Capítulo 5
La voz de la conciencia
o de la locura
SARA
«Qué estúpida eres…», me digo delante del espejo del baño. ¿Por qué no soy capaz de controlar mi temperamento cuando le veo? Así no lograré que vuelva a mi lado. No aprendo.
Ojalá pudiera borrarlo de mi cabeza, de mis recuerdos, de mi memoria. Ojalá pudiera revivir por diez minutos o diez segundos el tiempo en que fuimos felices y arrancarme de cuajo el momento en que me abandonó…
Hace dos meses…
Noelia suelta la noticia. Mi hermana y ella lo celebran, pero yo me quedo muda. No puede ser verdad… ¿Cómo ha pasado? Nadie me había dicho que algo así podía provocar semejante desasosiego. De ningún modo puede ser bueno.
Pero cuando tía Elena irrumpe en la estancia y celebra la noticia, me dejo llevar y me permito ilusionarme. ¿Y si soy yo la equivocada? A punto de marcharnos, titubeo. Me falta información y le pregunto a Noelia:
—¿De cuánto estoy?
La inquietud me asalta, pero su respuesta es como una patada.
No… no puede ser. Maldita sea.
Fuera de la clínica, Noa me pregunta:
—¿Qué te pasa? Y no me digas que nada. Esos nervios gritan que…
La interrumpo.
—Tengo que hablar con Óliver.
Busco mi móvil y le envío un WhatsApp. Necesito verlo ya y explicarle lo ocurrido. No me lo va a perdonar. Esta vez no. Me contesta casi de inmediato. Nos vemos en nuestra habitación.
—¡Es verdad, Óliver! Va a ser padre —dice mi hermana emocionada—. Me encantaría ver su cara cuando se entere. Dará botes de contento.
Su entusiasmo hace que mis nervios aumenten. No será tan bonito como lo describe; sigue parloteando hasta que le suelto la bomba. Para en seco y yo aprovecho para marcharme sin darle la oportunidad de replicar.
Me espera sentado en la cama. Se levanta en cuanto me ve. Está nervioso, teme lo peor… Aunque ignora que lo peor es lo que estoy a punto de soltarle.
—Estoy embarazada.
Tarda unos segundos en asimilar la noticia. Debo tener cara de apaleada, pero no repara en ello.
—¡Es maravilloso! —exclama.
Se acerca a abrazarme para festejarlo. Doy un paso atrás. No puedo mentirle. No a él. Es un hombre bueno y merece la verdad, aunque signifique perderlo. Le confieso de cuánto estoy y no tarda en darse cuenta.
—¡Hijo de puta! No se cansa…
Se acabó. Coge una bolsa y se pone a meter sus cosas de cualquier manera.
—Por favor, Óliver, no permitas que gane. Te lo ruego —le suplico.
Veo en sus ojos que lo va a hacer. Y mientras lloro y le imploro perdón, una voz en mi interior me dice : déjalo ir, no lo necesitamos . No entiendo de dónde sale esa idea. La ignoro, pero me temo que será inútil convencerlo de lo contrario.
—¿Qué no le permita ganar? Nena, juega con nosotros a su antojo. Soy su marioneta y tú, su obsesión. No tenemos futuro o no lo tenemos en esta vida. Esto me supera.
Sigue recogiendo sus pertenencias y yo trago saliva para evitar derramar agua a raudales.
—Pongamos de nuestra parte. Que no sea él quien diga la última palabra. Si no hacemos nada...
—No puedo. Lo siento. Sé que te fallo de nuevo, pero esto me supera. ¿Qué será lo siguiente? ¿Lo sabes? ¿Podemos saberlo?
—No cambiarás de opinión, ¿verdad? —le pregunto en un susurro.
—Necesito tiempo. Te quiero y eso no va a cambiar, pero ¿qué certeza podrás tener de que yo soy yo? ¿Qué será capaz de hacerte a ti? —Cierra la bolsa del tirón—. Vuelvo a mi ático, a los laboratorios.
Se acerca, deja la bolsa a sus pies y me besa como si fuera la última vez.
En el beso hay una despedida que ambos reconocemos y las lágrimas brotan antes de que pueda contenerlas.
Se aparta despacio, recoge sus cosas y sale.
Yo permanezco inmóvil, con los ojos perdidos en la nada.
En un instante, la vida me arrebata el regalo más precioso que me había concedido.
En medio de esta desazón, mi voz interior se abre paso: Estás mejor sin él . Confía en ti. No lo necesitas.
Y, con la certeza de que esas ideas no salen de mí, grito al cuarto vacío:
—¡Cállate, maldita sea! Ni en el cuerpo de Óliver ni en mis pensamientos. ¡Vete a la mierda y déjame en paz!
Espero respuesta, pero en mi mente solo queda vacío. Óliver tiene razón: ¿qué será capaz de hacer con nosotros todavía?
Llega un mensaje al móvil que me devuelve a la puñetera realidad. Mi obligación ahora es dejar de darle vueltas al pasado y centrarme en la lucha que debemos librar. Miro la pantalla: es Nati. Quiere saber dónde estoy. Retomo el paso hacia la cafetería mientras mi cabeza sigue en bucle.
Entiendo que le cueste asumir mi nuevo estado, pero la frialdad y la lejanía con la que me trata no la acepto.
Yo misma tendría que ignorarlo, olvidarlo, pero qué fácil es decirlo.
No dejo de pensar en él, en sus palabras, en sus miradas, en cada gesto.
Hace dos meses que se fue y mi mente no ha dejado de reunir cada instante junto a él y de recrearse en ello.
Y, sin embargo, el distanciamiento y su actitud me hacen mella y temo que diluyan mis sentimientos convirtiéndolos en un mero recuerdo.
Me salva estar rodeada de gente maravillosa que cuida de mí y de mi bebé. Estaría en una depresión si no fuera por ellos.
Nati está sentada al fondo del comedor, en una mesa pegada a los ventanales. Sabe que necesito tomar algo de sol y no lo hago. No tiene más que verme el careto y se levanta preocupada.
—¿Estás bien?
Me dejo caer en la silla con desgana.
—Me he tropezado con Óliver…
—Joder. ¿Qué hace aquí? —pregunta molesta.
Sigue sin llevarse bien con él. Desconfía de sus intenciones, aunque nunca me ha explicado por qué.
—Tiene una reunión con tu madre y con mi padre… Traidores.
Me molesta que no me lo hayan dicho. Deben creer que son cosas de pareja y que nuestra separación será momentánea.
—¿En serio? Qué raro… Mamá no lo tiene agendado y no ha comentado nada de una reunión con él.
Ahí está de nuevo mi amiga, la desconfiada y protectora. La quiero, pero no puede estar tan pendiente de mí y pensar que estamos rodeados de traidores. Aunque lo de Antonio —o, mejor dicho, Jacobo— le ha superado. No lo vio venir, nadie lo hizo.
—Y luego soy yo la recelosa —le digo.
Me tomo un sorbo del zumo de manzana que me tiene preparado junto con un bol de cereales con yogur. Antojos que no he solicitado.
—He tomado las escaleras para hacer ejercicio y ahí me lo he tropezado.
No entiendo qué culpa me ve si fui víctima del engaño de un indeseable.
Por un momento estuvimos muy cerca y te juro que aquello…
quemaba. —Nati me está mirando como si se alimentara de ello—, pero se niega a aceptar que hay lo que hay. Es una mierda.
—Tengo mis motivos para no confiar en él. Es un tío que abandona a los demás en cuanto dejan de servirle para sus intereses. No lo ves porque estás enamorada. Sara, hazme caso: no te merece —dice con un tono cargado de rencor.
—¿Qué no me cuentas? Te conozco y tú no eres tan visceral si no te dan un buen motivo.
Ella es noble, comprensiva y con una manga ancha como nadie; no le cuesta nada dar segundas oportunidades a la gente. ¿Por qué a Óliver no?
—Bobadas, cosas mías. Ya te lo contaré —contesta esquiva y sin darme opción de réplica, cambia de tema—: Por cierto, no nos desviemos de lo que importa: ¿cómo van las vacunas? —pregunta cambiando de tema.
—Bien, es la única satisfacción que tengo. El proyecto va bien. Si la inoculamos junto con la del Covid-19 , podremos proteger la perpetuidad de la especie.
—¿Qué no me cuentas? —me pregunta.
El problema de tener una mejor amiga con la que te has criado, es que sabe cuándo le ocultas algo.
—¿Cómo? No sé de qué me hablas —miento.
Nadie, salvo Laia sabe lo que me traigo entre manos.
—Nos conocemos, Sara….
—Cosas mías —le digo repitiendo sus palabras.
— Touché —contesta con una leve sonrisa—. Sabes que no te voy a juzgar sea lo que sea.
—Lo sé. Pasa que acabo de ver al amor de mi vida, que las hormonas dominan mi estado de ánimo y han montado su chiringuito aquí dentro —digo llevándome las manos al pecho—. Estoy cansada. Y hoy estoy más nerviosa todavía porque es cuando conoceré el sexo del bebé. ¿Te parece poco?
—¡Ay!, mira que eres cabezota. Podías haberlo sabido hace tiempo con la analítica, pero te has empeñado en hacerlo a la antigua.
No tener a Óliver a mi lado me permite llevar mi embarazo como me da la gana.
Alguna ventaja tengo que verle al asunto.
Y aunque les traigo de cabeza, he querido tomármelo con calma y hacer las cosas como antes.
¿Romántica o estúpida? Me pueden tachar de lo que quieran, pero así es como lo quiero hacer.
—Me hace ilusión saberlo a través de la ecografía. Para ciertas cosas, soy una anticuada. —Hago una pausa y añado—¡Qué raro! ¿Dónde estará Noa?
—Pues sí; es la primera interesada en no perderse nuestras reuniones improvisadas. Voy a llamarla. Con un poco de suerte se ha encontrado con tu ex y le está dando una paliza —dice riendo.
Pongo los ojos en blanco y, cuando voy a regañarla, aparece mi hermana como un torbellino. Viene agitadísima, ni que hubiese corrido un maratón.
—¡Vaya! ¿Te picaron las orejas? Estábamos criticándote —le digo guiñándole un ojo a Nati.
Me mira poniendo cara de asco y contesta:
—Algunas tenemos trabajo y no podemos zafarnos con tanta facilidad. ¿Ya comieron y no me esperaron, pedorras?
—Sé puntual y te esperaremos. Además, solo he comido yo.
—Lo dicho, son unas pedorras. Me piro.
Se va a girar, pero primero se agacha, me besa la barriga y se da media vuelta. ¿A qué vienen esas prisas?
—¿Viste a Óliver? —le pregunta Nati.
Me tenso; sé que la conversación que está por venir no me gustará. Mi hermana para en seco y nos mira.
—¿Qué hace este gilipollas aquí? No te lo habrás cruzado…
Mi cara es un poema que no admite interpretaciones.
—¡Me cago en su…! Si me lo tropiezo, lo mato.