La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Gracias, bonita. Gracias por acompañarme en cada baile, por más que no fuera lo mío.

Gracias por enseñarme a amar sin límites, con independencia de las circunstancias.

Gracias por cantar conmigo a pleno pulmón en cada momento difícil y duro, a pesar de que lloviera a cántaros por hacerlo.

Y, sobre todo, muchas gracias por darme tantos y tantos momentos que me dejaron sin aliento a lo largo de las vidas que hemos tenido.

Te quiero y te añoraré siempre. Pronto volveremos a estar juntos.

Sus palabras nos rompen. Ni siquiera el control de Noa logra contenernos sin que nos quebremos.

Finalizado el acto, cada uno de los presentes coge una de las rosas que rodean su fotografía y bajamos al garaje. Nos dirigimos al muelle para esparcir sus cenizas en alta mar, acompañadas de sus flores favoritas.

Ya en el yate, detenidos en mitad del océano, Emilio toma la urna y…

no sé qué pasa. De pronto, me sobreviene un mareo, los músculos flojos, y creo que voy a perder el equilibrio.

Me apoyo en la pared y me desvanezco. Oscuridad.

No siento mi cuerpo. No estoy en ningún sitio.

El tiempo y el espacio han quedado suspendidos en un vacío desconcertante.

Al poco, tal y como me he ido, vuelvo en mí.

Los ojos de los presentes me miran con desconfianza.

—¿Eres tú, Óliver? —pregunta Sara.

—¿Te has vuelto loca? ¡Claro que soy yo! ¿Qué les pasa? ¿Nunca han visto a nadie desmayarse antes?

—No, amigo. No ha sido un desmayo como otro cualquiera —dice Emilio.

—¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?

«Alguien tiene que explicarme qué ha pasado», digo para mis adentros.

Como si me leyera la mente, Fran se adelanta:

—¡Joder…! Acabas de ser poseído por el Núcleo. Quería despedirse de su hermana.

La sangre me hierve.

—¿¡Qué ha hecho qué!? ¡¡Hijo de puta!!

Noa trata de aplacar mi enfado, pero le clavo la mirada como advertencia.

Me alejo del grupo; la furia me engulle y no quiero pagarla con ellos.

Sé que ese cabrón pretende usarme a su antojo.

No lo puedo permitir. No seré su marioneta.

Me apoyo en la barandilla y respiro de forma agitada.

Estoy colérico. Debo quitar de en medio a ese malnacido. Poco después, Sara se acerca.

—¿Estamos bien?

Y entiendo su miedo. La abrazo, beso su frente y me obligo a respirar despacio.

—Sí, nena. Estamos bien. Ese cabrón no volverá a separarnos.

—No va a dejarnos en paz, ¿verdad? No entiendo cómo nos obliga a cumplir unas normas que él mismo se salta.

—Yo tampoco. Y esto no puede seguir así. Debo descubrir cómo pararlo.

—Te ayudaré.

La estrecho contra mi cuerpo. Tenemos un objetivo común. Solo puedo agradecerlo.

—¿Nos vamos? —me pregunta separándose para mirarme a los ojos, como si necesitara confirmar que soy yo. Asiento, volvemos con el grupo y el capitán del barco nos conduce a tierra firme.

Tras lo que hemos llamado «el incidente», las semanas pasan. Estamos mejor que nunca. Eso sí: me preocupa que Aarón vuelva a utilizar mi cuerpo y me mantengo alerta.

Estamos inmersos en el trabajo y los proyectos se van desarrollando con normalidad, aunque la paz no dura mucho.

Sara se despierta revuelta y con náuseas. Pedro, el doctor del complejo, le hace varias pruebas para descartar algún virus. Hoy le dan los resultados de la analítica y sabremos a qué es debido.

Mientras estoy en una videollamada con un miembro de la Agencia Europea de Medicamentos para garantizar que nuestra vacuna no encuentre trabas y sea una de las primeras en el mercado, recibo un mensaje de Sara:

Nos vemos en nuestra habitación.

Temo que le hayan detectado algo malo. Busco la manera de finalizar la reunión y me dirijo a nuestro cuarto a paso ligero. No hay rastro de ella.

Ya estoy aquí, le escribo .

No tarda en aparecer, pero su cara no augura nada bueno. Solo dice «estoy embarazada». Me quedo unos segundos sin moverme, asimilando la noticia, una sensación de felicidad me invade y cuando me lanzo a abrazarla, su cara me indica que algo no va bien.

Entonces ocurre de nuevo.

Las imágenes me devuelven al barco, al momento de su concepción. El mundo se quiebra bajo mis pies y me quedo sin aire. Suena como un eco en mi cabeza: «He ganado». Lo ha vuelto a hacer, me lo ha arrebatado todo.

No puedo. No quiero estar aquí. Recojo mis cosas. Sara llora y suplica que no la deje, pero necesito marcharme, poner distancia.

En un momento de cordura, la tomo entre mis brazos, la estrecho y la beso como si fuera una última vez.

Salgo de la habitación derrotado, devastado.

Mi chica va a tener un bebé del bastardo del Núcleo. No lo puedo soportar. Me ha robado el sueño de crear una familia. El odio hacia él puede conmigo.

Un WhatsApp me trae de vuelta a la realidad.

Me recuerda a qué he venido, por qué estoy de nuevo en el cuartel, cual es mi misión.

Debo dejar mis miserias aparte, ceñirme al plan y romper este ciclo de una vez; y para siempre.

Estamos muy cerca. Lo presiento; que alguna prueba falle no hace sino confirmar que seguimos en el camino correcto.

No confío en muchos de cuantos están aquí dentro, pero me he sabido rodear de un buen equipo que quiere lo mismo que yo y que son leales.

Nunca fui un fiel creyente en las normas que se nos han impuesto. Tampoco creí que mis acciones acompañarían a las del Cuerpo Oscuro; que mi objetivo fuera el mismo que el de ellos: eliminar al Núcleo.