La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Me encanta esa pasión y la fiereza que pone en defender lo que quiere, pero sus palabras quedan confinadas a la boca.

No está furiosa; actúa como si estuviera atrapada por el rencor y, sin embargo, no es lo que siente.

¿Por qué? Quiero interrogarla, pero no ahora, no aquí.

Tiene que contarme qué se traen entre manos, porque noto como si entre nosotras hubiera un abismo de secretos que nos mantiene alejadas.

—Cálmate, tampoco ha sido para tanto —le digo.

—No, claro. Tienes ojos de besugo porque no has llorado ni nada.

Se da la vuelta de manera teatral y se marcha.

—¡¡Déjalo estar!! —le grito.

No me hará caso; lo sé.

Me despido de Nati y vuelvo al laboratorio vigilando los alrededores. Me preparo por si me lo encuentro de nuevo; solo faltaría…

Otra vez este mareo… Ahora no, ¡maldito Aarón!

Me desvió hacia las escaleras sujetándome a la pared.

Un velo negro empaña lo que tengo delante y el corazón se me acelera.

Si dejo que fluya este maldito vértigo sin oponerme, se irá pronto.

No termino de acostumbrarme a su intrusión.

Me mantengo apoyada en la pared. La voz aborrecible se abre paso.

—Siempre estaré y estoy contigo.

—Tus celos enfermizos te hacen actuar mal. ¿Por qué insistes en meterte en mi cabeza? Lo hiciste durante mucho tiempo y te lo advertí: si volvías a hacerlo, me quitaría de en medio. Ni Sara ni bebé.

—No hablas en serio. Dime si has reflexionado sobre nuestra última conversación. Han pasado semanas en las que te he dejado en paz y lo único que has hecho es lamentarte por ese tío que pasa de ti. Te tenía por más lista y pragmática.

—Ese es tu puto problema. Has idealizado una imagen de mí que no se corresponde con la realidad. ¿Quién es el que malmete y enreda aquí? ¿Qué parte es la que se te escapa, tan inteligente como eres?

Respiro. Su invasión siempre ha sido agotadora, pero embarazada y con la poca energía que me queda, es mortal.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

—Por favor, déjame en paz.

—Solo quiero que sepas que hoy, cuando conozcas el sexo de nuestro bebé, estaré contigo, aunque no me puedas ver.

—¡¡No!! —grito en mi cabeza. ¿Es que esto no termina? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué esta condena?—. Entiende de una vez que, si no es con Óliver, criaré sola a este bebé. Me has destrozado la vida y no mereces otra cosa que mi desprecio.

—No lo hagas. No me apartes.

—Ya sabes lo que quiero. ¡Desaparece! Si quieres que volvamos a hablar, plántate delante de mí, en persona, ¡o lárgate!

En mi cabeza sueno con fuerza y empuje, pero la realidad es muy distinta.

Estoy a punto del colapso y temo por mi criatura.

Alguien me sujeta y Aarón abandona mi cabeza; aun así, el desgaste es enorme.

Hay alguien conmigo y me habla, pero recibo los sonidos como si estuviera debajo del agua. Ni veo ni oigo bien.

—Sara, ¿qué tienes, bonita?

Es la voz de papá.

—¿Qué…?, ¿qué ha pasado?

No puedo contarle que, desde que estoy embarazada, oigo a Aarón en mi cabeza. Me tacharía de loca o, peor aún, se convertiría en mi sombra, que ya lo es un poco.

—Tú me dirás. Te he encontrado como si fueras a desmayarte. Te hablaba, te movía, pero no respondías. Me has dado un buen susto. ¿Seguro que estás bien? —insiste.

—Estoy bien, sí. A veces noto que se me baja la tensión. Debe ser cosa del embarazo. —Me incorporo despacio—. ¿Qué haces tú aquí? ¿No deberías estar reunido con Elena en su despacho?

¿Será capaz de ocultarme que se ha visto con mi ex? Estoy cabreada de que me traten como una pieza de porcelana que está a punto de romperse.

—Óliver está en el complejo. Quería avisarte. Sé que te disgustas cuando lo ves.

Agradezco su franqueza. Por más que seamos adultas, su parte protectora sigue siendo la misma de cuando aprendíamos a caminar y, desde luego, supera con creces cualquier aspecto de la misión.

Está preocupado, pero no le puedo contar la verdad.

Si le confieso las intrusiones de Aarón, se volverá loco.

Ya le tiene un odio visceral. Alimentar a la fiera solo lo desgastaría más. Y bastante tenemos.

—Lo sé. Ya me lo tropecé antes.

Su semblante se endurece. Por lo visto, Óliver no le habló de nuestro encuentro.

—Salgo a ti y a mamá. Soy fuerte.

—No lo parecía hace un momento. Debería verte un médico.

—¡Qué dices! Te prometo que me siento mejor. Además, estoy contenta. Esta tarde veremos el sexo del bebé, ¿recuerdas?

Se le ilumina la cara en cuanto lo menciono y me abraza. Está deseando conocer a su nieto; o a su nieta.

—Gracias por dejar que te acompañe.

Aunque es algo que quería hacer sola, mi padre se negó en redondo y, si lo pienso bien, se lo debo.

—Vale, no te obligaré a ir a la clínica, pero sí a tumbarte.

Me sujeta del brazo y me lleva a mi habitación. Se asegura de dejarme tumbada y se marcha.

En cuanto sale por la puerta, mi mente conecta un pensamiento con otro y regresa a la última conversación con Aarón; en realidad, la única que le permití tener después de invadirme la cabeza infinidad de veces…

Tengo la persiana bajada. En medio de la penumbra, me afano en recobrar un equilibrio que se tambalea. Estoy dispuesta a no dejarme arrastrar por esta mierda; muy al contrario, busco el modo de sobreponerme a ella, de hacer acopio de mis fuerzas… hasta que oigo su voz.

—Déjame entrar.

—¡No! ¡Déjame en paz! —grito a pleno pulmón, a sabiendas de que no está aquí.

—Tenemos que hablar —insiste, como las últimas veces.

No va a parar. Estoy agotada de luchar contra él, así que claudico. Me toca pagar ese precio.

De un momento a otro, he pasado a estar en una playa al atardecer.

Mis pies se mojan con el ir y venir del agua, aunque hay una distancia con cualquier otra situación que fue real.

Esta no lo es. Es Aarón manipulando mi mente; es ese capullo que me acaba de transportar a un lugar donde sabe que soy feliz, una de sus triquiñuelas para que baje la guardia.

Miro hacia atrás y lo veo con la apariencia de cuando lo conocí. Mi corazón se agita. ¡Maldito sea!

Se acerca con una amplia sonrisa y esos preciosos ojos azules, tan iguales al mar que nos rodea.

—Te contaré por qué estamos en esta situación. Solo si conoces la verdad, la auténtica verdad, podrás entenderlo mejor.

No respondo enseguida. Lo observo. Incluso aquí controla el escenario, la luz, la distancia, el tono. Puro teatro. Lo único que debo hacer yo es mantener la guardia. Asiento al final: la información es poder y cuanto más sepa, antes podré destruirlo.

Sonríe satisfecho y empieza a hablar.

—Lo que comparten las chispas que se reincorporan a mí es la fascinación por el amor recibido durante su vida terrestre.

Es lo único que recuerdan en su estado astral.

Repiten una y otra vez que merece la pena vivir como humanos solo por sentir eso.

Pero las veía y me enfurecía que desperdiciaran la oportunidad de vivir algo tan grandioso.

No lo valoraban cuando lo tenían. En nuestra condición de Núcleo, no tenemos la posibilidad de experimentarlo.

Una lástima. ¿Algo tan extraordinario y que no supieran apreciarlo?

¿Y tener tanto poder y no hacer nada con él?

Me parecía mezquino. Así que elaboré un plan: me trasladaría como uno más y, de paso, mejoraría la raza.

Nada podía salir mal. Se trataba de no estar mucho tiempo fuera, no como para poner en riesgo nuestra perpetuidad.

Había chispas suficientes para que el Núcleo permaneciera vivo.

Las olas del escenario que ha recreado se agitan con violencia a mi alrededor, como si el paisaje respondiera a su arrogancia. O quizá soy yo, que ya no disimulo el asco.

—Si crees que voy a aplaudir tus hazañas, vas listo. Es un acto tan egoísta… No entiendo cómo puedes sentirte orgulloso.

—Déjame continuar.

Hace una pausa y yo me mantengo alerta. Esos argumentos con los que trata de doblegarme encierran una nueva trampa.

—En mi primera vida conocí a tu madre y al resto de mi familia terrenal.

Les concedí los primeros dones o habilidades.

Es algo que habita en lo más profundo de nuestro ser, de manera que solo hay que activarlo.

Aleccioné a los padres que nos tocaron para que no vieran a sus hijos como monstruos y los criaran con ese amor incondicional del que tanto había oído hablar.

El problema fue que no contaba con la debilidad del cuerpo humano ni con las enfermedades que podían contraer.

Los perdí a causa de la Peste Negra; ya lo sabes.

Tu madre y yo nos mantuvimos unidos y sobrevivimos por muy poco.

Una familia nos acogió y durante un tiempo creímos ser los únicos miembros con vida.

Después descubrimos que Jacobo y Tomás no habían muerto, pero me avergonzaba que hubiesen usado su don para cometer tales atrocidades.

Mi plan era mejorar al ser humano. Ellos se corrompieron y lo estropearon.

Me cruzo de brazos para no lanzarme a su cuello.

—Si te hubieses quedado donde te correspondía, no estaríamos metidos en este lío.

—Querida, no dejes que el enfado te nuble el entendimiento.

La rabia me sube por la garganta como bilis. Quiero golpearlo. Quiero borrarle esa sonrisa de la cara. Pero no lo hago. Algo en mí —algo más frío, más útil— me obliga a callar y a seguir escuchando.

Asiento una sola vez. Que hable. Que se hunda solo.

—Ya era tarde para ellos. No podía ayudarlos y no quise que mi dulce hermana se viera afectada. Ella era mi mejor obra: pura, leal, obediente. Perfecta. Y su amor era aún más fuerte e incondicional de lo que jamás imaginé.

Lo dice con orgullo.

Aprieto la mandíbula hasta que me duele. Cada vez que habla, lo hace como si fuéramos piezas colocadas a su antojo. Juguetes. Ensayos. Una colección de vidas rotas para satisfacer su capricho.