La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) capítulo 4 #2
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capítulo 4 #2

—Esto… No sé qué hacer. Nunca he tenido novia, así que nunca he tenido que pensar en algo así.

Odio sentirme inseguro: mostrar sentimientos o vulnerabilidad no es lo mío. Óliver suelta otra carcajada y lo cierto es que me molesta. Se da cuenta y recula.

—Perdona, amigo. No quería reírme, pero me sorprende que alguien tan preparado como tú se descoloque por algo tan sencillo.

—¿Sencillo? —repito.

—Tranquilo. Aquí tienes a un romántico empedernido y con una memoria increíble. Las conozco muy bien, así que te ayudaré con la mejor cita dadas las circunstancias.

—No puede ser en público. Lo nuestro no se puede saber —le explico.

—Cuanto más íntimo, más les gusta a ellas. Créeme. ¿Tienen un lugar secreto donde suelen verse?

Asiento.

—Preparemos allí la sorpresa. A las mujeres de esta familia les gustan los detalles singulares, de esos que les tocan el alma. ¿Puedes hacerle algo con las manos?

Me paro a pensar y se me ocurre una idea brillante.

—Sí, sin problema —le contesto, satisfecho.

Confío en que me dé tiempo. Solo tengo tres días.

—De acuerdo. Busquemos un hueco, me enseñas el sitio y te digo qué hacer.

Nos separamos y yo retomo mi cometido.

En los calabozos desconecto del entorno.

Solo me importa mi deber. Me reúno con el equipo que tengo a mi cargo, un sanitario y un Empaticus que me ayudan con los interrogatorios.

Tras la primera brecha en los sistemas de seguridad, improvisamos unas celdas en los almacenes de la clínica.

No tienen ventanas y cuentan con buena ventilación.

El cuartel no está preparado para alojar prisioneros.

Sabíamos que la guerra estaba cerca, pero confiábamos en pararla antes de que comenzara.

El sanitario le administra el suero de la verdad al recluso que tengo delante.

Procedo con el interrogatorio. No es la primera vez que lo someto a una sesión de estas, así que hoy no tengo prisa ninguna; necesito precisión.

Se sienta en la silla de metal y lo esposamos a la mesa.

—Ya nos dijiste que llevas mucho tiempo siendo leal a Jacobo y su hermano. Eres un miembro valioso; no obstante, nadie ha venido a rescatarte. Si de verdad lo eres, sabrás cuáles son sus próximos pasos —le digo, sentado frente a él.

—Soy muy valioso y sé mucho, pero no diré nada —responde frotándose las manos.

Sigue evitando que nuestros ojos se encuentren. Eso siempre es una grieta. La gente no mira a los ojos cuando sabe que no puede ganar.

Me inclino un poco hacia delante y mantengo un tono de voz moderado.

—Te equivocas de estrategia. No estoy aquí para escucharte decir lo fuerte que eres. Estoy aquí para ver cuánto tardas en romperte.

El Empaticus me confirma lo que ya sé: el pulso ha cambiado. Miedo contenido.

—¿Sabes por qué te he elegido a ti? No porque seas importante, sino porque eres Memories. Y los Memories siempre creen que saben más de lo que dicen… hasta que dejan de creerlo. O sabes algo o eres un mero sirviente.

Un leve parpadeo.

Bien.

—Yo no les servía. Soy uno de ellos —dice.

«Demasiado rápido», digo yo dentro de mí.

—No, ni mucho menos. Eres alguien que todavía no ha entendido en qué bando está muerto.

Le agarro del pelo —tiene un buen tupé— y lo obligo a mirarme. Ahora sí. Ya no hay seguridad; solo resistencia.

—Soy su mano derecha. Para sirvientes, ya tienen a otros como tu hermano Marco—escupe.

El nombre cae como una provocación deliberada.

Y hace su efecto. Es un golpe bajo; consigue que algo en mí se rompa antes de que pueda evitarlo.

Lo agarro de nuevo del pelo y golpeo su sucia cabeza contra la mesa. Una vez. Dos. El sonido es seco, demasiado familiar.

El Empaticus interviene. No lo hace por control. Está alerta.

Me detengo. Respiro. Tardo un segundo más de lo que debería en soltarlo.

Demasiado.

Salgo de la sala con la respiración cortada. No por el esfuerzo. He estado a punto de hacer algo de lo que me arrepentiría.

Le pido al Empaticus que estabilice mis emociones. Y vuelvo. Frío. Preciso. Implacable.

Tengo que averiguar como sea los pormenores de la traición de Marco.

Después de cumplir con mis obligaciones, me reúno con Noa.

Poco a poco, se va recobrando y es ella de nuevo.

Aunque los cometidos que desempeña la han mellado, es fuerte, testaruda y no deja que la situación la supere.

Admiro su determinación y ese empuje que debe haber heredado de su madre. Otra en su lugar ya habría abandonado.

Llega la víspera de su cumpleaños. Estoy nervioso. Aunque con la ayuda de Óliver he planificado la sorpresa como merece, reconozco que las muestras de afecto me incomodan. No estoy acostumbrado.

Decido sorprenderla a las doce de la noche. El día de su cumpleaños la familia querrá pasarlo con ella y yo no podré estar presente; ante el mundo, somos solo colegas.

Sara me ayuda a mantenerla ocupada hasta esa hora. No es la primera vez que quedamos tan tarde; a veces tenemos jornadas interminables.

Le envío un mensaje a las doce en punto:

«Felicidades, amor. ¿Nos vemos donde siempre?»

Me contesta con emojis de ojos con corazones y besos.

La espero dentro; no habrá mucho movimiento a estas horas, pero no podemos arriesgarnos a que nos vean. Estoy nervioso. Creo que Óliver se ha pasado. Voy a quedar como un imbécil. Me estoy rayando.

De pronto, la puerta se abre. Entra como una ardilla y la cierra.

En cuanto se gira y ve lo que hay preparado, se lleva la mano a la boca y abre mucho los ojos.

Me encuentra sentado sobre una manta, con pétalos de flores, una cubitera con Coca-Cola y un picnic: con fresas bañadas en chocolate, unos mini sándwiches de aguacate y chips de batata, sus favoritas. Se abalanza sobre mí y rompe a llorar.

La estrecho entre mis brazos sin saber qué decir. Me desconcierta. Quizá no le ha gustado.

—Es… maravilloso.

Respiro aliviado. Por un momento dudé si era un gesto de alegría o de decepción.

—¿Te gusta? —pregunto para cerciorarme.

—Me encanta. ¿Cuándo lo has hecho? No sabía que eras tan detallista ni tan romántico.

Me tenso. No quiero mentirle y no lo haré.

—Quizás tuve ayuda.

Se ríe como hacía tiempo que no la veía: ha merecido la pena.

—Con ayuda o sin ella, me has dejado sin palabras. Muchas gracias, amor.

Me da pequeños besos por la cara, repitiendo el agradecimiento. Yo sonrío como un niño. Su reacción es más de lo que esperaba.

Se sienta sobre la manta y los almohadones. Aprovecho para sacar de uno de los bolsillos de mi pantalón una cajita que le entrego.

—Espero que te guste. No he tenido oportunidad de salir de estas cuatro paredes, así que te he hecho algo.

Es una niña sujetando un pequeño cofre del tesoro en sus manos. La abre y se le llenan los ojos de lágrimas y yo vuelvo a desconcertarme.

—¿Te gusta? —le pregunto.

Se recrea mirando el diminuto corazón de madera y hace oscilar el cordón.

—¿Cómo…?, ¿de dónde…? —Me encanta verla así—. ¡Pónmelo!

Le retiro el pelo del cuello.

—Te he preguntado si te gusta…

—¿Estás de broma? ¡Me encanta! ¿Lo-lo has tallado tú? —dice palpando el colgante, emocionada, incapaz de dar crédito.

Sonrío satisfecho.

—No te he contado que mi abuelo era ebanista. De niños pasábamos los veranos en Italia: mientras Marco aprendía a cocinar con la nonna, yo prefería estar en el taller con el nonno , aprendiendo el oficio. Llevaba mucho sin hacerlo. Me ha gustado reconectar con esa parte de mí.

Le sostengo la barbilla y le seco otro par de lágrimas mientras no deja de mirarme con una carita que me estremece.

—Estimado coronel, es usted una caja de sorpresas. —Hace una pausa para recomponerse y añade—. Es el detalle más bonito que has podido tener y el regalo es… ¡Lo adoro! Te quiero —dice sin pensar.

Acto seguido, se tapa la boca y frunce el ceño. ¿Teme mi reacción? Sin pensarlo —algo que no acostumbro a hacer—, le respondo:

—Yo también te quiero.

Se acerca y me da un beso que empieza siendo tímido y que progresa a ardiente y muy deseado. Tengo un autocontrol envidiable, pero hoy lo dejo a un lado.

Nos dejamos llevar por lo que sentimos, por lo que llevamos tiempo conteniendo. Cuando estamos a punto de cruzar ese límite, mi instinto protector —ese que me vigila e impide que haga nada para lo que quizá no está lista— se impone.

—Nena, ¿estás segura?

—Sí, lo estoy. No quiero esperar más.

La beso como si temiera romperla, hasta que pierdo toda precaución. Acaricio la piel tersa de su rostro y admiro la perfección de sus rasgos, tan pizpiretos a la vez, y ese talle tan firme me pone eufórico. Cuando planeé la velada, no imaginé este final… por más que llevase tiempo deseándolo.

Nos entregamos desde el deseo y también desde algo más profundo. Hay nervios por su parte al principio, pero poco a poco se relaja, confiando en mí, en esto que crece entre ambos.

Cuando terminamos, me entretengo acariciándole la espalda. Ella se yergue y, juguetona, se pone mi camiseta. Yo me coloco el bóxer. Compartimos la comida entre risas y miradas cómplices. No puedo evitar pensar en lo mucho que deseo perderme en ella de nuevo… y no dejo pasar la oportunidad.

Después, se queda dormida entre mis brazos. La observo en silencio. Es difícil comprender cómo alguien puede volverse tan importante en tan poco tiempo. Me tiene descolocado… y, sin embargo, las piezas encajan.

Debo cuidarla. No me queda nadie salvo ella.

El recuerdo de mi hermano regresa. Es inevitable. Me duele no haber visto venir su traición, no entender qué le llevó a ese camino. Me brota un enojo que amenaza con cargarse esta noche perfecta y la aparto.

Quedan pocas horas para que el cuartel emprenda su actividad frenética. Si no queremos que nos descubran, es hora de marcharse.

Le acaricio las mejillas, la frente, los labios.

—Nena, despierta. Debemos irnos…

—Hum… —balbucea mientras se despereza.

—Venga, bella durmiente. Espabila, que como nos pillen me la cortan…

No termino la frase porque me besa y añade:

—Que se atrevan… los reviento uno a uno.

Reitera los besos; su intención es evidente. Se ha despertado traviesa y yo no me quejo de este tipo de «desayunos», pero no puedo seguirla.