La Esencia del Núcleo (Trilogía Esencia 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Llegamos a la sala de conferencias, situada en la última planta.

Aunque aquí rara vez llegan buenas noticias, los grandes ventanales con vistas a la ciudad me reconfortan el ánimo.

Me recuerdan que ahí fuera hay miles de personas por las que merece la pena luchar.

Y que fallar es un verbo que no podemos conjugar de nuevo.

Tenemos que sacarlo de nuestro vocabulario.

Saludo a tía Elena. Está sentada a la cabecera de la mesa ovalada que ocupa gran parte de la estancia. A su derecha veo a Fran y, a su izquierda, a papá, que se levanta y me abraza cuando paso junto a él.

—¿Todo bien, bonita?

Asiento, le doy un beso y sigo hasta mi sitio. Mi padre y Fran lucen ojeras marcadas que delatan el agotamiento y el estrés acumulado.

Más allá, Alejandra, la mano derecha del coronel Cavalli, revisa unos papeles y él, enfrente, me saluda con un leve gesto de cabeza. En el extremo opuesto, mi hermana y Eric aguardan el comienzo de la reunión intercambiando alguna confidencia. Qué mayor se ha hecho Noa en poco tiempo.

La ausencia de Óliver en estas reuniones me provoca una punzada constante de angustia. Ojalá siguiera aquí con nosotros.

Nos apresuramos a ocupar las sillas libres. Elena toma la palabra.

—Siento haberles convocado con tan poca antelación, pero tenemos un problema.

Otro problema no, por favor. La observo mientras inspira hondo antes de continuar.

El peso de la preocupación, la culpa y el dolor está erosionando su apariencia juvenil.

La muerte de mamá, sumada a la responsabilidad de mantenernos a salvo, no es fácil de sobrellevar, por muchas vidas que ese espíritu cargue a sus espaldas, por muy buen Guardián que sea.

Me preocupa que enferme. Debo hablar con ella cuanto antes.

No quiero que se pierda en la misión como hizo mamá y que, cuando queramos reaccionar, sea demasiado tarde.

—Quedan muchas almas perdidas por recuperar.

Me consterna saber que las chispas infectadas con el virus vagan a la deriva en la otra dimensión.

—Cada vez nos cuesta más encontrar cuerpos desocupados. Necesitamos ideas que nos sirvan para solventar —plantea.

El silencio inunda la sala. Nos miramos; la inquietud se refleja en cada rostro. Es un dilema casi imposible de atajar.

—¿Podríamos traerlos de otros países? —propone Nati—. Tiene que haber cuerpos libres fuera de España. Nos hemos limitado a buscar aquí.

La idea no es descabellada. Podría ser una salida.

—El papeleo burocrático nos llevaría meses —responde tía Elena con una serenidad que no es sino producto del cansancio— y no tenemos ese tiempo. Cuanto más permanecen a la deriva, más resistencia oponen a volver. Y si no regresan, saben bien lo que ocurre: su luz termina apagándose para siempre.

Cada alma perdida es una muerte que no logramos evitar. Aunque mi virus no las mate directamente, la desconexión prolongada acaba borrándolas. Su voz se ensombrece.

—¿Y si empezamos por las más antiguas? —interviene Alejandra—. Es decir, ¿y si recuperamos primero a las que llevan más tiempo perdidas?

Formula la última pregunta mirando a mi hermana, la única capaz de verlas y la única que puede traerlas de vuelta.

—El problema es que no sabemos cuáles son —matiza Noa—. La luz es idéntica en todas y cada una de ellas. Nada nos indica cuáles están a punto de apagarse. Sucede de forma repentina y dolorosa.

La miro y apenas reconozco a la chica impulsiva y visceral que era.

Su esencia sigue ahí, intacta, pero la responsabilidad que carga —y que nunca debería haber sido suya— la ha transformado.

Cada vez alarga menos las vocales y los arranques de juventud se le han ido aplacando de forma acelerada.

Está claro que ese cometido de recuperar almas le está pasando factura.

Los apagones, como ella los llama, no son silenciosos ni pacíficos, sino desgarradores.

Las esencias gritan hasta su último destello, como si les arrancaran la vida.

En realidad, es lo que ocurre.

—¿Y si viajamos a esos países y lo hacemos allí? Nos ahorraríamos muchos trámites y un tiempo significativo —propone Fran, que interviene por primera vez.

Otra idea brillante. La familia sigue ágil, incluso al borde del colapso.

—Puede funcionar —explica Eric, con un destello de esperanza en la mirada—. Yo puedo acceder a la lista de personas en coma rastreando hospitales de todo el mundo. Empezaríamos por los países más cercanos y, poco a poco, ampliaríamos el radio de acción.

Desde que fue liberado el día de la muerte de mamá, no ha dejado de volcarse en poner fin a este conflicto. Sus conocimientos han convertido el cuartel en una fortaleza infranqueable. Marco era un buen hacker, sin duda, pero lo de Eric es jugar en otra liga.

Además, la vuelta de los soldados que se perdieron durante mi rescate ha conseguido que me sienta un poco menos culpable. Solo un poco.

—El problema es la pandemia que estamos sufriendo —interviene papá con voz ronca—. Las restricciones son tan duras que no será sencillo desplazarnos. Además, estamos perdiendo muchos cuerpos por la enfermedad. No hay suficientes envoltorios para tantas esencias perdidas.

Envoltorios. La palabra me resulta tan fría como precisa.

La tristeza que acarrea es imposible de disimular.

Perder a mamá por segunda vez, a sabiendas de que es la definitiva, lo ha resquebrajado.

Se sostiene manteniéndose ocupado, buscando de continuo algo que hacer, algo que mejorar o que perfeccionar incluso.

Más allá de la misión, Noa y yo nos hemos convertido en una especie de obsesión para él: también protegernos es su manera de seguir respirando.

Al menos, la ausencia de mamá le ha enseñado a valorar cada instante.

Cada minuto libre nos lo dedica con una entrega y un afecto que antes no sabía mostrar.

—Correcto —añade el coronel, mirando de soslayo a mi hermana—. La enfermedad, sumada al virus que el Cuerpo Oscuro sigue inyectando, dificulta sobremanera nuestro trabajo.

Acaba de poner el dedo en la llaga y la inquietud en la sala se vuelve notable. El aire, de pronto, pesa más.

—Debemos poder hacer algo. —insiste tía Elena—. No les he reunido para obtener una respuesta inmediata, sino para que pensemos. Para que le demos las vueltas necesarias. Hay que dar con una solución viable.

Los ánimos están al límite. Lo noto en las miradas. Necesitamos una grieta por la que entre algo de luz y estoy obligada a decir algo al respecto.

—Eso cambiará pronto —intervengo—. La cura está muy avanzada. Nos queda poco. —Juego con un mechón de pelo, como buscando una certeza de la que carezco—. Los resultados que obtenemos son prometedores.

La atención se centra en mí.

—La muerte de mamá nos permitió analizar el nuevo virus con mayor precisión —añado—. Su sacrificio no fue en vano. Gracias a ello, ahora sabemos con exactitud a qué nos enfrentamos.

« Y esta vez pienso derrotarlo », me digo para mis adentros .

—Gracias, Sara, son buenas noticias. —Elena consulta papeles de un dosier que tiene abierto sobre la mesa—. Cambiando de tema, ¿cómo van los interrogatorios? ¿Sabemos algo del paradero de Tomás y del resto? —pregunta dirigiéndose a Óscar.

—Somos muy meticulosos. Gracias al suero que les vamos administrando avanzamos más rápido. En cuanto al paradero de Tomás y Jacobo, por nuestra parte no hay pistas fiables, pero no nos daremos por vencidos —asegura el coronel.

Al igual que yo y el resto de los presentes, no cree que Jacobo esté muerto.

Aunque su muerte nos impactó, ver cómo le crujía el cuello a un ser humano mientras flotaba en el aire supera cualquier situación paranormal, por muchas películas que uno haya visto.

Mi examigo es un experto saltador de cuerpos.

Estoy convencida de que escapó y ocupó uno nuevo. ¡Sabandija asquerosa!

El resto huyó. Una pena que Aarón no les partiera el cuello a esa panda de malnacidos; les permitió escapar como los cobardes que son. Da igual; no podrán escabullirse siempre. Cuando les demos caza, será su final.

—Estupendo. Gracias, Óscar. —Calla y cierra el dosier. Me mira y añade—: ¿Cómo te encuentras, Sara?

Y ahí está, la pregunta del millón. Es agotador. ¿Tan débil me creen?

Una vez más, los miembros de la mesa me miran y me remuevo en la silla, incómoda.

—Les agradezco la preocupación; ahora bien, como vuelva a oír la pregunta, voy a matar a alguien.

Por favor, no me agobien; si hay algo, serán los primeros en saberlo.

Mis emociones están bien controladas por mi hermana, a pesar de que no debería tener esa responsabilidad —les reprocho—.

Créanme: no pienso desatar un infierno si es lo que les preocupa.

Estoy tranquila y lo voy gestionando lo mejor posible.

—Alguien se despertó con el pie izquierdooo… —contesta Noa, con ese tono sarcástico cada vez menos frecuente.

La miro con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. No estoy para bromas, aunque a ella le da igual y me responde con una amplia sonrisa.

—De acuerdo. Intentaremos no estar tan encima de ti, pero entiende que nos preocupas —dice papá, sabiendo que, si Noa sigue por ese camino, yo podría cometer un fratricidio.

—Lo sé. Solo les pido que confíen un poquito en mí —contesto.

Elena da por concluida la reunión y vamos abandonando la sala poco a poco. Me lo tomo con calma… hasta que percibo que mi hermana y el coronel buscan quedarse a solas.

Si no quieren que los pillen, no están siendo muy discretos.

Echo de menos esa sensación de mariposas en la barriga, el coqueteo, la tensión sexual, los mimos y los arrumacos.

En definitiva, me falta tener a Óliver a mi lado.

Me encuentro perdida sin él. Hago esfuerzos por apartar los pensamientos que solo me llevan a un bucle de culpabilidad y depresión. No gano nada así.

De camino al laboratorio, mi segundo refugio particular, me cruzo con el grandullón de Ramón. Es mi instructor y el de buena parte de quienes estamos involucrados en esto.