Capítulo 1
La nueva normalidad
SARA
«Eres la clave. Cambiarás el mundo y la vida volverá a la normalidad. Confía y encontrarás la solución».
La frase resuena en mi interior sin descanso, como un mantra empeñado en guiarme hacia un futuro tan incierto como inevitable.
El tiempo pasa demasiado rápido; al menos es la sensación que tengo.
Estamos en diciembre. Han pasado cuatro meses desde que mamá murió y celebramos su funeral.
Ciento cincuenta y tres días desde aquel encuentro tan extraño con el Cuerpo Oscuro y el Núcleo.
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Muchos perecieron.
A otros logramos recuperarlos. En cualquier caso, lo que descubrimos nos transformó para siempre.
Llaman a la puerta. El sonido me arranca al presente y me saca de mis pensamientos enredados.
—Adelante —respondo.
Me incorporo en la cama de matrimonio de la habitación que ya no comparto con mi familia, en el Cuartel General.
No es más grande que las demás: las antiguas literas dieron paso a una cama amplia; nada más.
Pero ni siquiera eso logra paliar la sensación de extrañeza.
Su estética futurista continúa envolviéndolo todo en una frialdad impersonal, tan distante y poco familiar como el resto del edificio.
—¿Estás bien, amiga? —pregunta Nati.
Se acerca y se sienta a mi lado.
No termino de creerme que esté aquí conmigo.
No puedo sino reconocer que es un magnífico regalo de Aarón después de la pérdida de mamá.
Ahora, ¿ de verdad cree que puede arreglarlo así?
Va listo si piensa que voy a perdonarlo.
Por supuesto, soy feliz de tenerla de vuelta…
, aun cuando no solucione lo que sigue pendiente.
—Sí, tranquila. Estaba absorta en mis pensamientos. No te preocupes, no me voy a romper —le contesto, poniendo los ojos en blanco.
—Has pasado por demasiado en muy poco tiempo… y que estés tan entera me llama la atención. Perdona si soy pesada; yo, en tu lugar, estaría hundida.
—¡Venga ya! Tú has llevado mejor que yo lo del secreto de la vida. A mí me dio un parraque cuando lo descubrí… y unos cuantos ataques de rabia al intentar asumirlo. Creo que todavía no lo he hecho. Eres más fuerte de lo que crees. Y es maravilloso que estés bien… y que estés aquí.
Se me hace un nudo en la garganta al pensar que pude perderla por el veneno que yo misma creé. A veces siento que soy la parca: cuantos me rodean acaban muertos. Soy un mal presagio con piernas.
—¿Has visto a mi familia esta mañana? Me sorprende que Noa se haya saltado el entreno y que papá no haya venido a nuestro desayuno como cada día. Hoy me han dejado más sola que la una. ¿Ha pasado algo?
—No empieces, por favor —me advierte con extraordinaria delicadeza—.
Nadie está confabulando a tus espaldas. Solo es que se nos ha ido el tiempo de las manos.
Noa hace esfuerzos por recuperar el mayor número posible de esencias perdidas con la ayuda de mi madre.
Cuando despiertan en sus nuevos cuerpos, tu padre y yo les ayudamos a entender la situación, ya sabes.
Lo sé, claro que lo sé. Cada minuto que pasamos afinando una fórmula es otro minuto en el que alguien puede desaparecer.
Lo peor es que sé quién abrió esa grieta.
No importa cuántas esencias consigamos rescatar; la lista me seguirá esperando al otro lado.
Si la vacuna falla, no será un fracaso científico, sino otra condena dictada por mi culpa.
Hace una pausa para tomar aire y me mira. Sabe que, después de lo que ha pasado, me cuesta confiar. Para ella tampoco es fácil.
—Es agotador. No me malinterpretes; no me quejo. He vuelto a estar con mi familia, he recuperado mi don… y ahora las piezas encajan…
Deja la frase suspendida. En sus ojos asoma un brillo triste.
—Echas de menos a Fernando, ¿verdad?
No necesito que responda. Ambas sufrimos el mismo mal.
—Muchísimo. Sé que debo mantenerlo lejos de esta locura, pero lo añoro.
Cuando acabemos esto —«porque lo haremos», dice endureciendo la voz—, volveré a su lado.
Entonces podré disfrutar de nuestra relación como es debido.
No tengo dudas. Es la primera vez, en todas mis vidas, que encuentro a mi alma gemela… y no pienso dejarla escapar.
Envidio su seguridad. Yo no tengo tan claro que vuelva a amar como antes.
Los hombres que he querido han desaparecido, me han traicionado o han muerto.
¿En qué momento se convirtió mi vida en una tragedia?
Y, sin embargo, no es del todo cierto que esté vacía.
Todavía queda algo, como si el afecto no hubiera muerto, sino cambiado de forma: más cauteloso, más lento, incapaz de entregarse sin antes medir el precio.
Quizá no sea que no pueda amar otra vez, sino que ya no sabré cómo hacerlo sin anticipar la pérdida.
—Y en cuanto a que lo he encajado mejor que tú, sé que mi don me ha facilitado el camino —continúa—. Recordar cada existencia en detalle es abrumador, pero al mismo tiempo libera. Llevo toda esta vida haciéndome preguntas, teniendo sueños extraños… y ahora, por fin, entiendo su significado.
Mamá bloqueó su habilidad, igual que hizo con el resto de la familia. Fue una decisión que tomaron Elena y ella de forma unilateral. Todavía dudo si fue acertada.
—No te quites mérito. Eres una campeona. Te has adaptado a este caos mejor que nadie. No sabes cuánto te envidio.
—¿Nos vamos a poner sensibleras? Avísame y saco los clínex —bromea.
Sonrío. Esta situación nos ha cambiado. Yo me he vuelto más blanda, más vulnerable. Nati, en cambio, se ha vuelto pragmática. Y eso sí que es extraño. Ella siempre fue la parte emocional, romántica y ordenada de nuestra amistad. En fin; supongo que ya no somos —ni volveremos a ser— aquellas chicas.
Me calzo los zapatos y me levanto.
—¿No quieres descansar un poco más? —pregunta. Sé que va con segundas, pero no pienso entrar ahí.
—¿Y perderme la diversión? Jamás.
Al salir de la habitación, miro a un lado y al otro del pasillo.
Todavía se me hace raro no tener un soldado pegado a la espalda y, sin embargo, la seguridad nada tiene que ver con la de entonces: cada aspecto está automatizado y el control es exhaustivo.
La domótica manda en el cuartel y yo diría que también en nuestras vidas.
Si cuando llegué sentía que estaba en otro planeta, ahora tengo la impresión de haber viajado a otro universo sin moverme del sitio.
Por otra parte, me siento más segura. Cada acceso funciona mediante reconocimiento ocular y, como es lo único que no cambiamos, confío en que no vuelvan a hackearnos.
Cuando se abren las puertas del ascensor, me asaltan recuerdos de los encuentros entre mi hermana y el coronel.
Echo de menos aquellos juegos que se traían entre manos.
Eran un soplo de aire fresco para quienes teníamos la suerte de presenciarlos.
Me los saco cuanto antes de la cabeza. Tenemos una misión que cumplir y es lo único que importa.
—¿Has visto a Cavalli? —le pregunto a mi amiga mientras entramos.
Sé que sigue manteniendo una relación con Noa, pero está tan enfrascado en su trabajo que apenas me lo cruzo por los pasillos. Y mi hermana se ha vuelto tan hermética que no suelta prenda. Así no hay quien se entere de nada.
—Está absorbido por los interrogatorios a los prisioneros. Son tan duros que ya ni se pasa por el puesto de mando.
Asiento sin mediar palabra. Creo que, además de sacarle información al enemigo, se encuentra librando su propia batalla interna.
No es fácil asumir que tu hermano es un traidor.
Marco parecía un buen chico; es más, lo fue durante un tiempo, o eso creíamos.
Que formara parte del Cuerpo Oscuro nos pilló por sorpresa.
Teníamos que haberle dado un premio al mejor impostor.
El ascensor se detiene en la segunda planta. Ella va hacia la enfermería; yo, a los laboratorios. Apenas hemos dado unos pasos cuando nuestros móviles vibran al unísono.
A la Sala de Reuniones. Ya.
Fran, el padre de Nati, siempre tan directo, sin formalismos ni rodeos, ni lo más básic o que exige la cortesía. Debe pensar que son trivialidades descartables.
—Pensaba que Ramón era escueto en sus mensajes, pero tu padre se lleva la palma —bromeo.
—Desde que me recuperé y nos trasladamos aquí, se ha vuelto más bruto —responde encogiéndose de hombros.
Nos miramos y, sin decir palabra, damos media vuelta hacia el ascensor.
—Ha asumido mejor que mi padre la nueva apariencia de tu madre… y el hecho de que esté viva. A mi padre le costó muchísimo. Diría que todavía se siente miserable por ello. Perdió la oportunidad de pasar más tiempo con ella por su orgullo… o quizás por rencor. Y no creo que se lo perdone jamás.
La tristeza me atraviesa de nuevo. Me mortifica pensar que la esencia de mamá desapareció para siempre, que el veneno modificado por Jacobo la matara sin que Aarón pudiera hacer nada al respecto. Algo dentro de mí se resiste a aceptar que no volveremos a verla.
—Ya sabes cómo es el mío —dice Nati con media sonrisa—. En lugar de enfadarse, se pasa el poco tiempo libre chinchando a mamá. Es su manera de digerir lo que hay. ¡Y c ómo podría criticarlo! —exclama poniendo los ojos en blanco—. Para mí, es un alivio ver que se llevan bien.
Me alegra que su familia siga intacta, unida. Algunos no hemos tenido esa suerte.
—¿Qué habrá pasado para convocar una reunión tan urgente? —pregunto, aunque sé que no tiene la respuesta.
—Vete tú a saber. La pregunta no es qué ha pasado, sino qué no ha pasado. Tregua, lo que se dice tregua, tenemos poca.
Las puertas del ascensor vuelven a cerrarse y con ellas la sensación efímera de calma.
No le quito razón. Cada vez que creemos que las piezas se van acomodando y encajando, algo sucede que desvía el rumbo de los acontecimientos, como en un ciclo interminable. Y lo peor no es el desvío en sí, sino la facilidad con la que empezamos a convencernos de que esta vez será distinto.