La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 1 #3
8%

Capítulo 1 #3

— ¡ Ni se te ocurra preguntarme cómo estoy! —le digo con el índice levantado—. Como lo hagas, te espera una buena paliza —le advierto cruzando los brazos.

—¡Qué dices, princesita! —responde, mofándose—. Estás mejor que cualquiera de nosotros con tanta atención. Solo quería puntualizar que, o te metes más caña en los entrenos, o se te va a poner un culo enorme.

¡ La madre que lo trajo…! Pero ¿qué le voy a hacer? Así es él: sin pelos en la lengua y bruto como un animal.

—Serás capullo… —respondo con una risotada.

Es el efecto Ramón : te trata al trancazo, pero es el único que no me tiene lástima ni busca socorrerme. El exceso de atención me enerva.

—¿Y lo bien que te lo pasas? ¡ Eso no tiene precio! —dice amagando una sonrisa. Continúa su camino y me deja con la palabra en la boca.

Al llegar a los laboratorios, saludo a mi equipo y me dirijo al despacho. En mi mesa me aguarda una pila de papeleo que debo poner al día. La burocracia es un rollo. En contrapartida, me motiva la urgencia de que nuestra vacuna salga al mercado cuanto antes. No puedo demorarme.

Antes que nada, consulto mi agenda y veo que en tres horas tengo una videoconferencia con Noelia para explicarle los avances y aclarar dudas. Lo segundo es contestar correos. En ello estoy cuando alguien golpea la puerta a pesar de que está abierta.

—Dime, Laia, ¿ en qué puedo ayudarte?

Debe ser importante; ella no me interrumpe si no lo es.

—Disculpa que te moleste, Sara. ¿Podrías pasarte por la sala uno y echarle un ojo a la nueva muestra? Creo que ahora sí estamos más cerca de encontrar la variante.

Su tono es alegre y suena expectante. Algo hay y me alivia saberlo.

Lo sabía. Sabía que confiar en ella sería un acierto.

De todos los técnicos a mi cargo, ella me pareció la más discreta, inteligente y resuelta.

A pesar de su juventud y de ser un alma nueva, tiene muchas probabilidades de convertirse en una Sabius destacada.

—Claro, dame un minuto. Termino este correo y voy.

Me enfoco en la pantalla del ordenador para cerrar el correo. Se vuelve y antes de salir añade:

—Cuando puedas. Siento comprometerte, pero estamos tan cerca que me parece importante que lo revises.

—No te disculpes; es mi trabajo y estoy encantada de poder hacerlo. ¡Es muy buena noticia! Estos últimos meses han sido una tortura y me siento culpable de no haber ayudado más.

Desde el incidente —como llamamos al día de la muerte de mi madre— no he estado centrada ni he hecho nada por frenar este caos. Ahora debo enfocarme en la misión y olvidarme del resto. De casi todo el resto.

—Sara, no te disculpes, has pasado por mucho.

Lo dice con franqueza; ella sabe lo que es perder. Su padre fue contagiado y era el único familiar vivo que le quedaba, así que está tan motivada como yo en quitar de en medio a esa gentuza.

Unos minutos después me pongo las protecciones y entro en el laboratorio. Observo la muestra a través del microscopio y el corazón me da un vuelco. ¡Tenía razón! Estamos mucho más cerca de lo que había imaginado.

— ¡ Enhorabuena! —le digo orgullosa de su trabajo.

—El mérito es tuyo —contesta con tono alegre. Ha achinado los ojos y eso me dice que sonríe, aunque lleve puesta la mascarilla.

¿Mérito?

Aarón desbloqueó el archivo de mis conocimientos, puedo modificar la fórmula y mejorarla sin apenas esfuerzo. Tener el don en su estado pleno me hace ver las cosas de otra manera. Ya no me siento bloqueada. Ni insegura.

—Gracias, pero insisto en que has hecho un gran trabajo.

Espero que esta modificación nos dé más margen a la hora de inyectar o de ingerir la cura.

Ya sabes: con la versión actual, hay que correr.

Y el caso es que las perdemos. Si no la administramos en los primeros cinco minutos, la esencia queda a la deriva, desorientada.

Confío en que ahora tengamos más éxito —le explico.

—Si la aplicas dentro de ese plazo, las recuperas, ¿cierto? —pregunta.

—Casi siempre. Natalia, por ejemplo, fue inyectada a tiempo; aun así, según nos contó, se mantuvo en un estado de letargo. No regresó al Núcleo. Y no entendemos por qué. Pero tampoco permaneció en la otra dimensión, desconectada. Volvió cuando Aarón lo dispuso.

Todavía nos queda mucho por comprender sobre lo que somos en el otro lado. Por suerte, hay chispas a las que no tenemos que rescatar. La que siguen conectadas con el Núcleo, como mi amiga, se ocupaba él : de reintegrarlas, de devolverlas a la circulación.

—Entonces… ¿cuándo crees que podremos sacar nuestra vacuna al mercado?

—Estamos casi listas. Noelia ya ha terminado la de la COVID-19.

El problema es la burocracia. ¡N os fríen hasta que podemos comercializarla!

¡Ah !, pero no importa —le digo con un guiño—; para nosotras, ese retraso es perfecto: nos da margen para concluir nuestro trabajo y, después, inyectarla en masa a través de la fórmula que administrarán a todo el mundo.

—Seguiré dándole caña, jefa —dice con ese tono fresco que me recuerda lo joven que es, en edad… y en esencia.

Le doy una palmada en la espalda y salgo. Me quito la protección y regreso a mi despacho.

Tras la reunión con Noelia, mis tripas rugen como leonas y no he traído nada para comer. Les mando un mensaje a las chicas y las insto a estar en la cafetería en diez minutos. Ojalá puedan escaparse.

Aunque noto la fatiga, me dirijo a las escaleras, y no solo porque sea más rápido, sino porque así hago algo de ejercicio.

Como siga comiendo con tanta ansia, voy a rodar, como dice Ramón.

Subo los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta de la planta, el móvil me vibra.

Lo saco para ver el mensaje. Alguien al otro lado abre y me da un porrazo en la cabeza.

—¡Ay, jolines! —exclamo, y me llevo la mano a la frente.

—¡Joder! ¿Estás bien? Veo que vuelves a tus expresiones infantiles —dice Óliver, dedicándome esa sonrisa que me desarma.

Un segundo después, algo pasa por su cabeza y adopta la actitud fría que ha decidido mantener desde que pasó aquello.

Se suponía que Aarón me había devuelto a mi mejor amiga y a mi novio para que la ausencia de mi madre fuera más llevadera. «Un regalo por el amor que te profeso», me dijo. Y fue maravilloso en un momento, pero olvidó arreglar algunos detalles. «¡¡Maldito seas, Aarón!!», exclamo en mi fuero interno.

—¿Qué coño haces tú aquí? ¿No deberías estar en tus dominios, consiguiendo que nuestra vacuna contra la COVID-19 sea la más popular del mercado? —le pregunto con un tono hostil.

Me angustia estar frente a él y no poder abrazarlo y contarle mis problemas, pero no puedo obligar a nadie a estar conmigo.

—En primer lugar, tranquilízate, por favor. He venido a reunirme con Elena y Emilio. ¿Tú no coges siempre el ascensor?

Esa pregunta me sienta como si me clavaran un dardo envenenado directo al corazón; me está evitando.

—¿Qué pasa? ¿No quieres verme? —le pregunto, elevando la voz sin darme cuenta.

—Lo que no quiero es discutir.

Se da la vuelta y coge las escaleras.

—No, claro, hablar conmigo no es lo tuyo. Prefieres hacer borrón y cuenta nueva… —Se me quiebra la voz—. No te ha costado nada pasar página, ¿eh? Es posible que no me quisieras tanto como decías.

Se me ha secado la garganta de golpe. Me giro; no quiero que me vea tan débil y vulnerable. Cuando creo que seguirá subiendo las escaleras y que me dejará así, sin más explicaciones, se acerca. Noto su respiración agitada. Está furioso; ya puede unirse al club del que soy la capitana.

—¿Fácil? ¿Crees que para mí es fácil recordar lo que recuerdo, revivir la traición una y otra vez? No te haces una idea del infierno en el que vivo. Solo te he pedido tiempo y espacio. —Levanta la cabeza y bufa—. ¡Mierda! No creo que sea mucho. No es sencillo de asimilar, ¿sabes?

Sus últimas palabras me estremecen porque hay dolor y sale de sus entrañas. Me cago en Aarón y en sus juegos.

—Ya te he dicho que creía que eras tú. Era tu aspecto, tu voz… y te añoraba. No podía distinguirlos… y no me crees —le digo con la voz rota. Mis párpados aflojan el dique y un par de lagrimones me mojan la cara.

Puñeteras hormonas. Me limpia con los dedos y el contacto nos enciende. Añoro su piel, sus abrazos. Le necesito, pero no se lo voy a suplicar.

—Yo me habría dado cuenta —asegura, y vuelve a apartarse—. Cálmate, no es bueno que te pongas nerviosa en tu estado.

Las últimas palabras se le atragantan.

—¿En mi estado? Solo estoy embarazada; no me voy a romper. Parece que llevo una bomba en mi vientre y lo único que llevo es a nuestro bebé. Estoy cansada de que me vean tan débil. Estoy bien —le contesto, tocando la incipiente barriga.

—No, no digas nuestro , porque sabes que no es mío.

Su voz vuelve a estar cargada de rabia. Me mira con un velo en los ojos y se aleja un poco más.

—Lo es para mí; y confío en que algún día lo reconozcas. Él o ella no tiene la menor culpa de lo ocurrido, Óliver. Esto es fruto de nuestro amor.

Vuelvo a sollozar. No entiendo que no pueda perdonarme.

—¡¡No tengo tiempo para esto!! —grita fuera de sí.

Y, como si le quemaran las plantas de los pies, sigue su camino sin mirar atrás.

Me quedo con las hormonas y los sentimientos erizados. Una vez más, ha sido un desencuentro en vez de la reconciliación que anhelo. No me daré por vencida. Lo quiera reconocer o no, es el padre de mi bebé, y no pararé hasta recuperarlo y formar la familia que habíamos soñado.