Capítulo 2 #2
—¿De verdad eres tú? Porque quizá la versión de Aarón no difiera tanto de la tuya en estos momentos. ¡Vaya mierda! Creía que teníamos alguna ventaja, pero veo que estaba equivocada. Que te den.
Esta vez es ella la que se marcha con paso firme y sin mirar atrás. Me quedo parado unos instantes sin saber qué hacer. S é que tiene razón: debería dejar mis luchas internas a un lado y frenar esta pesadilla.
Voy a la terraza central y salgo a tomar aire.
A través de las enormes cristaleras que recorren la superficie, veo a Noa hablar con el coronel.
Su lenguaje no verbal me desvela que hay algo entre ellos, aunque me consta que se contienen.
En cuanto ella se marcha, él cruza una mirada conmigo y viene a mi encuentro.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Si le soy sincero…, no —contesto mirando a la masa verde que nos engulle como si fuéramos parte de ella.
No dice nada; espera con paciencia a que me desahogue. Funciona.
—Quieren que vuelva a ser parte clave de esta lucha, pero no sé si tengo ganas ni fuerza para seguir. Nadie entiende que este regreso está siendo duro. Me han dado una segunda oportunidad, aunque no la quería.
—¿No quiere estar aquí? —pregunta; en su tono denoto sorpresa. ¿Quién no querría tener nuevas oportunidades, la opción de iniciar una nueva vida y de poder enmendar lo que antes no salió bien?
—No me malinterprete: una parte de mí está feliz de contar con la oportunidad de concluir lo que empecé…
Y de volver con Sara. —Vuelvo a ahogarme en este pensamiento por el affaire amoroso entre ella y Aarón en el camarote de mi barco, ¡en mi jodido barco!
Cornudo y apaleado—. Otra parte de mí desearía no tener el don de la memoria; sería más fácil si no tuviera ciertos recuerdos.
No le explico más. No quiero airear que mi chica estuvo dándose un revolcón con el Núcleo mientras la suya estaba secuestrada. No le sentaría bien.
—Si me lo permite… —Calla esperando mi aprobación, que se la doy con un gesto—.
No imagino lo mal que puede sentirse, pero estamos en guerra y debemos luchar.
Cualquier rencilla o diferencia entre nosotros debemos aplazarla.
Si algo me enseñó la general, es que debemos estar unidos a pesar de las adversidades.
Esta batalla solo se podrá ganar si remamos hacia el mismo lado, aunque sea contra corriente.
Me quedo pensando en sus últimas palabras.
—¿Puedo pedir una tregua? Un poco de tiempo y espacio. Solo necesito eso; luego, prometo volver a darlo todo —le contesto casi como una súplica.
—Por supuesto. Hablaré con el puesto de mando y con las hermanas.
Asiento de nuevo con la cabeza y se marcha.
En el gimnasio pido un cuerpo a cuerpo con un androide. Tengo tal cabreo que podría cargarme a alguien.
Mientras peleo contra la máquina, los pensamientos se encadenan en mi mente como chispas que prenden unas con otras.
La rabia aumenta cuando entiendo que quien me mandó el mensaje con los viales de la cura en mi anterior vida fue Aarón; no Sara.
El muy capullo decidió mantenerme alejado de ella con la excusa de dejarla vivir sin este jaleo.
Jugando a ser compasivo. ¿A quién pretende engañar?
Pateo con ganas al androide, que esquiva mis ataques sin dificultad, con lo que mi frustración y mi mala sangre aumentan.
Seguro que fue él también quien planeo que sus recuerdos volvieran si manteníamos algún tipo de intimidad.
Tengo que romperle la cara, por más que la última que tuvo fuera la mía. Juro que lo mataré.
Si algo sé con certeza es que estoy aquí por y para ella. Mis vidas siempre han girado en torno a Sara. Mi misión —ahora lo entiendo— es protegerla, amarla y cuidarla; todo lo demás es irrelevante.
«Que no se te olvide, Óliver», me digo. Le arreo tal puñetazo a mi contrincante electrónico que no llega a perder el equilibrio, pero se tambalea.
Ella no es solo la clave… Es lo único que me queda. Y es también la equis que resuelve el problema y lo único que importa. Así me lo ha implantado Aarón. No me lo ha dicho ni ordenado; solo lo dejó ahí, en mi cabeza, para que lo asimile… y punto.
Cabronazo.
Los días en el cuartel que siguen a mi vuelta son ajetreados. Por las mañanas, a primera hora, tenemos una reunión en la sala de juntas de la última planta, donde definimos las tareas pendientes y comentamos avances, inconvenientes y posibles soluciones.
Emilio nos explica cómo organiza el funeral de su mujer según los deseos de ella.
¡Qué terrible! Ningún ser humano se habrá visto en la tesitura de despedir dos veces a un ser querido que se va para no volver.
Fran, desde que regresó, se ha convertido en su sombra y lo ayuda con todos los trámites.
Elena aprieta a Eric —de nuevo, informático jefe— y a Alejandra, la segunda de confianza del coronel Cavalli, para que reestructuren la seguridad del edificio lo antes posible; no podemos permitirnos más brechas.
Óscar expone la información que ha podido extraer de los prisioneros sobre el paradero de los líderes y de su hermano. Si de algo estamos seguros, es de que Jacobo sigue vivo. Es un gran saltador de cuerpos y no habrá perdido la oportunidad de volver; no tendremos esa suerte.
Las dos hermanas se mantienen expectantes bajo la mirada protectora de Natalia.
Me mata verlas tan destrozadas. Y no poder acercarme y abrazar a Sara…
El tiempo pasa y debo admitir que ya no estoy tan enfadado con ella y, sin embargo, algo me frena.
Me recuerdo a mí mismo una vez más que deje las distracciones a un lado, que mi cometido es hacer lo imposible para que nuestra vacuna salga al mercado cuanto antes.
Noelia, desde mis laboratorios, trabaja sin descanso.
Tras la reunión, voy al despacho que me han asignado en esta planta y la llamo. Necesito saber si hay algún avance.
—¿Tienes un minuto?
—Buenos días, Óliver. ¿Cómo estás? —Noelia pregunta con ese cariño que es capaz de desprender con unas simples palabras.
—Bien. ¿Algún avance?
—No… no hagas eso, por favor —me regaña.
—¿Que no haga el qué? —pregunto desconcertado.
—Encerrarte en ti mismo. No te ayuda. Puedes hablar conmigo. Tu tono me dice que no estás bien. Déjame ayudarte.
—No puedes. Nadie puede. Estoy encarcelado en mi propio cuerpo y cabeza. No es fácil.
Ojalá pudiera abrirme, contarle. Me torturo, me castigo y no entiendo muy bien por qué. Estoy convencido de que este tipo de pensamientos que me inhiben los ha colocado el Núcleo para fustigarme más todavía. Es increíble ese grado de maldad y de saña.
—No lo es para ninguno. ¿Crees que no he pensado mil veces en coger un avión y desaparecer del mapa? Pero no toca, Óliver, no nos toca. Sabes tan bien como yo que huir o encerrarte no resolverá tu problema.
—¡Mierda, Noe! No te he llamado para que me psicoanalices. Lo único que quiero saber es si hay avances.
Lo que me faltaba, que se ponga también a darme lecciones de qué sí o qué no.
—No es necesario que te pongas así —hace una pausa y continúa—. Solo trataba de ayudar. En cuanto a la investigación, no hay cambios. Con las muestras que Vica nos dejó, avanzamos de manera correcta. Añadiría eso de «sin prisa, pero sin pausa», aunque prisa sí que llevamos…
No sé qué me pasa. No hago nada bien y solo daño a quienes me importan. Tras unos minutos de incomodidad, le digo:
—Creo que no debería haber vuelto.
—¡Déjate de bobadas! Te necesitamos, Óliver. Tu mundo se ha derrumbado y crees que no hay salida, aunque sabes bien que el tiempo hace de las suyas y que se las apaña para poner cada pieza en su sitio.
Siempre tiene las palabras adecuadas para cada momento. Me hace bien hablar con ella, como si verbalizara ese otro discurso que también tengo en mi cabeza..., a ratos.
—Verás… Es duro estar con ella sin poder estar —le confieso haciendo un esfuerzo. En cuanto abro la boca, el corazón se me hace notar. Me paso la mano por el pecho.
—Ese límite lo has puesto tú. Lo sabes, ¿verdad? Sara está deseando tenerte cerca. Si no están juntos, es porque así lo quieres.
—No… —digo en un susurro.
—Estás cabreado porque se acostó con él, pero era tu cuerpo. Es demencial que la culpes por eso. Párate a pensar que quizá estás haciendo lo que Aarón quiere. Él desea mantenerles alejados… y lo está consiguiendo.
Es hasta tal punto retorcido que me cuesta procesarlo. También mi resistencia a admitirlo ha debido sembrarla él, esta dualidad, este choque de trenes que colisionan a cada momento dentro de mí. Una y otra vez se desata la cadena de pensamientos e imágenes que me torturan.
La voz acogedora de Noelia me trae de nuevo a este instante.
—Dale una oportunidad. Considera un privilegio el hecho de haber vuelto sano y salvo y que tu amada te espere. No quisiera recurrir a la frase de solo se vive una vez … Quién sabe qué pasará, ¿verdad? Ni qué desafíos tendremos que afrontar en adelante. Haz algo antes de que sea tarde.
Nos quedamos callados durante unos segundos.
—¿Cómo lo haces? —pregunto con media sonrisa.
—¿El qué?
—Saber qué decir. Dudo si tu don será Sabius o Empaticus. Eres buena… Qué digo buena: eres la mejor. Gracias.
—Hazme caso y no pierdas tiempo. En unos días estaré ahí para el funeral de Vica; no me obligues a darte una colleja por actuar como un crío. Te dejo. Me reclaman en los laboratorios. Cuídate.
Cuelgo y le doy vueltas a lo último que ha dicho. ¿Y si Aarón ha puesto en mi cabeza esto que siento hacia Sara y que llamo traición? Tiene sentido. No nos quiere juntos… y yo estoy contribuyendo a que se lleve a cabo su plan.
A la mierda.
Salgo a buscarla. Debo intentarlo.
Examino el complejo sin descanso. Empiezo por los laboratorios Recorro filas de cabinas estériles, bancadas repletas de instrumental, cámaras frigoríficas y salas de cultivo donde el aire huele a desinfectante.
Paso de un ala a otra por los corredores interminables, despachos, salas de reuniones y centros de control. Desciendo a los niveles inferiores, donde zumban los generadores y los sistemas de soporte vital. Nada.