capítulo 4 #3
—Nena, me encantaría quedarme así toda la vida. Lástima que tengamos obligaciones.
Hace un puchero y, seguido, se levanta a regañadientes. Nos vestimos, recogemos cualquier pista de nuestra fiesta privada y me dice:
—¿Me lo pones?
Me enseña el colgante. Tengo que perfeccionar el cierre, que se ha soltado en los arrebatos de la madrugada. Me acerco y ato el cordón lo mejor que puedo alrededor de su cuello.
—Siento que no sea una joya… Algún día te regalaré algo mejor.
—Nada será mejor que algo hecho por ti.
Nos besamos por última vez y salimos con discreción. Ella se dirige a su habitación y yo voy a darme una ducha.
Me siento… feliz. Ha salido mejor de lo que imaginaba. La quiero. Siempre lo he sabido, pero decirlo en voz alta ha sido otra cosa. Una liberación… y un regalo.
Los días siguientes comienzan a complicarse.
Primero, la preocupación por la salud de Sara.
Nos trae de cabeza la incertidumbre; seguimos sin saber la causa y me frustra no poder hacer nada.
Y segundo, el hecho de que no consigo avanzar en mi investigación para romper los lazos con el Núcleo.
Estoy atascado. Necesito ayuda, pero ¿de quién?
Tras los resultados de la analítica, Noa me escribe contándome la buena nueva, aunque me da un dato que me desconcierta: el bebé no es de mi amigo.
Dejo el informe que tengo entre manos y voy en su busca.
La noticia debe haberlo destrozado. Nos cruzamos en el ascensor; lleva un petate y se dirige al puesto de mando a comunicar su inminente marcha.
Intento hablar con él, pero su enfado es evidente.
No intervengo. Espero a que salga del despacho de la general y lo acompaño al garaje.
He ordenado que lo lleven adonde necesite.
Antes de subirse al coche y, aprovechando que nos hemos quedado a solas, le digo:
—Lo siento, tío. No me hago una idea de cómo estás. Menuda mierda.
No le pregunto quién es el padre. No me interesa; me importa él.
—Si puedo hacer algo por ti, solo dímelo.
—Gracias, hermano. Eres el único que no ha intentado convencerme de lo contrario ni me ha preguntado más del tema. Conozco a Noa lo suficiente… y estoy seguro de que te lo ha dicho.
—Entiendo que necesites tiempo.
Es lo mínimo que puedo hacer. Óliver se ha convertido en un pilar importante para mí. Nos apoyamos cuando yo me sentía devastado por la traición de Marco y él por la de Sara. Soy el único que sabe lo que pasó en el barco. No se lo he contado a Noa por respeto a mi amigo.
Y, de pronto, otra pieza se pone en su sitio. Entiendo de quién es el bebé.
¡Joder…! ¡Qué putada!
—Ahora no puedo estar aquí. No la quiero abandonar, pero tengo que hacer algo y cuanto antes. Necesito pedirte un favor.
—Dime, tío. Haré lo que quieras. Te debo mucho —le respondo.
—No me debes nada, somos amigos. Lo que he hecho ha sido porque he querido. Solo quiero que cuides de ella. Sé que esto la va a destrozar, pero si todos se vuelcan…
Deja la frase en suspenso. Lo está pasando mal, aunque hace esfuerzos por mantenerse entero.
—La cuidaré. Te lo prometo.
—Es fuerte y saldrá adelante. Yo… yo ahora no puedo estar con ella. Antes tengo que ocuparme de…
Se calla. La desconfianza nos acecha desde cualquier esquina y el recelo es máximo, así que me arriesgo:
—Cómo romper el vínculo, ¿verdad?
Me mira sorprendido. Se envara. Sabe que soy leal a la Fracción y teme que lo considere un traidor.
—No te preocupes. Pese a mi fe inquebrantable, no confío en Aarón. Te confieso que llevo tiempo trabajando con Noa en ello, sin mucho éxito.
—¿Cómo no me has dicho nada? Yo estoy deseando cargarme a ese hijo de puta.
—No es un tema que se pueda ir compartiendo a la ligera, ¿no crees? Me cuesta confiar, no te lo voy a negar.
—Ya. Lo entiendo. Puedes confiar en mí. Ten en cuenta que, estando fuera, podré moverme sin levantar sospechas. Pásame lo que hayas averiguado y te prometo que le daré prioridad. Acabemos con él. Tiene que haber una manera.
La furia le ofusca, pero también lo impulsa. Es un buen aliado.
—Deja que lo hable con Noa y te mando la información. Ella tuvo la idea; yo solo intento ejecutarla.
—Dile que quiero a su hermana por encima de todo, pero mi obligación es romper el vínculo. De lo contrario, nada me asegura que ese cabrón no me robe más momentos importantes.
Asiento. Podríamos tener una conversación larga al respecto. Quizá más adelante.
—Debo marcharme. Estamos en contacto.
Nos damos un breve abrazo. Le deseo suerte, le prometo mantenerlo informado y le aseguro que cumpliré mi palabra.
Lo veo alejarse y siento que, por fin, estamos en el camino de acabar con este delirante asunto.
Desde entonces, no hemos parado de trabajar. Él, desde fuera; nosotros, desde dentro. No ha vuelto con Sara ni se ha dejado ver más por el cuartel. Es algo secundario por el momento.
Lo mejor es que hemos avanzado en nuestras pesquisas. Compartir con Óliver el plan ha sido un acierto, porque con su memoria y su habilidad para las regresiones tenemos muchas posibilidades de lograrlo.
Noa y yo lo esperamos en nuestro lugar secreto para hablar de los avances. Entra sin llamar; le hemos facilitado un pase para que no lo descubran. Llega tarde; no es propio de él.
—Lamento el retraso —dice esforzándose en recobrar el aliento.
—¿Qué ha pasado? Te percibo nervioso —le pregunta Noa.
—No tenemos mucho tiempo. Acabo de concertar una cita con Elena para contar con una tapadera. De camino aquí me he tropezado con… alguien.
Deja la frase sin terminar.
—¿A quién has visto? —pregunta Noa.
Encuentro irrelevante esa información. ¿Por qué insiste?
—Ahora no. Debemos centrarnos. Tengo que subir al puesto de mando en nada.
Y necesito que investiguen a cierta persona que puede ser clave para la resolución de nuestro dilema.
No sé cuándo podremos encontrarnos de nuevo.
Estamos liados en los laboratorios que tengo bajo mi mando.
Fuera el mundo está caótico y nadamos contra corriente.
Noa no deja de encararlo, como si supiera algo más que yo no alcanzo a percibir.
—¿Óliver?
—¡Joder, Noa! Me he tropezado con Sara. ¿Satisfecha?
—No… Esto es otra complicación. —Mira su móvil, muy seria, y añade—: Les dejo. Ya me pones luego al día —me dice— Y tú sé más cauteloso, ¡coño!
Intercambiamos documentos, una breve conversación y también se va.
Me quedo a solas, pensando que, a medida que voy descubriendo la historia, mi lealtad se ve comprometida.
No quiero apartarme de la misión, pero no puedo evitar la sensación de que nos hemos empeñado en defender una causa perdida.
Cuanto más indagamos, más claro tenemos que el responsable de esta guerra no es otro que Aarón y que debemos detenerlo.