Capítulo 6
Planes Ocultos
ÓLIVER
Me dirijo al punto de encuentro. Tengo que tranquilizarme.
Desde luego, no esperaba tropezarme con ella.
¡Joder! Empiezo el día mal. Los recuerdos me atormentan y me sacan de donde tengo que estar.
Hemos avanzado mucho con las investigaciones y debo seguir concentrado, pero verla y no poder estar con ella…
«¡Basta, Óliver, céntrate!», me grita mi cabeza.
Accedo al almacén donde solemos reunirnos desde que me marché. Óscar Cavalli me facilitó una tarjeta para poder entrar sin llamar la atención y lo hago sin avisar. Me esperan ansiosos.
—Lamento el retraso —digo casi sin aliento.
—¿Qué ha pasado? Te percibo nervioso. —A Noa no se le escapa una.
—No tenemos mucho tiempo. Acabo de concertar una cita con Elena para contar con una tapadera. De camino aquí me he tropezado con… alguien.
Dejo la frase a medias. Sé que a Noa no le hará ni media gracia que haya visto a su hermana.
—¿A quién has visto? —pregunta Noa.
—Ahora no. Debemos centrarnos. Tengo que subir al puesto de mando en nada.
Y necesito que investiguen a cierta persona que puede ser clave para la resolución de nuestro dilema.
No sé cuándo podremos encontrarnos de nuevo.
Estamos liados en los laboratorios que tengo bajo mi mando.
Fuera el mundo está caótico y nadamos contra corriente.
Miento y temo que Noa lo note. No pienso volver: es un riesgo encontrármela de nuevo.
—¿Óliver? —insiste.
Me mira como si pudiera ver a través de mí. La conozco y no lo dejará hasta sacarme la verdad. En un arrebato, le digo:
—¡Joder, Noa! Me he tropezado con Sara, ¿satisfecha?
—No… Esto es otra complicación. —Mira su móvil, muy seria, y añade—: Les dejo. Ya me pones luego al día —me dice— Y tú sé más cauteloso, ¡coño!
Se marcha sin darme opción de réplica. Seguro que va arrebatada, pensando cómo debe estar su hermana.
—¿Cómo estás? —me pregunta Óscar.
Sabe que mantenerme alejado de ella y con actitud fría no es fácil para mí.
—Mentiría si te digo que bien, pero no hay lugar para lamentaciones.
—Si necesitas hablar, estoy aquí; ya lo sabes —me dice.
Asiento y me centro en lo que he venido a hacer.
—En nada, tengo que subir y necesito que hagas algo por mí.
Busca en cada archivo al que puedas acceder un nombre: Marta Vargas.
El problema es que se llamaba así en su otra vida.
Desconozco su identidad actual y en internet no encuentro nada sobre ella.
Indaga en los años de la Segunda Guerra Mundial.
Céntrate en Argentina. Fue allí donde la conocí.
—¿De quién se trata?
—Aún no te lo puedo decir, pero la necesitamos para proseguir con nuestro plan —le confieso con optimismo.
Toma nota. Me entrega los informes que le solicité la última vez y, cuando me voy a marchar, me pregunta:
—¿Esa persona es la clave?
—Diría que sí. O quien tú y yo sabemos no se habría tomado tantas molestias en borrármela de la cabeza. Estoy avanzando en los recuerdos bloqueados, pero hay algo que no termina de salir. Si das con ella, presiento que podría ayudarnos ya sabes a qué.
Acordamos no nombrarlo, por si estuviera cerca.
Asiente. Recojo mis cosas y me dirijo a la reunión que tengo con Elena.
De camino, pienso en el tiempo que me llevó conseguir que Aarón no volviera a utilizarme para hablar con Sara.
Mantenerme alejado de ella ha hecho que pierda el interés por mí y eso es una ventaja.
Cuando me trasladé a mi ático de nuevo, algo en mi interior me gritaba que las piezas no estaban completas.
Tenía lagunas cuando, siendo Memories, no debería tenerlas.
Una idea se instauró en mi cerebro: si Aarón coartó los conocimientos de Sara, ¿no habría hecho lo mismo con mis recuerdos? Y lo más importante: ¿por qué?
Entro en el despacho de Elena; no me sorprende ver a Emilio también. Están sentados en los sillones de la pared izquierda. En el centro, la mesa de trabajo, repleta de papeles, aguarda que alguien se ocupe de vaciarla.
—Buenos días, Óliver. ¿Te apetece un café o una infusión? —pregunta Elena, siempre tan cordial.
Emilio me saluda con la cabeza y me mira con desconfianza, mientras da un sorbo a su café.
Aún no me han perdonado que haya dejado a Sara tirada cuando más me necesitaba y no puedo explicárselo; no todavía. Así que me toca aguantar el chaparrón y marcharme lo antes posible.
—No, gracias. En realidad, podría haberles llamado para lo que les voy a decir, pero estaba cerca y quise visitarles.
Por suerte para mí, ninguno es Empaticus, porque percibiría mis mentiras de inmediato.
—Tú dirás —dice Emilio, volviendo la vista hacia mí.
—Tengo que echar mano de ustedes para que me ayuden a desarrollar el plan de marketing de la vacuna.
—Ponen caras de pasmo, como si les estuviera solicitando alguna ilegalidad.
Me explico—: Hay mucha competencia y me consta que no todas saldrán al mercado.
Es fundamental que la nuestra sea la única, o una de las pocas; ya lo saben, por el bien de la humanidad. Nos jugamos mucho.
—Creí que tenías buenos contactos dentro y que pagarías por ello —contesta Emilio. Juraría que me está poniendo a prueba.
—El dinero no es problema y los contactos tampoco, pero la presentación del proyecto debe ser tan atractiva como ambiciosa. He pensado que tú —me dirijo a mi exsuegro y amigo— podrías ayudarme; tu empresa siempre ha sido pionera en eso.
Su mirada se clava en mi rostro. Me analiza. No es estúpido; lo conozco bien y él a mí. Temo que no se crea mi farsa y, cuando pienso que me va a destapar, dice:
—De acuerdo. Pásame la información que tengas y veré qué puedo hacer.
Respiro aliviado. He salido airoso del follón en el que me metí cuando me tropecé con Sara. Ya puedo irme.
—Así lo haré. Me marcho, que tengo lío en los laboratorios.
—Cuídate mucho. Sabes que esta sigue siendo tu casa y nosotros, tu familia —dice Elena con ese tono conciliador que tiene siempre a punto.
A pesar de su apariencia joven, se la ve cansada física y emocionalmente. Me gustaría abrazarla y decirle que aún los quiero, y que lo que hago es por acabar con esta situación, pero me contengo.
De camino al ascensor, por esos largos pasillos de aspecto futurista, Emilio me intercepta.
—No vayas a verla. Encontrarse contigo la destrozará.
Si le digo que ya nos hemos visto, comenzaremos una discusión que no nos llevará a nada bueno. Finjo una frialdad que estoy muy lejos de sentir:
—No tengo intención de verla.
Y lo digo de manera sincera. Tampoco yo lo soportaría.
—Mejor. Respeto la amistad que hemos tenido durante siglos, pero no me pongas a prueba. Si debo elegir, la elegiré a ella y su bienestar. ¿Te queda claro?
Asiento. Nos despedimos y yo tomo el ascensor rumbo al garaje, donde dejé el coche.
Cuando estoy a punto de subirme, una voz a mi espalda me interrumpe:
—¿A qué coño has venido hasta aquí?
Está furiosa. Sabe que Sara y yo nos hemos visto. No quiero discutir, pero ella tiene el hacha de guerra levantada.
—Hola, Natalia. Yo también me alegro de verte —contesto con ironía.
—Déjate de mierdas, Óliver. Cada vez que te ve o alguien te nombra, ella deja de ser la que es. No entiendo cómo, con lo mal que te has portado, sigue queriéndote. No te la mereces.
Me cabrea que se vuelva a meter en nuestra relación. ¿De dónde nace ese odio que tiene hacia mí?
—No tengo ganas de discutir, Natalia. No es de tu incumbencia por qué he venido o he dejado de venir. Y no; no pretendía verla, no soy tan capullo. Soy consciente de lo que hay, haz el favor de dejarme en paz. No vayas a creer que esto es fácil para mí.
Le contesto de mala gana, agotado por la culpabilidad y por tener que justificarme cada vez que hago algo que no les parece correcto.
—¿Que no es fácil para ti? ¿En serio? A ti no te está cambiando el cuerpo sin control, no tienes un chute de hormonas que te lleve a querer matar a quien se te ponga por delante, ni has pasado tres meses con náuseas; día, tarde y noche.
Tampoco has tenido que asumir que vas a traer a un bebé a este mundo de mierda… y sola —me reprocha.
Tiene razón, pero contraataco sin pensar.
—¡Nadie la obligó a tirárselo!
Me arrepiento sobre la marcha de lo que acabo de decir. Estoy dolido y ella saca lo peor de mí con sus palabras.
—¡Hijo de puta! ¿Cómo puedes decir algo así?
—Lo siento. No lo digo en serio. La ira habla por mí. Me largo.
Abro la puerta del coche.
—¡Huye, gusano, como haces siempre! Eres un cobarde, pero no es nuevo en ti. Te piras en cuanto las cosas se complican, ¿verdad?
No entiendo ese reproche. Nunca he dejado a Sara ni a nadie que me importe, salvo en esta vida, y tengo un buen motivo para hacerlo.
—¿De qué hablas? No entiendo qué tienes contra mí. No te he dado motivos. ¡Joder! No tienes ni puta idea de lo difícil que está siendo mantenerme lejos de ella, pero… no puedo contártelo todo.
—¿Me tomas el pelo? ¿No sabes de lo que hablo? ¿Has perdido la memoria? ¿O es que ya no eres un Memories?
—Natalia, si tienes algo que decirme, hazlo ya. No me gustan estos juegos. No sé a qué te refieres.
El ceño se le frunce y percibo confusión en medio del enfado.
—¿No lo recuerdas? —pregunta. ¿Piensa que bromeo?
—¡¿El qué?! —le grito exasperado.
—Es inaudito… En nuestra última vida, te largaste a buscar respuestas y Jacobo y compañía nos cazaron.
Yo rezaba para que volvieras a rescatarnos.
No fue así. Fallecimos tras torturas horrendas que no voy a describirte.
Antes de morir, Jacobo me dijo que te habían dado la oportunidad de liberarnos y que preferiste seguir con tu particular cruzada.
Mis ojos se abren con asombro ante su relato. Desconocía esa historia. No hay nada en mis recuerdos que encaje con lo que dice. Tampoco puedo negar que sea cierto tras los hallazgos sobre las lagunas que tengo de esa vida.
—Lo siento. Créeme: no sé de qué me hablas.
Su cara pasa del enfado a la decepción. Me subo al coche y, cuando voy a cerrar la puerta, añade:
—De todos los días que podías elegir, tenías que venir hoy, capullo.