ello.
—Querido, si te ponés a la defensiva, no vamos a llegar muy lejos. Prometí ayudarte, pero si te enojás , hasta acá llegamos. Ché, no seas boludo —me advierte sin perder la calma.
—Perdona, me urge tener respuestas. He viajado mucho y, ahora que siento que estoy cerca, necesito saber más.
Estoy ansioso por obtener la solución a nuestros problemas y detener la guerra. Es mi prioridad.
—Y la vas a tener, pero todo a su tiempo.
No te pases de rosca. Tené en cuenta que estoy por revelarte los secretos más grandes de nuestra existencia, que romperé las reglas y ni siquiera sé cuáles serán las consecuencias.
El mundo se está viniendo abajo por la vanidad de alguien a quien nunca debí dejar al mando.
Le di una oportunidad para redimirse y volvió a meter la pata.
No entiendo a qué se refiere ni de quién habla.
Mientras me cuenta su historia, miro a mi alrededor.
Busco una pista que nos pueda conectar con esta persona en la actualidad.
Es en vano. Confío en que a Noelia le vaya mejor.
Yo, por lo pronto, en esta ocasión estoy avanzando.
A diferencia de otras veces, hoy he logrado dar un paso más.
Me suelo descolgar cuando me pongo a la defensiva.
—¿Puedo reformular mi pregunta? Te aseguro que aceptaré lo que me digas sin discutir. —Me callo y aguardo su respuesta.
Asiente con la cabeza y se sienta frente a mí.
—¿Cómo es que sabes tanto del Núcleo?
Los segundos se hacen eternos. La respuesta no llega y la incertidumbre me corroe por dentro, aunque me aferro a la esperanza de que sus palabras contengan la clave para derrotar a Aarón y sacarnos de esta pesadilla.
—Porque hace mucho tiempo, yo fui el Núcleo.
¡No puede ser! ¿Estoy hablando con Aarón? ¡Es imposible! Él está vivo en esta existencia. ¿Entonces, hay más de un Núcleo?
Mi confusión y este tremendo desconcierto hacen que nos desconectemos de manera brusca.
Cuando nuestras chispas reconectan con nuestros estuches, nos incorporamos despacio. Estamos exhaustos, mareados. Las vueltas rápidas no son recomendables. Pero ¿cómo mantener la calma ante un hallazgo de este calibre?
Noelia y yo nos miramos incrédulos. Y, sin embargo, por más que se me antoje imposible, algo me dice que esa es la clave. De lo contrario, Aarón no habría borrado nada de eso.
Y ahora que lo he recuperado, su muerte está escrita, no pienso detenerme hasta derrotarlo.