La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

También las salas de lectura están casi vacías y, de las pocas personas que me encuentro, ninguna es Sara.

Continúo por las zonas comunes: comedor, cocina industrial, cafetería, salas de descanso y espacios de ocio donde todavía quedan tazas abandonadas, una partida de ajedrez inconclusa, una chaqueta olvidada sobre un respaldo.

Llego al gimnasio. Unos cuantos agentes se afanan en las máquinas de musculación. Ni rastro de ella.

Me desespero.

Veo a Noa y la paro. Desde nuestra pelea, no he vuelto a cruzar palabra con ella. Entiendo que no me perdone mi distanciamiento. Trae cara de pocos amigos.

—Hola, Noa. ¿Cómo sigues? —le pregunto sin aliento.

—¿Te importa, imbécil? —dice a la defensiva.

No la culpo. No he estado a la altura.

—Que me haya mantenido al margen no significa que no me importe… Lamento no haber estado presente como debería.

Me clava la mirada. Analiza mis emociones. No confía en mis palabras, pero su don le hace ver que soy sincero y baja un poco la guardia.

—¡Joder, Óliver! ¿Qué te pasa? ¿De dónde vienes? ¡Bah, no me lo digas, que aquí cada cual aguanta lo suyo!

—Por favor…

—No estamos bien, no. Tú no tienes ni idea de lo que supone perder a una madre...dos veces.

Su voz se quiebra.

—Lo siento. Hagamos que su muerte signifique algo.

La sujeto por los hombros.

—Me gustaría encontrar a Sara… y arreglarlo —le digo.

—¿En serio? —sonríe—. No sabes cuánto me alegro. Está en la terraza contigua a la sala de control.

Antes de que me marche en su búsqueda, añade.

—Como vuelvas a hacerle daño, te revientooo.

Llego a la terraza. Me la encuentro apoyada en la barandilla, mirando al infinito.

La brisa mueve su cabello castaño y el sol resalta sus reflejos.

Me acerco con sigilo y me coloco a su lado.

Me mira con ojos anegados y, sin mediar palabra, se acurruca entre mis brazos.

La aferro contra mi cuerpo y le susurro que todo irá bien.

—¿Qué haces aquí? Creí que no…

—Solo necesitaba tiempo; entender algo de lo que pasa en esta mollera.

—¿Ya has tenido suficiente?

—No voy a engañarte… Sé que no será fácil, pero seguir manteniéndome lejos es peor. Me está matando más que lo que pasó…

—Te juro que creía que eras tú…

No la dejo terminar. La beso.

Sus labios saben a sal… y a tantas cosas que he echado de menos y a las que no sé ponerles nombre. Tarda un segundo en corresponderme. Cuando lo hace, el mundo se reduce a nosotros dos. Hasta que…

—¡Váyanse a un hotel! —dice Natalia desde la puerta.

Natalia me mira con desaprobación. Me sorprende que siga distante conmigo. Ha recuperado su don: tendría que recordar lo amigos que hemos sido. Debo hablar con ella y arreglarlo.

—Te estaba buscando… —dice dirigiéndose a Sara—, pero veo que estás ocupada.

—¿Qué pasa?

—Tu padre te necesita para ultimar ciertos detalles de pasado mañana.

El funeral, mi amigo debe estar pasando por un calvario y no he estado a su lado. Otra que añadir a la lista de cosas que arreglar.

—¿Continuamos luego? —me susurra Sara.

Me da un beso rápido y se marcha.

¿Será cierto que hemos derribado esta frontera? Mejor dicho, ¿será cierto que la he derribado? Esto es demasiado turbio como para confiarse. Por otra parte, me preocupa la actitud de Natalia. ¿Por qué no me acepta? Debo aclararlo. Antes, necesitaba dar este paso y estar bien con Sara.

La primera medida, consecuencia de nuestra reconciliación, es que pasamos a compartir habitación.

Mi compañero de cuarto —sospecho que su novia ha tenido algo que ver— nos consigue un dormitorio.

Entramos, nos plantamos frente a frente.

Sabemos de sobra que no volveremos a salir en lo que queda de tarde.

Nos besamos con ganas. Me obligo a apartar de mi cabeza los momentos que compartió con él. Recuerdo las palabras de Noelia y me agarro a ellas hasta conseguir que esos pensamientos dejen de atormentarme.

Después nos abrazamos durante un buen rato, como si quisiéramos recuperar de golpe el tiempo que hemos perdido. Nos miramos sin decir nada y, por un instante, parece que nada hubiera cambiado. Quizá este dolor haya merecido la pena.

Nuestras manos vuelven a buscarse y nos miramos como dos adolescentes que acaban de descubrir que siguen sintiendo lo mismo.

Supero con éxito esta primera batalla. La primera de muchas. Confío en que así sea, aunque no sé qué pensar. Es todo tan difícil…

El día del funeral ha llegado. En la terraza del costado izquierdo, en la última planta del cuartel, los colores del atardecer juegan con el entorno y lo tiñen de una calidez melancólica, como una despedida que se demora y que es, a la vez, una declaración de intenciones de una belleza que no se resigna y que apuesta por seguir adelante.

No somos muchos. Se ha restringido el acceso de los asistentes por expreso deseo de mi difunta amiga, a la que nunca le gustó ser el centro de atención por más que le tocara serlo.

La mayoría de los miembros del cuartel desearía estar aquí dándole un último adiós, pero entienden y respetan la última voluntad de su líder.

Tampoco vestimos de oscuro. Ella siempre bromeaba con que su funeral debía celebrarse con música animada y colores. Decía que ya era duro perder a alguien como para que, encima, lo que rodease a la situación fuera triste.

En el encuentro estamos Emilio, Noa y Sara, Elena, junto con su familia: Fran y Natalia; y, por último, Noelia, Óscar, Alejandra, Eric y yo.

Abre el acto Elena, con un precioso discurso sobre la amistad y múltiples anécdotas que compartieron a lo largo de sus vidas.

Después intervienen las hijas por turnos.

Las palabras son emotivas y las voces, trémulas.

Noa se ocupa de interferir en nuestras emociones para cumplir el deseo de su madre de una despedida alegre, aunque me pregunto si contener los sentimientos es buena idea. Para finalizar, interviene Emilio: