capítulo 3
¿Y si…?
NOA
Hemos vuelto a la normalidad…, si a esto se le puede llamar normalidad.
Estoy hecha polvoooo por la muerte de mamá, pero me hago la fuerte, que aquí estamos a lo que estamos, y las penas tiene que llevarlas cada uno lo mejor que puede. A mí, además, me importa Sara; y no solo porque sea mi hermana, sino porque está en un buen lío y me necesita.
Cuando pienso en el día de su muerte, el estómago se me encoge y la angustia se me agarra a la garganta…
2 de agosto de 2020
Estamos en el vestíbulo de la guarida de los malos y estamos… petrificados. Solo se oyen nuestras respiraciones agitadas. Imposible contenerlas o moderarlas. Eso sí, nadie mueve un músculo.
¿Temor? Sería lo suyo.
Acabamos de presenciar cómo Aarón levanta y hace flotar el cuerpo de Jacobo en el aire con un simple gesto de la mano… y cómo, con otro, le cruje el cuello. Sin tocarlo.
Estamos aterrorizados y consternados.
Lo primero, por miedo a sufrir el mismo destino que Jacobo.
Lo segundo, por la pérdida de mamá. Se interpuso entre la daga envenenada que iba dirigida a Aarón y murió; murió para siempre. Nadie pudo evitarlo. ¡Qué mierda!
Lo que queda de la cúpula del Cuerpo Oscuro y sus secuaces aprovechan el caos para largarse como las ratas miserables que son. Aquí solo quedamos los buenos… o eso quiero creer.
Y pensar que hace nada ni siquiera sabía quiénes eran de verdad Tomás, Jacobo… Resulta que media familia me ha estado mintiendo toda la vida. Dos están muertos, otro ha desaparecido y el tercero sigue delante de mí como si esto pudiera tener algún sentido. ¡Paren el mundo que me bajo!
Observo a Óliver. O Aarón. O el Núcleo. Yo qué sé. Ya no sé ni quién demonios es.
Hemos vivido un episodio paranormal alucinante, uno de esos que, si yo no supiera de qué va el rollo, diría que es pura magia. Ahora, el capullo del Núcleo nos mira con cierta condescendencia y dice:
—Atiéndanme.
Las respiraciones agitadas se contienen, pero la tensión aumenta. Tememos cuál será el siguiente paso del monstruo que tenemos delante. Cada emoción que percibo me llega como un grito de auxilio. Normal; por muy bien entrenados que estemos, nadie quiere morir hoy.
—Acabamos de recibir un golpe muy duro, pero es importante que entiendan lo que les voy a…
No termina la frase. Mi hermana lo interrumpe con la voz desgarrada de dolor:
—¡Desaparece de aquí!
—¿Perdona? —dice Aarón, sorprendido.
—Vuelve por donde has venido. Aquí no te queremos. ¡¡Lárgate!! —le grita, furiosa, con las mejillas empapadas en lágrimas.
—Sara, cariño…
—Ni cariño ni leches. ¿¡Qué haces aquí!? ¿¡Para qué has venido!? Mira lo que acabas de… de… —Las palabras quedan ahogadas en la garganta de mi hermana.
Señala el cuerpo inerte de mamá, la líder más espectacular que hemos podido tener, que descansa entre los brazos de papá. Pobrecito. Está tan entero como puede, siguiendo el hilo de la conversación, debatiéndose entre el dolor de la pérdida y manteniéndose en guardia por si tiene que actuar.
—Estoy aquí por ti. Por nosotros. Para hacer de este planeta un mundo mejor —dice con un tono sugerente.
Y lo dice, además, como una declaración de amor, como si con esas palabras mi hermana fuera a correr a sus brazos y a olvidarse del daño tremendo que nos ha hecho… y que nos sigue haciendo.
Sujeto la mano de Sara. Hago intentos desesperados por aplacar su rabia y su dolor, pero tengo poco éxito: el fuego interno que amenaza con salir y arrasar cuanto tiene por delante es más fuerte que mi don. Solo consigo evitar que se cargue al primero que se le pueda cruzar.
—¿En serio? ¿De verdad crees que lo que está pasando mejora la situación?
Mi madre ha muerto por ti. Me has engañado haciéndome creer que eras Óliver; y quizás lo seas...
Acabas de hacer algo aborrecible: matar a tu hermano, y de la forma más horrenda que pudiera concebirse.
Nos has hecho cumplir unas normas absurdas…
Y ahora te presentas ante nosotros como el gran salvador. No me hagas reír…
Busco en mi interior una paz que no tengo. No estoy bien. Quiero huir, cuando mi obligación es ser fuerte. Me afano en dar con ese resquicio de calma antes de que Sara colapse y haga una locura.
Respiro hondo y me concentro mientras mi hermana continúa:
—¿¡No lo ves!? ¿¡Es que no lo ves!? Nos destrozas la vida y ¿el motivo soy yo? ¡Estás perdiendo el tiempo! No te quiero. No-te-quiero. Grábatelo bien. Quiero a Óliver… y adoraba a mi madre. Y tú me los has arrebatado a ambos.
Lo escupe desde lo más profundo de su ser.
Hago lo posible por contenerla, pero me cuesta. Me pincha la parte alta del pecho… y me quejo sin querer.
Papá, Óscar, Aarón e incluso Sara me miran.
—¿Estás bien, enana? —pregunta mi hermana.
Asiento. No puedo hablar. No me quedan fuerzas para emitir un solo sonido.
—¿¡Qué le estás haciendo, capullo!? —le grita Sara a Aarón.
—No soy yo, querida; eres tú. Ella está haciendo un esfuerzo descomunal por aplacar esa furia que habla por ti, pero no puede. La estás agotando —responde como si no fuera con él.
Juraría que mi dolor y sufrimiento hasta le satisfacen. Debo de estar perdiendo el poco raciocinio que me queda.
—Sara, si quieres que tu hermana mejore, debes calmarte.
No hablas tú. Te conozco y no crees lo que dices.
La pérdida de tu madre es tan dolorosa para ti como lo es para mí.
Tenía grandes planes para ella y ahora debo reorganizarlos.
Sé que me quieres y que tenemos algo especial.
Entiendo que estás sobrepasada y que no puedes ver más allá de tu rabia, pero, escucha: es algo transitorio.
—Eres un mezquino para ser el todopoderoso Núcleo. No tienes ni puta idea de cómo funciona la vida, las personas y, sobre todo, el amor. ¿De verdad sabes algo de la vida humana?, ¿de verdad sabes lo que pasa aquí?
Habla más calmada. Controla su indignación como puede para que yo deje de sufrir y recupere fuerzas. Me mira y asiento para que sepa que funciona.
—Si quieres un mundo mejor, evita todo el mal y las atrocidades que se perpetúan en la Tierra. Pero hazlo desde arriba, por favor. Aquí eres un completo inútil.
De inmediato, percibo hostilidad en Aarón por las últimas palabras de mi hermana y mi cuerpo se pone en alerta de manera automática. Temo que le haga daño. Me tenso. Me doy prisa en ponerme delante.
—Por mucho que te quiera, no permitiré que me faltes al respeto. No olvides con quién estás hablando —la amenaza.
El ambiente se enrarece, aunque el miedo se ha disipado; el hecho de que Sara le plante cara ha envalentonado al equipo. Los presentes le apuntan con sus armas. Respiro hondo: esta vez, no estamos solas.
Mi hermana arremete de nuevo:
—Tranquilo, que no se me olvida. Aunque uses el cuerpo de Óliver y antes te confundiera con él, nunca estarás a su altura.
—¿Estás segura de que no soy ambos? —pregunta, molesto. Esa chulería con que mi hermana se dirige a él está a punto de pisar una línea roja. El enfado del Núcleo empieza a ser evidente y, sin duda, afecta a su forma humana.
—No, no lo eres. Él es noble, bueno. Tú solo estás aquí para cumplir con tu plan. No sabes querer sin límites. Lárgate ya. Aquí sobras. No eres nada para ninguno de nosotros. ¿Qué parte no eres capaz de entender?
Se agacha, toma la mano inerte de mamá y se la lleva a los labios. La besa.
Yo me acurruco junto a ella y, por fin, lloro.
Mi hermana me rodea con el brazo sin quitarle ojo a Aarón, que nos observa impasible.
—Te lo dejo pasar por ser quien eres, pero no olvides que ninguno estaría aquí si yo no lo hubiese permitido.
Me marcho hasta que estés preparada. Y, aun cuando crees que no soy capaz de amar, te daré una muestra de que te equivocas.
Te devolveré a tu amiga y a tu novio —se le atragantan las palabras—, porque te amo de forma incondicional.
Lo nuestro fue real. Lo es aún… Pronto te darás cuenta.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Cuando Aarón promete algo, hay un precio que pagar. Lo envuelve de filantropía, pero no regala nada gratis.
Sara no le contesta. No creo que vuelva a hablarle.
Nadie le dirige la palabra. Siguen apuntándole, esperando su próximo movimiento.
Por fin se aleja. Se dirige a la salida y le perdemos de vista.
Sara se acurruca junto a nosotros y rompe a llorar.
Está molida. Tampoco yo estoy mucho mejor.
Algunos se abrazan tras reencontrarse. Después de tantos meses de cautiverio, hemos conseguido liberarlos; solo eso ya es un alivio.
Otros se agachan para comprobar si alguno de los cuerpos tendidos en el suelo sigue con vida.
Se forma un revuelo.
Óscar avisa al cuartel para que envíen refuerzos y comiencen «la limpieza». Deben recoger los cuerpos sin vida, consecuencia de la reyerta. No importa si son de los nuestros o no; cada uno merece un final digno.
Y sin que nadie lo espere, Aarón vuelve sobre sus pasos y la tensión se restaura. Los soldados retoman sus armas y le apuntan, pero algo ha cambiado.
Percibo desorientación, extrañeza. ¿De qué va esto?
Me levanto y me acerco. También mi gesto deja perplejos a los presentes.
No es Aarón. Cuando me mira, lo sé; sé que no es él. Su energía ha cambiado. Algo no va bien. Y tengo claro que ha vuelto.
—¡Es Óliver! ¡Es él!
Le abrazo, me aparto cuando detecto que la ha visto. Sara se acerca a él. Óliver está confundido, pero no me cabe duda de que es él. Ya no hay odio ni rencor en su mirada, sino desconcierto.
Mi hermana lo mira y ve, como veo yo, que ha vuelto.
Lo abraza y rompe a llorar. Sin embargo, él no le corresponde como debería.
De nuevo, un fuego se abre paso en su interior.
No hay alegría ni emoción al reunirse de nuevo con mi hermana ni con el resto de nosotros. En su lugar, hay algo que lo enfurece, pero se contiene.
Se aparta de Sara y vuelve al exterior. Ella le sigue. Discuten. Cuando regresan al interior de la mansión, Sara está desbordada y Óliver se mantiene alejado de ella.
¿Qué puede haber pasado para que no estén locos de felicidad por el reencuentro?