capítulo 4
Demasiadas incógnitas
ÓSCAR
Mis únicos objetivos son protegerla y devolver el equilibrio al mundo. Desde la traición de mi hermano, ella y la misión son mi única prioridad.
No puedo fallar.
Su bienestar me trae de cabeza. Tiene demasiada responsabilidad y es muy joven para cargar con todo esto.
La vigilo de cerca. Su salud mental me preocupa. Nadie debería pasar por lo que ella ha pasado.
Aún recuerdo la primera vez que tuvo uno de esos episodios que ella llama apagones. Creí que la perdía.
Unos meses atrás…
En el cuartel hay un gran revuelo cuando salgo de los calabozos tras interrogar a los prisioneros. Se ha convertido en una ocupación nueva para mí desde la muerte de la general. Necesitamos adelantarnos a ellos, descubrir sus próximos pasos, para cerrar este episodio por fin.
—¿Qué ocurre, soldado?
—La señorita Noa ha desaparecido.
El corazón me da un vuelco. No puede ser. ¿Otra vez? Tiene que ser una broma. Las instalaciones son inquebrantables. Me he asegurado personalmente de ello.
Tras revisar las cámaras y comprobar que las puertas no se han abierto —salvo para los repartos de hielo, nuestra tapadera—, salgo en su búsqueda: recorro pasillos, salas, laboratorios, almacén, cocina, comedores, habitaciones, biblioteca, terrazas, atento a cualquier señal.
Ni rastro. Entonces caigo en la cuenta de algo. ¡Cómo no se me ha ocurrido antes!
De camino, Sara me intercepta.
—¿Te has enterado? —me pregunta.
—Sí, claro —contesto, cortante.
No quiero detenerme.
—Estoy preocupada. Intentaba traer de vuelta a una chispa, se ha puesto a gritar y, de golpe, ha salido corriendo. Nadie la encuentra.
Dudo un segundo si revelarle lo que sospecho.
—Creo que sé dónde puede estar. Le ruego que me deje intentarlo. La mantendré informada. Confíe en mí.
Veo la duda en sus ojos. No la culpo. Después de lo ocurrido, ya nadie se fía de nadie; o cuesta hacerlo. Por fin asiente y yo retomo mi camino.
Me la encuentro en nuestro rincón secreto, sentada en el suelo, hecha un ovillo y respirando con dificultad. Me acerco despacio. Me siento a su lado y la rodeo con los brazos.
—Cariño, ¿qué ocurre? —le pregunto.
Levanta la cabeza y se yergue. Me mira. Pero sus ojos no están aquí. Están lejos, muy lejos; diría que perdidos en un lugar espantoso, a juzgar por lo que dice su cara. No responde. Adopta la misma posición que tenía cuando he entrado, con el rostro escondido entre los brazos.
—Noa, por favor, ¿qué ha pasado? —insisto.
Nada. Ni una palabra. No hay chispa. No hay ironía. No hay nada de ella. Tal vez la he perdido o la estoy perdiendo. Y no lo permitiré. Es la primera vez que estoy dispuesto a saltarme las normas que hagan falta.
Le acaricio el pelo y le susurro:
—Sea lo que sea, lo superaremos. Estoy contigo.
Tras unos segundos que se me hacen eternos, me mira de nuevo.
—No sé si seré capaz de soportarlo. Ha sido… horrible.
Le tiembla la voz. Respira con dificultad. Nunca la he visto así.
—Nena, no te entiendo. Necesito que me cuentes qué ha pasado. Estoy preocupado… Habla conmigo, por favor.
Por un instante me planteo levantarla y llevarla a la clínica. Debería verla un médico. Está en un estado de shock más que evidente. Lo he visto antes en compañeros de combate.
Hasta ahora, era como un ángel caminando en un mundo sucio sin marcharse y parecía inmune a cualquier amenaza, pero ahora… Abre la boca como para decir algo. Aguardo sin atosigarla:
—La he perdido… —Se lleva la mano a la frente y cierra los ojos—. No he podido salvarla. Ha sido… aterrador. Tengo su grito aquí. —La mano se mueve al oído—. No lo soportaré. Esto no.
¿A quién se refiere? La abrazo con más fuerza. Mi parte racional me grita que la lleve a la clínica. Pero mi parte emocional —esa que desatiendo y que desde que estoy con ella va pesando más— me pide que espere. Que le dé tiempo.
—Noa…, sigo sin entenderte. Quizá deberíamos ir a que te examinen.
—¡No! —grita—. No necesito un médico. Necesito tiempo… para asimilarlo. Tengo que encontrar una solución.
Al menos, las pocas frases que logra articular son coherentes. No soy Empaticus, pero estoy bien entrenado para detectar mentiras y testimonios falsos.
—Vale, de acuerdo. Dime qué puedo hacer, cómo puedo ayudarte.
Suena más a una orden que a una petición. A veces no puedo evitarlo. Mi formación no ha hecho más que intensificar una cualidad que es innata.
—Tranqui; no soy un soldado al que puedas mandar.
Sonrío ante su respuesta. Aún está ahí. La chica que ha puesto mi mundo patas arriba no se ha ido.
Se gira para observarme al ver que no digo nada. Le dedico una mueca cómica y pongo los ojos en blanco. Logro que la comisura de sus preciosos labios se curve ligeramente. Me doy por satisfecho.
—No quería asustarte; perdona —dice más calmada—. Dame un minuto y te cuento lo que me ha pasado. ¿Me abrazas un poco más? Me ayuda.
La acurruco entre mis brazos y espero a que se sienta preparada.
—He perdido a una chispa…
Esboza un puchero y la barbilla le tiembla.
—¿Cómo que has perdido a una chispa?
—Estaba convenciéndola para que volviera al cuerpo que le teníamos preparado y, de pronto, su luz vibró, como si parpadease. Percibí que algo no iba bien… Lo siguiente fue un grito que me taladró el alma. Supe que se moría. Acto seguido, se apagó. Se evaporó.
Se aferra a mí con fuerza, como si yo fuera un escudo. Y yo la estrecho con la misma intensidad.
—Tengo ese grito metido en la cabeza. Es imposible explicarlo y tampoco entiendo cómo ha podido pasar. No sé cómo, pero no puedo permitir que algo así se repita o me destruirá.
—No puedes cargar con esa responsabilidad sola. No sabemos cómo funciona el otro lado… Solo el Núcleo puede intervenir allí. Podríamos intentar contactar con él para que nos ayude. Y deberías compartir lo ocurrido con los demás. Podemos encontrar una solución juntos. Tú sola, ni lo sueñes.
Hablo sin pensar. Busco una salida. Y lo tengo claro: nada de cruzadas solitarias.
—¡Pues ya ves lo que le importamos al puto Núcleo! —responde con rabia—. No lo veo intentando ayudarnos. Está tan obcecado con mi hermana que se olvida del resto. Tenemos que dar con otra manera de salvarlas.
Ha sonado casi como una orden y la entiendo. El Núcleo se entromete a voluntad y mi propia fe en él vive horas bajas. No se lo digo porque desconozco qué otra vía podríamos explorar y prefiero ser prudente. Lo que me importa es que sepa que estoy con ella.
—Haremos lo que podamos. No será sencillo, pero si es lo que necesitas, investigaré. Aunque sigo pensando que Aarón podría ayudarnos…
Me interrumpe, enfadada.
—¡Joder, Óscar!, ¡no me escuchas! Tiene que haber una manera sin involucrar a ese imbécil.
Si Jacobo creía que podíamos sobrevivir sin el vínculo, es porque encontró algo.
Y si lo encontró, no puede ser el único.
Debe haber alguien que conozca los oscuros secretos de Aarón y cómo funciona ese puñetero mundo.
Estoy segura. No me preguntes cómo lo sé, pero lo sé.
—De acuerdo, nena. Te prometo que haré lo que esté en mi mano para averiguarlo. No descansaré hasta encontrar algo… o a alguien que nos ayude. Mientras tanto, deberías pedir ayuda para lidiar con esas pérdidas…
—Apagones.
—¿Disculpa?
—Así deberíamos llamarlos. Es lo que ocurre: se apagan…
Su voz está cargada de tristeza.
—Prométeme que buscarás ayuda para gestionarlo. No quiero que esta situación te consuma. Y lo hará si no la controlas.
—Soy más fuerte de lo que crees —dice con su timbre de voz recobrado.
—Noa, promételo. Situaciones así son lo primero que hace perder la cabeza a cualquier soldado. Bloquean el pensamiento racional o la capacidad de pensar con claridad. Están entrenados y, aun así, caen. Tú no eres diferente. Debes hacerlo, nena.
La obligaré si es necesario. Si ella es tozuda, yo más. Se levanta y me dice:
—Lo haré. Te lo prometo.
La vibración de mi móvil me recuerda que no estamos solos y que hay alguien más preocupado por Noa. Es Sara. Le respondo que estoy con ella, que vamos para la clínica. Que le conviene una revisión.
Me he adelantado y lo sé, pero de esta no escapa. Más repuesta, Noa accede a hacerse un chequeo a regañadientes.
Allí nos espera Sara junto con Óliver. A mí me reclaman en el puesto de mando, aunque le prometo volver y seguir con nuestro plan.
Al marcharme, mi excompañero de cuarto me dice:
—¿Todo bien?
—Sí, bien; mejor que te lo cuente ella.
—Aunque ya no compartamos habitación, sabes que puedes seguir confiando en mí, ¿verdad?
Asiento, pero voy precavido. Necesito alguna prueba sólida que demuestre que el testimonio de nuestro enemigo es certero. En el poco tiempo que convivimos juntos estrechamos lazos y sé que es de fiar, pero lo que está pasando invita a rodearse de cautela.
—Gracias, lo tendré en cuenta.
Me marcho con la certeza de que las cosas van a cambiar mucho a partir de ahora.
Los días pasan. El ritmo en el cuartel es frenético y nos deja poco tiempo para distracciones. Noa comparte la historia de los apagones junto con su inquietud por intentar evitarlos a toda costa. Muy prudentemente también, no menciona nuestros planes de desvincularnos del Núcleo.
Lleva mejor la situación y ya no se atormenta tanto ante las pérdidas, aunque le pesan. Su gracia y su espontaneidad siguen ahí, pero no las muestra tanto como me gustaría. Yo sigo con mi trabajo de interrogar a los prisioneros.
De camino a los calabozos, me tropiezo con Óliver.
—¿Cómo vas? —me pregunta.
—Bien, en orden. ¿Y tú?
—Mejor, en marcha, y es de agradecer. ¿Le has preparado algo especial?
La pregunta me pilla desprevenido porque no sé a qué se refiere.
—¿Algo especial?
—Macho, en tres días es el cumpleaños de Noa. Supongo que compartirás algo bonito con ella, ¿no? Que estemos en guerra no tiene que impedir que seas detallista.
Debo haber puesto cara de lelo, porque suelta una carcajada. ¡Mierda! No lo sabía. Si me lo dijo en algún momento, o no lo registré o se me ha pasado por alto. Si hasta me olvido de cuándo es el mío…
—¿Qué ocurre? —pregunta Óliver.