La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) capítulo 3 #3
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capítulo 3 #3

Hace un intento por acercarse, pero ella se retira aún más y mi padre se interpone entre ambos. Ella asoma la cabeza por el hombro de papá.

—Para ser el Núcleo y tener tantas habilidades, no te queda claro que no quiero nada contigo. ¡¡¡Deja de ocupar el cuerpo de mi novio!!! —le grita.

—No me levantes la voz, no te conviene en tu…

No termina la frase porque Sara vuelve a atacar:

—No quiero hablar contigo, no quiero estar contigo, ¡no te quiero! Entiéndelo de una vez. Y si no me dejas volver porque no te correspondo, que así sea. Prefiero una única y última vida sin tu presencia que miles aguantándote. No imagino una condena peor.

Está más furiosa que la última vez que lo tuvimos delante. Me preocupo por su bienestar, porque las emociones de Aarón van y vienen, cambian de la tristeza al enfado más enloquecido.

—Mientes. Estamos conectados; y ahora más que nunca —le dice.

—¡Vete! ¡Déjame en paz! Búscate a otra a la que engañar con tus triquiñuelas. Márchate y no vuelvas.

Está fuera de sí, desbocada. Hago esfuerzos titánicos para intervenir en sus emociones y moderarlas, pero algo me lo impide. ¿Será el Núcleo?

—Cálmate, por favor. Solo quiero hablar. Lo necesitamos.

—Si quieres hablar conmigo, hazlo sin ocupar el estuche de Óliver. A saber qué has hecho con él. ¡Joder, Aarón!, estás incumpliendo las normas que nos impusiste. ¿Se te ha olvidado aquello de predicar con el ejemplo? Porque se te da de pena.

Temo que en cualquier momento arremeta contra ella y me consta que no soy la única. Siento cómo cada emoción se transforma en inquietud, en estados de máxima alerta y en tensión.

—Pensé que, con este aspecto, te resultaría más fácil acceder a esa conversación que tenemos pendiente. Yo no he roto ninguna norma. Óliver está bien. Lo he dejado, por decirlo de alguna manera, en la habitación de al lado y ahora lo devolveré a su sitio —explica con una calma inquietante.

—¡¡Devuélvele su cuerpo ya!! —le grita de nuevo, fuera de sí—. Si quieres hablar conmigo, busca otra manera. Ahora vete. Estás interrumpiendo un momento íntimo y familiar.

—Soy de la familia.

—No, no lo eres. Tus actos demuestran que no lo eres. Mi madre creyó en ti hasta su último aliento. Yo no soy como ella. Márchate, por favor —dice, casi suplicando.

Sus emociones pasan de la ira a la tristeza y al agotamiento. Ya no quiere pelear. Lo único que persigue es recuperar la paz que teníamos antes de que apareciera.

En la mirada de Aarón hay decepción y tristeza, pero no dice nada. Sin más, se sienta, abandona el cuerpo y deja que mi cuñado regrese.

Sus ojos vuelven a ser los de siempre: confundidos, mareados, pero suyos. Se incorpora y nos mira, extrañado por nuestras expresiones.

—¿Eres tú, Óliver? —pregunta Sara.

—¿Te has vuelto loca? ¡Claro que soy yo! ¿Qué les pasa? ¿Nunca han visto a alguien desmayarse antes?

—No, amigo, no te has desmayado como otro cualquiera —dice papá.

—¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir? —pregunta Óliver.

Cruzamos las miradas. Nadie se atreve a verbalizar lo ocurrido.

Sabemos que lo que tenemos entre manos está a punto de complicarse aún más. ¿Nos conviene? Fran despeja la incógnita al romper la tensión que nos atenaza a todos

—¡Joder…! Acabas de ser poseído por el Núcleo —dice Fran—. Quería despedirse de su hermana.

Percibo la furia abriéndose paso como un golpe en el estómago que le arrasa el esófago y le anega las cuerdas vocales. Lanza un vómito desesperado:

—¿¡Qué ha hecho qué!? ¡¡¡Será hijo de puta!!! —grita, fuera de sí.

Entiendo su frustración. Aarón no nos va a dejar en paz. Va a seguir jugando con nosotros como si fuéramos títeres que puede manejar a su antojo.

Me centro en calmar sus emociones, pero lo percibe; airado, se gira hacia mí. Su expresión me dice que debo dejarlo lidiar con esto a solas.

Se marcha con paso firme hacia el otro lado del yate. Mi hermana va tras él y el resto nos quedamos desconcertados, sin saber qué hacer o decir ante lo que acabamos de vivir.

Me apoyo en la barandilla y contemplo las luces de la ciudad reflejadas en el mar. Una ciudad cuya mayor preocupación es seguir adelante frente a una enfermedad que es una gran mentira.

Si supieran la verdad…

Estoy agotada de tener que lidiar con situaciones que van más allá de la lógica y de la coherencia. Necesitamos acabar con esto cuanto antes y recuperar la poca normalidad que pueda quedar en este mundo. De lo contrario, solo quedarán fragmentos destartalados de nuestra ínfima existencia.

Papá se acerca y me rodea con un brazo, atrayéndome hacia él. Acabo de darme cuenta de hasta qué punto lo necesitaba.

—¿Estás bien, peque? —me pregunta.

Le miro y pongo los ojos en blanco.

¿Qué clase de pregunta es esa? ¿No ha visto lo que acabamos de vivir?

—Como tenga que asimilar un hecho paranormal más, van a tener que encerrarme y tirar la llave. Llámame loca, pero… ¿no podemos tener un día normal?

—Ser especial tiene sus inconvenientes.

—Yo no pedí ser especial. Y si la gente supiera lo que hay que sacrificar por serlo, seguro que tampoco lo querría. Es una mierda. Estoy cansada de no poder ni siquiera tener un funeral tranquilo. ¿No te cabrea lo que ha hecho Aarón?

—Claro, cariño, pero estoy agotado. Estar enfadado y triste es muy duro.

Sobre todo, porque eso me impide cuidar de tu hermana y de ti, que son mi única prioridad en esta vida.

Sabes mejor que nadie cómo me siento… y es difícil aplacar esas emociones, pero necesito enfocarme en las cosas buenas que me quedan.

—Estamos bien, papá. Solo que la vida es muy complicada. Saldremos adelante, ya lo verás. No permitas que ni una migaja de culpa te enrede. No tuvo que ver contigo lo que le ocurrió a mamá. Sabemos quién la mató y quién es el único responsable.

Me abraza con fuerza.

La tristeza lo invade de tal manera que termina por contagiarme y lloramos mientras, en susurros, nos despedimos de mamá.

Sara y Óliver vuelven a reunirse con nosotros y regresamos al muelle. El silencio que se instaura va acompañado de una sensación agridulce.

La despedida de mi madre se ha visto empañada por la presencia del Núcleo. Maldito seas, Aarón… Ojalá desaparezcas para siempre.

Y, ya no me importa cómo.

Retomamos la rutina. El tiempo pasa y, por suerte, el Núcleo no vuelve a visitarnos. Aunque no podemos cantar victoria, nos lo tomamos como una tregua muy bienvenida.