capítulo 3 #4
Sara y Óliver están muy compenetrados de nuevo y Óscar y yo nos hemos puesto ya a investigar cómo llevar a cabo nuestro plan.
Poco después, a mi hermana le sobreviene un malestar que no sabe definir.
Le hacen pruebas, pero no consiguen dar con la causa de su malestar.
De camino a la clínica para conocer los resultados de una analítica más detallada, siento una presión en el pecho que me angustia.
Pido no sé a quién que no sea nada malo.
En cuanto entramos en la planta, nos sorprende encontrar a Noelia en lugar del doctor Fernández. La abrazamos y nos sentamos. ¿Tiene mala cara o son aprensiones mías? No tarda en sacarnos de dudas:
—¡Enhorabuena! Estás embarazada —dice con una sonrisa ancha.
—¿En serio? ¿Qué dices? ¡Qué sustooo!… —digo, entre sorprendida y aliviada—. Jolines.
Ella se ríe y yo me contagio. Por fin, una buena noticia. Quizá no es el mejor momento, pero estoy feliz. Voy a ser tía… y tengo la certeza de que saldremos de esta.
—En cuanto vi los resultados, le pedí a Pedro ser yo quien les diera la noticia. Me hacía mucha ilusión. Verás la cara que pondrá Óliver. ¿Por qué no ha venido?
Mientras nosotras lo celebramos, mi hermana no dice nada. Se queda inmóvil. Con la mirada perdida. Muy pálida. Ya no parece asustada; peor aún: parece aterrada. Hay algo que nosotras no sabemos.
Me giro hacia ella.
—¿Estás bien?
Me ignora y se dirige a Noelia:
—Es imposible. Tiene que haber un error.
—Lo siento, Sara. Está claro lo que hay. Los resultados en sangre nunca fallan; lo sabes —responde Noelia con dulzura.
¿Qué tiene Sara? ¿Por qué pone esa cara? Entiendo que le preocupe traer un hijo a este mundo caótico, pero sigue siendo una buena noticia. Una de las pocas que hemos recibido últimamente.
—¡Joder! Tomo anticonceptivos. ¡No es posible! —dice consternada.
Su angustia va en aumento y hace preguntas que no tienen sentido. Conoce las respuestas mejor que nadie.
Se abre la puerta y tía Elena entra en la sala.
—Disculpa la demora, Noelia. Me entretuvieron en el puesto de mando. ¿Sabemos ya la causa de…? —señala a Sara y deja la pregunta en alto.
Se sienta a su lado y le toma la mano.
Desde que falta mamá, está muy pendiente de nosotras. Y, pese a su apariencia juvenil, su aplomo y esa manera de estar presente muestran a las claras que Elena nos cuida… y nos vigila.
Sara calla. Noelia tampoco dice nada; si alguien tendría que decir algo, es mi hermana, pero yo, que no tengo filtros, me adelanto y suelto:
—Está embarazada.
La susodicha cierra los ojos para no fulminarme con la mirada. Noelia pone cara de asombro; sé que tampoco aprueba mi intervención. Elena, en cambio, abre la boca y los ojos cuanto puede:
—¡Qué noticia tan maravillosa! Enhorabuena, cielo.
—¿Cómo puedes decir eso? No es momento. No estoy preparada…
Se viene abajo. Yo me acerco y la abrazo.
—Cielo, para tener un bebé nunca hay un buen momento y jamás nos sentimos preparadas, pero siempre son una bendición y un motivo de alegría.
Necesitamos buenas noticias. Es un regalo, disfrútalo…
No tendrás otra experiencia igual. Es natural que tengas miedo, aprensiones…
Ya lo hiciste una vez, y se te dio de maravilla.
—Hace una pausa y exclama—: ¡Voy a ser abuela! ¡Qué alegría!
Me echo a reír. Ver a una chica que aparenta tener la misma edad decir que va a ser abuela… es muy cómico. Noelia se contagia y terminamos riendo.
En esas risas hay nervios, inquietud, alegría y también tristeza. Despedir a mamá y dar la bienvenida a otro miembro de la familia casi al mismo tiempo no puede sino provocar sentimientos así. La expresión de mi hermana se ha suavizado. Fuera de la consulta, se gira hacia Noelia y le pregunta:
—¿De cuánto estoy?
Por cómo se lo pregunta, deduzco que hay gato encerrado ahí.
Noelia le habla de semanas, algo que me irrita. Me cuesta calcular los meses; no soy Sabius y las mates no han sido nunca lo mío.
El humor de mi hermana cambia de nuevo. Su corazón se acelera.
—¿Qué te pasa? Y no me digas que nada. Esos nervios gritan que…
Me corta como si me diera un zarpazo.
—Tengo que hablar con Óliver.
Saca el móvil y le envía un WhatsApp. Su expresión se ensombrece aún más.
—¡Es verdad, Óliver! Va a ser padre —digo emocionada—. Me encantaría ver su cara cuando se entere. Dará botes de contento.
Con cada palabra que digo, el nerviosismo de Sara aumenta. No lo entiendo. ¡Debería estar feliz!
—No creo que se alegre.
—¿Cómo no va a alegrarse? Es su sueño hecho realidad.
—No, no lo es. No lo entenderías.
—¿Qué es lo que no podría entender? Seguro que, si me lo explicas, lo pillo. No creo que haga falta ser científica para estooo.
—El bebé no es suyo.
Freno en seco. No. No he descifrado bien lo que acaba de decir. ¿Se ha acostado con otro hombre… y no me lo ha contado? ¿Cómo es posible, estando tan enamorada?
Y cuando me dispongo a acribillarla a preguntas, se marcha con paso firme y me deja con un palmo de narices y una duda que me atraviesa de lado a lado:
¿De quién es el bebé, entonces?