Capítulo 2
Traiciones imperdonables
ÓLIVER
«No tenía que haber venido», me digo a mí mismo. No ha sido buena idea. No estoy preparado aún para volver.
¡Joder! Qué guapa, por favor. El embarazo le sienta fenomenal; está radiante, con una luz especial que me derrite el corazón; y, sin embargo, no puedo pensar en ella de esa manera. No después de lo que hizo. No me lo puedo permitir.
Me siento mal por haberla dejado en ese estado, pero ¿qué podía hacer?
«¡Maldita sea, Óliver! Céntrate o esto no acabará nunca», me reprocho.
Desde que regresé, desde que el malnacido de Aarón me trajo de vuelta, mi relación con Sara ha sufrido altibajos.
Tenemos una nueva oportunidad, «nos han hecho un regalo» —me repite ella—, aunque el premio tiene truco.
El Núcleo me devolvió mi cuerpo con las vivencias completas y, cuando digo completas , es porque incluyó en el lote hasta las que vivió él mismo cuando me robó el envoltorio.
Mi propio envoltorio. Eso hizo el muy cabrón.
Recordar tanto y tan cargado ha sido mi condena, y se ha intensificado desde que puedo sentir y ver como en una grabación cada pensamiento, cada emoción y acto que percibió o generó ese sinvergüenza mientras ocupó este cuerpo; incluido, por supuesto, el momento íntimo que compartió con Sara en el barco.
Es una tortura revivirlo una y otra vez, sabiendo que no éramos nosotros, que ese encuentro no lo tuvo conmigo, sino con él.
Es complicado superar unos cuernos de los que uno tiene noticia de este modo.
¡Es imposible! Me hierve la sangre. Cuando pienso en ello, juro que preferiría seguir muerto… o matarlo.
Mi mente vuela al día de mi regreso y mi corazón enloquece cuando revivo cada instante.
Algunos meses antes…
Me siento aturdido, confundido, extraño.
No me reconozco. ¿Es esto posible? He pasado de no estar a volver a mi estuche, pero ¿en qué condiciones?
No me noto el cuerpo igual. Tampoco sé dónde estoy ni cómo he llegado aquí.
A mi alrededor solo hay escombros de lo que debió ser la pared de una mansión.
Oigo bullicio en su interior. Entraré a ver si puedo entender lo que ocurre.
O lo que ha ocurrido. Entretanto, mi mente va conectando recuerdos que no he vivido.
¿Cómo es posible, cuando sé a ciencia cierta que no son míos?
Veo a mi amiga Vica interponerse entre una daga y yo, pero yo no he vivido eso ni ahora ni nunca.
Otro recuerdo penetra en mi cabeza sin control: el cuerpo de Jacobo flota en el aire y, con un gesto, le parto el cuello, ¿Cómo he hecho semejante barbaridad?
¡Es una locura! He sido yo, pero no ha sido mi voluntad.
¿Quién me maneja? Tengo que dar con alguien que me ayude a entenderlo.
Me llevo las manos a la cabeza que me va a explotar con cada nuevo recuerdo que llega.
Al entrar, me fijo en las personas que se reúnen ahí y voy mirándolas, una a una, y reconociéndolas.
Son caras amigas; sin embargo, me apuntan con armas.
¿Soy una amenaza?, ¿en serio? Alguien tiene que explicarme esto.
Noa se acerca, me observa con recelo, pero en cuanto me mira a los ojos algo cambia.
Se lanza para abrazarme, gritando «¡es Óliver, es él!
». Bajan las armas y yo respiro aliviado, aunque sigo estando igual de confuso. Noa se aparta y… entonces la veo:
Sara, mi chica, el amor de mi vida, se aproxima con sigilo.
Hay desconfianza en su semblante hasta que tal como acaba de pasar con Noa, repara en mis ojos, me clava los suyos y me abraza.
En cuanto correspondo a su muestra de cariño, los recuerdos se hacen nítidos.
La veo en sus brazos. En los brazos de Aarón, que son los míos…
¡No!, no soy yo; es él. Me lo deja claro. La rabia se desata en mi interior.
No puedo mirarla, no sin sentir un fuego que me abrasa las entrañas. La aparto y salgo del complejo para respirar. Me falta el aire.
Sale a mi encuentro, no comprende mi enfado y me pide explicaciones.
—No entiendo esta traición. ¿¡Cómo nos has hecho esto!? —le grito.
—No podía saber que no eras tú.
Me cuesta creer lo que dice. Los recuerdos se me clavan como agujas y quiero huir de allí, de ella, de lo que me rodea ¿Por qué me ha hecho volver? ¿Quién quiere hacerme pasar por esto?
—Los ojos de Aarón y los míos son muy diferentes. ¿Cómo no lo viste? —le digo en un tono duro.
—Te aseguro que eran los tuyos.
—¿Y sus poderes? ¿No te dieron una pista? —le digo cabreado.
Miro de nuevo la pared destruida y un recuerdo me hace estremecerme ante la explosión de la misma. Estoy seguro de no haber vivido una situación semejante y, aun así, está en mi cabeza como si fuera una vivencia personal.
—¿No vas a perdonarme? —me pregunta con la voz rota.
—No sé si podré —contesto entre decepcionado y cabreado.
Rompe a llorar. Me alejo. No quiero estar cerca de ella. Está claro que Aarón es muy listo y bastante más manipulador que su hermano Jacobo.
Volvemos al cuartel por separado. ¿Para qué me da esta oportunidad si no puedo estar con ella? Mis ansias de matarlo aumentan a cada paso que doy. No solo debo enfrentarme a la infidelidad de Sara, sino a la muerte de mi amiga Vica. ¿Asimilar que no volverá jamás? ¡Imposible!
Sara y su familia están destrozados. Debería estar a su lado, pero este enojo me carcome y me supera.
Ahora lo sé: el Núcleo no ha hecho esto conmigo porque sea generoso y ecuánime, ni mucho menos. El Núcleo no da puntada sin hilo: tiene un plan y debo descubrir cuál es. Se ha encaprichado de mi chica y juro por mi vida que no la tendrá. ¡Lo destruiré, aunque sea lo último que haga!
Paso el reconocimiento médico, me entregan una bolsa y subo a la tercera planta. Me están esperando en cuanto salgo del elevador.
—Bienvenido, señor. —Óscar Cavalli me tiende la mano y me lleva hasta la habitación que ocuparé en el cuartel.
—Gracias, coronel Cavalli. Por favor, llámeme Óliver —le digo con voz de ultratumba.
—De acuerdo, pero haga usted lo mismo conmigo. Soy Óscar. Confío en que no le importe que compartamos habitación. No andamos sobrados de sitio.
—En absoluto; de hecho, le agradezco que me permita invadir su espacio.
Cómo son las cosas: nos conocemos desde hace tiempo, nunca hemos estrechado lazos y ahora compartiremos cuarto.
—Sin problema, seño… Óliver —corrige.
Podría irme a mi ático, a los laboratorios; sería lo lógico y lo más cómodo. Me gustaría alejarme de ella —me mata verla así—, pero no puedo. No soy tan cabrón como para desaparecer cuando más me necesita. No es solo Sara, sino que además está la misión.
—¿Puedo hacer algo más por usted? —me pregunta mi nuevo compañero de habitación.
—Cuando tengas un rato, ¿podrías ponerme al día de lo que ha pasado en los meses que he estado ausente? Aunque mantengo los recuerdos intactos… —tenso la mandíbula al recordarla gimiendo entre los brazos de Aarón—, no estuve presente y no sé los avances que se han llevado a cabo.
—Claro, podemos almorzar juntos y se lo cuento. ¿O prefiere una reunión más discreta?
—Durante la comida está bien. ¿Podría usar el gimnasio?
Necesito entrenar. El capullo de Aarón no hizo nada con mi cuerpo durante los meses que me lo robó y lo siento atrofiado.
Mis músculos piden a gritos que les meta caña y mi cabeza lo necesita con urgencia.
Patear un saco me vendrá bien para aclarar las ideas y quitarme esta sensación agridulce que me está destrozando.
—Por supuesto. Si quiere, le puedo gestionar una hora, aunque con su rango no creo que tenga problema para que le hagan un hueco —me explica.
—Estupendo. Gracias.
Se marcha y me deja a solas en mi nueva habitación. Sentado sobre la cama que me toca, miro al infinito pensando cómo organizar mi vida. Me levanto y saco de la mochila que me entregaron la poca ropa que me han dado. Debo pasar por casa y traerme lo que necesito, aunque no me quedaré demasiado.
A pesar de lo austero que es el habitáculo, está concebido con los últimos adelantos; tomo nota para mi casa. Las luces se encienden al pasar o al contacto. No escasea la última tecnología en este lugar; no me había dado cuenta.
La única ventaja que tengo de las vivencias que el Núcleo tuvo con mi cuerpo es que poseo información sobre el enemigo que nos vendrá muy bien. No la he compartido aún. No sé en quién puedo confiar, pero todo se andará. Está claro que la utilizaré.
No logro familiarizarme con la idea de que Aarón, Vica y los líderes del Cuerpo Oscuro fueran hermanos.
Estoy enfadado con mi amiga por habérmelo ocultado y más todavía por no poder recriminárselo.
¡Joder! ¡Ha muerto! Y para siempre, sin retorno posible.
El pecho se me oprime al pensar en su pérdida y en las consecuencias que nos traerá.
Me pongo la ropa de deporte y me enfilo al gimnasio. En el camino me encuentro con Noa, que no duda en interceptarme.
—Eres un pedazoooo de mierdaaaa con ojos —me suelta sin delicadeza.
—Ahora no. Aquí no —contesto tajante.
—Lloró tu pérdida hasta deshidratarse; alucinó con tu traición. Vale, no eras tú, pero no lo sabíamos. Y cuando te trajeron de vuelta, a pesar de la pérdida de ma… —No termina la frase—. Eres un rayo de esperanza. ¿Y, en cambio, qué haces tú? Alejarte y culparla, no sé muy bien de qué.
Me señala con el dedo índice como una madre que regaña a su hijo. Me contengo y aprieto los labios; no quiero montar un numerito.
—Exacto, no sabes nada. No te metas.
Cuando voy a retomar la marcha, se pone de nuevo delante y me enfrenta:
—No nos hagas esto, Óliver. Te necesitamos más que nunca. Ella no ha dejado de quererte ni un solo día desde que nos dejaste. Sea lo que sea, soluciónalo. Debemos detener esto… Por favor.
—Correcto, acabemos con la guerra, pero no te metas. Esto otro no es asunto tuyo —lo digo cabreado.
Se me está hinchando la vena. No es fácil y la conversación con Noa no ayuda.