Capítulo 5 #3
—La alenté a crear la Fracción, le expliqué las normas y la importancia de preservar nuestro secreto.
Después, ambos dejamos esta existencia siendo muy jóvenes, pero estando muy unidos, y eso me obsesionó durante mucho tiempo.
No dejaba de pensar en ella y en lo que podríamos conseguir juntos.
Ella siguió ayudando a otras chispas a sacar y controlar su don.
Yo le indicaba a quién. No todas merecen tenerlos.
Me siento en la orilla y hundo los dedos en la arena para no clavárselos en la cara.
—En ocasiones no salía como queríamos y algunas chispas tuve que retirarlas de la vida terrenal para que nuestro plan de hacer del mundo un lugar mejor no se frustrara.
—Hasta ahora no te ha salido muy bien. El mundo está sumido en el caos y es gracias a ti.
Me ignora y continúa:
—De regreso a mi estado astral, me sentía pleno con el amor que había sentido.
Entendía lo que las chispas decían y con el tiempo quise más.
Tampoco podía dejar de pensar en Berenice.
Seguíamos conectados, aunque ella no fuera consciente.
Teníamos algo especial. Cuando encontró a Emilio, me enfurecí.
Pensé en sacarlo de la ecuación, pero me dije que la lucha debía ser limpia.
Así que volví para encontrarme con ella. La necesitaba, y ya no como hermana.
Me pongo en pie de golpe.
—Eso es aberrante. Qué asco. Era tu hermana. Estás enfermo.
—Puede que te parezca inconcebible, pero no compartimos lazos familiares en nuestro estado astral; solo conexión, y lo que yo sentía por ella iba más allá.
Como si eso lo hiciera menos monstruoso.
—Volví a la Tierra. Me instalé en una familia al azar, sin planificar nada.
Admito que me obcequé con la idea de estar con ella, y aprendí que no se pueden dejar las cosas al azar, porque hasta al todopoderoso Núcleo le pasan factura.
Nací en la familia de Jacobo y Tomás, a quienes erróneamente di una nueva oportunidad después de su desastrosa primera vida.
Erré en mi decisión y ahora lo estoy pagando.
—¿Tú? Lo estamos pagando nosotros, y métete esto en la cabeza: nos está saliendo carísimo.
Su expresión se endurece, apenas un instante.
—Ellos se emocionaron al ver que volvíamos a estar juntos. Pensaban que el Núcleo les daba una tregua. Me alié con el fin de dar con tu madre, mi único objetivo. En el transcurso de mi búsqueda conocí a tu hermana.
—¿A Noa? —pregunto desconcertada.
—A Noa, sí. En un primer momento me resultó intrigante.
Tonteamos y nos cogimos cariño, pero jugó a cruzar ciertos límites y la rechacé.
Yo solo quería eso con tu madre. No le gustó y dio paso a una cruzada contra mí que perjudicó al colectivo.
No sabes cuánto lo lamento. Quise castigarla impidiéndole el regreso, pero tu madre me suplicó que se lo permitiera.
No logro encajar esta sarta de sandeces. Me levanto y echo a andar para descargar la tensión. Él lo interpreta como un paseo y trata de tomarme la mano. La aparto de un manotazo.
—Jacobo se dispuso a llevar a cabo su plan, hablaba con entusiasmo de una mujer fascinante, brillante, con grandes conocimientos en ciencia.
Por su descripción, albergué la esperanza de que fuera mi querida Berenice.
Por fin nos encontraríamos; llevaba media vida buscándola.
Convencí a Jacobo para que la involucrara en sus planes.
Yo lo ayudaría siempre que él me ayudara a mí a encontrarla.
También ordené a Tomás que sedujera a Noa para que me olvidase y centrarme en obtener información sobre la mujer que creía que era tu madre.
—Así que era cierto lo que dijo Jacobo. Tú estabas detrás del tinglado. Eras la cabeza pensante e hiciste que cargaran con la culpa. Menudo cabrón.
—No, no lo entiendes. Yo solo quería llegar a ella. El resto se me fue de las manos. Te recuerdo que las debilidades humanas nos afectan y mi estuche era obcecado, obtuso y solo pensaba en el objetivo.
—Excusas. No son más que excusas.
—No, no hablas tú. Lo hacen tus hormonas. No lo crees de verdad.
Su tono cambia. Ya no suena paciente. Suena molesto. Peligroso. Y ahí lo veo claro: no soporta que lo contradigan.
—Cree lo que te dé la gana, pero déjame en paz.
Me siento sobre la arena agotada, con ganas de arrancarle los ojos. Él sigue ignorando mis palabras y continúa su perorata.
—Llegó el día en que te conocí. Entraste y miraste a Tomás y me invadió una desazón: no eras ella.
No eran sus ojos. Había vuelto a fallar.
Pero entonces me miraste y algo cambió; me cambió.
Mi mundo dio un giro inesperado. No podía explicarlo.
Me enamoré de ti. Y fue recíproco, no lo niegues.
Estabas con Óliver y te enamoraste de mí.
Lo dijiste tú: conmigo era diferente. No entiendo por qué ahora te niegas a aceptarlo.
El amor que sentí contigo se ajustaba a la teoría, pero no lo había vivido.
Supe que no debía buscarla más a ella. Contigo estaba completo.
Entendí que Berenice era mi amor fraternal y tú, el amor de mi vida.
Se sienta a mi lado, demasiado cerca, y me mira como si esperara comprensión. Como si cuanto dice fuera una confesión romántica y no una enfermedad.
—¿Has terminado?
—No del todo; tengo grandes planes para nosotros…, para la humanidad.
Asiente, satisfecho. Sonríe y hace ademán de ir a acariciarme la cara. Se lleva otro manotazo.
—Sabes contar, pues no cuentes conmigo. Déjame tranquila. Si quieres hablar, da la cara. No se trata solo de ti. Sé un hombre de verdad, no un intruso malnacido. Necesito paz. Y el bebé, también.
Mis palabras lo tensan, pero al oír «el bebé» algo cambia en su expresión. No responde. No discute. Desaparece.
Entro de golpe en mi habitación, en mi cuerpo. Tengo la cabeza embotada Me tumbo y me duermo casi al instante.
Durante semanas, no volvió a hablarme.
Hasta hoy.
El encuentro con Óliver lo ha traído de vuelta. Los celos le pueden. Y yo ya no soy la misma que aquella noche.
He tardado en entender que, aunque puede entrar en mi cabeza, no puede leer mis pensamientos. Y eso cambia las cosas.
Su intrusión de hoy me ha dejado una verdad mucho más útil que cualquiera de sus confesiones: Aarón tiene un punto débil.
Soy yo .