capítulo 3 #2
¿Por qué cada buena noticia se ve empañada por un secreto oscuro que nadie cuenta?
Nos trasladamos al Cuartel General. El viaje se hace largo y nuestros estados de ánimo no ayudan a sobrellevarlo.
Cuando llegamos, lo primero que noto es que la angustia ha aumentado.
La pérdida de los nuestros nos pesa, sobre todo la de mamá. Era una de las líderes más longevas. El vacío que deja es imposible de llenar y, menos todavía, de ignorar.
Una vez más, juego a hacerme la fuerte y me ocupo de que mi familia esté bien atendida. Sara necesita un tranquilizante y es urgente que descanse. Papá se encierra en sí mismo y pide tiempo a solas.
Cuando los restos de mamá descansan en la clínica, me hago cargo de sus efectos personales y huyo.
Aprovecho su pulsera con acceso a todas las zonas y me dirijo al almacén donde estuve con Óscar, donde nos dimos nuestro primer beso. Me parece un buen sitio para esconderme y llorar un rato sin que nadie me vea.
Al entrar, me sobresalto. Él está allí. Óscar. Cuánto lo he echado de menos. Y no solo por lo que es, sino por cómo me siento cuando estoy con él. Dudo si quedarme. No vine en su busca y no quiero que crea que es así. Necesito estar sola.
Pero cuando nuestras miradas se cruzan y percibo sus emociones, lo sé.
Me necesita.
—No te vayas, por favor… —dice apoyándose en la pared.
Nunca lo he visto así, derrotado. Me acerco con determinación y nos fundimos en un abrazo profundo y necesario.
Lloro lo que no me he permitido hasta este instante… y él me estrecha entre sus brazos. Nos quedamos así un buen rato, sin hablar, escuchando el latido acompasado de nuestros corazones.
—¿Estás mejor?
Su voz suena más firme, pero noto que tiene las emociones hechas añicos.
—Sí, sí. ¡Oh! Creo que te he empapado la camiseta con tanta agua. Lo siento. No sabía cuánto lo necesitaba. Estoy destrozada.
—Es solo una camiseta.
Me aparto para mirarle a los ojos. Juraría que también ha llorado, aunque, como buen militar, aparenta fortaleza.
—Me tienes preocupado —confiesa.
A mí solo se me ocurre ponerme interesante…
—¿Preocupado por mí? Te lo agradezco, pero han pasado cosas más importantes como para que pongas la atención en mí —le digo.
Estoy feliz por su muestra de afecto y abrumada por lo ocurrido en las últimas horas.
—Claro que me preocupo por ti. Has perdido a tu madre. Te han secuestrado, te han dicho cosas horribles y han intentado forzarte… —Su voz se ensombrece—. Y vete tú a saber qué más.
Hace una pausa.
—Ahora mismo eres la única persona que me importa en este planeta… y tu bienestar es mi única prioridad.
Me sonrojo ante tal confesión. Me pilla por sorpresa.
Es una declaración en toda regla. No sé cómo responder; de pronto, me encuentro sin recursos.
Me parece que soy yo la que necesita apoyarse ahora.
En cualquier caso, reacciono de la única manera que se me ocurre.
Las palabras se me arremolinan en la garganta, pero no salen.
Le beso.
Comienza de forma tímida e inocente y no tarda en volverse más intenso, más absorbente y entregado. Ahogamos nuestras emociones en ese beso.
Cuando nos separamos, me quedo agitada, sin respiración. Él me dedica esa media sonrisa que tanto me gusta y nos abrazamos.
—¿Cómo estás tú? ¿Cómo llevas lo de Marco?
Su cuerpo se pone rígido. También sus emociones se endurecen.
—No quiero hablar de él. Ya no es mi hermano.
Se separa, cruza los brazos y baja la cabeza. Tiene la tensión acumulada en la mandíbula. Ha perdido el color de la cara.
—Perdona. No quería molestarte, solo que…
—Solo que nada —me interrumpe—. Es un traidor. No lo vi venir. Estoy cabreado porque no soy capaz de distinguir entre traidores y aliados. ¡Joder!
Está enfadado consigo mismo.
—No seas tan duro. Nadie está libre de culpa. Nos la han colado a base de bien. Y quizá los buenos no lo sean tanto… y los malos tengan algo de razón.
Ni yo misma me aclaro. Acaban de matar a mi madre y, aun así, ¿trato de entenderlos?
—¿Qué quieres decir? No estarás justificando a la persona que te secuestró y, menos aún, al resto. ¡Tu madre ha muerto a manos de ellos! —dice alterado.
—No lo sé, Óscar. Si te soy sincera, lo cierto es que estoy confundida.
Cuando me secuestraron estaba tan furiosa que no le di la oportunidad a nadie de explicarse, no te digo ya a Marco…
¿Y si apoyar al Núcleo no es lo correcto?
¿Y si estos dones son más una maldición que un regalo?
¿Y si fuéramos personas corrientes, ajenas a lo que está pasando?
¿Nunca te lo has planteado? Yo no hago otra cosa, la verdad.
No sé si estamos equivocados. No me gusta cómo actúa el Cuerpo Oscuro, pero…
¿y si su objetivo no es tan descabellado?
Me mira callado. Está procesándolo. Tras unos segundos, responde:
—Supongamos que tienes razón… ¿Qué podemos hacer? Dependemos de él para seguir viviendo. No tenemos otra opción que seguir sus reglas.
—Jacobo me habló de una teoría. Me pareció una locura cuando me la contó y le he estado dando vueltas… Se me ocurre que podría darnos la oportunidad de cortar, por decirlo de alguna manera, el cordón umbilical que nos une a él.
—¿Vamos a confiar en los planes de un tarado que nos ha tenido peleando durante siglos? ¿Un indeseable que ha matado a tu madre?
—¡No, claro que no!, ni mucho menos… —Busco cómo explicarme sin parecer una loca—.
Solo por un momento, imagina que no volvemos.
Quizá tener una sola vida no sea tan malo.
La valoraríamos más. Viviríamos de otra manera.
No nos veo saltando de un cuerpo a otro eternamente.
No sé… Podríamos investigar por nuestra cuenta qué opciones tenemos.
Y elegir. Primero, reunir conocimiento; luego, decidir en libertad.
Hago una pausa.
—Entiéndeme. Es dejar de hacer lo que nos han dicho siempre y buscar nuestra propia solución. Pensar por nosotros mismos una vez que sepamos lo que tenemos que saber.
—¿Quieres que nos saltemos las normas? Sabes lo arriesgado que es —dice muy serio.
Entiendo que su entrenamiento le impide salirse de las reglas. ¡Ay! ¿Cómo no ve que cumplirlas no nos ha llevado a nada bueno?
—No… no me has entendido. No pretendo que desafiemos al Núcleo, sino que averigüemos si sus normas son las únicas que existen. ¿Y si hubiera opciones que desconocemos?
—¿Has hablado con alguien más de esto? —pregunta.
—No. Solo contigo. No he tenido mucho tiempo, ¿no crees?
—Mejor. Vamos a pensarlo bien antes de compartirlo. Solo falta que te tomen por una traidora. Aquí hay una fe inquebrantable en el Núcleo. Lo que menos nos interesa es estar en el punto de mira.
Se acerca de nuevo y me acaricia la mejilla.
—¿No quieres que lo cuente porque te parece un disparate? —pregunto.
Tanta reserva es porque no me toma en serio, porque me tacha de lunática o algo así. Me molesta su reacción.
—No, cariño. No lo veo disparatado, solo que no confío en nadie. Debemos asegurarnos un buen equipo, leal y sincero, antes de llevar a cabo tu plan.
—¿Óliver? Podría ser un buen candidato. Imagino que, con lo de robarle el cuerpo y la obsesión del Aarón con Sara, no estará muy contento. Seguro que le motiva ayudarnos. Mi padre…
—No, tu padre, por ahora no —me interrumpe—. Está dolido y necesita tiempo; de momento, mantenlo al margen. Es pronto para empezar a elucubrar, para soltar la liebre cuando todavía no tenemos nada. Vamos a organizar el cuartel y luego empezamos con nuestras pesquisas, ¿de acuerdo?
Acerca su cara a la mía y, cuando creo que me va a besar, se detiene, esperando una respuesta. A veces, lo juro, envidio su autocontrol.
—¿Entonces… tenemos un plan? —pregunto con los ojos muy abiertos—. Para más adelante, pero… ¿lo apoyas? —añado en un susurro, con los nervios a flor de piel por su proximidad.
—Afirmativo.
Me besa.
Me pierdo en sus brazos, en sus labios, en sus palabras casi suspiradas… y, cuando pienso que ya no podemos parar, vuelve su autocontrol. Sabe que no estoy preparada y lo respeta.
Nos separamos para recuperar el aliento y le digo:
—Gracias.
—Merecemos que nuestra primera vez sea especial. No quiero un polvo por despecho, o de consolación, para pasar un mal momento. Quiero hacerte el amor y recordarlo siempre. Ahora no. Así no.
Mi corazón vuelve a acelerarse. Es lo más bonito que me han dicho en la vida… y tiene razón.
No quiero enamorarme de él. No es el mejor momento, pero quizá nunca lo sea.
Nos abrazamos por última vez antes de salir y volver a nuestros quehaceres, con la energía renovada y con la tristeza a raya.
Los días transcurren y la normalidad se instaura en el cuartel. Sara y Óliver se reconcilian y yo me alegro. Todo está tranquilo… y eso nos inquieta. Es raro que hasta la paz nos resulte sospechosa y, sin embargo, así es: no suele durar demasiado.
El día del funeral de mamá, tras el acto de despedida en el cuartel, partimos hacia el muelle para esparcir sus cenizas en el mar.
En el preciso instante en que nos disponemos a hacerlo, Óliver comienza a sentirse extraño. Mi hermana se acerca para sujetarlo cuando una ráfaga la aparta. Es Aarón. Ha aparecido sin anunciarse, apoderándose una vez más del cuerpo de Óliver.
Sara, al ver los inconfundibles ojos azules, da unos pasos atrás.
Entonces el puñetero Núcleo, como si lo que acaba de ocurrir fuera lo más normal del mundo, dice:
—Mi querida hermana, no sabes cuánto te voy a añorar.
Eras y serás por toda la eternidad la persona más leal, respetuosa y afectuosa que he puesto sobre la faz de la Tierra.
Siento tanto no haberte podido salvar… Es un peso que llevaré conmigo por los siglos infinitos —dice mirando la urna donde descansan los restos de mamá.
Lo observamos atónitos, inquietos, en tensión. ¿Qué pretende? ¿A qué ha venido, a hacer ese teatro y ya?
—¿Cómo estás, mi preciosa Sara? —pregunta a mi hermana.
—Mal. ¿Qué quieres, Aarón? —le contesta de mala gana.
—Pensé que ya estarías más calmada y que podríamos hablar.